Debates


Historia y trabajo

 
[Nota: Adjuntamos un extracto de un artículo de C. Barros, y lo que decimos en el Manifiesto, en relación al derecho al trabajo de los jóvenes historiadores y el posible impacto del ineludible relevo generacional con el cambio de paradigmas en marcha. I.S.]

Punto XII del manifiesto "Relevo generacional"

En la segunda década de este siglo tendrá lugar un considerable relevo generacional en el cuadro de profesores e investigadores a causa de la jubilación de los nacidos después de la II Guerra Mundial. ¿Supondrá esta transición demográfica la consolidación de un cambio avanzado de paradigmas? No lo podemos asegurar.

La generación del 68 fue más bien una excepción. Entre los estudiantes universitarios actuales contemplamos parecida heterogeneidad historiográfica e ideológica que el resto de la academia y de la sociedad. Podemos encontrarnos con historiadores e historiadoras mayores que siguen siendo renovadores, y jóvenes con conceptos decimonónicos del oficio de historiador y de su relación con la sociedad. Nuestra responsabilidad como formadores de estudiantes que serán mañana profesores e investigadores es, a este respecto, capital. Nunca fue tan crucial continuar explicando la historia con enfoques avanzados -también por su autocrítica- desde la enseñanza primaria y secundaria hasta los cursos de posgrado. La historia futura estará condicionada por la educación que reciben aquí y ahora los historiadores futuros: nuestros alumnos.

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Extracto del artículo de Carlos Barros (La Historia que queremos)

La crisis laboral de los jóvenes historiadores

Afrontar en España la crisis laboral de los jóvenes historiadores como un problema propio, institucional, de todos los historiadores, es una cuestión urgente, por varios motivos:

1) Porque son nuestros alumnos, y el primer compromiso social, como profesores e investigadores, ha de ir dirigido hacia aquellos jóvenes que estamos formando sabiendo de las escasas posibilidades que van a tener para trabajar en su profesión. Por no hablar del problema que supone dicha inestabilidad laboral para la continuidad de los equipos de investigación.

2) Porque la crisis laboral es inseparable de la crisis epistemológica. La crisis de nuestra disciplina es global: social (laboral e institucional), propiamente historiográfica (de escuelas y paradigmas compartidos), e ideológica y filosófica (crisis del marxismo y demás filosofías de origen ilustrado que conforman el substrato teórico la historiografía del siglo XX).

La gravedad de nuestra crisis laboral, doblemente social -desempleo de jóvenes titulados, y escaso papel de la historia y los historiadores en la sociedad-, hace, como ya dijimos, de la historiografía española un escenario ideal para comprender, y afrontar, la crisis finisecular de la historia. Siempre y cuando, los historiadores instalados, más allá de toda autocomplacencia como funcionarios y miembros de la academia, seamos solidarios con los empiezan82, y sepamos ver, con lucidez, que el debate historiográfico no tiene salida fuera del debate social, profesional. La crisis de la historia tiene una base social y material más que evidente. Nuestro entramado académico e instucional, cimentado en la funcionarización, puede soportar la crisis epistemológica pero no la crisis laboral, social; de hecho si esta continuase agravándose, ¿podemos excluir en el futuro “reconversiones” que nos afecten muy directamente? De continuar la crisis de historiadores la marea acabará por alcanzarnos a todos, y, precisamente, hay crisis de historiadores porque hay crisis de la historia, la peor crisis de la historia.

Cuando en la calle -y en los despachos oficiales- se comenta que la carrera de historia no tiene salidas, que no sirve para nada, se cuestiona su utilidad social y, en último extremo, su cientificidad, ¿podemos permanecer los historiadores de oficio de espaldas a esa preocupación? Las preguntas que nos hacemos sobre la utilidad y la cientificidad de la historia como disciplina tienen mucho que ver, seamos o no conscientes de ello, con lo que piensa la sociedad y los poderes públicos de los profesionales de la historia, entre otras cosas porque nos incumbe materialmente: a menos prestigio social menos alumnos de historia, menos plazas de profesores-investigadores, menos medios para la investigación. Separar las condiciones materiales y sociales del ejercicio intelectual de nuestra profesión, la crisis laboral de la crisis de identidad, la crisis de los historiadores de la crisis de la historia, es caer en el autoengaño.

3) Porque afecta al relevo generacional. La revitalización historiográfica de los años 90 coincide -otra vez la paradoja que posibilita la intervención de la voluntad inteligente- con la congelación de plantillas en las universidades españolas, en el CSIC -junto con la congelación del dinero disponible para la investigación-, y en la enseñanza media -en buena parte de las autonomías-. Si la situación no cambia -o sea, si no la hacemos cambiar- en los próximos años, la perspectiva es que estaremos impartiendo docencia -y en su caso investigando- las mismas personas los próximos 20 o 30 años, con todo lo que eso puede conllevar de estancamiento y ruptura de la cadena de transmisión de conocimientos, sobre todo en el actual momento de transiciones historiográficas. La historia no tiene futuro si los historiadores que comienzan no tienen futuro.

4) Porque implica la desprofesionalización creciente de nuestra disciplina. Cada vez son más los jóvenes colegas que trabajan en cualquiera otra cosa, y, no obstante, investigan, publican y hacen su tesis, cuando no son ya doctores y bedeles, carpinteros o vendedores. El coautor de la Breve historia de España, José Manuel González Vesga, historiador-guarda jurado, es el ejemplo más conocido, pero hay más: los miembros de la Escuela Libre de Historiadores de Sevilla, y tantos otros, el fenómeno no ha hecho más que empezar.

No vamos a negar que esta desprofesionalización de la historia tiene sus cosas positivas -un mayor contacto que los profesores universitarios con la realidad social, por ejemplo- pero, globalmente, es un retroceso al siglo XIX, es el retorno del historiador aficionado -sólo que ahora con una formación académica-, y guarda relación con las fuerzas que empujan la historia hacia la literatura, alejándola de las ciencias sociales. De nuevo la degradación de la concepción de la historia y el deterioro de su base material, van juntos, se retroalimentan.

Esos jóvenes historiadores que hacen su tesis sin beca, que investigan sin cobrar, que dan clases de historia en asociaciones de vecinos y centros de la tercera edad, sometidos a menudo a una doble jornada laboral, sabiendo que todo ese esfuerzo no les van a permitir -hoy por hoy- trabajar en lo suyo, en aquello para lo que fueron formados -con el dinero público-, muestran una ilusión por la historia encomiable, dan la medida de la vitalidad que se puede esperar de las nuevas generaciones de historiadores.

Aunque sobre el dinamismo de las nuevas generaciones también se pueden esgrimir argumentos en sentido contrario. Lo vemos todos los días en las clases: conformismo; conservadurismo metodológico e historiográfico; individualismo y competitividad ambiental; desinterés de muchos estudiantes de historia por una carrera que no fue elegida entre las primeras opciones, etc. Con todo, tal vez habría que recordar aquí que los jóvenes, y más en un tiempo en que no hay lucha generacional, reflejan lo que les enseñamos, son a su modo fieles a su época, a la sociedad que nosotros mismos hemos construído.

En adelante, la decisión que debemos tomar los profesores numerarios, y a pesar de ello sumamente inquietos por la situación de nuestra disciplina, es en qué parte de los jóvenes historiadores nos vamos a apoyar para luchar por el futuro de la historia. Tampoco hay demasiadas opciones.

Ciertamente, estamos enfocando el problema laboral de los historiadores en formación desde el punto de vista de los historiadores establecidos, ¿qué papel le corresponde a los propios jóvenes licenciados, o doctores, en este crucial “combate por la historia”? El de tratar de coger su destino en sus manos. No es otra la enseñaza que les podemos legar la generación del 68 -cualesquiera que fuese la derivación ideológica posterior de parte de sus miembros- a los jóvenes actuales, y más aún a los jóvenes venideros. A sabiendas de que los contextos históricos, sociales e ideológicos, no son los mismos. Pero hay verdades que permanecen: que nadie espere sentado a que le resuelvan su problema, corre el riesgo de morir de inanición, y no todos lo jóvenes son fatalistas, ya lo hemos visto, no se debería generalizar a la hora de hablar del conformismo social de los jóvenes de hoy.

En 1989 hubo ya movilizaciones de los estudiantes italianos en defensa de los estudios de letras. El 21 de noviembre de 1995-diez días después de finalizar estas Jornadas de Zaragoza- decenas de miles de estudiantes franceses se manifestaron, junto con los profesores, en demanda de más plazas de profesores universitarios y de más dinero para la educación superior, siendo las facultades de letras de las más afectadas por los dificultades económicas, que, por lo demás, son generales -dieron lugar asimismo por esas fechas a movilizaciones en Bélgica y Holanda-, y consecuencia de políticas ultraliberales aplicadas por doquier87, desde los años 80, que amenazan con mermar severamente los gastos sociales en educación, sanidad y pensiones a finales de los años 90.

El desempleo masivo de los jóvenes licenciados de historia, y la falta de plazas para los jóvenes historiadores con vocación y formación de investigadores, remiten a dos problemas más generales que se presentan agravados en España: el paro y la financiación de la investigación científica. Soportamos un 23 % de paro, el mayor de la Unión Europea, el doble que en Europa y el cuádruple que en EE. UU., y un gasto del 0, 8 % del PIB en investigación, un tercio del 2, 5 % de Norteamérica.

Hubo un momento, en la década pasada, en que el paro ha dejado de ser un problema obrero y principió por concernir seriamente a las clases medias, principalmente a los jóvenes titulados universitarios (en la actualidad, están en el paro el 47%), dentro de los cuales los investigadores -escogidos entre los mejores expedientes- hace bastante tiempo que han dejado de ser unos privilegiados. Fijémonos sino en el caso de los becarios de investigación, pre y posdoctorales, del CSIC y de las universidades, frecuentemente educados en el extranjero, y abocados salvo excepciones al paro o a la emigración, después de años y años de formación a cuenta del Estado. Y, dentro de esta difícil problemática, los investigadores en historia, y demás ciencias tenidas por “inútiles” y/o “inexistentes” según la ideología dominante, están peor que los aspirantes a científicos aplicados y tecnólogos. No tenemos más que ver las áreas prioritarias de investigación I + D, tanto en la Unión Europea como en España; las ciencias humanas y sociales están prácticamente ausentes, y en el caso de la historia la omisión es total. Otro punto de conexión entre la crisis del paradigma común de los historiadores del siglo XX (la historia científica) y las endebles realidades materiales, en este caso como fruto directo de las políticas científicas oficiales, generadoras de desempleados de lujo, en el sentido de que es un lujo para la sociedad prescindir de sus servicios.

También sucede que cuando los parados o investigadores son de la carrera de historia, los problemas crecen, por una cuestión de imagen: los licenciados de letras no están mucho más parados que los de otras carreras -teóricamente con más salidas, pero también más masificadas-, pero lo parecen. Las representaciones colectivas generadas desde el poder nos juegan aquí una mala pasada. Las políticas educativas, culturales y científicas de tipo tecnocrático aplicadas en España, desde principios de los años 80, han marginado y desprestigiado a las ciencias humanas y sociales de tal modo, que podemos “presumir” de una situación “especial” en el conjunto de Europa. Gran Bretaña, Alemania, Francia, empiezan a estar de vuelta del economicismo en el campo de la educación y la investigación.