Historia Inmediata


Chiapas y la escritura de la historia

 
Comentarios a algunas de las afirmaciones de Jérome Blaschet sobre el neozapatismo:
 
En realidad, el problema del caudillo neozapatista es su permanente buena adaptación al l'ordre du jour, su -- como dice Blaschet -- "auto-transformación" o bien, con otras palabras, su oportunismo. Hace 6 años, en la entrevista que le concedió a Carlos Fazio para la revista Brecha, "Marcos" rechazó la democracia para los pueblos indios porque, según él, ellos tienen otras formas de decisión (caciquismo autoritario), en cambio, hoy en día, se declara a favor de la democracia porque la comunidad internacional así lo pide. Su lema es navegar con el viento que corre, como todos los caciques y caudillos lo hacen cuando quieren mantener el poder. El nombrado correo oficial de los neozapatistas, Fernando Yáñez, se ha pronunciado hasta hoy en día contra cualquier elección democrática. (Notimex, 13-4-2001)  La actitud despectiva y racista hacia los campesinos comienza con llamarlos indios, término que recoge la visión de los conquistadores para unificar a los muy diversos grupos de la población rural.
 
No hay duda de que el EZLN fue fundado por un grupo de ex-maoistas. Así lo afirmó el mismo "Marcos" en su entrevista con Carlos Fazio y así lo muestra la gorra del caudillo que usa hasta hoy . Además, esto se puede leer en el muy instructivo libro de Bernard Lagranche y Maite Rico, "La gran impostura", que los religiosos defensores del neozapatismo rechazan, a pesar de que, lo que dicen estos periodistas, ha sido confirmado por gente que vivió en los años setentas y ochentas entre esos grupos.
 
Todos los llamados proyectos productivos y sociales que se atribuye el neozapatismo son en realidad proyectos de ONGs europeas y norteamericanas. De esto viven los turistas "revolucionarios" y los fans del folclor tercermundista.
 
Los decepcionados de la izquierda después de 1989, los asesores, escritores e intelectuales que apoyan al neozapatismo son  parte de la nueva derecha europea y latinoamericana, por el uso de conceptos fascistoides tales como "identidades colectivas" y por sus deseos de retorno al origen étnico tribal. Volver a los aparentes orígenes tribales o étnicos siempre ha sido una actitud fascista. Hace años, en el periódico La Jornada, Y. Le Bot  sí denominó al neozapatismo como un movimiento posmoderno que se corresponde perfectamente con su folclorismo y con los "cuentos chinos" de Marcos. Sólo los ignorantes no ven las continuas referencias a la literatura infantil de la China autoritaria y fascista de Mao.
 
Para explicar mejor mi punto de vista sobre todos estos asuntos, anexo un capítulo de mi último libro, "Retorno al destino" (Colibrí-Universidad Autónoma Metropolitana-X, México 2001), en el cual muestro cómo todos los movimientos religiosos y etnicistas -- de los cuales el neozapatismo forma parte por su carácter político-religioso --, así como la tribalización y corporación de las empresas trasnacionales son dos caras de la misma medalla. El mundo se mueve rumbo a un nuevo totalitarismo económico y cultural, esta vez apoyado por las megacompañías, el populismo y los movimientos étnicos y religiosos. No es un milagro que el Banco Mundial ya esté apoyando a los "movimientos indigenas" en America Latina.
 
Horst Kurnitzky  
llaneza@servidor.unam.mx

 

ETNICISMO Y CORPORATIVISMO

Tendencias actuales de la organización social.

 

La posesión de una cultura o religión, es decir, la posesión de valores supuestamente más elevados, hace creer a las etnias y comunidades religiosas que tienen el derecho a defenderse contra la tendencia a la uniformización de la cultura que últimamente se expande a nivel mundial. El derecho a defenderse no sólo de Coca Cola y McWorld, sino de toda la civilización occidental. La resistencia de las comunidades étnicas a quedar asimiladas a las aspiraciones totalitaristas del poder mundial del capital moviliza las más antiguas estructuras sociales. La comunidad aparece como un castillo fortificado. ¿Es este conflicto entre globalización y comunitarismo étnico una guerra de fe o son más bien económicas sus motivaciones? ¿Es una lucha por la competencia de valores o por su realización?

Las etnias, como grupos de guerreros defensores de la fe, exigen un territorio propio donde puedan cultivar su religión, sus mitos y cultos; y donde una constitución les permita establecer sus propias formas de economía social. La pureza étnica, unida a una religión pura o no adulterada, se entiende como forma de resistencia contra la sociedad consumista que mundialmente detenta el poder. Hoy en día se piensa que el retorno al comunitarismo, el regreso a la comunidad, es una alternativa o escape. Se cree que ahí donde todos se conocen, el mundo está todavía en orden. Pero a esto mismo responden también las comunidades de consumistas que se reconocen en el logotipo de las mercancías y en un estilo común de vida: aerobics, comida congelada, horno de microondas, telenovelas entre semana, obligado viernes social, Discovery Channel, domingos destinados a los deportes...

Hasta hace algunas décadas, la nación fue la creación social que le dio identidad al pueblo, muchas veces multiétnico, que vivía en un territorio demarcado o invadía otros terrenos. Esta identidad fue definida por un mito, una historia y unas costumbres que diferenciaron a la nación de sus vecinos. No pocas veces un enemigo exterior sirvió para forjar la idea de nación por sus hazañas bélicas, como fueron los casos de Gran Bretaña y Francia. A veces la guerra misma formó el fundamento de la identidad nacional. Alemán era el guerrero, según la opinión pública del Segundo Reich.

Como destaca el historiador Benedict Anderson[i], el conjunto de invenciones que configuran la nación tiene la función de darle identidad política a un grupo social. Con guerras grabadas en la memoria, un mito de origen; con la historia elaborada más como un producto de la imaginación que de la propia experiencia; con la delimitación de un territorio pletórico de maravillas naturales; con el folklore, las costumbres y una lengua propia, se forma la nación que les permite a los individuos orientarse e identificarse con algo mayor.

En la Europa de los siglos 19 y 20, las naciones fueron creaciones sociales, productos de guerras o revoluciones, y también de la resistencia frente a alguna ocupación. Así ocurrió con las naciones europeas que surgieron de las guerras anti-napoleónicas o con naciones que brotaron en los Balcanes como resultado de las batallas contra el Imperio otomano. En esos y otros casos, el enemigo externo sirvió para constituir la nación. Otras veces fue únicamente el mito de una guerra histórica el que proporcionó los elementos de la identidad nacional.

La invención de la nación tuvo la función de darle una posibilidad de identificación a grupos sociales diversos. Ese conjunto de invenciones (mito, religión, historia, terruño, costumbres y lengua) con el cual se formó una nación, se conservó en el recuerdo gracias a las recurrentes y ritualizadas ceremonias de culto: el culto a los grandes hechos históricos, a los héroes de la patria, a los himnos y cantos populares.[ii]

El Imperio francés se impuso a través de la lengua. Quien quisiera formar parte de él debía parler français y para cuidar la pureza de la lengua, hace poco, en Francia, se prohibió el uso de anglicismos en la vida pública-política. La lengua mantiene juntas a las comunidades y naciones y unifica a los heterogéneos grupos sociales. La lengua siempre ha sido uno de los elementos más importantes de la cohesión social. Cuando esa cohesión está amenazada, la lengua de una tribu o comunidad, que se perdió por migraciones y mezclas de culturas y pueblos, se quiere revivir. La búsqueda de los orígenes o la vuelta a la raíces son los sueños infantiles de grupos impotentes para crear nuevas formas de enfrentar la realidad social. La invención de una lengua hermética, exclusiva para la comunicación de los miembros de un clan o una banda, que marginan a quienes no pertenecen a ellas, o el newspeak de las sociedades totalitarias, también transportan el deseo de cohesión. Por medio de la lengua se creó la cultura uniforme de la Grande Nation del Imperio francés, desde Flandes hasta el Congo; mientras la ley hizo a todos sus habitantes ciudadanos – citoyens -- del mismo Estado de derecho.

Pero la nación inventada no sólo fue la forma social inventada para distinguirse de otras naciones, fue, al mismo tiempo, un vehículo para distinguirse de las anteriores comunidades étnicas y religiosas. Fue un hito en el tránsito de la comunidad a la sociedad con el fin de hacer de la nación algo obsoleto, en cuyo lugar aparecería la sociedad mundial de citoyens universels, es decir, de cosmopolitas, de representantes universales de la humanidad. Esta fue la ambivalencia de la Revolución francesa: por una parte consolidó la idea de nación y, por otro lado, heredó, con sus Derechos del hombre y el ciudadano, el universalismo, la idea de la sociedad organizada bajo leyes y la idea del individuo autónomo y libre viviendo bajo un orden democrático. De ahí la estricta separación entre la iglesia y el Estado y el rechazo a cualquier privilegio regional.

El haber detenido a pedradas los relojes, en los días más turbulentos de la Revolución francesa, quizá sea un mito que en la conciencia de los revolucionarios significó el inicio de una nueva etapa de la historia por haber cortado con todo el tiempo anterior. Pero este movimiento tampoco podía renunciar al mito de origen construido con elementos de la historia occidental. En este proceso, también el Clasicismo y el Renacimiento fueron estilizados como tradición de lo nuevo. La libertad individual, los derechos humanos, la utopía de una sociedad democrática mundial que comprendiera todos los colores, etnias y religiones y su relación con la idea de un individuo autónomo – únicamente sometido a leyes legítimas, válidas para todos sin distinción -fue el mandato de la Revolución francesa. Liberté, Egalité, Fraternité.

El caso alemán fue otra cosa. Ahí una población - que casi desapareció durante la Guerra de Treinta Años en el siglo 17 - se inventó todos los requisitos de una nación étnica. El mito germánico de los Nibelungos, quienes terminan en un baño de sangre - como lo repitió varias veces el Reich alemán -, y la etnia germánica inventada no sólo funcionaron como objetos de identificación del pueblo étnico, sino también como medios para fomentar un concepto racista que, posteriormente, conectado con la Kulturnation, dio lugar a las barbaridades nazis del siglo 20.

Aunque las guerras no garantizan la cohesión de un pueblo étnico, sí fomentan el espíritu de solidaridad y, sobre todo, la formación y transmisión de mitos que facilitan la identificación de la propia etnia; aún cuando la etnia no haya sido el producto de una guerra. La identidad étnica es lo que se busca. Ella no es condición ni punto de origen, siempre es el resultado de conflictos, de adoctrinación represiva, de movimientos religiosos y, sobre todo, es un producto del miedo. Todas las etnias son una invención que, al tomar posesión de la gente a través de los mitos, el folklore y las actividades económicas, les ofrecen a sus miembros un techo protector. La comunidad étnica necesita disfrutar de guía, apoyo y protección. Ahí donde el pueblo étnico se cohesiona por medio de la magia mítica, la etnia misma es el mito que crea la identificación.

La identidad fue inculcada por los colonos de las metrópolis a sus nuevos súbditos. En África, las pretendidas identidades colectivas - objetos de la investigación etnológica - fueron creadas por los misioneros y funcionarios de la administración colonial en el siglo 19. Las grandes civilizaciones africanas desmembradas antes de la llegada de los portugueses y el impacto posterior de la cacería de esclavos habían provocado, siglos atrás, la huida de muchos pueblos a las regiones más apartadas del interior de África donde con los restos de sus antiguas culturas configuraron nuevas tribus. Después los científicos verían en estas formas sociales los fundamentos primitivos de toda la humanidad y les adjudicarían una historia que en realidad sería una más de las invenciones míticas del mundo occidental. En colaboración con la administración, los colonos europeos organizaron a las tribus junto con sus territorios y les atribuyeron sus tradiciones.[iii]

Algo parecido ocurrió en el siglo 16 en América Latina, donde la prohibición de los cultos paganos del sacrificio, es decir, la destrucción del centro cultural de las comunidades indígenas, sumada a las guerras de conquista y a la disminución de la población indígena en más de un 80%, a causa de la proliferación de epidemias, liquidaron las culturas prehispánicas. También aquí los funcionarios reales y los religiosos rehicieron los pueblos, dotaron a los sobrevivientes de sustitutos y alimentaron entre los indígenas una identidad completamente nueva. [iv]

Como lo ha puesto en evidencia el historiador Richard Trexler, los bailes y la indumentaria de los indios fueron inicialmente confeccionados por los frailes misioneros a la usanza de los campesinos españoles, ya que el cristianismo prohibió las contorsiones corporales que expresaban erotismo y reprobó la exhibición de la mayor parte del cuerpo. Como lo muestra Justino Fernández, los jesuitas hicieron que los indígenas, empleados como guerreros en la cristianización del norte de México, ejecutaran, en las pausas de la guerra, bailes ideados por ellos. Los indios debían moverse rítmicamente en círculo con cintas llenas de conchas amarradas a las piernas.[v] Estas danzas de concheros se presentan hoy a los turistas y son promovidas por supuestos etnólogos que afirman ser bailes propios de la cultura prehispánica, cuando, en realidad, las culturas indígenas han sido un producto artificial inventado por los peninsulares y criollos para equipar a los sometidos de una nueva identidad con el imperio español. Hoy en día, algunos pueblos indígenas incorporan productos del mercado mundial en sus rituales cristianos y se da el caso de que en algunos bautizos, en los Altos de Chiapas, en lugar de agua bendita se emplee Coca Cola.

Los frailes que llegaron con los conquistadores acomodaron las lenguas indígenas a la estructura gramatical del latín[vi] e hicieron o supervisaron la elaboración de los documentos donde se relatan los usos y costumbres prehispánicos. En la gramática de una lengua se representan tanto las relaciones sociales con la sociedad como con la naturaleza. El mito, la religión y los cultos reproductivos se reflejan en la gramática de una lengua. Esto quiere decir que la gramática no solamente es un espejo de las formas culturales de la reproducción física y espiritual de una sociedad, sino que la gramática también es parte de todas las relaciones de reproducción. Si las formas reproductivas de la población indígena se prohibieron, borraron y destruyeron y la sociedad indígena se acomodó a las formas reproductivas del occidente cristiano, la relación de la gramática con el culto, la producción económica, la organización política, etcétera, también se borró. La nueva gramática fue la del mundo cristiano y ya no tuvo nada que ver con las creencias y cultos de sacrificio del mundo indígena de la época precolonial. Lo que conocemos de la cultura prehispánica, mas allá de los monumentos, ha sido a través de la voz de los españoles. Después de la quema de la mayor parte de los códices indígenas, ellos mismos dirigieron la elaboración de otros nuevos. Un ejemplo de las dudosas interpretaciones y de las dificultades de comunicación entre los pobladores e invasores lo dejó Hernán Cortés en sus Cartas de relación cuando afirma que el nombre Yucatán - con el cual se designó a la península caribeña - quiere decir "no entiendo".[vii]

Debido a la prohibición de todos los cultos religiosos indígenas y del asesinato o sumisión de los antiguos sacerdotes o brujos, nada de lo que era realmente sustancial en el mundo prehispánico pudo conservarse. Con la liquidación del centro sacrificial desapareció la cohesión espiritual y material de la cultura entera - como ha ocurrido en todas aquellas culturas cuyos sus mitos y ritos de identificación étnica han sido extirpados.

Nuevos mitos y ritos se inventan siempre que la solución racional de las tensiones sociales no es posible o deseada. En México, la producción de mitos fantásticos se remonta a la primera fase de la colonización. Los frailes que llegaron con los conquistadores identificaron América con el paraíso y Bartolomé de las Casas a los indios con el pueblo elegido. Llenos de esperanzas, estos religiosos imaginaron haberse encontrado con un pueblo puro y limpio, donde incluso sus pumas eran pacíficos. En realidad, había una cadena de revueltas y sublevaciones y de gente que huía aterrada a lugares apartados, pero los cronistas tenían prohibido relatar cosas que pudieran significar que existía oposición a ellos.[viii] En su lugar fueron puestos los mitos del paraíso terrenal.

Cuando los movimientos indígenas reclaman la reivindicación de sus culturas, reclaman la reivindicación de algo que fue impuesto por sus opresores coloniales, sobre todo por los funcionarios del imperio español y la iglesia católica de la primera etapa misionera que predicó el comunitarismo y humanismo cristiano, que más tarde sería alterado con el catolicismo de la Contrarreforma y la administración moderna.

Si al finalizar el siglo 16, más del 80% de la población indígena había muerto a causa de la viruela, el tifo, el sarampión y otras enfermedades, esto quiere decir que, para ese momento, las generaciones que habían conocido el mundo prehispánico y habían presenciado la conquista habían desaparecido. Las crónicas que recogen la cultura prehispánica de los testimonios orales trasmitidos de una a otra generación son dudosas. De la criminología sabemos cómo se distorsionan los testimonios orales que pasan de boca en boca. Usualmente la historia oral recoge los testimonios como si fueran la realidad misma y no se pregunta acerca de los cambios que introducen los testigos para responder a sus intenciones, intereses, formas culturales y experiencias sociales.

Los conquistadores y sus acompañantes viajeros sirvientes de Dios, al sustituir los lugares de culto indígena por iglesias católicas, y los sacrificios humanos por el sacrificio simbólico de Jesucristo en la misa, borraron la posibilidad de que la vida indígena se pudiera articular bajo los valores que antiguamente le daban sentido. A pesar de ello, el nacionalismo mexicano – en forma similar a los nacionalismos europeos del siglo 19 - improvisó su invención con algunos restos de los mitos prehispánicos y, sobre todo, fue el continuador de los mitos que crearon los criollos con la intención de apropiarse de los recursos humanos y naturales americanos. De lo indígena el nacionalismo ha exaltado elementos periféricos como son la preparación de alimentos, las formas festivas, los utensilios de cocina, las flores u adornos, pero se ha cuidado de no hablar de los cultos al sacrificio o de las prácticas sexuales reprobadas por la moral cristiana. Finalmente, el nacionalismo mexicano ha avalado el autoritarismo occidental y las formas católicas de convivencia.

Vale la pena insistir en que, con la liquidación de los cultos prehispánicos de sacrificio, se rompió la cohesión espiritual y se acabó con la economía social de las comunidades indígenas y que, junto con sus cultos de sacrificio, desapareció toda su cultura, porque los casos de prácticas sacrificiales de humanos o animales que se siguieron llevando a cabo a escondidas después de Conquista, así como los ídolos descubiertos detrás de los altares, demuestran que estas manifestaciones y objetos de culto estaban desterrados y habían perdido su lugar cultural central.

Sincretismo es la palabra mágica con la cual el nacionalismo mexicano ha tratado de definir la esencia de la cultura nacional. Cuando se afirma que la cultura es sincrética, lo sustancial se pierde en un eclecticismo estéril que oculta los conflictos.[ix] El llamado mestizaje americano sólo ocurrió como mezcla física - como lo prueba la existencia del mestizo - pero no como mezcla de culturas, porque la subordinación de los indios bajo la custodia cristiana y colonial fue intolerante, forzosa y violenta. Sólo puede haber sincretismo donde dos o más culturas intercambian en igualdad de circunstancias; pero no ahí donde una parte es obligada por otra a tributar y obedecer.

Las etnias son construcciones que adopta la gente para hacerse de un techo protector. En América, como en el resto del mundo, la identidad étnica se ha buscado una y otra vez, sobre todo en períodos de crisis y amenaza externa. Al igual que las religiones, las etnias tampoco pueden renunciar a los mitos, cultos y ceremonias realizadas en función de la cohesión social de la comunidad. Este es un complejo que siempre debe estar presente y que se tiene que afirmar y reconfirmar porque la comunidad étnica no es el resultado de un desarrollo genuino, esto es, de experiencias reales. Ahí donde se cohesiona la comunidad por medio de la magia del mito, la etnia ya es el mito que posibilita la identificación.

La palabra griega ethnos originalmente se refirió a clanes o pueblos extraños; gentiles que no habían participado en el propio culto. Actualmente, los movimientos étnicos vuelven a eso. Toman la palabra y subrayan así su divergencia. Etnikos fueron los paganos, individuos o pueblos que no participaron en el culto romano. En la Biblia, a los gobernantes judíos se les denominaba ethnarchos y todavía, en el siglo 17, los líderes de naciones extrañas se llamaron etnagogos. La razón por la cual los herederos cristianos del imperio romano caracterizaron a todos los paganos como ethnikos se entiende por sí sola: ellos fueron el grupo que justificó el destino de su misión.

El llamado “culto de cargo” de los melanesios puede ilustrar cómo toda cultura étnica es el resultado de la creación de un complejo de cultos, rituales y mitos impuestos por fuerzas externas mayores o por los managers o ministros religiosos de las propias etnias. El “culto de cargo” es un culto milenarista que une la técnica moderna con una antigua esperanza de salvación. Este culto apenas comenzó a desarrollarse en los años 30 del siglo 20 en las regiones más pobres de Melanesia, donde barcos de carga y aviones anglosajones proveyeron a los aborígenes con alimentos. Los voceros del “culto de cargo”, religiosos de la misma comunidad, predicaron el próximo paraíso y motivaron a sus seguidores a construir objetos de culto en forma de barcos y aviones que, como nuevos ídolos, ocuparon el centro de sus ceremonias rituales. Cada vez que llegaban las cargas con provisiones, estos nuevos objetos de culto, al confirmar, aparentemente, sus atributos mágicos, cumplían su función.

Los misioneros cristianos que han inspirado movimientos de masas también han borrado los últimos restos de la propia cultura reproductiva. De este modo, la llamada identidad se ha podido conectar con movimientos de salvación. Cuando no ha sido así, las sectas, los grupos de terapia o los curanderos se han encargado, con su bricolaje dispuesto como nueva religión ecléctica, de prometer, por todos lados, seguridad y protección contra el caos de la economía mundial y la sociedad contemporánea.

Una cultura étnica es siempre totalitaria. Su comunidad no reconoce derechos humanos sociales ni individuales. Su unidad como ente es el cuerpo de la etnia misma. Los hombres no alcanzan a convertirse en individuos autónomos y conscientes porque sólo existen en función de ella, como parte de un rebaño. Con el terror que imponen su culto y folklore, la cultura étnica somete a todos sus miembros a las costumbres supuestamente tradicionales e impide cualquier manifestación que indique autonomía personal. Justamente la palabra etnia quiere decir eso, costumbre, y tiene sus raíces en los cultos tribales de reproducción. Por ello, el complejo étnico está en desacuerdo con cualquier forma de universalismo, donde los individuos particulares reconocen a cualquier otro como un representante de su misma humanidad.[x]

En el mundo actual, los movimientos étnicos son los verdaderos seguidores de los movimientos racistas y totalitaristas de la primera mitad de este siglo. Su racismo aparece transformado en la ideología de la cultura étnica o tal vez en un simple y difuso concepto de cultura.

La socióloga Susanne Karstedt[xi] ha investigado el fenómeno de la violencia social en 39 países. De estos 39, unos son colectivistas, o sea, naciones étnicas y naciones religiosas, y otros son individualistas, es decir, sociedades industrializadas más o menos democráticas. El principal resultado de su trabajo es que las sociedades colectivistas son mucho más violentas y sangrientas que las sociedades individualistas; quizá con la excepción del pueblo norteamericano, en donde, por razones religiosas y por su culto al armamento (es conocida la cantidad de gente que anda armada), siempre ha habido más violencia que en otras sociedades industrializadas. El universalismo que han profesado las sociedades industrializadas ha garantizado relativamente mejor los derechos humanos, y sus formas políticas democráticas le han dado mayor espacio a las minorías, aún cuando la concentración del poder económico en el mercado neoliberal corrompa a la democracia, destruya el equilibrio social y excluya cada vez a más y más gente.

Cuando el elemento racista parece haberse transformado en una cultura étnica o más bien en un concepto difuso de cultura, la etnia siempre denota su exigencia totalitaria. Ella fuerza a los habitantes de su territorio a respetar la religión y las costumbres de la comunidad como formas únicas de convivencia. “Autodeterminación de los pueblos” es la frase con la cual las etnias pelean por su poder e influencia. En realidad, pelean por implantar formas regresivas que recurren a fórmulas de comunidad que supuestamente han crecido a lo largo de la historia, o a proteger la prolongación de formas autoritarias que en muchos pueblos nunca han dejado de estar presentes, como son la represión de las mujeres, los abusos sexuales o el trabajo esclavo. Ahí donde las sociedades democráticas se descomponen, emergen las etnias. Las estructuras tipo clan, el abuso de los caciques y la familia como asociación económica de violencia son las bases de la organización de las etnias que parecen estar hechas a la medida de las relaciones socialdarwinistas que prevalecen actualmente en la sociedad; donde siempre las mafias y las bandas dan la nota. No es un milagro que en tiempos de crisis estos grupos puedan usurparse el poder sin problemas.

En la guerra de Bosnia, donde aparentemente había un conflicto entre comunidades étnicas y religiosas, la economía del robo y la corrupción sin límites fueron los elementos que empujaron a todas las partes al conflicto. Los impuestos por derecho de paso, los asaltos, saqueos y violación de mujeres, así como el sistema de alquiler de equipo bélico pesado entre los partidos, caracterizó el desarrollo de la guerra. La acumulación por parte de los caudillos y sus familias de bienes conseguidos por medio del robo fue el beneficio.[xii]

Detrás de los actuales movimientos étnicos se encuentran siempre intereses económicos o geopolíticos. Los pueblos de la orilla sur de la Confederación Rusa, cuyos bailes tribales y folklore mostró la televisión en tiempos de la URSS a los trabajadores soviéticos, se han transformado en etnias que quieren evadirse de la hegemonía autoritaria neozarista para disfrutar de sus riquezas naturales con la ayuda de empresas multinacionales. Aquí, como en otras regiones del mundo, al desaparecer la organización de masas, las estructuras de clanes y familias han retornado.

En Afganistán, los talibanes se han mantenido como siempre, como clanes de musulmanes. Al tiempo que eran equipados con maquinaria de guerra por los Estados Unidos de América para separarse de la hegemonía soviética, se convertían en caballeros de armas y padrinos mafiosos que hacían sus negocios. Dispusieron y disponen de la mano de obra gratuita de sus guerreros religiosos, cultivan enormes campos de amapola y construyen talleres para la elaboración y refinación del producto, el cual se traslada por las rutas de la droga del siglo 20 hasta llegar a sus consumidores. El poder de los talibanes se debe a sus armas y a su falta de escrúpulos. Además, dominan al pueblo con promesas ilusas y con un sistema penal que está adherido a la cabeza de la gente y que es el islamismo fundamentalista.

Con la charía islámica, los grupos fundamentalistas exigen el retorno a formas penales medievales que no corresponden a la sociedad actual y tampoco al mismo Islam, que ya había superado las barbaridades de sus épocas de origen. La lapidación es una pura venganza bárbara, al igual que todos los actos penales que desmembran el cuerpo de los delincuentes. Estas "costumbres" niegan al Islam liberal y muestran que sus defensores están interesados en mantener su poder usando el terror y las invenciones.

El caso de los talibanes afganos es el de un régimen tribal dirigido por padrinos que ordenan la mutilación física de su gente amparados en una ley bestial. En el mercado informal, esos mismos caudillos se conocen como los narcotraficantes más poderosos de la región. Hace poco, una mujer afgana, madre de siete hijos, fue conducida al centro de un estadio deportivo acusada de haber asesinado a su marido después de una riña. Ahí, ante la presencia de 4,000 curiosos, un soldado talibán le disparó con un rifle Kaláshnikov tres tiros en la cabeza. Regularmente a este estadio acude la agente a presenciar cómo se aplica la justicia islámica. Ahí han sido ejecutados varones asesinos y se le han cortado las manos a innumerables ladrones. Esta vez fue diferente porque se trató de la primera mujer, una de tantas mujeres a quienes se les ha prohibido trabajar, estudiar y asitir a los hospitales. Ellas carecen de todos los derechos[xiii], se les ha impedido el ejercicio de su individualidad, se les ha encarcelado en sus propias casas como objeto y se les ha obligado a transitar en los lugares públicos encerradas en sus propias jaulas.

Cuando se exige la autonomía de una cultura étnica, cuando a una comunidad se la aisla del resto del mundo, es porque sus líderes revolucionarios o caudillos, sus caciques, machos autoritarios o ministros religiosos, quieren tener las manos libres para satisfacer impunemente sus intereses económicos y deseos de poder. Una y otra vez, con el transcurrir del tiempo, la historia descubre las intenciones que han guiado la supuesta entrega de los líderes al pueblo; pero una y otra vez los pueblos, en su desesperación, olvidan las malas experiencias y vuelven a buscar y promover a nuevos líderes que les prometen la salvación porque, en última instancia, la gente guarda la esperanza de su salvación en la etnia, en la medida en que, como sujetos, se han diluido en ella.

A veces la religión étnica aparece vestida con un traje moderno, como partido político o como grupos que han tomado las armas para defender la libertad de la cultura de una región. Hoy en día pareciera como si la lucha a favor de la autonomía étnica o religiosa formara parte de la estrategia de las empresas del mercado informal: el movimiento étnico como razón social; sus guerras como parte de sus actividades económicas; la economía cubierta por un nuevo ropaje.[xiv] En donde todas las actividades económicas están determinadas por las mafias, las etnias constituyen su fundamento natural.

Las culturas étnicas son productos casuales, no responden a un plan previo, sino a hechos sociales ocurridos por razones específicas, en situaciones históricas particulares. Su establecimiento temporal resulta contrastante con la ficción que propagan de corresponder a lejanas y eternas tradiciones. Sin embargo, toda tradición fue alguna vez inventada.

En nuestros días, el más inhumano etnicismo lo encontramos en las guerras que acaecen en el territorio de la ex-Yugoslavia y en África meridional. Los movimientos que reclaman la autonomía de una región, en general practican los mismos métodos de exclusión frente a la gente que no quiere someterse a su supuesta cultura étnica; practican el mismo totalitarismo del que dicen ser víctimas. La limpieza étnica se corresponde con su fundamentalismo religioso. Las consecuencias de su afán de dominación son matanzas salvajes como las ocurridas en Bosnia, el Kosovo y Ruanda.

A menudo, las ideologías étnicas - como en el caso de Serbia - aparecen como ideologías sincréticas: una mezcla del mito de origen del pueblo y una religión. La batalla del Kosovo, perdida contra el Imperio otomano en 1389, donde el príncipe Lazar fue capturado y después asesinado por los turcos, unida a la liturgia del Viernes Santo de la religión ortodoxa cristiana, fueron los dos ingredientes principales para conformar la ideología etnicista de los serbios.

A esto hay que añadir la ideología de la pureza, en la cual la etnia pura no es más que otra expresión para la raza pura, una construcción que quita los frenos culturales y promueve la disposición al genocidio. Una vez que el tabú de matar se ha roto, ya no hay posibilidades de restablecerlo. Lo que antes estaba prohibido, ahora se ejecuta con placer. Inconfundible se queda el reflejo de los fuegos del sacrificio.

Un sacrificio tiene que reiterarse ad infinitum. Esta repetición es el producto de una compulsión que al mismo tiempo busca liberarse del sacrificio. En términos de psicología personal hablamos de neurosis e histeria; frente a la sociedad estamos confrontados con la invención de una formación étnica que recurre a un supuesto origen: una invención. La seguridad que proporciona la vida tribal – culto, mito, folklore - es la seguridad pagada con la sumisión absoluta; es la supuesta felicidad alcanzada con la pertenencia a una comunidad que promete la eterna armonía del paraíso.

Con la limpieza étnica, o al menos con la ejecución terrorista de su cultura étnica o religiosa, los movimientos étnicos se oponen, consciente o inconscientemente, a la exclusión de más y más seres humanos de la sociedad productiva y del mínimo de participación en el consumo. Pero con sus métodos nada más representan el otro lado de la medalla: una práctica de la exclusión que es tan destructiva como la que se desarrolla a través de la reproducción ilimitada del capital. Hay que añadir que los grupos étnicos y religiosos participan cada vez más en nuevas formas empresariales de acumulación de capital. Esto no sólo se refiere a los grupos étnicos mencionados, sino también a los grupos religiosos como las miles de sectas que funcionan en forma de empresa.[xv] Aquí lo emocional, la búsqueda de identidad y de protección se mezclan con la economía empresarial.

Si ponemos atención en ese otro lado de la medalla, podemos ver cómo la etnización mundial continúa, casi sin rupturas, en la etnización de las grandes empresas y la propaganda de sus productos. La “corporate identity” es el lema para integrar a los empleados de las grandes empresas a su comunidad de hombres y mujeres selectos y para hechizar a los consumidores con sus mercancías. Las empresas dedicadas al “design philosophy” ya ofrecen planes para movilizar la “corporate identity” de los consumidores de los productos de las empresas. Esto es más que un logro. “Corporate identity” es el símbolo y la razón de toda una relación de vida que está definida a través de las mercancías y de un “life style”. Los consumidores aceptan la “corporate identity” y compran todos los productos de la empresa sin crítica. Esto también puede ser para alcanzar un supuesto buen fin, como lo demuestra el enorme número de organizaciones de amor al prójimo o de organizaciones de socorro o, simplemente, para pertenecer a algo, recibido entre los amigos de la comunidad étnica de la mercancía “x-y”. Esta tendencia se nota, especialmente, en la llamada cultura de la juventud, en donde la formación de bandas y tribus forma parte de la organización social. Pero también en muchos otros ámbitos que, como resultado de la descomposición y desintegración sociales, han sido captados por comunidades creadoras de identidad.

Lo mismo ocurre al interior de las empresas. Ya hay cátedras dedicadas a elevar “la cultura” de las empresas donde se enseña el know how del desenvolvimiento de una “corporate identity” y donde cada año se organiza un Chase Corporate Challenge, es decir, un curso a favor de la “corporate identity” durante el cual colaboradores de empresas, administraciones e institutos de finanzas ponen de manifiesto su cultura empresarial. El curso se lleva a cabo en Frankfurt sobre el Meno, en Londres y en 16 ciudades norteamericanas y es organizado por el Chase Manhattan Bank con el fin del fortalecer la cohesión interempresarial. Los miembros de cada empresa aparecen en ropa uniformada para presentar su “corporate identity”. Con respecto al clima inhóspito, por la cada vez más creciente lucha por la competencia en muchas empresas, el curso promueve nuevas aspiraciones a favor de la empresa, dicen sus organizadores. El curso amalgama a los colaboradores en un grupo parecido a un clan y les transmite el anhelado calor y seguridad. El deseo de las empresas de contar con una cultura corresponde al ethos de las comunidades étnicas y religiosas. Todos juntos están en la carrera de retorno al medioevo, época en la cual la comunidad ofrecía protección frente a la muerte y el diablo. Al igual que la comunidad étnica para sus miembros, las empresas también reclaman su propia cultura. Para eso son las fiestas de las empresas donde se otorgan premios y se cantan himnos parecidos a los de las fiestas tribales - por lo menos en Japón. Así como la autoritaria y antidemocrática etnia sustituyó a la nación, la nueva estructura empresarial se caracteriza por su jerarquía militar. Ella renuncia a cualquier proceso democrático de toma de decisiones. En la medida en que el campo de batalla neoliberal es su marco de acción, la estructura militar de la empresa se corresponde con su forma de organización.

Lo que hoy por moda se llama globalización es la globalización de una nueva etnia. Sólo se reconocen como miembros de la aldea global los que hablan International Colloquial English. La lengua mundial del comercio y de los congresos es un idioma derivado del inglés anglo-americano con elementos folklóricos y de la propaganda comercial a partir del cual una comunidad étnica se reconoce. Todos se visten con uniformes de trabajo de ejecutivos, se alojan en hoteles idénticamente equipados y se comunican, si se puede llamar así, con la ayuda de una mutilada lengua simbólica. Globalización es solamente otra palabra para la estandarización de todas las relaciones sociales, una uniformización del ethos de la cultura global de los jóvenes y managers donde la comunidad étnica de la “global village” es familiar.

Por último, cabe añadir, que la descomposición de la sociedad civil también causa la descomposición de la democracia y no se detiene antes de destruir a los individuos. Este efecto se logra con el ilimitado poder económico y la desenfrenada etnización del mundo. Ahí donde la autoconciencia se cambia en conciencia de marcas y los seres humanos se convierten en seres adaptados a relaciones económicas, ahí donde la individualidad no se puede realizar, el sujeto ensaya integrarse a algo más grande, identificarse con algo más poderoso: la corporación étnica.



[i] Benedict Anderson: Imagined Communities, Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, London 1983, y Anthony D. Smith: National Identity, London 1991.

[ii] Ibid.

[iii] Carola Lentz: Die Konstruktion von Ethnizität. Eine politische Geschichte Nord-West Ghanas 1870-1990, Köln 1998. Véase también Andre Gunder Frank, La acumulación mundial 1492-1789, Siglo XXI, Madrid, 1985, pp. 16, 117-122.

[iv] La reconstitución étnica a la que se refiere Marcello Carmagnani en El regreso de los dioses, Fondo de Cultura Económica, México, 1988, p. 13, no sólo es „compatible con el contexto colonial“ sino que surge de las estructuras coloniales ya consolidadas.

[v] Trexler, Richard, “We think, they act: Clerical Readings of Missionary Theatre in the 16th Century Mexico”, en Church and Community 1200-1600, Roma 1987; Fernandez, Justino, Mendoza, Vicente T., Luna, Antonio Rodriguez: Danzas de los Concheros en San Miguel de Allende, San Miguel de Allende 1940, Repr. Colegio de Mexico, Mexico o.J.

[vi] El cronista español Gerónimo de Mendieta escribió, a fines del siglo XVI, que la inteligencia y el uso de la lengua mexicana se habían perdido y el común hablar se iba corrompiendo más cada día. „Porque los españoles comunmente la hablamos como los negros y otros extranjeros bozales hablan la nuestra. Y de nuestro modo de hablar toman los mesmos indios, y olvidan el que usaron sus padres y abuelos y antepasados... Y así podemos decir, que de lenguas y costumbres y personas de diversas naciones, se ha hecho en esta tierra una mixtura ó quimera...“ En Historia eclesiástica indiana, Porrúa, México, 1980, pp. 552-553.

[vii] Hernán Cortés: Cartas de Relación, México 1985.

[viii] Véase. Juan Friede: “La censura española del siglo XVI y los libros de historia de América”, en Revista de Historia de América, México, 1959, n. 47, pp. 45-94.

[ix] Originalmente la palabra sincretismo se refirió a la unión de las tribus cretenses para rechazar los ataques hostiles de extranjeros.

[x] Durante el auge de la ideología racista del nazismo en Europa, Ashley Montagu propuso la sustitución del concepto de raza local por etnia. Un canje fatal. Vid. Ashley Montagu: Man's Most Dangerous Myth: The Fallacy of Race, New York 1942.

[xi] Susanne Karstedt: “Individualismus und Gewalt: Extreme Modernisierung oder Re-Traditionalisierung der Gesellschaft? Ein interkultureller Vergleich”, ponencia en el coloquio Gewaltkriminalität zwischen Mythos und Realität, octubre 1998, Universidad Bielefeld.

[xii] Xavier Bougarel, “Zur Ökonomie des Bosnienkonflikts: zwischen Raub und Produktion”, en: François Jean und Jean-Christophe Rufin (Ed.), Ökonomie der Bürgerkriegen, Hamburger Edition, Hamburg 1999.

[xiii] El País, 18 de noviembre de 1999, p. 48.

[xiv] Alain Labrousse, “Territoriale Netzwerke: das Drogengeschäft”, en: François Jean und Jean-Christophe Rufin (Ed.), Ökonomie der Bürgerkriege, Hamburger Edition, Hamburg 1999.

[xv] Un hecho ilustrativo acerca de la relación entre los movimientos étnicos o religiosos de liberación, el mesianismo y la economía empresarial capitalista es el pretendido “suicidio colectivo” de una secta en Kanungu, Uganda, el 17 de marzo de 2000. “Los líderes de la secta del 'Movimiento de Restauración de los Diez Mandamientos de Dios' que cometió un suicidio colectivo en Uganda habían sido investigados por explotación de menores. Se trata de Joseph Kibwetere, un antiguo activista de la oposición, y varios curas y monjas católicos excomulgados. Las autoridades locales de Kanungu investigaron en 1998 a esta secta, a la que acabaron cerrando una escuela infantil que gestionaba. 'Los niños sólo reciben un plato de puré, duermen sobre el suelo desnudo sin mantas ni colchones, parecen desnutridos y son sometidos a trabajo infantil sin el conocimiento de sus padres', decía una carta del administrador local del distrito. La escuela tenía 300 niños. La secta estaba registrada como una ONG desde 1997, aunque funcionaba desde principios de los noventa. Antes del suicidio, los líderes de la secta habían pedido a sus 235 miembros registrados que vendieran sus propiedades y se prepararan para ir al cielo.” (El País, 20 de marzo de 2000, p.2.) Así funciona la empresa religiosa. Los miembros tienen que aportar todo su patrimonio a la organización y trabajar gratuitamente para ella. Cuando la secta aparece en el tiro al blanco de la vigilancia del Estado, los líderes se liberan de los testigos mandándolos al otro mundo. Esta aparente medievalización de la economía opera mas allá, extingue a los productores de su riqueza en un acto apocalíptico de autodestrucción. En los Estados Unidos de Norteamérica la furiosa defensa de la libertad de cualquier comunidad religiosa forma parte de la incondicional defensa de la economía neoliberal de mercado.