Historia Inmediata


Chávez


CHÁVEZ O LA REVOLUCIÓN CONTRARREVOLUCIONARIA
 
Antonio Sánchez García
Fundación Futuro Democrático.
PPD ( Partido Por la Democracia,en estado de formación en nuestro país, Venezuela)
 
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Lo sorprendente no es el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Es Rómulo Betancourt. Ni tampoco el capitán Diosdado Cabello: es el Dr. Rafael Caldera. Mucho menos el coronel Dávila: lo son los doctores Jóvito Villalba, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Arístides Calvani. Que en esta república de generales, de mayores, de tenientes coroneles haya nacido una deslumbrante generación de venezolanos dispuestos a dar su vida por la paz y la democracia y se haya hecho al empeño con tanta pasión que lograra dotarla de treinta impecables años de paz y prosperidad, es no sólo insólito. Es simplemente asombroso.

Y cuando hablamos de paz no nos referimos a esa tenebrosa quietud impuesta por el general Juan Vicente Gómez allá en Ciudad Bolívar por el año de 1903, con el modesto saldo de mil doscientos muertos. Ni a la que se impusiera en la varias veces incendiada Barinas por las huestes del caudillo Ezequiel Zamora a mediados del siglo XIX. Y tampoco a la que se enseñoreó por los campos arrasados de cadáveres, ruina y desolación al paso de Boves o de Páez cuando la Guerra a Muerte.

Hablamos de una paz civil hecha de diálogo y persuasión, de entendimiento y tolerancia. Que los historiadores hagan el balance de las revueltas, sediciones, motines, levantamientos, escaramuzas, combates y refriegas que usurparon el papel de la política durante 150 años de historia republicana. Pues la historia constitucional de Venezuela, para usar el título de la maravillosa obra de José Gil Fortoul, no es propiamente una historia “constitucional”: es una historia de lanza, sable y machete. La historia de Venezuela, nuestra historia, es una historia de usurpaciones, robos, batallas, asonadas y caudillos. Es una historia perfectamente abusiva e inconstitucional. Véase el decenio de los Monagas amañando constituciones para permitir que el poder político fuera ruleteado de hermano en hermano, de padre a hijo, de tío en sobrino. O la de Gómez, su hermano y su hijo apareciendo en un escenario que hubiera servido de marco a una disparatada zarzuela si no hubiera estado manchado de torturas, de cadáveres, de terror, sangre y estupros.

Que en un país en el cual el mandarín de turno pudo negociar en Londres un préstamo del  cual la república debía recibir 4.582.500 pesos y apenas recibiera 1.500.000 debiendo cancelar en 10 años la cantidad de 10 millones, mientras que el negociante, Antonio Guzmán Blanco, se embolsaba una jugosa tajada como “comisión”, aunque procedía en calidad de funcionario del Estado venezolano, engrosando así su ya grueso peculio obtenido a la sombra del Poder; que en esa república, digo, se estableciera un sistema político bipartidista, con legítima separación de poderes y con eficientes funcionarios medianamente honestos, es lo asombroso. Es asombroso que en ese mismo país que endiosara a sus Bolívares, a sus Páez y sus Monagas para someterlos luego al más espantoso e ignominioso escarnio, se hubiera podido elegir a siete presidentes constitucionales, se les permitiera terminar sus mandatos y hasta se les sometiera al riguroso registro por parte de contralores y fiscales acuciosos y responsables. Véase a José Muci Abraham husmeándole los talones al primer Pérez y a Ramón Escobar Salom haciéndole la vida imposible al segundo. Véase a las instituciones resolviendo una profunda crisis de gobernabilidad con los medios que la constitución ponía a la disposición de sus ciudadanos: la malversación ­entiéndase, no el robo- de 250 millones de bolívares terminaron con la carrera de uno de los más prominentes políticos del pasado siglo. Ni siquiera lo salvó de la cárcel la certeza de que tal dinero había sido invertido en la seguridad de Centroamérica, zona estratégica para nuestra propia seguridad. Ni de que tal malversación había sido sistemáticamente prohijada por los gobiernos anteriores, para los mismos fines y con los mismos fondos.

¡Dios, qué insólitos tiempos! Era imposible, era demasiado, era simplemente inaceptable que la Venezuela de la Cosiata, de la Guerra Federal, del llaneraje semibárbaro del que nos hablara la lucidez de Luciano Vallenilla Lanz, la elíptica Venezuela de Antonio Leocadio Guzmán y su hijo Antonio Guzmán Blanco, la Venezuela de los cepos de La Rotunda pudiera soportar más de treinta años sin desempolvar su brutalidad cuartelera, su fantasmagoría de violencias, guerras fratricidas y personalismos salvajes. ¿Cuántos cientos de miles de venezolanos sacrificados en guerras estúpidas soportaron el edificio de la civilidad que se hizo finalmente camino a duras penas luego del asombroso despertar del 23 de Enero de 1958? ¿Cuán profundo el océano de lágrimas que fueron vertidas para desechar las tradicionales acechanzas?

Treinta años: desde 1958 hasta 1988. Demasiado reposo para un pueblo guerrero. Había que desenterrar el hacha de la guerra. La desenterramos.

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Que me perdonen los historiadores: la Independencia de Venezuela fue la obra contra natura de un escuálido puñado de iluminados, el parto violento y muy posiblemente insensato de una criatura sin pies ni cabezas. Todos los indicios de tan monstruosa hipótesis nos son servidos por el propio Libertador: un tercio de la población sucumbió directamente por causa de la guerra o sus secuelas, suficientemente adobadas por epidemias, hambrunas y un cataclismo. El país quedó arrasado al extremo de que su cultura, la riqueza acumulada en tres siglos de laboriosos esfuerzos, se hizo añicos en poco más de una década, sin dejar a cambio más que el tenebroso delirio de una república sin republicanos, de una civitas sin ciudadanos. Lo que queda al paso de los combatientes son “reliquias de Venezuela y Colombia”, en palabras de José Antonio Páez. Por cierto: la misma barbarie que estuvo al servicio del realismo de la mano del asturiano Boves volvió caras y se puso al servicio del Centauro.

Sin que mediara la más mínima intervención del espíritu, sino el coraje, la  decisión y el heroísmo del caudillo. La obra bruta de la Independencia fue el fruto de la brutalidad : el país jamás se sacudiría tal estigma. Son las palabras de Bolívar, no las mías. Ocultar el desengaño y la terrible desilusión de Bolívar servirá a los afanes de la estulticia chaveciana. Lo cierto es que Bolívar muere añorando las bondades de los tiempos coloniales. Y aterrado al borde del abismo que le ha abierto a todo un continente.

Desde entonces, la República de Venezuela sería un territorio virtual en busca de republicanos. En los hechos, una nación desencajada, invertebrada, entregada al capricho del más fuerte, del más poderoso, del más agalludo. El mismo Vallenilla Lanz habla del feudalismo llanero, para caracterizar al extenso archipiélago de la patria ­en feliz acuñación de Pino Iturrieta. Van y vienen las ideas que pretenden cobijar los dislates: centralismo, federalismo. El mismo Antonio Leocadio Guzmán, padre del liberalismo amarillo y prócer del federalismo confiesa pocos años después del término de la espantosa Guerra Federal que en Venezuela nadie tenía la menor idea de lo que significaba la palabra federación, que la idea era suya y la había utilizado para servir a sus propias ambiciones políticas, pues “si los contrarios hubieran dicho Federación nosotros hubiéramos dicho Centralismo”.

En esos ciento cincuenta años de disparates se acrisolan los modelos del comportamiento político del país. Quien crea que la esquina caliente es un producto inédito en nuestra historia no tiene más que sumergirse en nuestro pasado para encontrarse con el aterrador espejo de nuestros desatinos. Los feroces enfrentamientos mediáticos en que ha devenido la política nacional están prefigurados por los combates a capa y espada de Juan Vicente González y Antonio Leocadio Guzmán desde El Venezolano o El Diario de Caracas ya en los tempranos años 30 de nuestro siglo XIX. La injuria, el vituperio, el asalto a mano armada, el atraco, la felonía, el destierro, las traiciones, el levantamiento, la revuelta y el golpe de mano se suceden año tras año con una cansina e insoportable repetición.  La palabra revolución es usada en contextos tan absurdos y con adjetivos tan insólitos, que las hay constitucionalistas, legalistas, tradicionalistas, reformadoras y hasta conservadoras. Lo que los profesores de lógica llaman una contradictio in adjecto. Y los casos de corrupción son tan frecuentes, tan descarados y de tanto provecho para sus protagonistas, que apenas asombran a sus contemporáneos. Sin olvidar que la política ­siempre de la mano de la espada- fue desde la Guerra de la Independencia el medio más seguro y expedito de ascenso social y fácil enriquecimiento. Que lo desmienta el braguetazo de Antonio Leocadio Guzmán seduciendo y empreñando a Carlota Blanco, parienta del Libertador, para acceder a los altos cargos de la república.

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Hic Rhodus, hic salta! Este es nuestro país, no uno ideal e imaginario. Es con esta arcilla que se moldea la que llegaría a ser en la segunda mitad del pasado siglo una ejemplar democracia. Las estadísticas que nos legan el gomecismo y su espuria descendencia son simplemente pavorosas: un país despoblado, analfabeta, semi feudal  y retrasado. El salto que la generación del 28, a la cabeza de la cual Betancourt, Caldera y Villalba le imprimen a la república es simplemente descomunal. Tal ingente y magnífica obra, sumada a la acción civilizadora de la inmigración europea ­deseada desde siempre por nuestros espíritus más lúcidos ­ transformaron al país desde su misma raíz. Comenzando incluso en cuanto al desarrollo de su infraestructura nacional y a la creación de importantes obras públicas por el gobierno del dictador Marcos Pérez Jiménez. Pero a partir de 1958 y en poco más de dos décadas la nación se llena de universidades, de institutos de educación técnica, de liceos y escuelas, universalizando la enseñanza a pasos forzados. El país se llena de carreteras, se industrializa y lleva la electricidad a todos sus rincones. Demasiada obra en tan pocos años: pueda que en la falta de tiempo para metabolizar tanto desarrollo, tanto cambio y tanto progreso, se encuentre una de las razones de nuestras actuales dificultades.

Algunos analistas insisten en destacar la terrible dinámica generacional que nos condena a sobresaltos a veces sangrientos y terribles cada cuarenta años. Y los hechos parecieran darles la razón. Lo cierto es que los países suelen crecer y desarrollarse a través de conflictos, de turbulencias, de tensiones y sobresaltos. Agotado el modelo de crecimiento rentista  petrolero que determinara nuestro desarrollo desde los tempranos años 20, cuando el país despierta a su asombrosa riqueza petrolera, una grave encrucijada cierra todas nuestras vías de escape. A veinte años de iniciada la etapa democrática de la nación y habiéndose desarrollado el país como para dar el salto adelante que la historia le exige, el país se enfrenta al desafío de modernizar sus estructuras sociales, económicas y políticas o sufrir graves y profundos quebrantos. La descentralización y rejuvenecimiento del aparato político, extremadamente cupular y centralizado, la autonomización y liberalización del aparato productivo y de la gestión económica, estranguladas por el ogro filantrópico del Estado, así como la participación de las amplias mayorías en la gestión de los asuntos públicos se ponen ya a fines de los 70 a la orden día convirtiéndose en consignas de vida o muerte. La clase política no atendió al reclamo, demasiado ensimismada en la administración inmediatista de los frutos del Poder. Hasta que las profundas tendencias históricas ­empujadas por el proceso universal de globalización - rompiera todos los diques.

Sostenemos la hipótesis de que este enfrentamiento crucial entre modernización y conservadurismo se halla en la base de la grave crisis a la que hemos sido arrastrados. Contra los intentos de modernización, insuficientemente desarrollados e implementados al margen de la participación de las amplias mayorías desde el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, se ha alzado lo más oscuro y tenebroso de nuestro caudillismo clientelar decimonónico. Primero de la mano de Rafael Caldera ­ acaudillando una alianza que unía a la extrema derecha y a la extrema izquierda en defensa del paternalismo y del intervensionismo estatal, a cuya sombra se han desarrollado - y luego por su legítimo sucesor, el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías.  Con éste, las tendencias al retroceso asumen formas dramáticas y hasta caricaturescas, toda vez que el conservadurismo retrógrado se trasviste con las formas del extremismo revolucionario prestado por las ideologías del Ceresolismo y la Cuarta Vía!

Con ello, le imprime a su revolución bolivariana la última adjetivación pendiente en nuestra abundantísima tradición revolucionaria: la de una revolución contrarrevolucionaria. Tal cual sucediera, por cierto con la misma Guerra Federal: después de cinco años de desastres y cruentos enfrentamientos, el país está más pobre, las masas más depauperadas, los logros son absurdos granos de arena que no significan nada. Y la revolución libertadora que nos prometiera aquella tenebrosa guerra civil no aporta más que miseria y desolación. Exactamente como ahora.

Nada ni nadie puede paralizar el soterrado avance de la historia. Los diques del populismo no resistirán el embate de la necesidad. El parto de una nueva Venezuela está a la orden del día. Aún no sabemos de qué medios se servirá la historia para arribar a sus fines. Pero su arribo es inevitable. Lo dijo Karl Marx, ese absoluto desconocido de quienes se sienten sus promiscuos depositarios: la historia sólo se plantea problemas que pueden ser resueltos. ¿Estamos en presencia de los últimos estertores del pasado? ¿Dejaremos que las fuerzas profundas del caudaloso río de la historia arrasen con los últimos escollos de nuestra caudillesca tradición? ¿Coadyuvaremos al parto de esta nueva Venezuela moderna, próspera, justa y solidaria que el futuro nos reclama? ¿Le abriremos las puertas a esta, la única y verdadera revolución? ¿O sucumbiremos a la contrarrevolución del comandante?

Ojalá Clío, la diosa de la historia, vele por nosotros.

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¿DEMOCRACIA O DICTADURA?
EL DILEMA DE LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA

Antonio Sánchez García
 

La izquierda latinoamericana, incluso la más lúcida y evolucionada, como la chilena,  luce desconcertada. No sabe si ser fiel a un pasado revolucionario por el que apostó ­ y que le acarreara los más dolorosos fracasos - o jugarse por un futuro democrático ­ que parece estar  abriéndole por primera vez las puertas del Poder. En ese dilema entre pasado y futuro, el exitoso caso de Ricardo Lagos es paradigmático. El de Lula una incógnita. El de Chávez, una pesadilla.

A la izquierda latinoamericana, que debiera mantener una mínima fidelidad con sus más auténticos anhelos de democracia, progreso y justicia para sus pueblos, el ejemplo de Lagos debiera ser un objetivo irrenunciable; el de Chávez, un mal espantoso del que debiera curarse a la mayor brevedad, si no quiere cargar con el desastre que presagia. No sólo para el chavismo, una mezcla amorfa y pintoresca de caudillismo decimonónico con fascismo carapintada y fidelismo trasnochado, sino para el conjunto de las fuerzas progresistas de la región. Confundirse con este proceso indigno de la conciencia de una izquierda que tiene en Salvador Allende un arquetipo y un mártir, puede convertirse en una cataclismo que arrase con proyectos como el de Lagos mismo.  Llegó la hora de ponerle fin, de una vez por todas, al delirio y abrirle las puertas a la razón. Latinoamérica se lo merece. ¿Hasta cuando cargaremos con el muerto de una historia de monstruosos equívocos y falsos mesianismos, convertidos por creadores astutos e irresponsables en materia de pintorescos realismos maravillosos?

Porque la izquierda latinoamericana tendrá que elegir entre la dictadura o la democracia. Chávez es un autócrata que implementa, en estos mismos instantes, un proyecto absurdo y cruento, absolutamente ajeno al mandato democrático que le diera la inmensa mayoría del pueblo venezolano que esperara de él una democracia ejemplar. Abrumado por la ineficiencia, el despilfarro, el abuso y la corrupción ha arrasado con todos los poderes, ha aniquilado a las fuerzas armadas y ha hecho de la constitución un inútil librajo para encubrir y enmascarar sus desmanes autocráticos. Si la izquierda latinoamericana, aturdida por el peso de pasadas fidelidades, no se atreve a exigirle asumir la reconversión de nuestra sociedad a sus cauces democráticos y aceptar el veredicto ejemplar de toda democracia: las urnas, tendrá que cargar por décadas con la complicidad y el error. Como debió cargar por treinta años con los errores cometidos en Chile.

Hoy no caben vacilaciones y medias tintas. Aferrarse a proyectos trasnochados o a esquematismos de fácil digestión puede liquidar el futuro para una izquierda latinoamericana progresista y democrática. Sépanlo de una vez: el pueblo venezolano está luchando contra Chávez porque no quiere perder su paz, su libertad, su democracia. Apostar por el autócrata, sólo porque fue electo democráticamente por los mismos que hoy le exigen su renuncia, porque le rodea un cortejo de corruptos izquierdistas oportunistas y trasnochados o porque le ha jurado fidelidad a Fidel Castro, es una monstruosidad política que deberá ser respondida tarde o temprano.

Por Lagos, por Lula o por cualquier lider latinoamericano. Llegó la hora de la verdad. Llegó la hora de optar por un sencillo dilema: dictadura o democracia.