Historia Inmediata


Ataque a EE.UU


LA NACION, Buenos Aires, Argentina.               

SABADO 29 de septiembre de 2001

Opinión, p.21.            

Las únicas dos orillas del mundo

Por Tomás Eloy Martínez*

HIGHLAND PARK, N. Jersey

(* Tomás Eloy Martínez, novelista, escritor argentino, autor, entre otras obras, de “Santa Evita”, “fellow” del Wodrow Wilson International Center for Scholars (Washington,DC) es actualmente director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Estatal de Nueva Jersey (USA), Rutgers University.)

SEGÚN las últimas encuestas, los norteamericanos confían ahora más que nunca en la capacidad de George W. Bush y de sus asesores para sacar a los Estados Unidos del pantano en que lo ha metido el terrorismo. Tres semanas antes del 11, cuando Bush resucitó la idea de construir un escudo galáctico en medio de una depresión económica casi tan severa como la de 1929, el índice de aprobación de su gobierno rozaba apenas el 50 por ciento. El martes 25, llegó a un sorprendente 89 por ciento. Ese vuelco de la opinión pública no puede ser explicado por la razón sino por otros desvíos de la inteligencia,que tienen que ver con la fe, el patriotismo y la certeza de que los Estados Unidos prevalecerán, hagan lo que hicieren. 

Pocas veces como ahora se ha sentido en este país que el derecho a disentir es frágil y hasta peligroso. Aunque Bush haya dicho en su celebrado discurso del 20 que quienes odian a los Estados Unidos lo hacen porque también odian sus libertades, el miedo a pensar distinto flota en el aire. Ya no se trata solamente del miedo a ser distinto, como los pasajeros árabes a los que bajan de los aviones "porque la tripulación no se siente cómoda con ellos", sino también del miedo al aislamiento que sobreviene cuando uno se pone al margen del patrioterismo que en cada hombre pacífico ve un enemigo. 

Bush es un converso. Después de ocho meses de gris y errática administración, y de un aluvión de tiras cómicas que veían a Dick Cheney o a Condoleeza

Rice llevando el timón del país mientras él se entretenía con sus  game boys, George W. se ha sentado por fin en el puesto de mando. Ha encontrado un destino. Antes de la catástrofe de las Torres Gemelas, era un muchachote que parecía fuera de lugar en el Salón Oval de la Casa Blanca. Se le entendía poco lo que decía, no tanto por el siseo montaraz de su elocución como por su sintaxis enrevesada y tartamuda, detrás de la cual se abría un desierto blanco y vacío.

Y además estaba la extravagancia de sus gestos: el inverosímil repertorio de tics faciales, la expresión vacuna que no lo abandona, ni siquiera cuando trata de mostrarse tierno con los animales y los niños, y el aire de constante desconcierto que transmite y que da ganas de explicarle: "¿Ve, presidente? De aquel lado está el sur, de aquel otro lado el norte".

Durante los debates con Al Gore, hace poco menos de un año, George W. se preparó tanto que por primera vez se lo vio igual a sí mismo: audaz, provinciano, con más ambición que sesos. Si Nostradamus, cuyas profecíashan vuelto a venderse ahora como pan caliente en los Estados Unidos, hubiera vaticinado en octubre pasado el ataque sangriento contra las Torres Gemelas y el Pentágono, nadie habría votado a Bush. El sagaz periodista Jim Lehrer, en

el primero de los debates presidenciales, les preguntó a los candidatos qué harían en una situación crítica e imprevista, "algo así como un ataque aéreo por sorpresa". El demócrata dio una respuesta cautelosa. Recordó a la audiencia la velocidad con que él había reaccionado durante la crisis de Kosovo y luego, con ese voluntarismo que los políticos despliegan con tanta eficacia cuando están en campaña, dijo: "Hay pocas armas mejores que la diplomacia. Ganamos la guerra en los Balcanes sin perder ni una sola vida norteamericana. Haríamos lo mismo en otras partes". 

Porvenir en blanco o negro

Bush pareció no entender bien la pregunta. "¿Qué me quiere decir? _le preguntó a Lehrer_. ¿Usted está refiriéndose a una emergencia, por ejemplo?"

"De eso se trata", le aclaró el periodista. "Bueno, al ser gobernador de Texas he tenido que demostrar cómo se actúa en casos graves: incendios de bosques, por ejemplo, o inundaciones como las que hubo en Del Río. Eso rompió mi corazón." Y se puso a mirar el cielo raso del estudio, como un niñito acongojado y lerdo.

El George W. de este primer septiembre del milenio es, en cambio, un misionero inflamado de pasión redentora. No hay retratos de Godofredo de

Bouillon ni de Pedro el Ermitaño entrando en la Jerusalén de los infieles hace novecientos años, pero, si los hubiera, exhalarían el mismo fervor religioso que ahora exhala Bush. Es apasionante seguir las etapas de esa milagrosa conversión, a través de las mudanzas en el lenguaje del presidente. La expresión de desconcierto y la mirada bovina siguen allí, pero la sintaxis se le ha desenredado. George W. ha descubierto el lugar que le deparaba la historia y quiere que su mandato de cuatro años se ajuste a ese destino. La más aplaudida frase de su discurso del 20 no es una frase vana: "Cada nación en cada región del mundo tiene ahora una decisión que tomar. O está con nosotros o está con los terroristas". A las naciones civilizadas que sin duda están contra los terroristas no les es posible tomar el camino del medio, entender las razones del enemigo o verificar si hay atajos alternativos para la paz. No. Los tambores de guerra tienen que sonar al unísono, como si se tratara de otra  jihad, pero al revés. No es de extrañar que en Wall Street estén derrumbándose las acciones de los grandes estudios cinematográficos, de los astilleros deportivos y de las compañías de aviación, mientras las acciones de las industrias de armamentos se alzan veloces como un incendio.

Durante la semana que sucedió al martes 11, George W. recuperó su lenguaje casi doméstico de muchacho texano. "Osama ben Laden es el principal sospechoso _dijo_ y lo quiero vivo o muerto", sin prestar demasiada atención a la diferencia que hay entre un sospechoso y un culpable. Horas más tarde, el estilo se le puso en pantuflas: "Nuestra nación saldrá detrás de esos tipos, los fumigará y los pondrá a correr". A los asesores de imagen no los asustó esa jerga, tal vez con razón: "El presidente habla como un hombre sincero. Proyecta una imagen de honestidad".

Cuanto más suelto y a sus anchas se siente, más fundamentalista se vuelve Bush. Los servicios de inteligencia han establecido con toda certeza _así lo dicen, y prometen probarlo_ que Osama ben Laden es el arquitecto de los  últimos ataques letales a los Estados Unidos: los bombardeos a las embajadas

africanas y los misiles suicidas del martes 11. Alguien ha escrito que esa historia parece un delirio de Julio Verne: Robur el Conquistador, Herr  Schulze o el Capitán Nemo, antihéroes solitarios, han infundido pavor al más poderoso imperio de la historia y, por extraño que resulte, al cabo de varias semanas esa imagen satánica sigue en la sombra, indemne, inalcanzable a todas las furias del planeta. "La nación que no esté con nosotros está con el terrorismo", dice George W.

La frase no difiere demasiado de la que proferían los dictadores latinoamericanos y los comunistas de hace sesenta años, a los cuales Bush ha omitido en sus discursos. ¿Pero qué nación sería tan suicida e inmoral como  para ponerse del lado del terror? Lo temible de la frase reside en que, al simplificar la visión del mundo partiéndolo en dos bandos, Bush no deja lugar  para aquellos que, aun estando contra el terror de Ben Laden y contra la abominable opresión de los talibanes, también están contra toda otra forma de terror guerrero.

El presidente norteamericano ha instalado la idea de que la patria, su patria, defiende los únicos valores dignos de la civilización, garantiza el único futuro digno de ser vivido. El único, el único. La historia de la que habla está hecha de futuro y no de otra cosa. No hay una sola lágrima ni acto de contrición por las atrocidades del pasado.

Pocas horas son tan oscuras como estas para el mundo. De un lado está el fundamentalismo ciego de Ben Laden, empeñado en acabar con los civiles y  militares de los Estados Unidos. "Todos _ha dicho_ son blancos de la fatwa", la condena. Del otro lado está Bush, para el que el mundo es sólo un eco de América:  America über alles. De los que están en el medio nadie habla. Quizás el viento de la guerra global se lleve a los países del medio hacia ninguna parte y el porvenir sea sólo blanco o negro, no gris, tal como era el mundo cuando empezó el otro milenio.