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LA POLÍTICA: DE VIEJO A NUEVO OBJETO HISTORIOGRÁFICO

Tema 6

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Xosé Ramón Quintana Garrido

IES "Pazo da Merced"-As Neves

LA POLÍTICA: DE VIEJO A NUEVO OBJETO HISTORIOGRÁFICO

Tras décadas de predominio de la historia económica, la historia social o la historia de las mentalidades, uno de los casos más llamativos de los últimos tiempos es el regreso a un primer plano de la historia política. En realidad, este tipo de historia nunca había desaparecido, pero tampoco es menos cierto que en los sectores más avanzados de los estudios históricos de los años cincuenta, sesenta y setenta, había caído en un claro descrédito. Ello se explica por la forma de concebir el conocimiento histórico por parte de la historiografía académica del siglo XIX y primeros decenios del XX. El historicismo, el positivismo, y sus epígonos, con sus estrechas formas de entender la historia política y el ejercicio de la investigación, llevó a los protagonistas de la renovación historiográfica ¾ que se detecta con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial¾ a confrontarse con los anteriores y a marginar su principal forma de investigación, confundiendo las insuficiencias de un método con el objeto al que se aplicaba.

Las nuevas historiografías supusieron un progreso en la forma de abordar el pasado (historia económica, historia social, demografía histórica, historia de las mentalidades, ...), pero también hubo una víctima inocente, pues el hundimento de las formas historicistas y metódicas arrastró, de forma inevitable, a su objeto de estudio predilecto: la política. Aunque no desapareció del panorama internacional, sustantivamente considerada la historia política tenía poco que ofrecer a las nuevas generaciones que se incorporaban a los estudios históricos, a las cuales les era más rentable y atractivo dedicarse a aquellos temas más en boga en el mundo intelectual y académico.

Sin embargo, la historia política ha regresado. Los factores que han llevado a su reciente recuperación y aun renovación son diversos. La evolución y complejización de la sociedad puso en evidencia no sólo un gran desarrollo de las instituciones estatales y de todo tipo de organizaciones, sino que la esfera de lo político era un ámbito en el que se toman decisiones fundamentales para el conjunto de la sociedad. La importancia de las guerras y de las relaciones internacionales en la más inmediata historia mundial, también mostraron la centralidad de la política. Y el desarrollo de la ciencia política o la sociología política no dejaría de patentizar la necesidad de abordar los asuntos políticos por los historiadores. La mundialización de la información y el papel de los mass media, puso de relieve la trascendencia de la opinión pública como pieza nuclear de la vida ciudadana. Los historiadores no dejaron de intervenir en el debate político y publicístico, al ofrecer o demandárseles sus juicios sobre aspectos claves de la historia más reciente. Al respecto, basta recordar en Alemania la denominada Historikerstreit o la reciente controversia sobre la obra de D.J. Goldhagen, y también el debate en Francia sobre el régimen de Vichy. Estas polémicas ¾ y algunas otras¾ mostraban la persistencia de una dialéctica pasado/presente en la que la historia aún seguía poseyendo una nítida utilidad social. De todo ello se derivó la constatación de que la historia inmediata no tenía por qué ser dejada en exclusiva al periodista. Estas circunstancias han llevado a contemporaneístas franceses a referirse a un nuevo campo historiográfico: la historia del tiempo presente. La reciente atención historiográfica a la memoria es una clara muestra de esta dialéctica pasado/presente.

En el resurgimiento de la historia política también se encuentran factores específicamente internos a la comunidad de historiadores. En conexión con la fluctuación del mercado laboral universitario y con la ubicación institucional y el reparto de roles, en ciertos historiadores se produjo una creciente insatisfacción, pues las investigaciones en historia económica, social o cultural se encontraban, en no pocas ocasiones, con los polimorfos fenómenos del poder, que los paradigmas dominantes no eran capaces de aprehender convincentemente. Este estado de cosas trajo consigo una crítica de tales modelos desde diversas ópticas ideológicas y metodológicas.

Estas críticas no eran más que síntomas de una crisis larvada de alcance más general que afectaba a la naturaleza del saber histórico en su conjunto y que se empieza a evidenciar desde finales de los años setenta, suponiendo la entrada en crisis de los grandes modelos historiográficos dominantes desde los años cincuenta y la pérdida de su hegemonía intelectual, eclosionado otras formas de escribir la historia.

De todas las cuestiones implicadas en tal crisis de identidad, dos son especialmente relevantes a nuestros efectos: el retorno del actor y la naturaleza de la narración histórica. Bajo la expresión "retorno del actor", se encuentra una problemática que atraviesa no sólo el discurso histórico, sino el conjunto de las ciencias sociales desde sus constituciones disciplinares hasta hoy mismo. Uno de sus elementos centrales de debate es la tensión holismo metodológico versus individualismo metodológico. Las principales modalidades de "nueva historia" partían de enfoques holistas basados en el estudio de sujetos colectivos entendidos como totalidades, lo que llevaba a presentar a las estructuras como los únicos o principales ejes del estudio del pasado, lo que implicó la extensión de un determinismo de las estructuras que impedía la aquilatación de la acción humana y del cambio histórico y supuso una infravaloración de la dimensión política y la incapacidad para aprehenderla convincentemente. De ahí que gran parte de las corrientes históricas más recientes ¾ entre ellas la nueva historia política¾ pretendan superar el determinismo estructural-funcional y dar entrada sustantiva a los actores, a la acción, en una suerte de revalorización intuitiva de los postulados del individualismo metodológico, que en manera alguna debe confundirse con el retorno del "individualismo" decimonónico.

La tematización de la problemática de la narratividad dio nueva legitimidad a la narración histórica, antaño despreciada por ser típica de la historia política tradicional. En el nivel más simple, implicó la desaparición de un complejo de inferioridad por parte de determinados historiadores frente a los corsés estructuralistas y abrió la posibilidad de explorar nuevas formas de abordaje del pasado. Más profundamente, los estudios sobre la exposición histórica evidenciaron su carácter esencialmente narrativo.

Todos los elementos aludidos no hicieron más que constatar que la historia política no sólo era necesaria para poder explicar y comprender gran parte de los fenómenos y cambios históricos, sino que podía y debía renovarse mediante el contacto e influencia de las ciencias sociales y plantearse de otras formas distintas a las tradicionales.

La nueva historia política presenta dos características en cuanto a la forma de concebir su objeto: dependencia y autonomía. Dependencia: todo actor político está inmerso en un escenario económico, social o cultural que condiciona ¾ pero no predetermina¾ su comportamiento y campo de acción. Y viceversa: las estructuras y cambios en los ámbitos económico, social o cultural, en muchas ocasiones tampoco pueden entenderse sin las repercusiones que en ellos tienen las acciones políticas. Otro rasgo distintivo es la autonomía: toda realidad de poder o toda situación política no pueden comprenderse como una simple proyección automática y mecánica de unos previamente supuestos intereses económicos y sociales, puesto que el ámbito de lo político presenta su propia e irreductible especificidad y no es, en manera alguna, un mero epifenómeno de la "infraestructura".

La historia política ha ganado definitivamente su carta de legitimidad como poseedora de un continente propio, al renovar objetos, métodos y fuentes. En este proceso, conceptos, métodos, técnicas y temáticas procedentes de la ciencia política, la sociología política o la antropología política fecundan el arsenal del historiador de la política. Y éste aporta a aquéllas un caudal de análisis que permiten la confrontación de sus categorías con la realidad histórica. Con todo, es necesario indicar dos "límites" a esta renovación. Por un lado, no todos los autores de historia política la ejercen, pues siguen existiendo enfoques tradicionales de los que también nacen obras de calidad. Por otro lado, la existencia de estereotipos e "imagenes profesionales" que dificultan la comunicación entre historiadores y científicos sociales, y los problemas nacidos de la traducción y adaptación del aparato teórico de las ciencias sociales al marco de las investigaciones concretas.

Todo lo señalado ha llevado a un cambio de perspectiva en la historia política: ahora no tiene por qué ser en exclusiva el relato de acontecimientos o de las acciones de los grandes hombres de Estado, sino que puede y debe interrogarse por todas las cuestiones relacionadas con el fenómeno del poder. Y ello trae consigo que pueda y deba darse una imbricación de lo político con lo social, lo cultural o lo económico. La historia política ha de ser, cuando sea necesario, un híbrido disciplinar que difumine los contornos de las diferentes dimensiones de la sociedad y suprima las barreras establecidas entre las diversas actividades historiográficas.