Historia Inmediata


Ataque a EE.UU


Estimados amigos

Me parece un documento que merece ser difundido. Pero, sobre todo, meditado.

Saludos cordiales de JJD.
jaroslavsky@interlink.com.ar

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Subject Otra mirada

Date Jeu, 25 oct 2001 1127

ojarasca - octubre de 2001

Los primeros muertos

Armando Bartra

...Somos víctimas del verdugo, verdugos de la víctima.

José Emilio Pacheco

Las torres gemelas en llamas son un Rocharch. Y nosotros, los de izquierda, en cuanto vemos una atrocidad echamos mano del antiimperialismo y emprendemos el recuento de nuestras propias víctimas.

Es un acto reflejo. Un reflejo fundado.

Sólo que esta vez el imperio puso los primeros muertos. Y al comienzo nos desubicamos un poco. Como que no nos hallábamos en la inusitada coyuntura. Por fortuna para nuestros automatismos ideológicos, la Libertad Duradera de George W. Bush está poniendo las cosas en su sitio. De nuevo podemos rebelarnos contra el belicismo prepotente del gobierno gringo y su cauda de muerte.

Las etiquetas de víctima y villano regresaron a su lugar y los antiyankis de abolengo remachamos nuestras convicciones.

Pero los muertos de Manhattan siguen muriendo. Y el repudio a la perversa aritmética del imperio no sirve para exorcizarlos.

Vaya para ellos este texto, antes de que los tambores de la nueva cruzada nos impidan escuchar a nuestros propios demonios.

Las víctimas se vengan del verdugo. Los débiles hieren al poderoso. Lo hieren en el corazón. Han golpeado sin clemencia al villano y fueron los míos. Los míos descarriados, pervertidos y equivocados; envilecidos quizá, pero los míos al fin.

Y la herida fue atroz, obscena.

Por eso, más allá del dolor por los muertos inocentes, me duele la inocencia perdida. Nuestra inocencia. Me duele alinear en un bando dispuesto a matar de un solo golpe a seis mil personas indefensas. A un bando capaz de la infamia con tal de cimbrar los símbolos del imperio y vengar a nuestros muertos.

Y para pertenecer a este bando no hace falta secuestrar aviones, basta aprobar con impúdico alborozo --o íntimo asentimiento-- el que esta vez hayan muerto ellos y no nosotros. Basta soportar con indulgencia las porras y pintas por Bin Laden en la emblemática manifestación del 68.

No creo ser fanático ni fundamentalista. Mucho menos terrorista. Pero doliéndome las víctimas me duelen también los asesinos. Me duele la culpa compartida.

Cuantas ganas teníamos nosotros, los de izquierda, de que los responsables fueran neonazis, de preferencia güeros. O mejor todavía, halcones resentidos, generales belicistas ocultos en los recovecos del Pentágono. Con qué énfasis subrayamos que Bin Laden es un hombre de derecha, un anticomunista entrenado y financiado por la CIA. Qué no hubiéramos dado por que la pesadilla de Manhattan fuera una maquiavélica puesta en escena del imperio. (Y lo será, a la postre, sólo que ese es otro cuento).

Pero no. De arranque la masacre es obra de los débiles, de las víctimas. De los ofendidos y humillados que cobran venganza con espantosas armas de flaqueza. De los nuestros. Cuando un puño de suicidas quema, asfixia, aplasta, empuja al vacío a miles de inocentes; cuando un palestino con la bomba en el pecho hace estallar un camión escuela; cuando el sembrador de vientos cosecha siniestras tempestades, se confirma --claro-- que la prepotencia imperial incuba respuestas desesperadas e infames. Pero ratificar convicciones antiimperialistas no nos exime de responsabilidad por los crímenes.

Porque hoy el imperio puso los primeros seis mil muertos. Y hay que ser muy cabrón para endosarle todas las culpas al enemigo, cuando el enemigo sangra.

 

Manhattan Storm

Ahora estamos a la intemperie.
José Emilio Pacheco

La globalización que contaminó el centro de periferia y llenó el norte de sudacas y el occidente de orientales, ha llevado a Manhattan la guerra que antes se libraba extramuros.

Con la globalización se acabaron los santuarios y los metropolitanos ya no pueden desafanarse del mundo realmente existente. Porque los homeless duermen en el quicio de su puerta, porque los latinos del éxodo

podan el árbol de su patio trasero, porque el sida que siega a los africanos ronda a la juventud dorada, porque los globalifóbicos son globales y los terroristas también.

Aunque Bush se empecina en reanimarlo, el "apartheid global" se desfondó, el síndrome del Fuerte Apache es historia. Por un tiempo el imperio reforzará sus palizadas y emprenderá cruentas batidas contra los campamentos enemigos. Pero al vengar a sus muertos los matará de nuevo.

No hay escape.

Y la mundialidad, que acosa a los de arriba, tiene efectos simétricos sobre los de abajo. Sobre nosotros.

Nosotros los del sur y del oriente, que caminando por las veredas del éxodo o navegando por la red, ya nos colamos hasta el centro del centro. Nosotros, que ahora podemos sacudir al imperio sin más armas que la vida y un cutter.

Pero ser víctimas no significa ser inocentes. Para la barbarie no hay coartada. Los neoyorkinos despedazados no son el imperio, los judíos que se desangran entre vidrios rotos no son el sionismo.

El terrorismo es contraproducente, ha dicho la sensatez política. Es verdad. Pero en principio el problema no es de táctica, no es de eficacia, es asunto de moral. Y de rebote es cuestión táctica; porque sólo desde la ética política, sólo desmarcándonos de la barbarie simétrica --que sin duda multiplicará la cruzada imperial-- la joven izquierda podrá ser creíble y eficaz.

Quienes ya lo han perdido todo tierra, patria, familia, patrimonio... aún pueden perder su alma. Y la extravían cuando renuncian a su propia humanidad negando la humanidad del otro. Ninguna ofensa justifica la guerra sucia, nuestra guerra sucia. Ninguna humillación justifica los crímenes de odio, nuestros crímenes de odio. Los explican, quizá, pero no los justifican.

En tiempos globales los desaprensivos del penthouse deben entender de una vez por todas que comparten edificio con los del sótano. Pero nosotros, los de abajo, también somos responsables por el vecindario.

Porque ahora los desposeídos tenemos poder, así sea poder de destrucción. Y si somos dueños de la vida y de la muerte, compartimos la responsabilidad. En la batalla por el futuro mantener la humanidad del mundo también es nuestro boleto. Siempre lo fue, pero hoy es evidente.

En el milenio de la esfera, las coartadas maniqueas suenan a hueco. Contra lo que parece indicar la oleada patriotera estadunidense, en el fondo los fundamentalismos se desmoronan... se desmoronan en ambos lados del espejo.

Ahora que el imperio ha comenzado una cruzada planetaria que debe ser detenida, ahora, más que nunca, debemos ser intransigentes con las infamias de nuestro propio bando

¡No a la guerra imperialista!

¡No al terrorismo dizque justiciero!

Rechacemos el belicismo de las grandes potencias, pero también las atrocidades de los ofendidos y humillados, la barbarie de los débiles.

Se lo debemos a las víctimas de Manhattan, los primeros seis mil muertos de la nueva guerra. (FIN)