Historia Inmediata


Chávez


El último 12 de octubre fue celebrado en Caracas con la destrucción del monumento a Cristóbal Colón. Ante la mirada complaciente del gobierno una turba consideró que deponer la estatua del Descubridor era lo más pertinente para celebrar una nueva fiesta: el día de la resistencia indígena. El gobierno chavista en vez de dedicarse a la protección de los cientos de indios indigentes que mendigan en los semáforos de Caracas y viven en las peores condiciones en los parques de la ciudad, avala la destrucción del patrimonio histórico. No sólo ha pasado con la estatua de Colón que tenía un siglo de ser fundida, sino también con la estatua de Maria Lionza, una figura popular de origen indígena a la que algunos sectores rinden culto. En el caso de esta diosa, no fue una "espóntanea" manifestación la que partió su cuerpo por la mitad, sino la ineptitud del gobierno que de manera inconsulta la pensaba trasladar.

De manera que el gobierno chavista destruye todo a su paso. No sólo los emblemas de la conquista española, sino también los símbolos de las creencias que nos vienen de los indios.

Por ello, a propósito de estos hechos y del incendio de la torre más alta de Caracas y hasta hace poco de Latinoamérica, escribí lo siguiente:

El desprecio por la historia, por lo que hemos sido, ha tenido un nuevo impulso en estos años. A pesar de toda la hueca palabrería que emana del primer locutor, el legado de quienes nos han antecedido se encuentra arrumado en el último cuarto del destartalado rancho en que se busca convertir a Venezuela.

Esa descripción que hacía Cabrujas de nuestro país como un campamento, como algo que totalmente estaba en continua provisionalidad, donde nada terminaba de asentarse, ha sido reforzada por la gestión del chavismo.

Antes de preguntarse qué había que conservar, qué se podía mejorar y qué eliminar, este régimen ha intentado el cambio gatopardiano: cambiarlo todo para que todo quede igual (o peor). Así, el infantil rebautizo de la República como bolivariana, complicando aún más nuestra relación con el Libertador, intentando enaltecerlo para echar en la basura todo lo sucedido en nuestra tierra antes y después de su paso, fue un cambio necio que desprecia nuestra historia. Luego el desmantelamiento de toda oficina, ministerio o poder público que antes cumplía medianamente con sus objetivos, también trata de cortar el trayecto de reforma administrativa que se venía ejecutando. Estas instituciones han sido igualmente rebautizadas con la intención de aparentar cambios, que incluyen los gastos en nuevos logotipos, papelería y estudios organizacionales.

Las misiones, reemplazantes de los anteriores programas sociales, son la parte fundamental de esta nueva etapa del campamento. Todo allí depende de la voluntad del hablador dominical que fija cómo se harán los operativos (puntuales y efectistas) y que tienen como fin último inculcar en quien recibe la magra atención estatal el agradecimiento perpetuo, convertido en voto que compromete la dignidad.
La destrucción de más de veinte pisos de la Torre Este de Parque Central es el mayor símbolo del proceso que vivimos como nación. Representación cabal del cacareado “proceso” que ante tal evidencia de ineptitud e irresponsabilidad, no encuentra otra forma de justificarse que apelar a la ya cansona y rayada excusa de los cuarenta años anteriores.

El incendio ocurrió en la sede del ministerio de Infraestructura, organismo que debería tener los más actualizados mecanismos de seguridad y prevención de desastres por ser el encargado de la construcción y supervisión de las obras públicas en el país, además de suponerse que concentra alguna parte del talento de la ingeniería venezolana. Un ministerio que se ha convertido en punta de lanza de aspiraciones personales (parece que quien lo ocupa sólo está pendiente del candidato oficialista a gobernador de Miranda) y que ha dejado de lado su papel de rector de la política vial y de transporte. Ya han dicho los bomberos cómo encontraron la torre, al tratar de sofocar las llamas: en perfecto estado de abandono. Todas las normas de seguridad fueron violadas y los sistemas de extinción de incendios no funcionaron.

Ante éste desastre, todavía ninguno de los responsables ha renunciado. Como siempre, en este régimen, la irresponsabilidad es la consigna. Si a Jesé Chacón lo premiaron con un ministerio de mayor calado después de informarle a su superior que las quemaduras de los soldados de Fuerte Mara eran “leves”, qué se puede esperar del destino del presidente del Centro Simón Bolívar, responsable directo del mantenimiento de Parque Central, que ha dicho que no importaba que no funcionara el sistema contra incendios porque en otros edificios no lo hay y los bomberos tienen que apagarlos. La guinda de su impertinencia fue decir que la culpa era de los gobiernos anteriores. Es decir, estos cinco largos años del chavismo están anotados en una panela de hielo. No existen.

Si bien no hubo, afortunadamente, muertos que lamentar, si ha ocurrido una catástrofe de proporciones incalculables: además de los daños a la estructura, se ha perdido la memoria del país en cuanto a planos de edificaciones y ciudades. Todo lo que guardaban la biblioteca y la planoteca de la torre fue consumido por las llamas. Información invalorable, necesaria, que será muy difícil que pueda ser recuperada porque supondría un costoso y titánico esfuerzo.

Son los tiempos paradójicos de un régimen que se llama revolucionario pero que en su acción se revela como el más reaccionario que hemos sufrido desde la Independencia. Para muestra, el crimen perpetrado contra la estatua de Colón y, ahora, el incendio de la Torre Este, que significaba la ambición de un país moderno.

Un nuevo ensañamiento contra la historia.

Román José Sandia
Soy Ingeniero civil con estudios de postgrado en Ciencia Política