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III Congreso Internacional Historia a Debate Santiago de Compostela

IV Congreso Internacional Historia a Debate
Santiago de Compostela, 15-19 de diciembre de 2010

Dirección

 


 Ponencias aceptadas

Mesa B. Crisis 2008-2010 mirada histórica

Autor

Domingo Marrero (IES Lila, Las Palmas de Gran Canaria, España)

Título

¿Crisis económica o crisis del capitalismo?

Texto breve

Hay diversas definiciones de Economía, aunque la más común, la de mayor difusión social, viene a decir que "es la forma más racional posible de distribuir unos recursos escasos". Ha sido una fórmula de bastante éxito que se enseña ampliamente en la educación secundaria y seguramente también ­más o menos enriquecida- en la universidad.

Pero si esa definición fuese cierta no morirían diariamente miles de personas en todo el mundo a causa del hambre, porque cada día se tira a la basura suficientes alimentos frescos para que nadie en el planeta se acueste con el estómago vacío. Si fuese verdad, no sucumbirían cinco seres humanos cada minuto ante enfermedades curables, porque existen bastantes medicamentos almacenados para tratarlos. En fin, si esa definición tuviera al menos un prurito de certeza no habría en España trescientos o cuatrocientos mil ciudadanos sin techo o habitando infraviviendas, porque la cantidad de casas vacías supera los tres o cuatro millones. Salvo, claro está, que se considere racional tanto sufrimiento humano.

El auténtico objeto de la actividad económica capitalista es la acumulación irracional de un creciente volumen de riqueza en el menor número posible de manos. Así, los bienes (alimentos, medicinas, viviendas…) no se producen para cubrir las necesidades de las personas, ni se dirigen allá donde esas carencias son más acuciantes, sino que se concentran donde los capitalistas puede obtener un mayor beneficio de ellos el objetivo final es satisfacer su ilimitado afán de lucro, su avaricia. Esto sí permite comprender todo lo anterior, le imprime racionalidad. Y a hechos como que Argentina tenga que hacer planes contra el hambre al mismo tiempo que es el sexto exportador mundial de trigo y el decimocuarto productor mundial de leche de vaca.

Desde su falaz definición, y desde la pseudociencia que sobre ella han levantado (desde "su racionalidad"), los economistas capitalistas presentan la desigualdad, la pobreza, y el hambre como anomalías del sistema, en vez de lo que realmente son el medio y el síntoma de que "todo marcha sobre ruedas" la acumulación de riqueza en un decreciente número de manos sigue adelante. Y, desde luego, están muy interesados en presentar esta crisis (y todas las anteriores) como otra anomalía más.

Sin embargo, esta recesión es perfectamente reconocible. Muchos analistas discutieron los primeros meses cuál de las grandes crisis económicas de la historia del capitalismo industrial podía semejarse a ésta, o viceversa. Todas ellas se parecen bastante, especialmente en sus efectos, pero estuvieron motivadas por diferentes razones. La actual tiene la particularidad de reunirlas todas.

Ha sido una crisis de sobreproducción, como la de 1873, muy vinculada a los negocios inmobiliarios en sectores como la construcción y el financiero. Pero también ha estado provocada por la sobreespeculación, como la de 1929, en torno a esos mismos productos inmobiliarios e hipotecarios, que cambiaban de manos a gran velocidad acumulando plusvalías inimaginables en plazos de vértigo, al igual que los valores bursátiles de las empresas protagonistas de ese proceso. Y asimismo, como en 1973, ha estado precedida por un aumento espectacular del precio del petróleo, que alcanzó su máximo histórico precisamente en Julio de 2008.

Además, todas esas grandes recesiones ocurrieron después de períodos de expansión económica extraordinaria, cuando el sistema "estaba funcionando como un reloj", y la que sufrimos ahora muy particularmente. La liberalización de la economía (la desregulación) comenzó en los 80 con las políticas de Reagan y Tatcher (Felipe González en España). Pero desde comienzos de los años 90, vencido su enemigo de la Guerra Fría, los capitalistas nunca habían tenido las manos tan libres para actuar a escala global como ahora. Y lo han hecho. Entonces, ¿por qué se vino todo abajo justo cuando se daban las mejores condiciones para cumplirse la "utopía capitalista"?

Sólo hay una respuesta posible porque las crisis son consustanciales al funcionamiento de la misma economía de mercado. Son bastante conocidos los estudios de unos cuantos historiadores económicos, de diversas tendencias historiográficas, sobre la evolución cíclica de la economía capitalista. Y, de hecho, los economistas capitalistas admiten la existencia de esa dinámica, en la que a cada fase expansiva le sucede una etapa de contracción. ¿Por qué, entonces, siguen presentándolas como anomalías?Porque las consecuencias más importantes y notorias de todas las recesiones evidencian mejor que cualquier otra coyuntura el auténtico fin, la esencia misma, de la actividad económica capitalista implican un rápido y traumático proceso de concentración de la enorme riqueza antes generada. Los hechos son incontestables y, como ya viene sucediendo desde hace meses, los más ricos están fortaleciéndose económica y políticamente, y los pobres son ahora más pobres y están más desprotegidos. Ése es el sentido de las fusiones bancarias y empresariales, pero sobre todo de las reformas laborales y de los recortes del gasto público. Los economistas capitalistas no pueden ocultar todo esto, pero tampoco pueden revelar su auténtica naturaleza no tienen otra opción que presentarlo como algo accidental.

En consecuencia esta crisis también era perfectamente previsible. Por eso, personalidades y entidades de diversa naturaleza, como ATTAC o el LEAP (Laboratorio Europeo de la Anticipación Política) la habían advertido reiteradamente varios años antes de su comienzo. ¿Y en España durante cuánto tiempo estuvimos oyendo hablar de la "burbuja inmobiliaria" antes que estallara? Al parecer casi todos lo sabíamos, menos los economistas, claro. Su silencio de antes les delata más que su actual charlatanería.La complicidad de su mutismo es aún mayor teniendo en cuenta que había un motivo añadido para preverla la misma recesión, exactamente la misma por sus causas, características y consecuencias, ya se había desatado en Japón veinte años atrás. Pese a su precisa similitud, a su cercanía en el tiempo, y a que el país asiático aún no se había recuperado de ella en 2008, casi nadie la recordó, a ningún especialista se le ocurrió tomarla como referencia para explicar la presente.

Puede que su duración, más de dos décadas, sea motivo suficiente para barrerla bajo la alfombra del análisis económico no anuncian lo mismo sus cantos de sirena sobre cuándo saldremos de ésta. Pero lo esencial para olvidarla reside en su propio nombre, la "recesión yakuza", como es conocida en Japón. Ya en 2005, el Comisario de Policía francés Jean-François Gayraud, en su trabajo El G 9 de las mafias en el mundo. Geopolítica del crimen organizado, explicaba que el crack financiero-inmobiliario japonés de finales de los 80 estuvo mediatizado por la penetración de la mafia nipona en la "economía legal" del país. Y advertía que la familia Gambino, de la mafia neoyorquina, ya estaba operando "al estilo japonés" con la financiera Merril Lynch. En septiembre de 2008, el Banco de América debió inyectar 44.000 millones de dólares en esa entidad para evitar su quiebra. La crisis estaba dando sus primeros pasos.

Aunque la responsabilidad de las mafias en esta tragedia y su connivencia con el capital financiero pueda resultar llamativa y preocupante, no es precisamente una novedad el nacimiento y el desarrollo del capitalismo se han fundado básicamente en el crimen. Un somero paseo por su historia, desde la "destrucción de las Indias", pasando por la trata trasatlántica (el mayor negocio del siglo XVIII), por el imperialismo de los siglos XIX y XX (incluyendo el genocidio de 10.000.000 de congoleños por los belgas en diez años), y terminando en los 17.000 niños que hoy morirán de hambre (hasta más de 62.000.000 en la última década), basta para comprobarlo.Esta intrusión del crimen organizado en la actividad económica lícita podría reforzar la percepción de muchas personas críticas con el sistema, que están interpretando esta recesión como un síntoma de debilidad de la economía de mercado, víctimas del discurso que la presenta como una anomalía. Pero, considerada como una coyuntura decisiva de acumulación y concentración de riqueza, sucede todo lo contrario es una clara demostración de su vigor. Por eso quienes han provocado este crack, y se han lucrado personalmente con él, están ahora dictando las soluciones.

Sin embargo, la única novedad significativa, que realmente distingue la actual recesión de las anteriores, está siendo igualmente escamoteada por los analistas y los expertos, precisamente porque deja entrever una fisura crítica la que se está abriendo en la ideología de la "democracia del consumo" y de la "prosperidad para todos". Es verdad que las primeras víctimas del crack, los millones de occidentales que no pudieron hacer frente a sus hipotecas inmobiliarias (sólo en España, 350.000 familias), lo han perdido todo. Fueron el motor y los aparentes beneficiarios de la etapa de expansión. Ahora toda su riqueza se ha esfumado. Pero también es cierto que la gran mayoría lo hizo por mero consumismo, endeudándose mucho más allá de sus posibilidades, en plena vorágine especulativa. Y es su papel como "multitud de pequeños colaboradores necesarios" el que se ha omitido prácticamente del todo, aunque esta crisis no se habría desatado sin su concurso. Son los que ahora andan preguntándose si "esto era lo que les habían prometido".