Historia Inmediata


Chávez


PDVSA cuesta abajo
 
Venezuela nacionalizó la industria petrolera en 1976. El primero de enero de ese año, Carlos Andrés Pérez izó la bandera tricolor en el pozo Zumaque Nº 1 para simbolizar el inicio de una nueva etapa de nuestra historia. Este hecho, que debería saber todo niño de primaria, ha tratado de ser borrado de la memoria nacional y es uno de los objetivos predilectos de la falsificación histórica puesta en marcha por el régimen chavero.
 
Pero los hechos son los hechos. Por más dinero que se despilfarre en campañas publicitarias y por más que repitan ciertos funcionarios que ahora Pdvsa sí es de los venezolanos, resulta que el petróleo fue nacionalizado hace 29 años. Y por más neciamente que se quiera, no se puede nacionalizar lo que ya fue nacionalizado.
 
Desde entonces Pdvsa, con tropiezos y enfrentando adversarios, se convirtió en una empresa eficiente. Valiéndose de la herencia organizacional de las transnacionales, la empresa fue creciendo y controlando todas las operaciones inherentes al negocio petrolero.
 
En Venezuela es muy difícil que una empresa estatal no caiga en los vicios de la administración pública. Pdvsa era una excepción (acompañada de algunas otras como el Metro de Caracas). Pero las dimensiones de Pdvsa y su naturaleza como negocio vital para el país, la hacían encarnar un verdadero milagro. Pdvsa cumplía con sus tareas de manera notable y así era reconocida por publicaciones especializadas extranjeras.
 
Nadie negará que en Pdvsa haya habido corrupción (recordemos el caso de los “petroespías”, denunciado por el presidente de una de sus filiales). Pero el ambiente no era muy propicio. Por algo la bibliografía y la hemerografía sobre la materia son, en realidad, muy cortas. Pdvsa no era la típica empresa del Estado: auxiliada eternamente por el Fisco, ahogada por la corrupción y la ineficiencia, blanco fácil del clientelismo y el nepotismo.
 
En muy contadas ocasiones se oyeron comentarios negativos sobre las numerosas licitaciones que Pdvsa hacía para contratar obras y servicios. Entrar en sus oficinas era una experiencia agradable por los aires de orden y eficacia que se respiraban.
 
Todos los gobiernos democráticos respetaron a la industria como un negocio complejo que debía ser manejado por quienes lo conocían y se habían formado para ello. Quizás hubo cierta desconfianza al nombrar, en algunos casos, presidentes de Pdvsa que no provinieran de su seno, pero nunca se vio a Pdvsa como un botín para ser desguazado y repartido entre los partidarios del gobierno de turno.
 
Ese respeto a la autonomía era la política lógica a seguir por un Estado dependiente en tan alto grado de los ingresos petroleros. Hacer lo contrario hubiese sido una acción suicida. De manera que nuestros gobiernos hacían de la necesidad virtud.
 
Pero todo esto cambió a partir de la llegada de Chávez al poder. Si bien en los inicios de la “revolución” se nombró a un gerente experimentado y reconocido como Maldini presidente de la empresa, desde entonces comenzó la guerra contra los antiguos administradores, llamándolos ­entre otras cosas- traidores.
 
Pues bien, esa guerra contra Pdvsa no se quedó en la maledicencia. La empresa fue militarizada paulatinamente: hoy ocupan altísimos cargos, en todas las áreas, oficiales con muy escasos conocimientos en los asuntos que les han sido asignados y conforman, al parecer, un estamento totalmente díscolo que no sigue a la directiva, sino que responde directamente a Chávez.
 
Los controles han sido totalmente eliminados, trayendo como secuela el desorden administrativo total en la industria y su correlato que es la corrupción. Uno de los controles eliminados fue el del ministerio del ramo, porque ahora el ministro de Energía es también presidente de Pdvsa. Desde el paro las licitaciones se han reducido al mínimo por razones de “emergencia”. Las diversas denuncias que han hecho parlamentarios como Julio Montoya, César Rincones y José Luis Faría hablan de una Pdvsa en total decadencia. El diario de Miami, El Nuevo Herald, ha denunciado cómo el crudo venezolano ahora (violando las normas de la empresa) se vende por intermedio de “traders” que cobran muy altas comisiones, restando de esta manera los ingresos al país. La denuncia fue bastante concreta pues el periódico presentó hasta los nombres de los comisionistas y el número de sus cuentas bancarias. El bicéfalo Ramírez amenazó con demandar al diario y todavía no lo ha hecho.
 
El desorden administrativo incluye las confusas cifras que no reconoce el Banco Central de Venezuela al reclamar que Pdvsa no ingresa todas las divisas de la ventas en el exterior. Igualmente, consecuencia de ese desorden, es la no presentación de sus balances desde hace años y la mora con los organismos estadounidenses que exigen conocer de estos números como lo hace con cualquier otra empresa extranjera que realice negocios allá. El dinero entregado a las fulanas misiones es otro misterio. Otro aparte del bochinche son los acuerdos onerosos firmados a diestra y siniestra por Pdvsa, entre los que destaca el compromiso con Cuba por el cual se le entrega un petróleo que evidentemente la isla renegocia y paga en cómodas y aplazables cuotas. Que el ministro y presidente de Pdvsa no pueda dar una cifra creíble de la producción petrolera da la medida del desastre.
 
El paro petrolero de diciembre 2002 y enero 2003 trajo nefastas consecuencias para la industria petrolera y el país. Pero la peor decisión que pudo ser tomada fue la retaliación contra los gerentes, empleados y hasta obreros que se sumaron al paro. Hoy Pdvsa sufre las secuelas de tan estúpida medida. Los problemas técnicos y administrativos han aflorado gracias a la ineptitud o incapacidad de la inmensa mayoría de quienes han sustituido a los botados.
 
Las risibles excusas de que la CIA tiene sus manos en Pdvsa, que hay un paro “silencioso” o que la empresa es objeto de una campaña de descrédito de los medios nacionales y extranjeros son verdaderamente absurdas.
 
Antes se decía que Pdvsa era una caja negra o un estado dentro del Estado porque ocultaba alguna información como los sueldos de los directores y gerentes. Pero sus balances e informes financieros eran publicados con religiosa periodicidad. Al igual que todo el mundo conocía cuál era la producción de crudos y productos refinados. Hoy la situación, como hemos visto, es muy distinta. La opacidad se encuentra en un nivel estratosférico.
 
Hasta un hombre tan cercano al régimen actual como el profesor Mezer Al Shereidan, experto petrolero, se quejaba de esto ante un Ernesto Villegas incómodo y nervioso en su programa de VTV, el pasado 17 de mayo. Decía Al Shereidan que antes Pdvsa se preocupaba por hacer “lobby” ante los partidos políticos y las universidades para convencer de las bondades de sus nuevas políticas o planes. (Como es  lógico y normal para una empresa estatal en una democracia). Hoy, no. Habló también Al Shereidan de su desacuerdo en hacer migrar los contratos de servicio a compañías mixtas; de lo peligroso que es para el país entregar patrimonio nacional en reservas petroleras como acciones estatales en esas nuevas compañías.
 
Lo que no deja de ser una paradoja para esta democracia participativa es la conclusión a la que llegó nuestro profesor. Al Shereidan dijo en claro español, mientras tragaba grueso el entrevistador: “Cada vez es más reducida y menos transparente la toma de decisiones en
Pdvsa”.

 
Román José Sandia
Ingeniero civil con estudios de postgrado en Ciencia Política de Los Andes, Mérida-Venezuela