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Mesa G

Mesa G

 

 

Irma Antognazzi

(Univ. de Rosario, Argentina)

Fuimos formados en una supuesta ética de la objetividad y la neutralidad. Eran los años 60 donde todavía pesaban las tradiciones positivistas y estaba en plena vigencia el enfoque estructuralista. La "neutralidad valorativa" se ensalzaba y se exigía a todo investigador que se precie de tal. La diferencia entre las ciencias naturales y las llamadas de la cultura, de la sociedad, o del espíritu, incluyendo éstas la historia se concebía como tajante. La pregunta de para qué sirve la historia parecía formulada sólo por los padres de la Historia. No se traía el problema al presente. Mientras los espacios académicos mantenían sus claustros supuestamente lavados de ideología buscando "imparcialidad" se escamoteaba el papel que esas teorías estaban desarrollando y actuando sobre los procesos sociales en marcha desde la instrumentación que se hacía desde el poder.

En mi país, como en otros, la explicación de que "ideas foráneas", y "subversivas" debían ser erradicadas porque rompían el "equilibrio, la "armonía", la "paz social" "el orden", "los valores occidentales y cristianos", empezaron a instalarse desde los intelectuales institucionalizados. Y no es casualidad que hayan sido quienes conformaron los organismos de familiares de las víctimas directas del terrorismo de estado, quienes empezaron a romper esa especie de coraza que se creaba donde pretendían justificar ante la opinión pública el "por algo habrá sido".

Quienes fuimos formados en esa ética de ascetismo con respecto a los valores no podíamos incursionar en el terreno del destape de los intereses de clase de los contenidos que se lanzan desde el poder. Eramos acusados de "hacer política". En mi país está instalado así. Cuando se pretende analizar el contenido de clase de los hechos, de los discursos, etc, surge la acusación de que se está haciendo política, "que se está politizando el caso", mientras quienes se presentan "neutrales", encubren su forma de hacer política. Y se presentan como árbitros, más allá del "bien y del mal", por encima de las "dos campanas". Se necesitó una amarga experiencia en mi país que no fue solo el terrorismo de estado y sus secuelas de muerte y dolor, sino el fraude de la deuda externa, la liquidación del estado- nación por el estado de las transnacionales, el retorno de muchos intelectuales que habían doblado el camino o lo perdieron en un exilio ajeno a las luchas populares, para que algunos, muy pocos de aquella generación, pero un número creciente de jóvenens estudiantes, empezáramos a plantearnos la cuestión del compromiso social del intelectual. Que no es generar panfletos, sino avanzar en el conocimiento- explicación, diagnóstico, de las situjaciones sociales, alcanzar un compromiso con la verdad, palabra que está muy devaluada o casi abandonada, envuelta en la telaraña de un idealismo subjetivista a ultranza, olvidada de las precisiones de un Lenin acerca de la verdad absoluta y relativa, en última instancia siempre relativa y en proceso de construcción. El compromiso máximo del intelectual es avanzar, decíamos, hacia la verdad, ese es, por otra parte, el compromiso de todo científico. Aquellos que al servicio del poder encubren la verdad o la "descubren" sólo para sus amos, no son científicos sino mercenarios.

El compromiso social con la verdad debe instalarse en la arena de la lucha teórica. En mi país está prácticamente ausente y a veces, cuando se intenta, se confunde con una lucha político - partidaria. En mi experiencia docente en cambio, encuentro en los jóvenes cada vez una búsqueda más fuerte de explicación para dar forma científica al conocimiento empírico que les brinda su práctica de vida en el marco de las consecuencias del mal llamado "neoliberalismo". Desanudar la maraña del discurso "oficial" tanto académico como específicamente político, observar la forma en que los pueblos se mueven, son algunos ejes de trabajo. Campos que deben ser tomados por los científicos que nos alineamos desde la óptica de los intereses de los humanos como tales, y no como integrantes de pequeñas y cada vez más pequeñas minorías que se arrogan ser propietarios del planeta.