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Francisco Vázquez García

II Congreso Internacional 

Historia a Debate 

14-18 julio 1999 Santiago de Compostela 

Con su segunda edición, coincidente con el último año jubilar del milenio, el Congreso “Historia a Debate” consolida su existencia y su peculiaridad en el panorama historiográfico español. Esta idiosincrasia tiene que ver, por una parte con su vocación decididamente internacional. La representación de historiografías extranjeras, ya muy nutrida en la primera edición de 1993, se ha visto superada en ésta, contándose con la intervención de participantes procedentes de más de treinta países. Por otra parte, se trata de un encuentro dedicado exclusivamente a la discusión de problemas teóricos y metodológicos de la historia, circunstancia completamente excepcional dentro de una comunidad profesional –la de los historiadores españoles- tradicionalmente muy remisa a la hora de afrontar este tipo de cuestiones. No obstante, en momentos como los presentes, dominados por la incertidumbre acerca del futuro y de la autonomía de la disciplina, la reflexión y la discusión sobre problemas de fundamentos abandonan su estatuto de pasatiempo y se convierten en una obligación de todo historiador. La reciente proliferación editorial de textos dedicados a examinar este tipo de asuntos, a la que –esta vez sí- se ha sumado el mercado del libro en España, es síntoma inequívoco de la inquietud que da sentido a iniciativas como la de “Historia a Debate”. Finalmente, como reza su denominación, se trata de un congreso que pretende primar los riesgos de la disputatio –que amenaza siempre con convertirse en enconada polémica- sobre las seguridades de la expositio. Esta es otra costumbre intelectual poco frecuentada por nuestros historiadores. En la estructura misma del encuentro celebrado en Santiago se advierte la pretensión de romper este hábito; respecto a las conferencias plenarias –pronunciadas por figuras de reconocimiento internacional- y a las sesiones dedicadas a la presentación de comunicaciones, las mesas redondas ocupan en este symposio el lugar privilegiado. 

Estos tres aspectos señalados, dimensión planetaria, preocupación por lo teórico y metodológico y primacía del debate, dan continuidad y fisonomía propia a las ediciones de 1993 y 1999. Ésta última, sin embargo, presenta algunas novedades destacables. La exigencia, experimentada con fuerza en el Congreso de 1993, de definir la función del historiador en un escenario marcado por el colapso del socialismo real, se convierte en 1999 en la necesidad de pensar el papel del saber histórico en un horizonte incierto de globalización económica y tecnológica y de políticas de la identidad. En 1993, el encuentro tenía aún un fuerte sabor eurocéntrico, con la presencia privilegiada de las historiografías francesa y anglosajona, y con una importante representación de ponentes españoles. En 1999 se ha hecho sentir la fuerza y el número de los historiadores latinoamericanos –tal vez la principal innovación del Congreso- y se ha dado la voz a comunidades historiográficas –China, India, Japón, África- que todavía nos resultan desconocidas. Junto a los especialistas en historia social –absolutamente mayoritarios en 1993- se ha dado cabida a los historiadores de la historiografía e incluso a los filósofos, intentando superar con ello añejas reticencias enquistadas en la profesión. Ha existido asimismo la voluntad de contar con ponentes de afinidades ideológicas absolutamente divergentes, evitando la tendencia de algunos Congresos a convertirse en el eco de capillas dogmáticas. 

Los contenidos abordados en el encuentro pueden distribuirse en tres amplios apartados. En primer lugar, las sesiones dedicadas a examinar específicamente problemas epistemológicos y de método en relación con el oficio de historiador. En segundo lugar, el aspecto institucional (problemas relacionados con la formación, la profesionalización y la enseñanza de los historiadores). En un tercer apartado se emplazarían las cuestiones relacionadas con la función ética y política de la historia, en particular, el papel desempeñado por el saber histórico en la construcción de la memoria y la identidad colectivas.

El primer orden de problemas ha ocupado el interés preferente tanto en las conferencias plenarias como en las sesiones dedicadas a la presentación de comunicaciones. En el primer caso, las intervenciones de Georg Iggers, Jacques Revel, y en parte Carlos Barros, tuvieron como eje de interrogación el problema de la condición narrativa de la historia. ¿Es posible compaginar el estatuto de relato, y por tanto la proximidad con el discurso literario, y las exigencias del lenguaje científico en la elaboración del saber histórico?. El comentario crítico de Iggers a propósito de la obra de Hayden White y de sus discípulos, cuya new philosophy of history parece poner en duda la adscripción científica de la historia, contrastó con las complicidades, presentes en la conferencia de Jacques Revel y posteriormente en la comunicación de François Dosse, que mereció la contribución de Paul Ricoeur: no es que, como señalaron algunos hace veinte años, se estuviera produciendo en historia un retorno del relato; lo que sucede es que la disciplina histórica siempre ha sido narrativa, y no puede dejar de serlo sin que se diluyan su identidad y su autonomía. Carlos Barros, por su parte, evocó la exigencia de compatibilizar relato y prueba, voluntad de narrar y voluntad de explicar, dentro de una densa intervención en la que sintetizó los desafíos de la disciplina en el horizonte del nuevo milenio. Tomando en parte distancia respecto a este campo de problemas, Harvey J. Kaye resaltó en su conferencia el valor del legado que nos dejaron los British Marxist Historians a la hora de compaginar, en el oficio de historiador, los rigores críticos de la empresa científica con el empeño ético. Lejos de estar acabada, esta tradición aparecía como una trinchera frente a la frivolidad escéptica del postmodernismo. 

En buena medida, el grueso de las sesiones dedicadas a la presentación de comunicaciones se concentró en el análisis de problemas epistemológicos, metodológicos y de historia de la historiografía. Por una parte hay que referirse a tres amplias sesiones dedicadas a diagnosticar el estado de la disciplina: “balance de la historiografía en el siglo XX” (desarrollada en dos sesiones paralelas) y “crisis de la historia, cambio de paradigmas”. En los “balances”, se tomó el pulso al estado actual de los conocimientos en distintos sectores historiográficos y en muy diversos países; desde los estudios inquisitoriales (R. García Cárcel) hasta la situación de la historiografía en los países bálticos (A. Müst y V. Müst), pasando por la historia social en Gran Bretaña (J. Vernon), en U.S.A. (H.S. Barron), en China (M. Duanmu), la historiografía judía (A. Ginio), y un nutrido grupo de intervenciones centradas en latinoamérica, tanto globales (S. Guerra, H. Pelosi) como dedicadas a distintas comunidades historiográficas nacionales: Cuba (C. Torres) y Brasil (C. Fico). No faltaron tampoco estados de la cuestión dedicados a la situación de la historiografía española: la noción de “revolución burguesa” (A. Morales), la influencia de la reciente historiografía germánica (F. Sánchez Marcos), la historia social (J. A. Piqueras), la historia antigua (A. Duplá). 

La sesión sobre la “crisis de la historia” motivó algunas de las intervenciones conceptualmente más sofisticadas y dio lugar a un intercambio entre investigadores de tradiciones historiográficas muy diferentes. Destacaron los comentarios del brasileño C.F. Cardoso sobre el retorno del evolucionismo social en algunos sectores historiográficos y las aportaciones de los franceses A. Rucquoi, R. Bonnaud, F. Dosse y S. Ingerflom a la hora de delimitar los posibles síntomas y vías de resolución de la tan cacareada “crisis”. 

Junto a los balances, abundaron las visiones prospectivas, que encontraron una adecuada representación en las sesiones sobre “La historia en el siglo XXI: nuevos enfoques”. En ellas se confrontaron diversas conjeturas acerca de las perspectivas y especialidades historiográficas con más futuro: desde la “nueva microhistoria” (M. Peltonen) hasta la “nueva historia política” (A. Signorelli, D. Barriera, X.R. Quintana) pasando por la historia “transnacional” (L. Fernández Prieto) y la historia de la “fiscalidad” (D. Menjot), entre otras. Este apartado contó con una vasta y muy cualificada representación de historiadores latinoamericanos, en particular argentinos. 

Los temas epistemológicos y metodológicos también recibieron cumplida atención en otras sesiones de comunicaciones consagradas al problema de la temporalidad, la repercusión de las nuevas tecnologías en la disciplina, el modo de escribir la historia global, la relación entre las diversas especialidades históricas y la historia de la historiografía. 

En el caso de las mesas redondas, tal vez la experiencia más interesante del Congreso, los aspectos epistemológicos y de método cedieron en interés ante las cuestiones relacionadas con la historia como institución (profesionalización, enseñanza) y como elaboración ética y política de las identidades colectivas. Esto no significa que las interrogantes epistemológicas fueran excluidas del debate en las mesas. Las dedicadas a discutir sobre la interdisciplinariedad y el estatuto científico del saber histórico se inscriben en este registro. La mesa titulada “Teoría e historia: una relación difícil” fue una de las más estimulantes del Congreso. En ella pudo verse una escena bastante insólita en el panorama español: la controversia intensa entre dos historiadores (D. Nirenberg y G. Passamar) y tres filósofos (M. Cruz, A. Campillo y Mª I. Mudrovic) acerca del papel de la teoría en el trabajo de los historiadoes. Tampoco hay que pensar que estos otros aspectos institucionales y ético-políticos sólo se trataron en el escenario de las mesas. La espléndida conferencia inaugural que pronunció Enrique Florescano, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, exploraba precisamente el modo en que la identidad colectiva de la nación mexicana implicaba la adopción de un tipo de relato occidental cuya razón de ser descansaba en la violencia simbólica ejercida sobre la trama de las narraciones mitológicas indígenas. En esta misma línea temática se inscribe la interesantísima intervención de Rajnarayan Chandavarkar (Trinity College, Cambridge) en la sesión consagrada a las historiografías postcoloniales. Por último, no puede dejarse de mencionar la animada sesión presidida por David Nirenberg, donde historiadores de tradiciones nacionales muy dispares debatieron sobre “Mentalidad, alteridad y multiculturalismo”. Por otro lado, el encuentro de Santiago dedicó dos concurridas sesiones de comunicaciones al problema del futuro de la enseñanza de la historia.

Estas excepciones no anulan el hecho de que las cuestiones acerca del saber histórico qua institución y en sus implicaciones éticas y políticas se desarrollaran principalmente en el curso de las trece mesas redondas integradas en la secuencia del Congreso. Se debatió sobre historia y nacionalismo, sobre el futuro de la historiografía española, sobre la función –en una animada mesa presidida por Ramón Villares- de la enseñanza de las humanidades, sobre la relación entre la investigación histórica y el poder, sobre historia e identidad sexual, sobre el significado de la rebelión de Chiapas para el trabajo de los historiadores. La concurrencia y la temperatura de los debates pareció llegar a su clímax en las mesas dedicadas a la historia de las mujeres (presidida por Cristina Segura) y a la identidad de la historiografía latinoamericana (presidida por el cubano Sergio Guerra). ¿Es posible una historia en común de mujeres y hombres?; ¿existe una historiografía latinoamericana con identidad propia?. Estas preguntas hicieron sentir sus aristas con intensidad; en el primer caso al contrastar la historia de las mujeres con la historia del género; en el segundo a raíz de las críticas suscitadas por Juan Manuel Santana (Universidad de Las Palmas) acerca de la autonomía intelectual de los historiadores cubanos. Un debate en fin, denso e interminable, aunque a veces falto de unas mínimas coordenadas comunes entre sus participantes, fue el que se suscitó en la mesa sobre “Postmodernidad, historia y nueva ilustración” (G. Iggers, P. Joyce y A. Campillo, entre otros). 

Es digna de resaltarse la inclusión, en el Congreso, de dos mesas redondas –además de una sesión de comunicaciones- dedicadas a examinar los problemas de la profesionalización, el relevo generacional y la carrera docente de los historiadores. Estos asuntos, que Gerard Noiriel ha situado recientemente en el corazón mismo de la actual crisis de la historia, no suelen ser tratados en los congresos de especialistas. El de Santiago ha tenido el mérito de afrontarlos sin poner barreras, dejando oír a todas las voces –desde el catedrático hasta el alumno, pasando por los profesores contratados, los licenciados en paro o los historiadores obligados a ejercer otros oficios- y emplazándolos en un marco internacional. Los comentarios de Paulino Iradiel y de Cristina Segura sobre la situación española pudieron confrontarse con los de Fernando Devoto y Darío Barriera (Argentina), Teófilo Ruiz (USA), James Vernon (GBR), Micheline Cariño (México), Denis Menjot (Francia) y Alfio Signorelli (Italia), entre otros.

El II Congreso de Historia a Debate ha tenido el mérito de sacar a la palestra de la discusión un elenco de historiadores procedentes de las más variopintas tradiciones nacionales. La vocación no eurocéntrica, la oportunidad de sentir el vigor de la historiografía latinoamericana, la apertura a múltiples procedencias ideológicas y de adscripción disciplinar y la importancia concedida a la discusión son sin duda los mayores méritos de esta reunión verdaderamente planetaria. El hecho de poder disponer de los resúmenes de todas las intervenciones antes del inicio del encuentro y las comodidades ofrecidas por un Palacio de Congresos y Exposiciones magníficamente equipado están también en su haber. En el debe, aparte de ausencias tan importantes como las mencionadas, está el sentimiento, presente en muchas de las sesiones y mesas redondas del congreso de una falta de lenguaje común entre los profesionales, de una heterogeneidad que tiene a veces dimensiones babélicas, y no precisamente por problemas de idioma. Quizás esto pueda corregirse, en ediciones futuras, delimitando algo más la temática de las sesiones y las preguntas que articulen las mesas de debate. Pero al final queda la duda de si esta merma hay que atribuirla al Congreso o a la propia situación actual de la disciplina, donde contrasta su crecimiento exponencial con su fragmentación y sus incertidumbres. Es posible que, contando con el auxilio providencial del Apóstol Santiago, el próximo milenio nos aguarde como la luz después de un largo túnel. Lo sabremos en el 2004, fecha prevista para Historia a Debate III. 

Francisco Vázquez García (Universidad de Cádiz)