Historia Inmediata


Ataque a EE.UU

 
Envío a todos  los miembros de la lista, la opinión de Fukuyama al respecto de los sucesos del 11 de septiembre. El artículo fue publicado originalmente por el diario económico "Financial Times" el día 15 de septiembre y reproducido por el diario "El Mundo" el 17 del mismo mes. Difundimos las dos versiones.

Salud y saludos para todos

Israel Sanmartín
+++++++++++++++

El Estado Unido  [publicado en el diario "El Mundo"; 17 de septiembre de 2001]
 
FRANCIS FUKUYAMA

Mientras estábamos sentados el pasado martes ante el televisor viendo cómo, ante nuestra incredulidad, las torres del World Trade Center de Nueva York se desmoronaban hasta quedar reducidas a escombros, no sé quién señaló hacia afuera. Por las ventanas de nuestra oficina en el centro de Washington, se podía ver una enorme humareda que subía hacia el cielo al otro lado del río Potomac. Unos instantes más tarde, la televisión informaba de que el Pentágono también había sido alcanzado.

Mi preocupación más inmediata, al enterarme de que el avión se había estrellado contra ese edificio, fue para los íntimos amigos que tengo trabajando ahí dentro.

Nos pasamos las horas que siguieron tratando de entrar en contacto con ellos y, al no conseguirlo, haciendo cábalas sobre dónde estarían sus oficinas respecto del lugar en que los informativos de las televisiones estaban diciendo que había explotado el aparato.

Sólo una vez que pudimos confirmar que todos ellos habían sobrevivido al ataque, afortunadamente, nos resultó posible empezar a pensar hasta qué punto el mundo iba a ser diferente a partir de ese momento, de manera irrevocable, y en qué medida este terrible acontecimiento podría llegar a revestir, para mi generación, la trascendencia que el ataque a Pearl Harbor tuvo para la de mis padres.

El 7 de diciembre de 1941 tuvo especiales consecuencias para mi familia. Al cabo de dos semanas, el presidente Roosevelt firmó un decreto gubernativo por el que se ordenaba a «las personas de ascendencia japonesa» que se presentaran en centros de reubicación.

Mi abuelo, que durante la década de los 20 había levantado, con sacrificios sin cuento, un negocio de ferretería en Los Angeles y que lo había conseguido mantener en pie durante la gran depresión, tuvo que malvenderlo por una miseria y trasladarse con su familia a un campo de concentración en Colorado durante todo el tiempo que duró la guerra.

No obstante, los cambios que se van a producir tras los ataques del 11 de septiembre, supongo, no van a dar como resultado unos Estados Unidos más represivos, intolerantes, xenófobos, divididos o aislacionistas.

De hecho, hay razones para pensar que quizá la tragedia convierta, en realidad, a la estadounidense en una sociedad más fuerte y más unida en el plano interno y en una sociedad que se implique de manera más constructiva en el plano internacional.

Puesto que, según parece, el dedo acusador señala en este momento a los fanáticos islámicos de Oriente Próximo, existen, como es natural, razones para temer que las reacciones violentas se centren en los musulmanes en su conjunto.

Las imágenes que hemos visto por televisión, de cómo algunos palestinos celebraron el derrumbamiento del World Trade Center, no contribuyen en absoluto a granjearles las simpatías de los ciudadanos estadounidenses.

Así y todo, tengo muy serias dudas de que, en esta ocasión, el Gobierno vaya a caer otra vez en el juego de definir el problema en términos raciales, a pesar de los temores, absolutamente reales, que albergan en estos momentos los ciudadanos de que se produzcan nuevos ataques terroristas.

Aunque ya se han registrado violentas represalias contra determinados individuos de Oriente Próximo, el internamiento de nipoamericanos durante la II Guerra Mundial y, después de ésta, las luchas generalizadas en pro de los derechos humanos, han sensibilizado a la opinión pública ante los problemas que acarrea el clasificar burdamente a los grupos sociales en función de sus características étnicas o raciales.
 
De hecho, lo que más le llamó a mucha gente la atención de la cobertura televisiva de lo sucedido en el World Trade Center fue la enorme diversidad de las víctimas: había blancos, negros, hispanos, asiáticos, incluso algunos que parecían originarios de Oriente Próximo, banqueros de inversiones forrados de dinero, humildes mujeres de la limpieza y ayudantes de camarero. Cubiertos de sangre y polvo, ninguno de ellos parecía enormemente diferente de los demás. Todos por igual habían sido el blanco de un odio irracional y todos ellos también tenían puestas las esperanzas en que saliera en su defensa el mismo Gobierno.

Tampoco creo yo que los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono vayan a tener como consecuencia importantes recortes de las libertades civiles, al menos de manera generalizada, como, por ejemplo, la identificación obligatoria de las personas o la autorización de intervenciones preventivas de la policía.

Como es evidente, el transporte aéreo se va a convertir en Estados Unidos en una forma de viajar bastante más incómoda para todo el mundo, pero el compromiso de la ciudadanía con una sociedad abierta está tan profundamente enraizado que ni siquiera un suceso de la magnitud de éste va a cambiar de forma sustancial las cosas.

Por lo que se refiere a las personas individualmente consideradas, es posible que la adversidad tenga muchos efectos positivos. El fortalecimiento del carácter nacional se moldea en esas situaciones traumáticas que se sufren en común, como puede verse en el caso del pacifismo japonés de posguerra o en la ortodoxia monetaria de los alemanes.

El estado europeo moderno se forjó bajo la presión de la guerra y del conflicto y, en Estados Unidos, el conflicto fue igualmente fundamental para la construcción del estado.

La Guerra Civil norteamericana dio lugar por primera vez a la creación de un Gobierno federal centralizado, del mismo modo que la II Guerra Mundial empujó a Estados Unidos a asumir un papel protagonista en el concierto mundial.

La paz y la prosperidad, por el contrario, fomentan las preocupaciones de la gente por las intrascendentes nimiedades de cada uno y facilitan que las personas olviden que forman parte de comunidades más amplias.

La larga etapa de bonanza económica de los años de la Administración de Bill Clinton y la facilidad con que Estados Unidos ha dominado la política mundial han dado lugar a que los estadounidenses se dejen llevar por comportamientos tan cortos de miras como los escándalos políticos o la política de identidad, o bien por un partidismo tanto más estridente cuanto las cuestiones esenciales se han ido reduciendo cada vez más.

Muchos ciudadanos perdieron el interés en las cuestiones públicas y en el mundo que se extendía más allá de las fronteras estadounidenses; otros, por su parte, expresaban un desprecio cada vez más profundo por el Gobierno.

En ninguna otra parte fue más cierto todo esto que en el mundo de las tecnologías avanzadas y las finanzas, en las que, durante la década de los 90, hizo presa una especie de fervor tecnolibertario. De creer a los partidarios de esta corriente, el Gobierno no aportaba nada de utilidad y sólo se mantenía a remolque del progreso impulsado por los auténticos «creadores de valor».

Se afirmó entonces que el estado-nación se había quedado obsoleto; por su propia naturaleza, la tecnología y el capital no conocían fronteras y estaban capacitados para hacer inútiles los esfuerzos de las jurisdicciones nacionales por domeñarlos. Los apóstoles de la Nueva Economía proclamaron la inutilidad de todo lo que se había inventado antes de la aparición de la Red y de todas aquellas capacidades que no fueran las suyas.

En cierta ocasión, tiempo atrás, me quedé de piedra cuando un asesor de inversiones amigo mío me dijo que estaba pensando muy seriamente en renunciar a su ciudadanía estadounidense e irse a vivir a las islas Bahamas para así no tener que pagar impuestos en Estados Unidos.

A este respecto, los ataques del martes a Wall Street representaron una lección de lo más saludable. La falta de peso de la Nueva Economía no va a proteger a nadie del cemento que le caiga encima; en crisis como ésta, la única esperanza pasa por el heroísmo de los bomberos y policías (varios centenares de ellos resultaron muertos durante el ataque). Microsoft o Goldman Sachs no van a enviar al Golfo Pérsico portaaviones ni bombarderos F.16 para localizar el paradero de Osama bin Laden; lo hará el Ejército, y nadie más.

Los años 90 fueron testigos de cómo se agrandaba cada vez más el abismo social y económico que separaba a los banqueros de inversiones, abogados e informáticos, educados en Harvard y en Stanford, que trabajaban en las Torres Gemelas, de los trabajadores manuales que desde el pasado martes intentan rescatarles. Esta transformación en víctimas sin excepción ha recordado de manera brutal a los estadounidenses que, al final, todos ellos no son más que miembros de la misma comunidad que dependen mutuamente unos de otros.

El ataque al World Trade Center traerá asimismo como consecuencia cambios saludables en las relaciones de Estados Unidos con el mundo exterior. A lo largo de la pasada década, tanto los republicanos como los demócratas han coqueteado con el aislacionismo: entre los primeros, el aislacionismo adoptaba la forma del rechazo a todo compromiso con el resto del mundo; entre los segundos, se trata de una cuestión de proteccionismo económico y de su escaso entusiasmo por la financiación de la defensa. En estos momentos, y en el futuro más o menos previsible, el aislacionismo ha quedado descartado.

Nadie debería subestimar la enorme irritación que tiene encolerizados a los estadounidenses y lo lejos que van a ser capaces de llegar antes de sentirse satisfechos del castigo que se aplique a quienes les atacaron.

Antes del pasado martes, había serias discusiones sobre si Estados Unidos se encontraba en condiciones de financiar un irrisorio aumento de 18.000 millones de dólares (aproximadamente 3,2 billones de pesetas, unos 19.300 millones de euros) del presupuesto de Defensa; lo que está en juego ahora son unas sumas de dinero mucho mayores, con independencia de que exista superávit presupuestario o no.

También van a cambiar las prioridades: la defensa mediante misiles seguirá siendo uno de los objetivos, pero es probable que ceda el primer puesto ante las exigencias de mejora del espionaje, de la demostración del poder en el exterior y de la capacidad de hacer frente a las llamadas amenazas «asimétricas».

Sin embargo, el cambio más importante va a ser psicológico. Desde Pearl Harbor, no había existido enemigo alguno capaz de acabar con vidas norteamericanas dentro del propio territorio estadounidense, y aún aquello ocurrió en la lejana Hawai; la ciudad de Washington se había mantenido invulnerable desde que los británicos prendieron fuego a la Casa Blanca durante la guerra de 1812.

En la política exterior de Estados Unidos, todo ello había dado alas a una cierta sensación de excepcionalidad: el territorio nacional había constituido siempre un refugio seguro; lo habitual era que Estados Unidos sopesara los pros y los contras de intervenir en conflictos en otros países, pero sin haber tenido nunca que luchar contra países extranjeros que intervinieran en su propio territorio.

Las consecuencias derivadas de pasadas intervenciones de Estados Unidos las tenían que soportar o bien los aliados norteamericanos o los intereses estadounidenses en el exterior, jamás, de forma directa, los ciudadanos. A este respecto, las guerras del Golfo Pérsico y de Kosovo fueron absolutamente asépticas y generaron la ilusión, nada realista, de que Estados Unidos podía manejar a su gusto los acontecimientos sin que costaran vidas a su propia ciudadanía. Eso es lo que ha cambiado ahora.

Lo que en nuestros días se ha dado en llamar guerra «asimétrica» se ha convertido en realidad en simétrica, en el sentido de que los enemigos de Estados Unidos han desarrollado, por primera vez en la Historia, la capacidad de alcanzar y de golpear directamente a los ciudadanos en respuesta a las acciones estadounidenses. Eso implica, por supuesto, que la estrategia aislacionista ya no representa una alternativa, pero también reviste una cierta capacidad de disuasión por cuanto, por primera vez, Estados Unidos tendrá que considerar los costes que van implícitos en sus acciones. No es que esto vaya a restringir la capacidad de intervención de Estados Unidos, pero sí que va a introducir un cierto realismo en la medida en que supone una interacción con el resto del mundo.

Lo que más temores despierta en Europa, por supuesto, es que unos Estados Unidos que se acaban de recargar las pilas arremetan ciegamente, de forma unilateral, contra los que crean que son sus enemigos, lo que, a los ojos de los europeos, resultaría torpe y contraproducente. El que tal cosa llegue a ocurrir depende, no obstante, de cómo interpreten lo sucedido Estados Unidos y la propia Europa y de cómo actúen al respecto.

La primera cuestión está relacionada con la naturaleza de la amenaza planteada por los terroristas. Si el ataque no fue un crimen sino un acto de guerra, tal y como ha manifestado el secretario de Estado, Colin Powell, la respuesta adecuada tiene que tener en ese caso un carácter militar y no es cuestión entonces de reforzar las medidas policiales.

Después de lo sucedido en Pearl Harbor, lo que perseguía Estados Unidos no era poner a Tojo y a Hitler a disposición de los tribunales, ni tampoco determinar la responsabilidad de los pilotos que llevaron a cabo el ataque. Es más, se van a producir graves problemas entre Estados Unidos y Europa si los europeos minusvaloran lo encolerizados que ahora mismo se sienten los ciudadanos de este país o si interpretan con demasiada cicatería el alcance de la amenaza terrorista.

La declaración de apoyo a Estados Unidos emitida por la OTAN es un signo muy esperanzador, pero todavía queda por ver cuál habrá de ser la forma concreta en que vaya a plasmarse esa ayuda de los países aliados en los próximos meses. Si existe una coincidencia transatlántica sobre la naturaleza del problema, se producirá entonces una nueva suerte, que puede ser muy positiva, de compromiso internacional; mejor dicho, se volverá a producir.

Una guerra contra el terrorismo significa que hay que derrotar militarmente al enemigo, lo que quizá exija atacar con carácter preferente a aquellos que suponen una amenaza terrorista, tal y como hacen los israelíes, e ir después tras los estados que dan cobijo a los enemigos.

Una operación de este tipo no puede realizarse mediante ataques a puntos concretos del mapa con misiles de crucero, llevados a cabo desde el santuario del territorio estadounidense, sino que va a exigir prolongadas operaciones militares en partes del mundo que están muy alejadas.

Estados Unidos, incluso con todo su potencial, no está en condiciones de emprender esta tarea en solitario. Si finalmente resulta que el objetivo es el saudí Osama bin Laden en Afganistán, el Gobierno de Estados Unidos va a necesitar la ayuda, como mínimo, de Rusia, de Paquistán y, quizá, de China para poder contar con una buena base de operaciones.

Además, va a necesitar también la colaboración política de los estados árabes moderados en lo que se refiere a compartir información y, por añadidura, la ayuda militar de sus aliados europeos. En pocas palabras, le va a hacer falta poner en pie una coalición y, además, hacer concesiones para conseguir que esa coalición funcione. Es ésta una fórmula que nada tiene que ver con las decisiones unilaterales sino, bien al contrario, con el compromiso mutuo.

Es probable que Estados Unidos salga de estos ataques convertido en un país diferente, más unido, menos absorto en sí mismo y mucho más necesitado de la ayuda de sus amigos para sacar adelante lo que se va a transformar en un nuevo proyecto nacional de aniquilación del terrorismo.

Además, quizá de esta forma la primera potencia se convierta en una nación más normal y corriente, en el sentido de estar sujeta a unos intereses determinados y a una auténtica vulnerabilidad en lugar de estar convencidos de que son capaces por sí solos de definir de manera unilateral la naturaleza del mundo en el que viven.

Francis Fukuyama es profesor de Economía Política Internacional de la Universidad John Hopkins. En 1989 fue director para asuntos europeos del equipo de Planificación Política del Departamento de Estado de EEUU. Es, además, autor de múltiples ensayos. Su libro más reciente, The Post-Human Future: consequences of the biotechnological revolution (El futuro poshumano: consecuencias de la revolución biológica), va a ser publicado por la editorial Profile en la próxima primavera.

++++++++++++++++++++++

Francis Fukuyama says Tuesday's attack marks the end of 'America's exceptionalism'. It now has little choice but to give up its self-absorption and join the rest of the world
 
Financial Times; Sep 15, 2001
By FRANCIS FUKYAMA

As we sat around watching TV, in disbelief, the towers of the World Trade Center crumble into rubble last Tuesday, somebody pointed out of the window of our office in downtown Washington to the large plume of smoke that was rising from across the Potomac River. Moments later the TV reported that the Pentagon had been struck as well.

My immediate concern, on learning about the aeroplane that had crashed into it, was for the close friends I have who work there. The next few hours were spent trying to get in touch with them and, failing that, figuring out where their offices were in relation to where the newscasts were saying the aircraft exploded.

Only after ascertaining that all had fortunately survived the attack was it possible to begin thinking about how the world was now going to be irrevocably different, and how this terrible event could have the significance for my generation that Pearl Harbor had for my father's.

December 7 1941 had a special implication for my family. Within two weeks, Roosevelt signed an executive order directing "people of Japanese ancestry" to report to relocation centers. My grandfather, who had painfully built up a hardware business in Los Angeles in the 1920s and kept it going through the Great Depression, had to sell it for a pittance and move with his family to camp in Colorado for the duration of the war.

But the changes that will follow the September 11 attacks, I suspect, will not produce a more repressive, intolerant, xenophobic, fractured, or isolationist America. Indeed, there are reasons for thinking that the tragedy may actually make American society stronger and more unified at home, and more constructively involved internationally.

Since the finger of blame seems to point, at this juncture, to Islamic fanatics in the Middle East, there are naturally reasons to worry about a backlash that targets Muslims as a group. Televised pictures of some Palestinians celebrating the collapse of the World Trade Center does not help endear them to Americans.

But I doubt very seriously that this time around the government will get back into the game of ethnic profiling, despite the very real fears of further terrorism that many Americans now harbour. While there have already been ugly reprisals against individual Middle Easterners, the internment of Japanese-Americans during the second world war, and the broader civil rights struggles since then, has sensitised the society to the dangers of broad-brush categorisations of ethnic or racial groups.

Indeed, what was striking to many about the television coverage of the World Trade Center aftermath was the sheer diversity of the victims: there were whites, blacks, Hispanics, Asians, even some who looked as if they came from the Middle East, wealthy investment bankers and humble maids and busboys. None of them looked terribly different when covered with blood and ash. All were equally targets of irrational hatred, and all look to the same government to vindicate them.

Nor do I think that the attacks will lead to a significant loss of civil liberties more broadly, such as mandatory identity checks or authorisation for pre-emptive police actions. Air travel in the US is obviously going to become much more burdensome for everyone, but the American commitment to an open society is too deeply ingrained for even an event of this magnitude to change things.

As with individuals, adversity can have many positive effects. Enduring national character is shaped by shared trauma, as in the case of postwar Japanese pacifism or German monetary orthodoxy. The modern European state was forged under pressure of war and conflict, and conflict was critical to state-building in the US as well. The Civil War created for the first time a centralised federal government, while the second world war finally thrust the US into an international role.

Peace and prosperity, by contrast, encourage preoccupation with one's own petty affairs and allow people to forget that they are parts of larger communities. The long economic boom of the Clinton years and America's easy dominance of world politics has allowed Americans to wallow in such self-indulgent behaviour as political scandal or identity politics, or partisanship that has grown more strident as the underlying issues have narrowed. Many Americans lost interest in public affairs, and in the larger world beyond America's borders; others expressed growing contempt for government.

This was nowhere more true than in the world of high-tech and finance, where a kind of techno-libertarianism took hold in the 1990s. The government, by this view, contributed nothing useful and stood in the way of the true "value-creators". The nation state was said to be obsolete; technology and capital were inherently borderless and could evade efforts by national jurisdictions to tie them down. The apostles of the New Economy declared the irrelevance of everything invented before the internet, and of any skills other than their own. I was shocked when a portfolio-manager friend told me a while back that he was seriously considering renouncing his American citizenship and moving to the Bahamas to avoid paying US taxes.

In this respect, Tuesday's attacks on Wall Street were in this respect a salutary lesson. The weightlessness of the new economy will not protect you from falling concrete; your only hope in this kind of crisis is the heroism of firefighters and policemen (several hundred of whom were killed during the attack). Microsoft or Goldman Sachs will not send aircraft carriers and F16s to the Gulf to track down Osama bin Laden; only the military will. The 1990s saw the social and economic gulf widen between the Harvard- and Stanford-educated investment bankers, lawyers, and software engineers who worked in those twin towers, and the blue-collar types who went to their rescue.

This shared victimisation powerfully reminds Americans that they are all in the end mutually dependent members of the same community. The World Trade Center attack will also lead to salutary changes in America's relationship to the outside world. Over the past decade, both Republicans and Democrats have flirted with isolationism: with the former it takes the form of a rejection of global engagement; with the latter it is a matter of economic protectionism and an unwillingness to fund defence.

Now and for the foreseeable future, isolationism is off the table. No one should underestimate how angry Americans are, and what lengths they will go to see that their attackers are punished. Before Tuesday, there was a big argument over whether the US could fund a paltry Dollars 18bn increase in defence spending; now, much larger sums are in store whether or not a budget surplus exists. Priorities will change as well: missile defence will remain an objective, but will likely fall in priority relative to requirements for better intelligence, power projection, and capabilities to deal with so-called "asymmetric" threats.

But the bigger change will be psychological. Not since Pearl Harbor has an enemy been able to kill Americans on American soil, and that was in far-off Hawaii; Washington DC has been inviolable since the British burned the White House in the war of 1812.

This has laid the ground for a certain kind of exceptionalism in American foreign policy: US territory was always a safe haven; the US typically considered the pros and cons of intervention in foreign countries, but never had to contend with foreign countries intervening in the US. The consequences entailed by past US intervention were borne either by American allies, or by US interests abroad, and never directly by US citizens. The Gulf war and Kosovo were utterly antiseptic in this regard, and set up unrealistic expectations that the US could shape events without cost in American lives. This has now changed.

What is today labelled "asymmetrical" warfare has actually become symmetrical in the sense that America's enemies have for the first time developed the capability to reach out and touch Americans directly in response to US actions. This means, of course, that isolationism is not an option. But it also sets up a kind of deterrence, in which the US for the first time will have to consider the direct costs of its actions. This will not ultimately constrain the US from acting, but it will force on it a certain kind of realism as it interacts with the world.

Europe's big fear is, of course, that a re-energised America will lash out unilaterally against perceived enemies in a clumsy and self-defeating way. Whether this comes to pass, however, depends on how the US and Europe interpret and act on what has happened.

The first issue has to do with the nature of the threat posed by the terrorists. If, as Secretary of State Colin Powell has asserted, the attack was not a crime but an act of war, then the proper response is a military one, and not a matter of police enforcement. Following Pearl Harbor, the US didn't seek to put Tojo and Hitler on trial, or establish the guilt of the carrier pilots who carried out the attack.

There will, in fact, be a major problem between the US and Europe if Europeans underestimate how angry Americans now are, or interpret too narrowly the scope of the threat. Nato's declaration of support for the US is a hopeful sign, but it remains to be seen what kind of concrete support will be forthcoming in the months ahead.

If there is transatlantic convergence on the nature of the problem, then a new and potentially positive type of international engagement results - or, more properly, re-emerges. A war against terrorism means defeating your enemy militarily, which may require striking pre-emptively against those who threaten you, as the Israelis have done, and going after the states that support your enemies. An operation of this sort cannot be accomplished with pinprick cruise missile strikes carried out from the sanctuary of the US homeland, but will require sustained military operations in distant parts of the world.

The US, for all its power, cannot do this alone. If the objective turns out to be Osama bin Laden in Afghanistan, then the US will need the help of, at a minimum, Russia, Pakistan, and perhaps China to provide a base of operations. It will need the political co-operation of moderate Arab states for intelligence sharing, and military help from its European allies. It will, in short, need to create a coalition, and cut deals to make the coalition work.

This is a formula not for unilateralism, but for co-operative engagement. The United States is likely to emerge from the attacks a different country, more unified, less self-absorbed, and much more in need of the help of its friends to carry out what will become a new national project of defeating terrorism. And it may also become a more ordinary country in the sense of having concrete interests and real vulnerabilities, rather than thinking itself able unilaterally to define the nature of the world it lives in.

* The author is professor of international political economy at Johns Hopkins University. His new book, The Post-Human Future: consequences of the biotechnology revolution, will be published by Profile next spring. Copyright: The Financial Times Limited