Historia Inmediata


Masacre de Madrid

 
COMPRENDER NO ES PERDONAR

 El 20 de Diciembre de 1973 murió el presidente del gobierno Luis Carrero Blanco a causa de un atentado que reivindicó E.T.A. Aquél día yo prestaba servicio militar como soldado de 20 en el regimiento Lepanto n1 2, de Córdoba. El asesinato fue por la mañana y sin embargo ese mediodía nos dieron pase de pernocta para volver al día siguiente, como de costumbre, a los que teníamos domicilio en la misma ciudad. Pese a mis 24 años y a mi escasa formación comprendí que aquello era raro en un régimen militar. Más tarde Santiago Carrillo nos daría claves para comprender que E.T.A. sólo había sido la ejecutora de un plan más amplio y comencé a entender algo. El 11 de Septiembre de 2001 volví a tener la misma sensación ante la serie de datos que se me ofrecían y que no encajaban. En este caso la responsabilidad se atribuyó a la red terrorista al-Qaeda («La base») y sirvió de pretexto para una serie de acciones internas y externas de U.S.A., que ha acentuado su control físico sobre las personas e instituciones. La sospecha de que al-Queda fuera de nuevo sustancialmente sólo el brazo ejecutor persiste. Lo cual no quiere decir que tanto E.T.A. como al-Qaeda no cumpliesen objetivos propios con ello.

Hoy de nuevo el terror se ha desatado en España. Las dudas sobrela autoría física del atentado hacen mirar tanto a E.T.A. como a al-Qaeda. Yahora no se percibe, de momento, la mano de ninguna organización nacionalestable tras ella. Los objetivos de una y otra organización terrorista sondistintos, aunque coincidan en sus medios. Los de E.T.A. los tenemos claros, y son de carácter nacionalista. Los de al-Qaeda son otros. El mundo medio-oriental, de acendradas culturas y con unas elites no sólo bien formadas en sus tradiciones sino también conocedoras de las nuestras, entiende que el integrismo neoliberal (y soy consciente de la aparente contradicción de los términos) puede arrasarlos a todos en medio de un mercado global competitivo, desigualitario pese a la implantación de democracias de tipo occidental, y profundamente injusto. Cuando tres empresas americanas poseen más capital que 70 países juntos y cuando sólo tres personas del mismo ámbito tienen unos ingresos superiores al Producto Interior Bruto de los 48 países más atrasados; cuando menos de 250 personas manejan ingresos superiores a los de 3.000 millones, es fácil entender que muchos se sientan expropiados de todo, de su riqueza material y cultural, ante el arrollador avance de la religión del dinero. Un dinero que no es más que una creencia, de condición inmaterial, electrónica, carente de forma y figura. Que se metamorfosea de una moneda en otra lo mismo que, en la antigua mitología griega, Zeus se transformaba en cisne, toro o lluvia de oro para poseer a las mujeres que se le antojaba. Que vive en el llamado tiempo real de los ordenadores (o sea, en el presente absoluto de los dioses) y que no conoce límites, que es infinito.

Nosotros, los cruzados del liberalismo (como ellos nos llaman), no queremos comprender que al fin y al cabo habitamos en la jaula de una cultura que es la que limita el espacio de nuestro concepto de libertad. Que nos encontremos cómodos en ella no quiere decir necesariamente que los que se hallan fuera estén deseando entrar en la misma, abandonando la posible calidez de la suya, aunque sea más estrecha y permita menos alegrías al individualismo; tal vez porque lo compensan con un espíritu más solidario. Ese que se echa de menos en películas como American Beauty.

¿Se sintió ese mundo musulmán tan conmocionado como nosotros ante el desastre de World Trade Center? ¿Comparten ahora el dolor que sentimos en España de la misma manera que lo hacen los de nuestra área cultural? Un crimen horroroso, se perpetre en una discoteca de Bali o en la estación madrileña de Atocha, no deja de ser dolorosamente abyecto. Y comprender, desde luego, no significa perdonar, como bien señalaba la intelectual judía Hanna Arendt perseguida por los nazis. Pero ayuda a racionalizar el problema y a poner los medios para que no haya pretextos para otra vez.

Genaro Chic García
Catedrático de Historia Antigua
Universidad de Sevilla