Debates


¿Qué historia vamos a enseñar en el nuevo siglo?


¿Acaso la definición de los programas de enseñanza de la historia fue alguna vez atribución exclusiva de los investigadores y docentes de la disciplina? Los programas de estudio en las escuelas y colegios ha sido, históricamente, resorte de los Ministerios de Educación; es decir una decisión gubernamental y estatal. En Costa Rica y desde 1949, a tono con recomendaciones de los técnicos de la UNESCO y de otras misiones diplomáticas internacionales. Por lo tanto, la enseñanza de la historia ­en menor grado que la investigación- ha estado ligada a proyectos culturales, no necesariamente identificados en todos sus contenidos con necesidades de los Estados Nacionales, sino de integración de los ciudadanos letrados con la cultura occidental, capitalista. Basta con citar la subordinación mental y racionalista a las periodizaciones de la historia universal y el enfoque eurocentrista de tales visiones.

En los estudios superiores la llamada “autonomía universitaria” permite márgenes de definición de estrategias de enseñanza de la historia y los estudios sociales. Sin embargo ello no se tradujo en la renovación de los programas de estudio, de tal manera que el conocimiento "elemental" de la historia en los niveles escolares y de secundaria incorporara los temas, la diversidad de enfoques y los resultados de las investigaciones, a tono con los fines humanistas y sociológicos de la disciplina. Además, se plantea el problema de las relaciones entre edición de las obras, los textos y autores estudiados, las metodologías de enseñanza, los requisitos estatales de graduación. Las respuestas de los historiadores críticos a los problemas inmediatos del desarrollo que exigen los distintos sectores sociales, en particular, las "clases subalternas", no siempre ingresan a los programas de enseñanza oficial. En Costa Rica, por ejemplo, la historia de las luchas sociales; del movimiento obrero; de la rapiña colonialista e imperialista, de las desigualdades sociales, o de las organizaciones políticas no gubernamentales, apenas se tomó en cuenta en los programas, hacia el segundo lustro de los años 70. Hay fundamento, pues, para la idea de que la enseñanza de la historia ha cumplido el objetivo de integración de las identidades nacionales en tanto visión del pasado para que los pueblos reconozcan y se subordinen a las relaciones sociales comandadas por las clases superiores en sus diversas zonas de dominio y sus tiempos.

En consecuencia, la actual fase de crisis capitalista que irrumpe, plantea a los historiadores el desafío de construir los consensos políticos e institucionales para que la próxima generación de ciudadanos esté alerta de esas maniobras y reciba enseñanzas que estén programadas en el parámetro de construir relaciones sociales y políticas con sentido de historicidad, humanismo, justicia social; equilibrio entre la economía, la convivencia y la naturaleza; valoración objetiva de la posibilidad de la paz entre los Estados. Ello implica, aunque no necesariamente, el debate con las corrientes historiográficas actuales que persisten en amilanar a las juventudes y a los jóvenes profesionales para que no cuestionen ni actúen en concordancia con los valores mencionados, cuando las autoridades políticas se erigen aliados de las fuerzas económicas y sociales que retardan los cambios estructurales.


Carlos A. Abarca Vásquez
Universidad Nacional. Heredia. Jubilado