Debates


¿Qué historia vamos a enseñar en el nuevo siglo?


Estimado Miguel

Comparto contigo todo lo que planteas en tu mensaje. Y no es mera retórica, la versión extensa de mi documento aborda algunos asuntos que no aparecen en el resumen para HaD. Y, si no de la misma manera, también planteo algunos de los problemas que tú has señalado, desde el desinterés social y político por la educación, hasta el papel de los "expertos" y de la formación del profesorado en esta crisis.

Algún que otro compañero ya me ha transmitido su impresión de que "cargo muchos las tintas" sobre el asunto del modelo de enseñanza. Seguramente es cierto, sobre todo porque el profesorado y los centros poco (que no es lo mismo que "nada") pueden hacer por transformar los contextos sociales y familiares de nuestros niños y jóvenes. Todos los estudios indican que esos contextos son determinantes en la trayectoria académica, actitudes y aptitudes del alumnado, muchísimo más que la titularidad de los centros donde estudia y que, por supuesto, los enfoques pedagógicos. Sin embargo, "nuestros zapatos", nuestro principal campo de actuación, donde sí tenemos más opciones (que no todas, ni mucho menos) de realizar algún cambio significativo, es el de nuestras mismas prácticas curriculares.

Pero cualquier docente que haya sentido el desdén, cuando no el desprecio, de muchos de sus alumnos y alumnas por "el saber" y por determinados valores humanos, particularmente en contextos sociales populares, puede lógicamente desmotivarse, además de topar con la influencia difícilmente socavable de un medio familiar incluso "hostil" al aprendizaje. Sería "un consuelo" que esos jóvenes trajesen a las aulas una contracultura elaborada por ellos (¿como en los 60 y 70?). Pero no es así en la gran mayoría de las ocasiones: lo suyo es el consumismo y el reggetón.

Por eso, yendo más al fondo, su "cultura de la incultura" es uno de sus principales mecanismos de alienación y, en consecuencia, de su subordinación social a muy largo plazo. Y yendo también a lo más específico de nuestros debates -nuestra historia- tendríamos que retroceder setenta y ocho años para encontrar un intento serio de transformación social a través de la educación. En aquel entonces los objetivos fueron bastante elementales: alfabetizar la población y construir una enseñanza pública y laica. En ese sentido, el deficitario esfuerzo inversor de todos los gobiernos de nuestra Monarquía Parlamentaria que tú señalas, sugiere que ésta ha preferido heredar el “escaso interés” del franquismo por el desarrollo humano, que el compromiso de la IIª República con el avance social.

Pero nuestro índice de fracaso escolar de casi un 31%, que duplica la media europea, y que crece mientras ésta desciende, no es sólo un “mal dato coyuntural que nos aleja de la convergencia con Europa”. Es sobre todo una hipoteca sobre nuestro desarrollo de, al menos, sesenta años. Y aunque en el corto plazo provea a los grandes partidos de una masa de votantes acríticos y dependientes, a medio y largo plazo se convertirá en un lastre histórico insoportable.

Saludos cordiales,

Domingo Marrero Urbín,
Profesor de secundaria, IES Santa Teresa,
Las Palmas de Gran Canaria