Debates


Historia de la Guerra Civil Española

 
El 10 de noviembre de 1938 , Luis de Arana Goiri , enviaba a Londres un Memorándum de nueve páginas  a la atención del Vizconde de Halifax. Acompañaba  al documento una carta con  las ideas fundamentales que sustentaban la propuesta  al Gobierno de Su Majestad. El  hermano del fundador del PNV, pedía lisa y llanamente «la ayuda y protección de la poderosa Gran Bretaña para conseguir la libertad de la Nación Vasca, es decir, la independencia de Euzkadi, hoy en sus regiones peninsulares: Bizkaya, Guipuzkoa, Nabarra y Araba, para formar una República Federal Vasca asentada entre Francia y España». Advertía que  esta idea  suponía «un bien considerable para la Gran Bretaña y aun para su aliada Francia». Luis de Arana se refería al conflicto que vivía la Península como «esta cruel guerra española destructora de mi amada Patria Euzkadi», su ya clásico victimismo se expresaba como sujetos al «yugo español monárquico o republicano, siempre yugo insoportable por el odio español». Se olvidaba de la reciprocidad que constituía la presentación de dicho documento.  Arana se instituía en portavoz del nacionalismo vasco y reclamaba la ayuda británica para desvincularse de la suerte de la República española.

Presentaba a Halifax la siguiente proposición:

«Que Inglaterra en colaboración con Francia, por tratarse de territorios vecinos a ésta, se declaren protectores para la formación, y luego con el título efectivo, de los dos estados políticos o Repúblicas que habían de formarse del Pirineo al Río Ebro; la una Vasca, bajo la denominación de Euzkadi y el protectorado efectivo de Inglaterra, y la otra latina, catalano-aragonesa, bajo el protectorado de Francia, ambas repúblicas completamente independientes una de otra; consiguiendo así nosotros, los patriotas nacionalistas vascos, el bien que anhelamos para nuestra patria Euzkadi Peninsular, conseguiría también para sí misma Inglaterra la posesión de la vía terrestre más corta de acceso al Mediterráneo comenzando en el Golfo de Bizkaya (sic) en Bilbao y terminando a los 400 kms aproximadamente, en línea recta, en un puerto que a Inglaterra conviniera en el Mar Mediterráneo próximo a las Islas Baleares. Su colaboradora Francia conseguiría por este hecho para sí misma con su protección a esa república latina catalano-aragonesa la supresión de toda una extensísima frontera pirenaica peligrosa y adversa para ella con una España probablemente adicta a Italia y Alemania. ¿No hay así compensación al sacrificio que Inglaterra y Francia se impondrían aceptando esta proposición? ¿No hay concurrencia de bienes para unos y otros?»

Arana, una vez propuestos los territorios que constituirían las dos nuevas republicas, advertía que en ningún caso se haría  reclamación alguna de los territorios vasco-franceses y catalano-franceses para las dos nuevas repúblicas.  Era obvio que París no  habría aceptado ninguna reivindicación  que rompiera su unidad nacional. Y llegaba a pedir armas y su «alta dirección militar» a Londres para que  los vascos obtuvieran su «libertad e independencia».

Estas pretensiones de Luis de Arana era absolutamente quiméricas. Para  Londres su única preocupación era el fin de la guerra en España. Lo que proponía el vasco era complicar más el panorama ibérico con la creación de dos nuevos Estados, que no harían otra cosa que crear un nuevo conflicto con la República en primer lugar y en el futuro que se veía venir, el más que probable vencedor de la guerra, Franco, quien era en aquellos momentos el que controlaba las tres provincias vascas y Navarra además de  gran parte de Cataluña. Pero a pesar de eso, Arana manifestaba que los nacionalistas ya se consideraban ajenos a los intereses de la República española, y aprovechando la complicada situación de la guerra ellos reclamaban una paz, pero al margen del gobierno de Barcelona y en consecuencia del vencedor de la contienda.

Como una muestra más  del alejamiento de los nacionalistas de la República, en noviembre, días después del anterior Memorándum, Manuel de Irujo se hallaba de visita en Londres. El ex-ministro sin cartera del gobierno de España deseaba entrevistarse con Lord Halifax, y  para solicitar esa audiencia no acudió al embajador de ese gobierno del que había formado parte, Pablo de Azcárate, como hubiera sido preceptivo, sino al Secretario de la Delegación vasca en Londres, Ángel de Gondra. El gesto resulta de lo más revelador.

También el embajador nazi Stolirer estaba al tanto de los actitudes independentistas. He aquí un pasaje de su informe mensual de noviembre de 1938:

«Despertar de la propaganda autonomista en Cataluña.

Sí resulta novedad el despertar de la propaganda autonomista en Cataluña. Los representantes de esta tendencia se revuelven igualmente contra Negrín. Así, el antiguo presidente del Parlamento catalán, Casanova, ha publicado recientemente un llamamiento en el cual solicita un plebiscito para Cataluña y sostiene la idea de que Cataluña debe separarse del resto de la España roja y hacer una paz por separado. Este hombre parece que ha llegado incluso a ofrecer a las autoridades francesas de París que Cataluña firme un armisticio con el fin de realizar la autonomía catalana. Falta por saber si esta propaganda surtirá efectos o si tomará una tendencia separatista. Los indicios de una evolución de este tipo no faltan; recientemente el Sunday Times ha señalado que realmente hay cuatro Españas diferentes (Cataluña, País Vasco, Galicia y "el resto") que no se asemejan en nada.»

El 21 de noviembre la diplomacia inglesa informa: que los vascos y catalanes sólo aceptarían seguir sustentando al gobierno de Barcelona si ello se basaba en la formación de una «relajada  confederación en España».

Al día siguiente, Batista i Roca presentaba al Foreign Office un documento en el que los catalanes exponían sus ideas sobre la forma para alcanzar la paz en España. Terminaba el escrito expresando claramente las intenciones del nacionalismo catalán:

«... permitiendo la evolución interna de los elementos que constituyen el Estado español. Las libertades de los países vasco y catalán, desmilitarizados y puestos bajo control internacional, serían la mejor garantía para la seguridad de las fronteras de Francia y sus líneas de comunicación con el Norte de África».

Resulta significativa la coincidencia con las posiciones que había expuesto Luis Arana en el Memorándum presentado en Londres el anterior 11 de noviembre. Y parece claro que los nacionalismos intentaban conseguir el apoyo británico (del que se derivaría el de París) para hacer realidad sus anhelos independentistas y abandonar a la República, a la que ya no se sentían vinculados. Sin embargo, constatemos el doble lenguaje: Irujo había sido ministro del gobierno de España.

Irujo se hallaba en Londres y frecuentaba el Foreign Office. Ese mismo día, el 22, se entrevistaba con el que era portavoz en los Comunes Butler y el vasco le exponía la necesidad de que la guerra terminara. Dos días después Mounsey, recibió al ex-ministro Manuel de Irujo, acompañado del catalán Bosch Gimpera (que era rector de la Universidad Autónoma de Barcelona y Consejero de Justicia de la Generalitat) y el vasco Lizaso. Se planteaba a los británicos que mediaran para lograr una tregua, ya que, una vez conseguida, eso haría difícil que se reanudara la lucha. Pero lo delirante de la propuesta es que tras el cese de las hostilidades habría que plantear una nueva estructura del Estado y su división en cuatro zonas: Euzkadi, Cataluña, el terrritorio de Franco y el territorio del gobierno español. «El resultado de los plebiscitos sería, por supuesto, una federación». El mensaje era claro: el cese de las hostilidades si, pero seguido del reconocimiento de Cataluña y el País Vasco como Estados junto con los otros dos. Recordemos que la Constitución de 1931 establecía la República como «Estado integral compatible con la autonomía» (art. l), no contemplaba un estado federal. Vascos y catalanes se separaban de la Constitución de la República y planteaban una negociación aparte y todo esto perdida la Batalla del Ebro, con la evidente concentración de  fuerzas de Franco para dar al cabo de un mes el gran empujón que les llevaría a ocupar lo que quedaba de Cataluña.

 Irujo seguía insistiendo el 7 de diciembre ante  Cadogan presentando un «Plan para el arreglo de la Guerra en España» que decía que los nacionalistas habían aprobado el anterior día 26. Se proponía el desarrollo de una Conferencia para alcanzar la paz en el que se invitaría a «las partes en conflicto». Entre éstas los vascos consideraban que además del republicano ahí debían sentarse «los gobiernos autónomos vasco y catalán» (punto B). Lógicamente, al final del plan no tenían más remedio que plantear como una de las medidas necesarias una vez lograda la paz «una reforma constitucional».

Esta fue la penosa actitud en último tramo de la Guerra Civil de las Autonomías cuyas intenciones se alejaron de los avatares de la contienda y  sólo deseaban el final de la guerra, además de cambiar un gobierno y su política. Su problema estuvo en que a aquellas alturas de la guerra necesitaban para realizar sus planes contar con el apoyo  de Londres (lo que significaba también el de París). Pero los británicos no estaban dispuestos a introducir otro elemento de desestabilización más en España. Londres deseaba el final de la guerra con un nuevo gobierno, no contribuir a tendencias centrífugas que convirtieran un interlocutor en la Península en tres o cuatro.

Alberto Bru
Graduado Social