Historia Inmediata


Chávez


 Estimados colegas de Historia a Debate.

El pasado 20 de septiembre publiqué el artículo en el periódico catalán El Punt, que paso a continuación sobre la situación Venezolana.

Debo advertir a los lectores que se trata de un breve ensayo de carácter más reflexivo e histórico que periodístico, y que mis afirmaciones son absolutamente subjetivas y realizadas no desde la implicación personal, absolutamente nula dadas mis no vinculaciones con el país o con los ideólogos de una u otra fracción, sino desde lo que creo leer entre líneas de este intrincado laberinto que, hasta la fecha, tampoco parecen dilucidar la mayoría del apasionado (y escasamente contrastado) debate que sobre esta cuestión se viene realizando.

Es obvio que mis opiniones no van a satisfacer ni a partidarios ni a detractores de Chávez, de manera que es de esperar múltiples críticas. Las anhelo, en cierta manera, pero rogaría que éstas se hallen bien fundamentadas, refrendadas en hechos o hipótesis sólidas, y no bajo la lógica del amigo / enemigo; bueno / malo; blanco /negro.

El artículo original se puede encontrar en catalán en la dirección

http//nosaltres.vilaweb.com/info/vilaweb/elpunt.noti_elpunt?p_id=-909171

La traducción al castellano que a continuación paso, está ligeramente retocada.

Atentamente;

Dr. Xavier Diez
Centre de Documentació Històrico-Social de Barcelona

EL LABERINTO VENEZOLANO

El referéndum del pasado 15 de agosto, en Venezuela, aportó algunas imágenes muy significativas. La pugna por mantener o destituir al presidente Hugo Chávez se escenificó a partir de movilizaciones contrapuestas caracterizadas por su radicalidad. Defensores y opositores parecen hoy irreconciliables y separados por cuestiones más profundas que la permanencia o no del antiguo coronel paracaidista a la presidencia. El país parece dividido, por una parte, entre unas clases medias y bienestantes, y por la otra entre los habitantes marginados de los "cerros", la masa de excluídos de la economía formal y la política que tanto abunda en las sociedades latinoamericanas. Los primeros grupos, principales protagonistas de la ola de descontento con la situación actual, exhalan un intenso odio contra Chávez y lo que representa, a la vez que un cierto miedo y un considerable grado de desmoralización que los lleva a menudo a la emigración o hacia una actitud intransigente. En el lado opuesto, encontramos a núcleos eufóricos con las políticas chavistas porque, por primera vez, se sienten reconocidos como sujetos políticos, y no como objetos pasivos.

Sin embargo, en medio de esta batalla sobre todo retórica, es difícil hallar argumentos consistentes e identificar las razones de fondo de esta guerra civil larvada en la que poco a poco parece sumergirse Venezuela. El lenguaje utilizado por los contendientes nos acerca más, como explica James Petras, a los mitos que a la realidad. Contra lo que afirma la oposición, la democracia no ha retrocedido ni un palmo, al contrario. El antiguo militar golpista mantiene un respeto absoluto a formas y contenidos. Es más, no se ha atrevido a tocar un aparato judicial mayoritariamente desafecto y no ha intervenido unos medios de comunicación abiertamente hostiles. Los enfrentamientos con el poder económico son más gestuales que efectivos. Los peligros de cubanización ni poseen el más mínimo fundamento, más allá de los intereses materiales compartidos, el presidente conoce a la perfección la fascinación de la izquierda latinoamericana por Castro y juega la carta simbólica de esta relación para obtener prestigio personal entre simpatizantes y respeto entre los adversarios. El recurso al populismo carismático es una tradición latinoamericana de "longue durée" utilizada a derecha e izquierda, en la que, a partir de una cierta gestualidad pública, se consiguen apoyos útiles por parte de grandes sectores de la población. Sobre la presunta incompetencia en la gestión económica, los opositores no tienen derecho a protestar. Aparte de una administración anterior útil sólo para las grandes empresas transnacionales y catastrófica, en cambio, para la sociedad venezolana, el "lock-out" impulsado por Fedecamaras en 2002 colapsó la economía. Solamente la nacionalización ha permitido recuperar la producción e incrementar espectacularmente los ingresos del petróleo.

En la orilla opuesta, los mitos de la izquierda tampoco resultan menores. La idea de Venezuela como barricada antiglobalización tiene escasa consistencia. Hay plenos acuerdos y sintonías con los países signatarios del ALCA, negociación fluida con multinacionales privadas y el FMI y pago íntegro de la deuda a acreedores internacionales, especialmente poco antes del referéndum revocatorio. La evolución del país tampoco parece indicar un cambio de modelo social. Si bien es cierto que existe una innovadora política social de un carácter más o menos autogestionario, no se perciben cambios radicales, ninguna revolución fiscal redistributiva, ninguna transformación significativa del sistema de propiedad, y sí en cambio se revela una cierta incapacidad de resolver el 20 % de desocupación y el 50 % de pobreza, índices estables desde que los bolivarianos acceden al poder. Finalmente, a pesar de que Washington no parece muy feliz con el actual inquilino del Palacio de Miraflores, que fracasó en el intento golpista de abril de 2002, las empresas norteamericanas no pueden considerarse insatisfechas con la situación actual, con relaciones de negocios intensas y provechosas.

¿Cuál es, pues, la clave de este odio mutuo? Se trata de una cuestión de ciudadanía. Venezuela, como toda sociedad latinoamericana adolece de una compleja composición étnica y social. Las élites de origen europeo, las clases medias y altas, no muy numerosas controlan la economía y las instituciones del país. Grandes masas de excluidos rodean el relativo bienestar de esta minoría en una estructura social que funciona como un invisible "Apartheid". Chávez, despreciado por los poderosos por su condición de mestizo, está ofreciendo la "ciudadanía", es decir, la incorporación al juego político, social e institucional a los habitantes de los "cerros", aquellos que hasta ahora eran únicamente tolerados en los márgenes de la sociedad, siempre fuera, y abajo, en posiciones subalternas o alejadas. Esta situación es la generadora del miedo, ese sentimiento irracional que mueve la oposición y la lleva al paroxismo de negar la evidencia de los resultados. Miedo antropológico a que otro grupo se apodere de su mundo. Miedo a tener que compartir "su país" con aquellos a quienes tradicionalmente han considerado como "indeseables"

El Punt, 20 de septiembre de 2004