Historia Inmediata/ Debates


¿Es posible una historia inmediata?

 
El tiempo en la historia del presente y en la historización militante.

Hace unos años empezó a desarrollarse, dentro de la historia académica, una nueva especialización llamada historia del presente o del tiempo presente . Un Primer Congreso de Historia del Tiempo Presente tuvo lugar en Cáceres, España en noviembre de 1997. Allí, J. Aróstegui, en su trabajo Tiempo Contemporáneo y Tiempo Presente , definió el campo de la especialidad como aquél del que son protagonistas las propias generaciones vivas . Por su parte, UM99, en Historia y militancia o historización militante , definió la historización militante como pensar en inmanencia una diferencia temporal (o sea, una ruptura) y producir el concepto de esa diferencia radical (o sea, discriminar, entre la materialidad del presente, lo activo y lo agotado, lo actual y lo inactual) . Las palabras son muy diferentes, pero en ambas citas aparece el presente . O sea, hay espacio para la asimilación de la historización militante a la historia del presente. Pero una y otra no tienen nada que ver. Acá vamos a marcar algunas diferencias.

El presente de la historia del presente es un segmento de una línea (cronológica o generacional, según el autor, pero no importa). En todo caso, es tiempo vivido, tiempo que fluye (Porzio, Martin y Giuffra), es decir, una porción de tiempo (el ahora o el hace poco) que es continuación lineal de una porción previa de tiempo. La historia del presente busca establecer lazos entre el pasado reciente y el pasado, por un lado, y entre el ahora y el pasado reciente, por otro. Su propósito es develar lo que del pasado influye en el presente. Su efecto es un tiempo homogéneo, sin hiatos. En esto, por reciente que sea la especialidad, no se diferencia del discurso histórico heredado, cuyos objetos son recortes espacio-temporales porciones de un tiempo y un espacio uniformes para todo tiempo y lugar. La historia del presente sólo se diferencia tal vez en la corta distancia temporal que la separa de su objeto. Pero es una diferencia débil, pues sortea la dificultad con el herramental científico de la comunidad de historiadores no importa cuán distanciados estén los acontecimientos del presente del investigador, la descripción, análisis e interpretación darán por resultado un constructo que, si se aviene a las reglas consensuadas por la comunidad de los historiadores, encontrará un lugar de circulación y legitimación académica (Mariño). La clara distinción entre sujeto y objeto queda salvada. En otras palabras, la historia del presente es un tipo de periodismo, más instruido y que realiza análisis más detenidos y profundos, pero que tiene el mismo objeto que el periodismo común. Y, como el periodismo, debe ofrecer a la sociedad explicaciones que den cuenta de los procesos [del pasado] que aún siguen gravitando en el presente y aportar con sus materiales a [la construcción de] una memoria (íd.). Es decir que, como el periodismo, la historia del presente construye un presente que es continuidad del pasado y construye inclusive la continuidad misma entre uno y otro. Aunque hay cierto reparto de tareas el periodismo cuenta hechos y busca hechos antecedentes; la historia del presente, más refinadamente, reagrupa los hechos y los transforma en puntos de procesos que llegan hasta nuestros días . Series de antecedentes, allí; series procesuales, aquí. Siempre se trata de construir continuidades. Siempre se trata de dar por supuesta la existencia de una línea de tiempo y sobreimprimirle relatos seriales. Los relatos se debaten; la línea sobre la que apoyan, no la hegemonía del tiempo lineal queda asegurada.

La historización militante es la negación de esto. En la historia del presente, el presente es un segmento en una línea de tiempo, con su doble consecuencia por un lado, este segmento es homogéneo con sus anteriores y sus posteriores y, por otro, entre todos estos segmentos no hay sino continuidad monótona. Cada segmento se corta por algún criterio puramente cronológico (décadas, guerras, presidencias, generaciones, dictaduras) pero reconocidamente arbitrario si el tiempo es continuo, lo seccionamos según nuestra comodidad epistemológica y no según sus cesuras ontológicas. En la historización militante, en cambio, se llama presente a toda la materialidad de una situación. Esta materialidad se compone de prácticas sociales. Y esta materialidad, como buena materialidad, se rige por las dos leyes más naturales que hay la reproducción o repetición y la reacción. Es decir, todo presente se compone de prácticas repetidas, contenidas previamente en la lógica de la situación. Y es decir, lo más que las prácticas de un presente pueden hacer es reaccionar ante lo que hacen otras prácticas, que a su vez son repeticiones y reacciones. Las prácticas presentes en el presente son viejas, pertenecen al pasado. Todo lo que el presente, por regla general, ofrece son prácticas que no hacen más que reproducir una lógica estructural. Por regla general a veces sólo a veces surgen prácticas nuevas, no contenidas previamente en la lógica estructural de la situación en cuestión. Estas prácticas nuevas son verdaderas acciones (no se dan ni como respuesta a otra práctica ni como sometimiento a una compulsión estructural). Son interrupciones a las repeticiones; son producciones y no reproducciones. Son actos que no estaban en potencia; son activas y no reactivas. Son lo actual de lo que el presente presenta.

Si estas prácticas nuevas existen, si en el presente se da un acto, entonces el presente también presenta una diferencia temporal, una ruptura, dentro de sí, entre el hoy y el ayer. Esto quiere decir que, cuando se da un acto, el presente presenta una cesura ontológica, una solución de continuidad entre lo previo al acto y el acto; el acto funda un tiempo nuevo. El acto rompe con la temporalidad de la estructura. Esta ruptura es lo que la historización militante historiza con el propósito de activar su actualidad (es decir, es el acto el que historiza, pero esto es otra cuestión).

La ruptura de una temporalidad situacional no es visible cuando, como de costumbre, se falta el respeto a la situación. Es invisible cuando los parámetros de análisis son externos a la situación son los parámetros de tiempo y lugar. En la historia heredada, precisamente, tiempo y lugar son abstracciones indiferenciadas capaces de abarcar cualquier cosa que ocurra. En el discurso histórico heredado, el tiempo es el de Dios o el del Universo, o el de la Patria, y el lugar, el de la superficie terrestre. Usted no ha tenido su primer noviecita en sexto grado en la Escuela de su barrio sino en el año del bicentenario del nacimiento de Hernandarias y en treinta y cuatro grados, treinta y seis minutos de latitud Sur y cincuenta y ocho grados, veintiséis minutos de longitud Oeste. ¿Hay algo que pueda zafar de entrar en lo que, por estar fuera, lo abarca? Tiempo y lugar son trascendentes a lo que ocurra. Tiempo y lugar no son parámetros de esto que ocurre sino de lo que sea que ocurra. Son los que homogeneizan el devenir para que encaje en una Historia. Son, pues, antihistóricos, porque constituyen invariantes que no varían. El presente de la historia presente es un segmento de esta unidad, delimitado por una fecha, una latitud y una longitud. La historización militante, en cambio, usa parámetros respetuosos, es decir, internos a la situación. Cada situación dispone un tiempo y lugar propios. Lo histórico está en los cambios de la temporalidad y la espacialidad de cada situación.

Si la situación es normal (sin acto o ruptura temporal), entonces su tiempo y su lugar son los del universo en que se inscribe o del cual es parte (en el caso de la facultad de Filosofía y Letras, la Argentina menemista, o el Mundo en la era de la globalización, lo que sea). Pero si la situación es anormalizada (con acto en acto o en efectuación de su potencia), su tiempo y lugar son determinados, durante el acto, por el acto que la anormaliza y, retroactivamente, sin acto, por la lógica de la situación que él armó. Lo que determina entonces la espacialidad situacional es, durante el acto, el hábito habitacional del acto y, retroactivamente, sin acto, la lógica habitacional de la situación, pero esto ya es de otro chamuyema. Por su parte, lo que determina la temporalidad de la situación anormalizada es el hábito temporal del acto y, retroactivamente, sin acto, por la temporalidad de la situación.

Luego, es necesario fechar un acto según sus parámetros. En las misiones a la luna, que transcurren fuera de todo huso horario, la hora cero del día cero comienza en el momento del despegue, aunque no sea la hora cero en el lugar del despegue. El acto, que se despega de las leyes naturales que rigen las prácticas situacionales, también se despega del tiempo de la situación de la cual es acto. Nuestro acto es la Toma de la facultad de Filosofía y Letras de mayo de 1999. Pero, por respeto al acto, lo fecharemos según sus parámetros. El bloqueo de la sala de consejo directivo, por ejemplo, no ocurrió el 11 de mayo de 1999 sino el séptimo día de Toma. Esta decisión no es parte de una estrategia de autocultivo identitario sino de una estrategia de revaluación fiel de los elementos de la situación universitaria. Esta decisión es fiel al hecho de que la Toma interrumpió la temporalidad universitaria. No hubo clases; la que debía ser la cuarta o quinta semana de cursada no lo fue y se dictó en la que debía haber sido la sexta o séptima y los primeros parciales fueron retrasados (es decir, los cronogramas, relojes del ciclo lectivo, fueron interrumpidos). Lo que es más importante, las noches fueron tiempo de trabajo y, para los alguienes que componían la Toma, la posible pérdida de un cuatrimestre no era una pérdida.

En efecto, la Toma había creado otro tiempo. El pensamiento introduce tiempo en la urgencia (la del PO, por ej. tenemos que votar un programa ya ; la del estudiante y el profesor no llegamos a ver todo el programa); normalmente, no hay tiempo para pensar (tiempo objetivo). Sólo en la emergencia subjetiva, en el acto, hay tiempo subjetivo para pensar pensar introduce tiempo de pensamiento. Este tiempo de pensamiento era, además, un tiempo sin régimen, un tiempo no instituido, en continua institución nos reuníamos en ese aula desde las doce, una de la mañana hasta las cuatro discutiendo y debatiendo y la cabeza se te terminaba partiendo en cuatro o nos quedábamos hasta que decíamos basta . No se veía un tema que entrara en un tiempo pautado previamente sino que cada tema, junto con la capacidad corporal de los presentes, imponía su propia pautación del tiempo. Y hubo un conflicto entre temporalidades en el que la temporalidad de la Facultad normal se impuso como la temporalidad más real. No era tiempo muerto, el de la toma , dice un entrevistado, pero el tiempo de la institución estaba muerto y se impuso como más real que el tiempo de la Toma, de modo que el tiempo de la institución debía revivir ( no queremos perder el cuatrimestre ).

Ahora tenemos que pensar cómo producir tiempo de pensamiento sin toma.

 

Post Scriptum. La noche fue, por excelencia, el tiempo de trabajo de Mayo porque la noche está fuera del tiempo regular de la institución. Tener la noche es tener tiempo para pensar. Quedarse hasta cualquier hora dice que el tiempo de trabajo termina cuando el trabajo, porque terminó o por fatiga del productor, no da para más; el momento de finalización es interno a las condiciones materiales de producción, no depende de una disposición externa.

Pablo Julián Hupert
UM99, Argentina

 

Bibliografía

Aróstegui, J., La Investigación histórica Teoría y Método, Barcelona, Editorial Critica, 1995, cit. por Porzio et al.

Mariño, M., La historia presente como reflexión del pasado , en VII Jornadas Interescuelas Departamentos de Historia, Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, Argentina, 1999.

Porzio, P., Martín, J., Giuffra, L., La violencia de la memoria en la historia del tiempo presente. El genocidio como práctica social los campos de concentración en la Argentina 1976-1983 , ibíd.