Historia Inmediata


Ataque a EE.UU

 
[Nota Ante una guerra que los gobiernos de Norteamérica e Inglaterra preparan contra Irak, reanudamos el debate de HI iniciado el 11 de setiembre de 2001, cuya evolución hizo desaparecer significativamente la "a" entre "Ataque" y "EE.UU.". Os enviamos una nota de la red amiga "Human Rights Globalization" y os animamos a contribuir a este importante debate, desde la historia, y si es preciso desde la Academia Solidaria de HaD que estará vigilante las 24 horas. Carlos Barros]

Evitar la guerra
(Globalización de los Derechos Humanos)

Aunque Heródoto ya decía que "nadie es tan insensato para preferir la guerra a la paz", parece que una nube de insensatez se levanta desde EE.UU. y se cierne cada vez con más espesura sobre Irak. La acción política de la Unión Europea y una firme respuesta de la población civil de todo el mundo pueden, y deben, disipar esa nube de insensata belicosidad que nada va a solucionar y todo lo va a complicar en el ya de por sí enrevesado panorama social-económico-geopolítico mundial.

El coste principal de toda guerra se mide en términos de pérdida de vidas humanas. Afortunadamente, uno de los principales logros de la sociedad occidental durante las últimas décadas ha sido el cambio que ha experimentado la forma de hacer la guerra, debido en buena medida a las consecuencias que en la conciencia colectiva mundial produjo la guerra de Vietnam, que treinta años después aún colean. Tradicionalmente, los países que se involucraban en una guerra eran bien conscientes de que casi con toda seguridad ésta acarrearía una notable pérdida de vidas humanas entre sus tropas y, las más de las veces, entre su población civil. Las dos guerras mundiales constituyen el paradigma de aquellas contiendas del pasado, la más perversa expresión de la guerra total, el precio de ambas fue de decenas de millones de vidas humanas, con todo el drama personal y familiar que acompañó, y sigue acompañando, a cada una de esas muertes gratuitas. La guerra de Vietnam devolvió a EE.UU. a 58.000 soldados dentro de un ataúd, y dejó en el país asiático a casi dos millones de muertos entre contendientes y población civil de ambos bandos. Actualmente no resulta fácil concebir una guerra con tan elevado número de víctimas en la que participe un país occidental, pues la cada vez más intensa globalización de la información permite ya que las consecuencias de una contienda se conozcan casi a tiempo real desde cualquier parte del mundo, y la población civil no parece dispuesta a consentir un elevado número de bajas de las tropas de su país en una guerra que tiene lugar muy lejos de sus casas. Esta transición desde la guerra total hasta la guerra con un número mínimo de bajas propias ya se experimentó en las guerras del Golfo y de los Balcanes, en las que tuvieron un protagonismo atronador los bombardeos aéreos desde gran altura y el uso de armas dirigidas por satélite. A pesar de todo ello, la contienda que está preparando EE.UU. en Irak carecería de la limpieza que caracterizó a las dos anteriormente citadas, como declara el propio general Norman Schwarzkopf, el mismo que dirigió el ejército de EE.UU. en la guerra de 1991 contra Sadam Husein. Cazar al dictador iraquí requerirá que los marines estadounidenses entren en Bagdad y se entable una lucha cuerpo a cuerpo, en la que la alta tecnología no tiene un papel tan relevante y definitorio, amén del éxodo de millones de iraquíes que buscarían refugio a la guerra en países limítrofes, como Turquía.

La economía mundial también saldría descalabrada de la anunciada guerra contra el régimen iraquí, y caería víctima, ya ha empezado a hacerlo, de su principal enemiga la incertidumbre. Según el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, el coste de esa guerra no alcanzaría el 0,2 % del PIB de EE.UU., insuficiente para reactivar la economía de la gran potencia, a diferencia de lo que ocurrió en la Segunda Guerra mundial, por el carácter total de ésta, lo que sirvió para hacer buenos los pronósticos del economista británico John Maynard Keynes (1883-1946). Para mayor preocupación, los gastos de la guerra contra Irak obligarían a rebajar el gasto social en EE.UU., con importantes repercusiones en los aspectos educativo, sanitario y medioambiental. Ni tan siquiera los ilegítimos intereses de EE.UU. sobre el petróleo iraquí contribuirán a dar sosiego a la economía mundial, de hecho el reciente repunte del precio del crudo es ya un síntoma del nerviosismo de este mercado, y es de todo punto impredecible el curso que seguiría el precio del petróleo durante y después de la contienda, y la repercusión que este precio tendría en cada uno de los países productores, especialmente en los más desestructurados, y en toda la economía mundial, por desgracia o por desinterés de los gobiernos, totalmente dependiente de esta fuente de energía.

En el plano geopolítico, aun en el caso de que la guerra la ganase EE.UU., resulta arriesgado aventurar cómo reaccionaría la población iraquí bajo mandato de un general del país que más ha estrechado el cerco del embargo sobre Irak en los últimos años, origen de buena parte de las penurias que durante este tiempo ha sufrido, y sigue sufriendo, la inocente población civil de Irak. Es imposible anticipar cuál sería la reacción del mundo, y especialmente de los países árabes, si la contienda se prolongase en el tiempo. Y resulta aventurado anticipar, por muchos informes que en este sentido elabore el Pentágono, cómo sedimentarían tras la guerra los delicados equilibrios geopolíticos en una zona en la que conviven una Arabia Saudí anclada en el antiguo régimen, un país como Irán que no acaba de abrirse al mundo moderno y un conflicto Palestina-Israel siempre peligrosamente próximo.

Es, pues, menester que alguien –especialmente la Unión Europea y la población civil mundial- saque al gobierno de EE.UU. de su empecinamiento e insensatez en una guerra que carece de sentido -no olvidemos que ese país es el que posee un mayor arsenal de armas de destrucción masiva, y que si Irak posee este tipo de armas se debe, en buena parte, a que EE.UU. se las proporcionó en los años 1980 para usarlas contra Irán-, y cuyas consecuencias son tan impredecibles como indeseables, incluso para EE.UU. Recuperemos la sensatez a la que ya nos invitaba Heródoto, y aferrémonos a la paz, ese tiempo en el que, como ya nos decía el clásico heleno, los hijos entierran a sus padres, y no al revés, como ocurre en tiempos de guerra.

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