Historia Inmediata


Ataque a EE.UU


Estimados listeros

Transcribo un trabajo de Eduardo Grüner, que constituye un excelente material para la reflexión acerca de la situación mundial a partir del atentado terrorista contra las Torres de Nueva York.

Creo que es necesario debatir profundamente la situación. Los invito a hacerlo.

Un cordial saludo de JJD.
jaroslavsky@interlink.com.ar

----------

Subject Texto de Eduardo Grüner

Date Mec, 10 oct 2001 2245

 

BABEL, SIN SU(S) TORRE(S)

Eduardo Grüner

[Eduardo Grüner es profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.]

(Se dice el tema es demasiado difícil, y ya se ha dicho demasiado sobre él. Se dice ¿cómo encontrar la manera de decir algo diferente de diferenciarse del "o con los unos o con los otros", y al mismo tiempo de no caer en "estamos en contra pero...". Se dice de todas maneras, lo que digamos hoy estará obsoleto mañana, los cambios son vertiginosos, los acontecimientos se precipitan, etcétera. Se dice hay que esperar, apostar a una "larga duración" que nos permita tomar distancia, tener elementos para analizar las cuestiones de fondo. Se dice igual, lo que sucedió realmente -siendo lo que son los "secretos de Estado" y la campaña de desinformación históricamente inédita- no lo sabremos jamás. Se dice ¿quiénes somos nosotros, ante la catástrofe "civilizatoria", para sentar apresuradamente una posición que tal vez la semana próxima no podremos sostener? Todo eso se dice. Todo eso es cierto. Pero no somos periodistas. No estamos obligados a "informar seriamente", a esperar las evidencias empíricas. Tampoco somos grandes pensadores de la humanidad no nos sentimos obligados a acuñar definitivas palabras de mármol. Entonces decimos -o mejor, lo decía el Innombrable de Beckett, en circunstancias mucho menos urgentes, porque él ya había llegado hasta el borde- "ya no hay nada que decir, pero es necesario seguir hablando".)

1.-

Dejemos a los psicólogos, si les interesa, el examen de la pequeña, ambivalente, mezquina, secreta, inconfesable satisfacción que a muchos puede haberles producido lo que se produjo no es que sea poca cosa como tema, pero no es lo más interesante por el momento. Dejemos a algún inexistente Jauretche el análisis de la zoncera criolla -no están los tiempos para demasiadas vivezas- que con igual ambivalencia festeja la astucia artesanal (¿un equivalente de nuestro proverbial "alambrecito"?) de los que se las arreglan para sortear los más eficientes escudos tecnológicos del Imperio quizá algún comentarista de fútbol vuelva a hablar, y esta vez mucho más literalmente, de "la mano de Dios". Dejemos a ciertos lacanianos -no todos, por suerte- la tentación de elevar a Osama Bin Laden a la categoría de "objeto a ", para explicar por qué muchas mujeres pueden excitarse con su estampa violentamente varonil. O por qué ante la ausencia o la degradación de liderazgos mundiales, puede ejercer cierta fascinación de Padre Terrible de la freudiana Horda Primigenia. O por qué hasta ciertos miembros del establishment financiero no dejan también de sentir alguna fascinación por lo que se sospecha de sus habilidades especulativas. Dejemos a los expertos en relaciones internacionales dibujar sus nuevos mapas geopolíticos y estratégicos. Dejemos a los conspiradores profesionales imaginar -y no porque sean de plano descartables- las hipótesis sobre complicidades internas, incluso de alto nivel, tendientes a legitimar nuevas guerras galácticas. Dejemos a los entendidos en Inteligencia que especulen -muchos lo harán convergiendo con los conspiradores- sobre la sugestiva ineficacia de los catorce "servicios" con los que cuenta el país afectado. Es mucho dejar de lado, ciertamente. Pero ya sabemos que no se puede, ni es deseable, decirlo todo.

Vamos, pues, por (las) partes. Ante todo, este acto de terrorismo es inequívocamente condenable tanto por razones morales como políticas el terrorismo elitista que sustituye con su propia soberbia la organización democrática de las masas populares, y de paso asesina a muchos de aquéllos a los que dice defender, tiene siempre un efecto objetivamente reaccionario deslegitima la causa de esas mismas masas que vienen resistiendo esforzadamente al terrorismo del Poder. Un potentado multimillonario (si es que fue él) que oprime a su modo a "sus" propias masas y especula en la Bolsa de la muerte no es un "revolucionario" ponerlo a la altura de revolucionarios auténticos -no importa lo que se piense de cada uno de ellos- como Robespierre y Marat, Lenin o el Che Guevara, Rosa Luxemburgo o Lumumba, Gandhi o Fanon, es una total falta de respeto. Es tan demencial como la pretensión bushiana (y delarruísta, ¿por qué no mencionarlo?) de que los atacantes tuvieron a todo "occidente" en su mira. Esto no habría ni que decirlo, pero la estupidez ideológica reinante parece que obligara a hacer estas aclaraciones para después poder criticar con la conciencia tranquila el terrorismo del Estado Imperial.

En general, no me conforman casi ninguna de las cosas que se han dicho sobre esta cuestión. Que esto es una respuesta a las múltiples y sangrientas agresiones que el Imperio viene desarrollando desde Hiroshima en adelante, es una verdad de Perogrullo, pero no dice nada sobre la naturaleza y la calidad de la "respuesta" no se puede remitir la política a una simple relación causa / efecto como en el mundo físico; en política, la misma causa puede producir efectos muy diferentes, y no toda "respuesta" vale por el sólo hecho de serlo. Que la "guerra" no empezó el 11 de septiembre sino mucho antes, como creo que ha dicho Petras, es otra obviedad (quizá menor que la anterior, dada la uniformidad del discurso propagandístico imperial), pero presenta una dificultad de periodización, que es esencial para un análisis histórico-político ¿hasta cuándo hacemos retroceder el origen? ¿A la anexión de la mitad de Mexico, a la guerra de Cuba y Filipinas, al golpe contra Jacobo Arbenz? ¿Por qué no a 1492 (después de todo, este Imperio es a su modo heredero de toda una vocación colonial del occidente moderno)? Todo ello sería, quizá, pertinente, pero no nos dice nada nuevo.

El más confuso y equívoco -por la indudable tentación que supone- es el discurso que se pone a comparar las cifras de las víctimas (o peor, como en un e-mail que anda circulando, que saca cuentas sobre cuántos minutos de silencio le corresponderían, proporcionalmente, a los muertos de VietNam, de Nicaragua o de la Argentina). Es evidente que el Imperio, con sus armas o con su política económica, ha masacrado en su larga historia mucha más gente, incontablemente más gente, que los aviones en las Torres Gemelas o en el Pentágono. Pero la simple cuantificación de los muertos -como ha dicho bien Juan Gelman- es una inmoralidad, aparte de que tampoco sirve para un análisis político, ni de crítica cultural, ni de nada. Voy a ser lo más claro posible, a riesgo de granjearme la antipatía de muchos aunque el 11 de septiembre hubiera habido un solo muerto, y aunque ese único muerto hubiera sido el presidente Bush, el director de la CIA o el jefe del Pentágono, sería igualmente criticable. Por una sencilla razón la "cualidad" de la muerte, no menos que su cantidad, no es en sí mismo una justificación, ni un argumento ideológico, político, ético. Es cierto no se puede ahora construir una teoría de los Dos Demonios a nivel "global"; lo que se dijo para la Argentina, hasta cierto punto , vale para el mundo el terrorismo de Estado (nacional o imperial) no es comparable al terrorismo "particular" de los "equivocados". Pero, "hasta cierto punto" Bin Laden (si es que fue él; y si no, quien corresponda) no es un jefe de la resistencia popular, ni está "equivocado". En esas condiciones, festejar sus "aciertos" es indefendible.

Tampoco se puede simetrizar la cuestión por un lado, es completamente cierto que este acto debe ser analizado en el contexto de las continuidades, de las relaciones -aún contingentes- causa/efecto(s), etcétera; por el otro, cada acto terrorista debe al mismo tiempo ser juzgado en sí mismo , como un hecho absoluto , puesto que pone en cuestión la vida y la muerte de inocentes, y no en el sentido inmediato (se me responderá que Bush o el director de la CIA no son, desde luego, "inocentes"), sino también por las consecuencias previsibles que puede acarrear por ejemplo, la fascistización o militarización del mundo que se augura como "contrarrespuesta", y que sin duda los terroristas no han inventado, pero a la que le proporcionan una buena excusa. No soy un moralista, ni un idealista ingenuo sé perfectamente que el terrorismo puede ser vivido como el único recurso de los desesperados, y que en ciertas situaciones ha sido sistemáticamente utilizado por aquéllos mismos que ahora se rasgan las vestiduras porque les tocó a ellos lo usó la resistencia francesa contra los nazis, pero no lo creyeron legítimo cuando lo usaron los argelinos contra la opresión francesa; lo usaron los judíos contra los ingleses, pero no lo creen legítimo cuando lo usan los palestinos contra el Estado de Israel. Lo usó el Estado norteamericano de diversas maneras contra el Tercer Mundo, pero sólo ahora descubren lo horroroso que puede ser. Eso es, en algún sentido (no "correcto" pero sí) lógico la política también consiste en descalificar lo que uno mismo ha hecho cuando lo hace el adversario. O en justificar lo propio porque antes lo hizo el otro. Pero razonando así no vamos a ninguna parte quedamos atrapados en el mismo círculo, ya que, aunque sea invirtiendo los valores, confirmamos el lugar en el que nos pone el adversario, cuando se trataría de demostrar que somos diferentes (y, por supuesto, mejores). Ninguna de las dos partes está haciendo esto están en mutua relación especular. Que Bin Laden (si fue él) es un terrorista, no hay dudas. Y si alguien tenía dudas sobre sus (ex amigos y actuales) enemigos, ahora se van a despejar EEUU como Estado está poniéndose rápidamente fuera de la Ley, porque está emprendiendo una "guerra" no declarada contra un "particular", que no representa a Estado alguno, sin aportar pruebas, sin que siquiera se conozca que haya un juez, norteamericano o de las cortes internacionales, que haya iniciado una investigación de ese terrible delito. Claro que los antecedentes del otro hacen verosímil la sospecha. Pero la ley no actúa con verosímiles, sino con pruebas. Al menos la ley positiva, que es la que rige a los Estados el mero "ojo por ojo" no es justicia (infinita o limitada por "libertades duraderas") sino venganza bíblica. O sea fundamentalismo. Como cualquier Estado totalitario, EEUU se ha apoderado de la Ley, para retorcerla a su capricho; si unimos a eso su agresividad y potencia bélica, parece confirmarse una de las tesis de Negri y Hardt en su libro Imperio por más difuso o "microfísico" que parezca el poder en la agonizante postmodernidad, el Imperio, en su decadencia, y en forma similar al Imperio Romano en la suya, refuerza su monopolio de dos poderes bien centralizados el jurídico y el militar. Sólo que el mero poder , incluso si "jurídico", no es Ley. Sobre todo, no lo es desde el punto de vista de su potencia simbólica que (ahora sí) suelen pensar los psicoanalistas. Es, efectivamente, demasiado pronto para especular sobre si todo esto -no el atentado en sí mismo sus consecuencias- significa un derrumbe del Imperio. Pero está claro que la conducta por lo menos errática tanto en el plano jurídico como militar contribuye al deterioro de su autoridad, incluso, y especialmente, ante sus "amigos" con la esperable excepción del chirolita Blair, hay que decir que los gobiernos europeos, y la mismísima NATO, con mayor oportunismo del habitual, han sido bastante prudentes.

Todo esto representa una enorme dificultad para el pensamiento el terrorismo -sea el de los estados imperiales o el de los "particulares"- siempre lo es, porque en su traducción ideológica del "conmigo o contra mí" (que es como presenta las cosas Bush) genera una espiral discursiva fascista, totalitaria el totalitarismo no consiste tanto en prohibir pensar algo como en obligar a pensar una sola cosa. La solución no es tampoco una "tercera posición" que seguiría respondiendo a la misma lógica, sino un completo desplazamiento de esa dicotomía. Hay que empezar, parecería, a discutir otras cosas por ejemplo, la estructura entera de una sociedad "global" que ha conducido al mundo a esta situación terrorífica, y que ha producido ambas formas de terrorismo las clases dominantes occidentales en general, y muy especialmente las norteamericanas, así como el pueblo norteamericano y occidental que ellas también oprimen y que ahora se han transformado en víctimas directas, deberán dejar de hacerse los distraídos y de imaginarse que los males les llegan siempre de un Afuera incomprensible, de un Mal metafísico y ajeno con el que ellas no tienen nada que ver. Si las "partes" no son remitidas a su conflicto con el Todo, si seguimos insistiendo en un pensamiento fetichista, no remontaremos jamás el "vaciamiento discursivo", el "derrumbe del pensamiento crítico" que nos está aplastando. Dijimos estas cosas solemnes, en su momento, respecto del atentado a la AMIA ilusos de nosotros, creíamos que allí había un antes y un después; resultó que todo "después" puede ser un "antes" de otra cosa.

2.-

Uno se siente tentado de acuñar una fórmula paradójicamente postmoderna estamos ante el fin de la postmodernidad. Si el derrumbe del muro de Berlín legitimó el mediocre ideologema del "fin de la historia", ahora el derrumbe de las Torres Gemelas hace pensar en "el fin del fin". (Dicho sea entre paréntesis, es bastante sintomático que el concepto "postmoderno" haya salido de la arquitectura, allá por los años 70, y que tanto su consagración como su fin se vinculen al derrumbe de construcciones arquitectónicas). O, si se me permite autocitar el título de un próximo libro (un libro que temo que a esta altura ya haya quedado completamente obsoleto), el "fin de los grandes relatos" viene a ser sustituido por el "fin de las pequeñas historias".

Pero podemos ser aún más paradójicos en verdad, se trata de una forma perversa de la dialéctica hegeliana; es la plena realización de la postmodernidad lo que ha producido su fin. Y eso en varios sentidos. Primero, aunque no principal el nuevo y terrible Enemigo que se ha conseguido el Imperio responde fielmente a la imago del mundo postmoderno es "fragmentario", está disperso en retazos de contornos borrosos pero incomunicados entre sí, es "rizomático", no reporta a ningún Poder central -mucho menos estatal o nacional, aunque se haga de Afganistán u otros países el "chivo emisario" para el sacrificio ritual de turno-; es decir le devuelve al Imperio, que es el mayor productor de la ideología postmoderna, su propia y falsificada imagen. No sólo se la devuelve, sino que la vuelve contra él. Es algo que refuerza la hipótesis de que el llamado "neofundamentalismo" no representa ningún misterioso retroceso arcaizante a los bárbaros tiempos premodernos, sino un fenómeno estrictamente postmoderno, producido por el neoliberalismo y la llamada "globalización". No me refiero solamente a la obviedad de que los EEUU alentaron en su momento, porque les convenía, lo que ahora se transformó en su Frankenstein (creo que se le ha dado exagerada importancia a esta "hipocresía", que es una práctica muy común en los juegos de poder internacional), sino al tema mayor de que es toda la reconversión, económica y cultural, del capitalismo en las últimas décadas lo que ha producido el fenómeno. Y el "fenómeno" marca los límites de la postmodernidad cuando es llevada al extremo de dejar regiones y culturas enteras del planeta fuera de un tan celebrado "multiculturalismo" que es, en realidad, el multiculturalismo de los poderosos que se pueden dar el lujo de ser "tolerantes" cuando tienen la hegemonía.

También es sintomático de esto que entre las víctimas del atentado hubiera más de 60 nacionalidades parecería que estamos asimismo ante el estallido final del "multiculturalismo", y no sólo porque el Imperio vaya a provocar ahora su propia jihad contra el Islam también porque ahora se sabe (nosotros lo sabíamos desde la AMIA) que las potenciales víctimas pueden ser cualquiera, y no sólo norteamericanos rubios de ojos celestes. Y, como contrapartida, porque empieza una nueva "era de la sospecha" hacia cualquiera que no sea rubio y de ojos celestes, y eso en Nueva York, la ciudad más "multicultural" del planeta. Otra vez el colmo del multiculturalismo, en condiciones de profundizada desigualdad -y de los dispositivos ideológicos que la desplazan hacia la guerra de pobres contra más pobres-, conduce al racismo. La imagen postmoderna de un mundo sin "fundamentos" muestra entonces su otra cara la de una búsqueda desesperada de fundamentos por parte de aquéllos que no tienen nada que fundar, porque ya han sido expulsados fuera de la Historia -se entiende que no estamos hablando de Bin Laden (si fue él), que no está en absoluto fuera de la Historia, sino de los que pueden ver en él o en alguien como él la tentación de un liderazgo-. Eso es el "fundamentalismo" una pulsión refundadora que, al no tener objeto, se vuelve destructiva y criminal, como si dijera "Puesto que nos han dejado sin fundamento para nuestra identidad, para nuestra cultura, lo que nos queda es bombardear los fundamentos de los que provocaron todo eso". La masacre de las Torres Gemelas es insoportable e injustificable, pero no inexplicable. No es "irracional" es un subproducto deleznable -aunque no el único- de la racionalidad del actual orden mundial. Por eso es al mismo tiempo la realización y el fin de la postmodernidad. Es decir, en el estricto sentido del término su culminación .

Como tal culminación, pertenece al orden estricto de la materia. Este es, muy precisamente, el segundo sentido en que se puede hablar del fin de la postmodernidad. Se terminaron los simulacros. No creo que aparezca ningún Baudrillard que diga "El atentado contra las Torres Gemelas no ha tenido lugar". Desde luego que esto es así, en primer término, porque un atentado contra la capital del Imperio tiene mucha más prensa -es decir, mucha más "realidad"- que la Guerra del Golfo, no digamos ya que los bombardeos casi cotidianos contra Irak, por ejemplo. Pero, en un sentido menos obvio, esto es así porque, de nuevo, el Imperio, que ha sido el mayor productor de "simulacros", se ha reencontrado con "el desierto de lo real", como lo dice agudamente Zizek en un artículo reciente. Se han materializado los más apocalípticos fantasmas del "simulacro" holliwoodense, sin que aparezca un Bruce Willis o un Stallone para restaurar el orden (Bush es un pobre candidato para ese papel). Por eso no es, como se ha dicho, un acontecimiento "impensable" ¿cómo va a ser impensable lo que ha sido pensado innumerables veces por mediocres guionistas del mundo del espectáculo? El pasaje de lo imaginario a lo real no es impensable sólo es, por definición, sorpresivo.

Ese término -"materializado"- es muy importante hay, de la peor manera, como si dijéramos un retorno de la materia a un mundo que estaba altamente "desmaterializado" Internet, los medios de comunicación de masas, la CNN, y el propio modelo de acumulación de un capitalismo ya no esencialmente productivo, sino especulativo y hecho de una volátil circulación de signos monetarios "informatizados" por el espacio virtual, todo eso había creado un mundo abstracto donde el sufrimiento, la miseria, la violencia y la muerte inflingidos a miles de millones "no tenía lugar". Pero, de pronto, vuelve a tenerlo de pronto, un hecho como este, aunque a alguien pueda parecerle injusto que se le preste más atención que a otros (pregunta tonta ¿cuándo se paralizó la gente ante los televisores para presenciar espantada las masacres de Rwanda o Bosnia?), nos hace tomar conciencia de que, por detrás de los "simulacros", lo que siempre estuvo en juego fueron los cuerpos, la materialidad concreta y sufriente de seres vivos, tan vivos como lo estaban ayer los cincuenta o cien niños que, según se dice, murieron de hambre hoy solamente en nuestro país. O como lo estaban el 10 de septiembre los quién sabe cuántos miles de trabajadores asesinados en las torres.

El "quién sabe cuántos" va a cuenta de que, por supuesto, la lógica del simulacro seguirá, por algún tiempo, estando activa ha servido -como lo dijo Rossana Rossanda- para hacernos ver la caída de las Torres no una, sino diez mil veces, hasta convencernos de que efectivamente se había puesto en marcha una guerra quizá la entera isla de Manhattan había sido derrumbada (ironías de la historia ¿no se llamaba "proyecto Manhattan" aquél secreto trabajo en el desierto de los científicos que inventaron la bomba atómica?). Pero el simulacro tiene también sus límites, o sus lapsus la férrea autocensura comunicacional no nos ha permitido ver ni uno solo de esos cuerpos, vivos o muertos, sepultados bajo los escombros de la postmodernidad; los ha transformado en ¿osaremos pronunciar la palabra? desaparecidos . Pero sabemos que están allí su "realidad" no se nos puede ocultar aunque se nos prive de su imagen. O, más bien, sabemos que están allí, que son reales, justamente porque no tenemos su imagen televisiva. Algo semejante, me parece, ocurrirá con la nueva guerra que, mientras se escribe esto, está por empezar si se pudo decir "la guerra del Golfo no ha tenido lugar", es porque de ella sólo vimos imágenes de misiles luminosos cruzando la noche, como un festival de fuegos artificiales. De esta nueva guerra no tendremos imágenes, porque -por las características geográficas de Afganistán, o por lo que sea- será algo así como una guerra a la antigua, casi cuerpo a cuerpo, en otro retorno de la materialidad siniestra. Si juntamos eso con la aparente estupidez (que no es tal) de prohibir las películas o las canciones que hablen de violencia y muerte, se refuerza la hipótesis inicial se acabaron los simulacros. Es, como se dice, la hora de la Verdad.

3.-

El "fin de la postmodernidad", si es que es eso, convocará a lyotardenses, virilianos y semejantes a, como se dice, pensar el futuro esperemos, porque se viene, la implacable competencia entre intelectuales preferentemente franceses por acuñar etiquetas mediáticas para designar a la nueva época (con definiciones, desde ya, plenas de incertidumbre y contingencia no sea cosa que se los acuse de buscar fundamentos ). Dejémosles, también, esa tarea ímproba. "Pensar el futuro" quizá sea una empresa demasiado ambiciosa -o demasiado insoportable- en estos momentos. Conformémonos, por ahora, con interrogarnos por la posibilidad de pensar el presente. ¿Con qué herramientas teóricas, intelectuales, "científicas"? Es difícil decirlo. No soy de los que caen rápidamente en una visión apocalíptica del "fin de los paradigmas". Los acontecimientos actuales no son totalmente impermeables a la indagación de una economía, una ciencia política o una sociología de espíritu crítico aquí no se trata de hacer generalizaciones abstractas (o ideológicamente interesadas) del tipo del "choque de civilizaciones" u otras sandeces por el estilo (entre otras razones porque ese slogan siempre me pareció autocontradictorio ¿no habíamos quedado en que, con el "fin de la historia", aquí había una sola civilización?) la clase gobernante norteamericana, y mucho menos Bush, no representan a la civilización occidental, aún cuando admitiéramos esa entelequia falsamente universalista; y una banda de fascinerosos "particulares" no representa a una sociedad exquisita, de una complejísima tradición cultural y religiosa, como es el Islam. Dicho lo cual, y con alguna mayor sobriedad, pensemos nuevamente si Bush no representa a la "civilización occidental", y los otros no representan al Islam, es porque una civilización, con toda su complejidad y contradicciones internas, con una dinámica cultural que redefine permanentemente sus límites, con unos "orígenes" civilizatorios de siempre dudosa fechabilidad, es algo estrictamente irrepresentable . Pero no porque quienes se erigen en sus "representantes" no tengan nada que ver con ella. Es uno de los temas a pensar, y su brutal dificultad no lo hace sin embargo imposible ¿acaso no acometieron una empresa tan desalentadora como esta los miembros de una escuela llamada de Frankfurt, cuando tuvieron el insólito coraje de conjeturar una continuidad entre Descartes y Auschwitz?

La idea del Lager como paradigma metafórico de aquéllo en lo que se ha transformado la sociedad moderna es originariamente de Walter Benjamin, que ya poco antes de suicidarse, en 1940, tuvo ocasión de reflexionar sobre las analogías entre la organización tecnocrática del capitalismo mundial y la eficiencia siniestra del campo de concentración. Después, célebremente, Adorno y Horkheimer, en la Dialéctica del Iluminismo, le dieron a Auschwitz todo su estatuto de símbolo de la racionalidad instrumental moderna, y se atrevieron a sostener que el nazismo no había representado ninguna locura incomprensible "caída del cielo" -valga la expresión, en estos días- como rayo en día sereno, sino la estricta realización de una de las potencialidades de la razón moderna. Y no para desesperar de la razón, sino para verla lúcidamente como lo que es un campo de batalla en ebullición permanente, que por sí sola no garantiza en absoluto la emergencia de un mundo mejor.

Hoy, la cuestión se complica aún más. Cuando Max Weber -de quien la Escuela de Frankfurt extrajo en principio la idea- se quejaba de la disociación entre una racionalidad instrumental que ponía el acento en un mero cálculo de la relación medios / fines, y una racionaldad sustancial o material que tomara en cuenta los "valores" (éticos, políticos, religiosos, culturales) no pudo prever lo que podía provocar, al revés, su asociación en determinadas circunstancias históricas eso dio Hitler. Es decir, el creador de Auschwitz, que sin duda supo poner toda la racionalidad instrumental y técnica del capitalismo disponible en su época al servicio definitivo de sus "valores". La lógica del mundo actual ha consagrado esa conjunción funesta, y el atentado a las Torres Gemelas -así como sus antecedentes y sus posibles consecuencias- es un símbolo perfecto de ese estado del mundo los terroristas ponen toda la racionalidad instrumental y técnica de unas poderosas máquinas de volar inventadas por Occidente al servicio de sus "valores trascendentales", y Bush hace otro tanto cuando pone la más poderosa y racional maquinaria bélica de la historia al servicio de sus propios "valores", a los que identifica con la Civilización como tal. O sea Hitler va ganando, después de todo. Y su victoria es más grande de lo que sus ensueños más delirantes podían imaginar consiguió que los supuestos "enemigos" se encontraran luchando con las mismas armas, bajo la misma lógica.

¿Qué hacer, entonces? ¿Renunciar a la Razón? Pero eso sería darle la razón a "Hitler", a la inmensa podredumbre del presente, de la cual la sangrienta historia occidental no puede desentenderse. Al contrario se trata de ensanchar la Razón, de hacer entrar en ella su propio conflicto constitutivo y determinado por la "injusticia infinita" de una sociedad "global" que va en camino de constituirse en un inmenso Lager. No es cuestión, tampoco, de ponerse apocalípticos (eso es lo que querría "Hitler" que frente a nuestra impotencia nos arrojáramos en sus brazos providenciales) no estamos ante el Fin del Mundo, no ha empezado la Tercera Guerra Mundial. Pero si no se detiene a "Hitler" esa burda propaganda podría, a la larga, resultar cierta, como en el sindrome de la profecía autocumplida. Y, claro está, no se detiene a "Hitler" con el pensamiento. Ya hay quienes -probablemente como legítima defensa ante "el horror, el horror" que invocaba el coronel Kurtz frente al corazón de las tinieblas- se ilusionan con la emergencia de una nueva era de "ilustración de la ilustración" que hiciera reflexionar a los amos del mundo sobre la defectuosa distribución de la riqueza planetaria. O, por lo menos, que indujera a la opinión pública norteamericana a presionar en esa dirección; una proyección de deseos que por el momento choca contra la pared del noventa por ciento de esa opinión pública que más bien presiona en la otra dirección, la de la "guerra". Y de todos modos, como enseñó oportunamente el profesor Marx, no se trata de un simple problema de distribución. Ya hubo un famoso escritor norteamericano que propuso que la Fuerza Aérea, en lugar de bombas, arrojara comida sobre Afganistán ¿se puede ser tan imbécil de no ver que la lógica del modelo de acumulación mundial no permite que Bush -no más que, digamos, Cavallo- haga nada demasiado diferente, y que no va a ser alterada por actos de caridad masiva?

Así que no, con sólo pensar no evitaremos nada. Y sin embargo, seamos modestamente Innombrables hay que seguir pensando.

4.-

Tampoco se trata simplemente de un acto criminal llevado a cabo por psicóticos desaforados -sean los perpetradores del atentado o los señores de la (nueva) "guerra"-. Aunque sea muy difícil de desentrañar, detrás del llamado a la "guerra" hay una complicada trama política y económica que mucho tiene que ver con la recesión mundial, al borde de la crisis "depresiva", de un capitalismo en problemas que necesita una urgente inyección reactivadora (¿y cuántas veces en el pasado se apostó a que la guerra cumpla ese rol?). O, al menos, con el hecho de contar con una excelente explicación de que la recesión continúe, o se profundice, como ya se anuncia, bajo el increíblemente cínico argumento de que, gracias a las consecuencias económicas y financieras del atentado, el próximo año morirán de hambre varios miles de niños -cosa que antes, se sabe, no sucedía-. Como si -lo señaló un premio Nóbel, para escándalo de muchos- un minuto, y no un año, después del atentado, mientras caía la gente de los edificios, los celulares de los agentes de bolsa no hubieran seguido funcionando al rojo vivo, ordenando la compraventa de acciones de las empresas aéreas o las compañías de seguros -hay toda una discusión semántica implicada en esta rueda financiera los edificios estaban asegurados contra un atentado terrorista , pero no contra una guerra ¿se entiende?-. O con la escasez de petróleo (que sería solucionada mediante la instalación de un gobierno afgano títere que permitiera su extracción por parte de la compañía cuyo principal accionista es George Bush senior), o lo que sea. También, desde el punto de vista político, con la recuperación de legitimidad para el gobierno posiblemente más ilegítimo de la historia de los EEUU -es significativa la casi unánime disposición de los medios a no mencionar más el tema de las fraudulentas elecciones de "banana republic" de las que salió Bush-. O, más trascendentalmente, la progresiva multiplicación de resistencias multitudinarias a la hegemonía del Imperio (desde los zapatistas a los piqueteros locales, pasando por los Sin Tierra o los movimientos antiglobalización en el propio centro imperial, que no tienen nada que ver con ningún "terrorismo", pero que muy bien podrían quedar comprendidos en la cada vez más laxa definición de ese concepto).

El futuro inmediato, en este sentido, es bastante poco alentador entre otros males, lo que ha hecho el atentado es alentar el retorno con más fuerza que nunca del Gendarme Mundial, de una suerte de Doctrina de la Seguridad Internacional que hoy empieza por Kabul (con su posible extensión a Irak, Sudán, etcétera), pero mañana llegará -ya está llegando- a Colombia, o a nuestra llamada "triple frontera", y en donde el discurso único que reduce la política mundial a la lógica guerrera del "amigo / enemigo" puede instalar un régimen de Terror tan "globalizado" como el de la economía, que ya es suficientemente terrorífico. O, cuando menos, una profunda militarización y fascistización de la política internacional como la que mencionábamos antes. Los argentinos -y muchos otros países de la periferia, claro está- conocemos bien el problema ¿acaso hace 25 años no hizo falta implantar un régimen de terror para vencer las resistencias iniciales al "nuevo orden económico" que empezaba a perfilarse? Ahora ese orden está mundializado, y en crisis ¿por qué no podemos sospechar que lo que se hizo antes región por región para implantarlo se hará ahora al nivel global correspondiente para mantenerlo , utilizando como pretexto este acto deplorable?

Insistamos todo esto, aunque muy complejo, puede todavía ser analizado con los instrumentos teóricos que poseemos renunciar a ellos sería entregarnos a otra forma del terror, el de la irracionalidad resignada. Ahora bien dicho esto, es cierto que esos instrumentos, con ser necesarios, no son suficientes. Los sociólogos, los politólogos, los economistas, incluso muchos filósofos, han estado cuidando demasiado celosamente sus quintitas, lustrando con demasiado ahinco las verjas de sus jardincitos cerrados. Es urgente abrir más la cabeza, además del corazón. Aparte de que es un compromiso irrenunciable de los intelectuales ponerse a crear todo un nuevo instrumental crítico para pensar este "desierto de lo real" en que hemos sido arrojados, quizá también haga falta (en verdad, hace rato que algunos venimos diciendo esto, lo cual no es ningún mérito especial) empezar a mirar en otras direcciones, menos "institucionalizadas" o académicas, menos "normalizadas" e incluso "pasadas de moda" en el mercado universitario. Por ejemplo (pienso en voz alta) la antropología de las religiones, al menos en sus versiones más heterodoxas, que de Mircea Eliade a Bataille, de René Girard a Ernesto de Martino, explican la mutua implicación entre la violencia y lo "sagrado", o el papel del ritual de sacrificio en las sociedades que sienten que su propio "ser en el mundo" está en peligro, y que se impone un acto de "refundación ontológica", antes de que sea demasiado tarde. O, en la misma línea, mirar hacia las teorías filosófico-literarias de la Tragedia, que ubican ese género estético en toda su significación política de conflicto entre el Caos y el Cosmos, cuando lo que está en juego es la propia recreación de la polis. O hacia un filósofo clásico pero "ninguneado" como Spinoza, o, más cerca nuestro en el tiempo, un Merleau-Ponty son muy diferentes entre sí, pero ambos comparten esa preocupación por la densidad corporal de lo subjetivo. Y habría que releer a una nueva luz el pesimismo antropológico del Freud de Totem y Tabú o del Malestar en la Cultura. Y leer a los teóricos postcoloniales, en especial los que se ocupan del Islam, y por supuesto estudiar la historia de la cultura y la religión islámica -es increíble lo poco que sabemos de eso nosotros, para no hablar de los norteamericanos, que, con su habitual soberbia, ignoran supinamente lo que tienen enfrente, o construyen esas imágenes abstractas "orientalistas", como diría Said- pensar, por ejemplo, qué significa, en términos de identidad cultural, que sociedades tan diversas entre sí como lo son las islámicas hablen la misma lengua (una comparación con Latinoamérica sería aquí muy provechosa), versus la babélica dispersión de lo que se llama "occidente", o qué significa que lo político sea un "reino de otro mundo" frente al cual la propia muerte -no digamos ya la de los otros- carezca totalmente de importancia. Esto es todo un capítulo aparte, al menos por dos razones a) la "laicización" o el "desencantamiento" antirreligioso del mundo parece ser otra de las cosas que se acabaron sólo que, como insinuábamos más arriba, el reencantamiento religioso, subordinado al "imperio" de la racionalidad instrumental, sólo puede prometer lo peor; el "fin de la postmodernidad" no es un retorno a la modernidad, ni siquiera a sus aspectos que tanto hemos cuestionado (y que quizá ahora añoraremos), como la famosa "destotalización" de la experiencia en esferas autónomas que analizaba Weber al contrario, la nueva totalización que ya se puede adivinar como horizonte teológico-tecnocrático es bastante siniestra; b) como queda dicho, es inaudito lo poco que sabemos del Islam -sólo comparable a lo mucho que ignoramos de, por ejemplo, ese caldero múltiple que irresponsablemente llamamos "Africa"- es sintomático que, en los tres gruesos y extraordinarios volúmenes de Max Weber sobre sociología de la religión, no lleguen siquiera a dos páginas , y ellas completamente circunstanciales, las referencias a uno de los tres grandes monoteísmos de la historia (ninguno de los cuales, digamos de paso, se originó en el lado ahora dominante del mundo "occidente" no ha creado ninguna religión civilizatoria, y eso hace difícil no tentarse con el canónico "retorno de lo reprimido"). Quiero decir hay un síntoma monstruoso en esa renegación, por parte del pensamiento "occidental", de una cultura sin la cual quizá "occidente" (sin ninguna duda nuestra madre patria) ni siquiera existiría. ¿Es esa renegación -más que una auténtica, disculpable, ignorancia- lo que ha facilitado tanto el proyectivo y fantasmático "orientalismo" criticado por Said?

En todo caso, la operación es tanto más extraordinaria por lo fácilmente desarticulable en efecto, aún leyendo un superficial manual histórico podríamos tal vez aprender que no hay ninguna implicación o identificación "natural" entre el Islam y el fundamentalismo, ni siquiera en los más conservadores "sunnitas" versus los más liberales "chiitas". O que en la tradición islámica, que por cierto no concibe la separación entre lo político y lo religioso, no hay sin embargo subordinación de lo primero a lo segundo -lo que sería una condición sine qua non de lo que se llama "fundamentalismo"-, sino más bien al revés. Al contrario, es la larga historia "premoderna" de occidente la que registra esa tradición no fueron los islámicos los que inventaron la Inquisición, ni el concepto de "Cruzada", ni las noches de San Bartolomé. O aprenderíamos, entonces, que el fundamentalismo islámico -que por supuesto existe, aunque sea numéricamente minoritario como porcentaje del total de los creyentes- es un "invento" relativamente reciente, renacido con la erección del Estado israelí y el desplazamiento de los palestinos, y agudizado con el fracaso de las revoluciones anticoloniales como la de Argelia, o con el verdadero genocidio que para la inmensa mayoría del Islam significó la "globalización". ¿Hay que de nuevo decir que todo eso no lo justifica? ¿Que lo que lo hace explicable no lo hace deseable, aún cuando no recurriera al terror? Por supuesto ninguna de nosotros -no digamos ya "nosotras"- querría vivir bajo un régiman talibán. Pero Islam no es Talibán.

Y, ya que estamos, habría que estudiar con atención la historia de las Cruzadas, ya que ese es el discurso (retórico, sí, pero ¿quién dijo que las palabras no tienen efectos materiales?) con que ambos bandos están manejando la cuestión -aunque, hay que decir la verdad la palabra "cruzada", y la pretensión de que Dios está de un solo lado, sólo la expresó, hasta ahora, Bush-. Y, por otra parte, habría que reencontrarse, a una nueva luz, con una antigua y hoy desprestigiada disciplina como era la llamada Historia de las Civilizaciones (no tan antigua ni tan desprestigiada, después de todo es curioso que muchos que citan elogiosamente las teorías del "sistema-mundo" de Wallerstein o Samir Amin pasen por alto cuántas veces esos autores y otros de la misma escuela citan a su vez elogiosamente no sólo a Braudel, sino a... Toynbee), y habría que hacerlo a través y más allá de Huntington y su "choque de civilizaciones". Lo de Huntington es en muy buena medida (pero no completamente ) insostenible. Aún descontando la comprensible desconfianza que puede despertar su rol de asesor del Departamento de Estado norteamericano, es insostenible su sospechoso afán por "culturalizar" los conflictos, desplazando lo que antes se llamaba su "base material", lo cual, como ocurre siempre con los autoasumidos ideólogos, lo hace decir verdades a medias por ejemplo, que occidente no ha logrado, finalmente, "occidentalizar" a las otras culturas; lo cual es parcialmente cierto, pero sólo si se abstrae de la categoría de "cultura" aquélla "base" material (económica, sí señor), que precisamente ha "occidentalizado" al mundo de la peor manera -profundizando a abismos inéditos la desigualdad económica y social-, y siendo por lo tanto responsable en última instancia de las reacciones "culturales", incluídas las más perversas, contra la occidentalización. Omisiones que demuestran que en esa "interna" de la derecha -la idea del choque civilizatorio surgió en polémica con la del "fin de la historia" de Fukuyama- están todos del mismo lado, si bien sería necio negar la abismal diferencia intelectual entre el palurdo Fukuyama y Huntington. Es insostenible asimismo la insólita propuesta, necesaria para aquélla "culturalización" del conflicto, de que -puesto que la modernización ha reducido la brecha mundial entre pobres y ricos- hay que desestimar ninguna causalidad de los conflictos basada en las diferencias económicas (propuesta irrisoria, si no fuera trágica, en un momento en que la nación más rica de la tierra se dispone a aniquilar a mansalva a una de las más pobres). Pero no todo es completamente insostenible, al menos como sugerencia que habría que reinscribir en otra lógica quizá la progresiva idiotización de los "estudios culturales" nos haya hecho sobreactuar nuestra resistencia a la importancia -fundamental, si se nos permite- de la Cultura como "variable independiente", para decirlo con la fea jerga de los metodólogos.

Otra mirada de interés podría dirigirse a la arquitectura de la ciudad y/o a la etnografía urbana. Las jocosas sandeces pergeniadas por Umberto Eco -a propósito de que después del atentado dejarán de construirse rascacielos, y las ciudades se volverán todas ellas "horizontales"- no dejan de convocar alguna sonoridad más profunda que la de ese eco epidérmico no es sólo que por obvias razones la vida cotidiana en la capital del Imperio se verá radicalmente alterada (entre nosotros, se vio radicalmente alterada en el barrio de Once, aunque ningún antropólogo o sociólogo urbano le ha dedicado, que sepamos, el estudio que se merece), sino que es la imagen de la Ciudad como símbolo moderno de la Civilización en tanto tal, y la prospectiva de un retorno a una ruralidad protegida (¿una refeudalización tecnocrática ?), la que deberá empezar a replantearse seriamente.

5.-

En fin, la tarea es infinita, pero hay que hacerla (está de más aclarar que no estamos proponiendo un programa de estudios de postgrado; aunque, dado el estupor de nuestras actuales ciencias sociales, quién sabe si no sería una manera de relanzarlas hacia algún intento de reconstrucción de sus "grandes relatos") es una defensa contra el pánico en el que ambos bandos quieren hacernos caer. Y, sobre todo, hay que hacerla desde acá , desde esta porción del mundo que nos ha tocado pensar dónde y cómo quedamos parados, o tirados, en medio de todo esto. Ya se escucha retumbar en nuestras pampas, por ejemplo, el tambor batiente de la Seguridad Interior, como si Buenos Aires fuera Nueva York; quiero decir como si un gobierno absolutamente incapaz -en el caso de que tuviera la voluntad- de garantizar esas "seguridades" elementales que son la comida, la vivienda, la salud y la educación tuviera la más mínima autoridad moral para gastar dinero en lo que, ya lo sabemos, no será más que un modo de "asegurar" a los amos del país que la cosa va a seguir igual, o peor. Para no hablar de la ilusión estúpida de que un alineamiento automático -bajo el TIAR o cualquier otra deshilachada etiqueta- nos dejará mejor protegidos; o peor, con un cinismo infame, que nos beneficiará con nuevos fondos del FMI para financiar los ajustes. Tampoco esa modesta parte de "Hitler" la vamos a detener pensando en la antropología de las religiones, en la historia de las civilizaciones, o renovando, aunque fuera muy radicalmente, nuestras teorías políticas. Pero mucho menos dejándole el pensamiento al enemigo, que no cesará de producirlo. Ni tan sólo firmando solicitadas que llamen a la ONU a garantizar una paz mundial que en este mundo no depende de la pura fuerza de voluntad. de los que lo hicieron a su voluntad. La "gravedad de la hora", como se suele decir solemnemente, impone similar solemnidad a la formulación epigramática es preciso reconstruir un verdadero "gran relato" que de cuenta de toda la complejidad de los conflictos actuales, y sobre todo que permita activar esa "potencia de la multitud" de la que también hablaba Spinoza sólo el protagonismo democrático de las grandes masas oprimidas puede eliminar las condiciones de posibilidad para los terrorismos. Quizá todo esto presente la oportunidad, ante el vacío de sentido con el que mucha gente percibe el mundo de hoy, de una refundación verdaderamente radical de la polis humana, del ser mismo de lo social. Pero eso no lo van a hacer los amos y beneficiarios del mundo, ni los tirabombas indiscriminadores. Vale la pena terminar con una frase de Sartre que me encuentro citando cada vez con mayor frecuencia "No es tanto cuestión de lo que la historia nos ha hecho, sino de qué vamos a hacer ahora nosotros con eso que nos ha hecho".