Grupo Manifiesto Historia a Debate


 Opiniomes

 

Sonia Menán Reguera
Universidad de Santiago de Compostela

Trabajo para el seminario de posgrado “Sociabilidad académica en la era global” (Carlos Barros)

DEL POSITIVISMO A LA "CIENCIA CON SUJETO" DE HISTORIA A DEBATE

1. INTRODUCCIÓN

Para la elaboración de este trabajo parto de una lectura previa de los textos sobre “Sociabilidad académica” e “Historia a Debate”: a partir de la pretensión de inaugurar un nuevo paradigma historiográfico, una “ciencia con sujeto”, marcada por una comunidad científica con unos métodos, objetivos y fines específicos, que integre tradiciones anteriores y nuevas tendencias, métodos ya consolidados con el uso de nuevos métodos y tecnologías, marcada también por un ejercicio “responsable” por parte de investigadores comprometidos por una finalidad y un método que hagan de la Historiografía una ciencia plural que sirva a los intereses la sociedad.Partiendo de diversas corrientes de Filosofía de la Ciencia, haré un recorrido por su significado para la Historia, paralelo, por otra parte, al que tuvieron para otras ciencias: Geografía, Sociología, Filosofía…tomando como punto de inflexión la teoría expuesta por Kuhn en La Estructura de las Revoluciones Científicas, reflejo de la necesidad de una nueva mirada de lo que la ciencia es. Las pretensiones de Historia a Debate toman en cuenta muchas de las consideraciones de Kuhn a la hora de elaborar su modelo epistemológico y metodológico, y las superan en otros aspectos (veremos cómo).

2. DE LO QUE SUPUSO EL POSITIVISMO.

El término “positivismo” fue utilizado por primera vez en el siglo XIX por Auguste Comte (aunque algunos de los conceptos positivistas se remontan al empirismo de David Hume, a Saint-Simon y a la filosofía crítica de Kant). Para él, “lo positivo” significa lo que es dado en la experiencia, como un hecho que es el punto de partida del saber humano y fundamento tanto de la ciencia positiva como de la filosofía, es lo dado tal y como se revela al observador. Según leemos en su obra Discurso sobre el espíritu positivo, éste tiene varias características básicas:

1º) Consagrarse a las investigaciones verdaderamente asequibles a nuestra inteligencia, con exclusión de los impenetrables misterios con que se ocupaba sobre todo nuestra infancia.

2º) Contraste entre lo útil y lo inútil: todas nuestras especulaciones deben encaminarse a mejorar nuestra verdadera condición, individual y colectiva, en lugar de la vana satisfacción de una estéril curiosidad.

3º) Calificar la oposición entre la certeza y la indecisión: la filosofía positiva constituye la armonía lógica en el individuo y la comunión espiritual en la especie entera.

4º) El espíritu positivo se opone a lo negativo: busca no ya destruir, sino organizar, y hay en él un rechazo a todas las cuestiones vacías o sin solución posible. Hay que sustituir cualquier conocimiento no cierto por la certeza que da el método positivo.

Por su parte, L. Kolakowski señala que el “espíritu positivo” es fiel a unos principios orientativos o reglas, que se mantienen en todas las filosofías positivas de las diferentes épocas, y que son:

a.. La regla ontológica del fenomenismo: la realidad se manifiesta en los fenómenos, y obliga a rechazar cualquier concepción de una esencia oculta más allá de los fenómenos.

b.. Regla del nominalismo: el saber abstracto no es saber de cosas en sí o universales, sino de meras cosas individuales generalizadas.

c.. La regla que obliga a renunciar a juicios de valor y a enunciados normativos, en cuanto carentes de sentido cognoscitivo.

d.. La regla de la unidad del método de la ciencia: cabe pensar en un solo ámbito del saber, reducible a la observación y a la experiencia. Estas reglas señaladas por Kolakowski se nos presentan claramente en el positivismo del siglo XIX. Tras Comte, el positivismo considerará como modelo de racionalidad el de la ciencia positiva o empírica: recurrir a causas o principios no accesibles al método de la ciencia no originará conocimiento alguno. El método de la ciencia, por su parte, debe ser puramente descriptivo: debe describir los hechos y mostrar las relaciones constantes entre los hechos, que se expresan mediante las leyes que permiten la previsión de los mismos hechos.

El positivismo en realidad, es la manifestación de una época: bajo una exaltación del método científico (basado en la observación, la experimentación y la comparación) y una supuesta asepsia ideológica (el investigador no debe atender a nada ajeno a las conclusiones que pueda establecer válidamente mediante la empiria, y mucho menos emitir juicios de valor), acompaña y provoca la afirmación técnico-industrial de la sociedad, fundada y condicionada por la ciencia. Se creyó que la ciencia era la garantía infalible del progreso humano individual y social. El pensamiento positivista inaugura una forma nueva de hacer ciencia, basada en la observación, en el empirismo y en la recolección de hechos que luego se
convertirán en leyes.

Un paradigma de este método es la teoría evolucionista de Darwin. El surgimiento del evolucionismo conmovió la cultura occidental; pronto, de ser una teoría vaga y discutida, acabó convirtiéndose en dogma que permitía interpretar y renovar muchas disciplinas, incluso distantes de la propia biología (acorde con el programa de método único para todas las ciencias), llegando a excesos como la interpretación por parte de Herbert Spencer, que utilizó la teoría de la evolución y de la selección aplicada a la sociedad.Bajo esa pretendida neutralidad ideológica y asepsia científica, sin embargo, la ciencia y la técnica se volcaron en el respaldo de las conquistas políticas imperialistas, proporcionando medios y conocimientos que facilitaban la conquista y sumisión de otros pueblos, y una cobertura ideológica “científica” de la mano del paradigma evolucionista que pronto reinó en ciencias como la historia y la antropología: los pueblos conquistados se encontraban en una estadio inferior de evolución respecto a avanzar. Los nuevos conocimientos aportados por todas las ciencias resultaban además enormemente eficaces a la hora de imponer la nueva tecnología y la nueva economía.

La Historia se vio en esta época, como el resto de las ciencias, afectada por esta nueva metodología y espíritu, imponiéndose un objetivismo de origen teológico (que se manifiesta en una historia esencialista que debe mostrar el pasado “tal como fue”) en el que el historiador pretende contar los hechos al desnudo, sin entrar en valoraciones y atendiendo tan sólo a lo que las fuentes apuntan. Así, el historiador se configura como el gran narrador ausente, con una perspectiva panóptica gracias al uso de unas fuentes sacralizadas. Posee además un método compartido por la comunidad de historiadores, y que permite generar un consenso, basado en el respeto a unos valores: el valor de verdad del relato, el respeto a los documentos y el manejo de un método para establecer los hechos y actualizar su significado. Pero bajo ese objetivismo se halla el hecho de que los historiadores viven en un Estado que los financia: el historiador es un “historiador nacional” que configura el pasado de su nación, que relata lo que la nación es a través de los relatos de “los grandes hombres”. La historiografía configurará la identidad nacional, pero lo hará a través de una narración controlada y mediada por el poder.

3. REACCIONES CONTRA EL POSITIVISMO.

Con el auge de las Ciencias Naturales y del positivismo, todas las ciencias se fijan la tarea de alcanzar los mismos niveles de seguridad, de exactitud. Mas lo que en principio era un proyecto muy ambicioso que todas pretendieron abarcar, pronto se convierte en un descalabro: ni la Filosofía ni el resto de las Ciencias Sociales pudieron llegar a los niveles de la biología o las matemáticas, por poner algún ejemplo. Ello porque su objeto no es el mismo. La especificidad de las Ciencias Sociales, su estudio sobre algo tan cambiante como lo humano les impidió avanzar en la misma dirección de las Ciencias Naturales. Éstas difieren en objeto y en método de aquellas otras que Dilthey denominó “Ciencias del Espíritu”. La especificidad de éstas se basa en que el sujeto es quien crea el mundo del espíritu y, a su vez, quien intenta alcanzar cierto conocimiento objetivo de tal mundo. Es decir, el sujeto captador se configura como sujeto y objeto del conocimiento, extremo este que convierte a estas ciencias en algo altamente problemático. ¿Cómo puedo conocer un mundo externo a mí? Es más, qué validez objetiva se puede otorgar a un mundo constituido subjetivamente. Desde luego, ninguna si para alcanzar tal conocimiento queremos aferrarnos a la metodología y herramientas usadas por otro tipo de ciencias. El objeto de las ciencias del espíritu, independiente del de las ciencias naturales, es el de la realidad efectiva espiritual. Así pues, el sujeto que conoce no puede partir nunca de una posición de neutralidad epistemológica ni axiológica, ya que su conocimiento del mundo se basa en una previa configuración y valoración del mismo a través de sus propias vivencias. Esto conlleva grandes consecuencias metodológicas: las ciencias del espíritu no se basan en la explicación sino en la comprensión, y ésta surge de la totalidad. A partir de la conexión de las ciencias del espíritu con la comprensión, introduce la autobiografía como interpretación teleológica, global, a partir de la cual el sujeto dota de sentido a su propia vida, que aparece así expuesta, conectada en todas sus vivencias, ordenadas según un sentido y un fin que las comprende, que las engloba. La autobiografía conecta presente, pasado y futuro, pero no sólo eso, sino que los ordena según un fin que permite al propio sujeto dar un sentido determinado a su vida poniéndola en relación con algo superior, más general que le permite quedar colocada en un entorno histórico con un fin en sí misma, siendo su fin superior la propia autocomprensión de su narrador: aquel que la cuenta y la vive, de su sujeto y narrador, la más alta expresión de las ciencias del espíritu. El método de estas ciencias es pues comprender e interpretar. A pesar del problema de fundamentación de unas ciencias del espíritu y de las aporías en las que Dilthey cayó, sus consideraciones tendrán una amplia repercusión. Aquí me centraré en su importancia en la consideración de la temporalidad y especificidad de las ciencias sociales y las humanidades. La pretendida neutralidad de las ciencias naturales no es posible en éstas, ya que el sujeto que investiga es a la vez objeto de investigación; esta línea será retomada en el siglo XX por Adorno y Habermas en el marco de la “disputa del positivismo”, entre los dos dialécticos con Popper y Albert. Mientras que Popper retoma la línea positivista del XIX y neopositivista de principios del siglo XX, refiriéndose a la lógica de las ciencias sociales y sosteniendo la unidad del método científico, que puede ser aplicado tanto a las ciencias sociales como a las ciencias naturales. Ese método único consiste en la experimentación de intentos de solución de sus problemas, donde se proponen soluciones y se las critica. Esa prueba puede conducir a la confirmación provisional de la teoría que se comprueba. En ambos grupos de ciencias aprendemos de nuestros errores. La objetividad de sus teorías depende de su falsabilidad o controlabilidad. Según Popper, todas las ciencias deben atenerse al mismo método: proposición de hipótesis y contrastación de las mismas por los hechos. En realidad, Popper intenta salvar de sus aporías el verificacionismo del neopositivismo del Círculo de Viena, cambiando el criterio de verificación de una teoría. Pero en las tesis popperianas se aprecian múltiples líneas de convergencia con los neopositivistas: un único método científico válido para todas las ciencias y basado en la contrastación empírica de las teorías provisionales; esto es, no se tiene en cuenta el contexto en que surjan las teorías, el contexto de descubrimiento, la intuición y conocimientos previos del investigador; a este respecto señala Popper que: “La etapa inicial, el acto de concebir o inventar una teoría, no me parece que exija un análisis lógico ni sea susceptible de él. La cuestión de cómo se le ocurre una idea nueva a una persona ­ya sea un tema musical, un conflicto dramático o una teoría científica- puede ser de gran interés para la psicología, pero carece de importancia para el análisis lógico del conocimiento científico. Este no se interesa por cuestiones de hecho (el quid facti? de Kant), sino únicamente por cuestiones de justificación o validez (el quid juris? kantiano); sus preguntas son del tipo siguiente: ¿puede justificarse un enunciado?; en caso afirmativo, ¿de qué modo?; ¿es contrastable?; ¿depende lógicamente de otros enunciados?; ¿o los contradice quizá?”[1]. Es más, las teorías científicas, obras literarias, películas, obras de arte…deben ser consideradas en su objetividad, sin tener en cuenta los intereses, valoraciones o la subjetividad de su creador (forman parte del “mundo 3” popperiano, de la ciencia sin sujeto).

En contra de esta tesis, para los dialécticos de la Escuela de Frankfurt, la sociedad no es un objeto de la naturaleza y tiene sus propias características: es una totalidad, que ha de captarse en su globalidad, puesto que es contradictoria en sí misma, racional e irracional a un tiempo. La reflexión que sobre ella se hace no tiende simplemente a conocerla, sino
también a transformarla; toda teoría social es también práctica. Las ciencias sociales no poseen, hasta el momento, un sistema de leyes tan patentes y claras como las que tienen las ciencias naturales. La unidad de método entre ciencias sociales y ciencias naturales no sirve para remediar la separación que, de facto, existe entre ambas ciencias. Las ciencias
naturales estudian un objeto definido, que puede ser abordado de forma inmediata, pero la sociedad no es un objeto que está ahí, tal cual, para ser examinado, ya que ni es neutral ni es coherente: la sociedad es contradictoria, y en ella coexiste lo racional con lo irracional. Renunciar a una teoría propia de la sociedad (como, según Adorno, hace Popper) es una
actitud conservadora y de resignación: no se atreve a pensar en el todo social porque no cree poder transformarlo. Si queremos evitar caer en la razón instrumental, entonces la totalidad debe ser una conciencia de la ciencia, en cuanto conciencia de los infinitos modos que reviste una sociedad. El positivismo olvida también que existen multitud de intereses
creados que hacen que una sociedad se configure de una determinada manera. Esto es, la teoría crítica retoma, por una parte, la distinción de Dilthey entre ciencias naturales y ciencias del espíritu: el método no puede ser el mismo porque su objeto es radicalmente diferente. La diferencia de objetos hace que las primeras tiendan a la fragmentación, mientras que las segundas deben abarcar la totlalidad. Por otra parte, toman del marxismo la idea de una ciencia comprometida con cambiar el estado de cosas, con la justicia y
el bienestar, aunque la postura de los teóricos críticos es normativa: si el marxismo partía de la realidad de su análisis científico y en el próximo cumplimiento de sus previsiones, los de Frankfurt (una vez que ese futuro se ha cumplido y el capitalismo no ha caído por sus contradicciones internas, sino que se ha consolidado) se centran en “lo que debe ser”, en el compromiso por parte de los científicos y los intelectuales por un cambio del “statu quo”.

Porque si al principio me refería a la reacción adversa de Dilthey al positivismo, en el siglo XIX también se opondrá a esta corriente el marxismo. El pensamiento de Marx condicionó todo el siglo XX; en el ámbito de la historiografía, en oposición al historiador historicista del XIX, surge al albur del materialismo histórico el historiador comprometido, que actúa como un científico depositario de la verdad, comprometido no moralmente (ya he aludido a que esta es una diferencia entre el marxismo ortodoxo y la teoría crítica de los frankfurtianos), lo cual sería subjetivo, en un paradigma que desprecia lo subjetivo tachándolo de burgués, sino que su compromiso es objetivo, y va dirigido a la clase social llamada a protagonizar la historia.

Pero el paradigma del marxismo historiográfico acabó también cayendo en crisis, como también lo hicieron otros paradigmas historiográficos del siglo XX: la Escuela de Annales, el estructuralismo y el neopositivismo cuantitativista de los años 20. Lo cual nos deja en una situación de, según la teoría de Kuhn, período de crisis.

4. KUHN Y LAS REVOLUCIONES CIENTÍFICAS.

Durante mucho tiempo existió, aún ahora, el “mito de las ciencias”, según el cual éstas progresan de modo constante, ofreciéndonos un conocimiento objetivo y desinteresado del mundo ofreciendo así la posibilidad de aprovechamiento por parte de la Humanidad. Este mito causó, de alguna manera, el que se intentase asimilar el método de las ciencias sociales y de las humanidades al de las ciencias naturales. Aquéllas son más falibles, se basan en la opinión y no sólo en la certeza de la empiria, reinan en cada una de ellas diversos paradigmas explicativos de unos mismos hechos, no llegándose a un acuerdo por parte de los investigadores. La consecuencia de todo ello es que, mientras que las ciencias naturales progresan, las ciencias del espíritu no lo hacen, o al menos no lo hacen del mismo modo.Este “mito” es destruido por Kuhn en los años 60 del siglo pasado en su obra La Estructura de las Revoluciones Científicas: en primer lugar, las ciencias no son cumulativas, esto es, no hay en ellas un progreso constante, una cimentación continua de conocimientos. En lugar de ello, las ciencias evolucionan o cambian mediante revoluciones. En cada ciencia, durante un tiempo, rige un paradigma explicativo a partir del cual se explican los hechos, objetos o realidades que estudia dicha ciencia; cada nuevo descubrimiento será explicado a través de dicho paradigma, sostenido por la comunidad científica (comunidad epistemológica y lingüística), que trabaja de manera cooperativa. A pesar de los “bordes oscuros”, o datos inexplicables a través del paradigma reinante, éste se sigue manteniendo hasta que resulta insostenible, esto es, hasta que los datos o hechos en contra acaban por hacerlo inoperativo. Entonces se produce lo que Kuhn denomina una “revolución científica” o periodo turbulento en el que el antiguo paradigma explicativo resulta destruido sin haber sido aún sustituido por otro; es en estos períodos en los que la ciencia realmente avanza, en los que surgen ideas nuevas, tesis explicativas novedosas…hasta que un nuevo paradigma se impone y, con él, otro período de ciencia normal.

Vemos pues que:

1.. La ciencia no se lleva a cabo por investigadores aislados: las comunidades científicas tienen una gran importancia.

2.. En ciencia es importante no sólo la lógica interna de las teorías científicas, como señala Popper, sino también el contexto de descubrimiento: esto es, el contexto social en que se desarrolla la ciencia y el contexto subjetivo (formado por creencias, conocimientos, preconcepciones e ideología) de los científicos, pues ello determinará también el que un determinado paradigma se convierta en insostenible. Kuhn adopta cierta postura crítica en lo tocante al contexto de justificación de las ciencias.

3.. Entiende así la ciencia como un proceso dinámico real que tiene aspectos históricos y sociológicos, cuyo sujeto es la comunidad de investigadores (contexto de descubrimiento), y no como una mera construcción lógica de justificación del pensamiento científico.

Cae así el mito de la “ciencia sin sujeto”, de la objetividad desnuda y libre de intereses de las ciencias. Los avances científicos proceden por medio de revoluciones; es más, Kuhn atribuye a los diversos cuerpos de conocimiento pertenecientes a diferentes períodos la característica de inconmesurabilidad.

Ya en los años 70, el “giro historicista” (que deriva en gran medida de las tesis de Kuhn) negará de raíz la separación entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación. Desde este punto de vista, las teorías científicas son auténticas cosmovisiones, y la misión de la filosofía de la ciencia pasa a ser el estudio de las especificidades de las cosmovisiones científicas, en función de los sistemas lingüísticos y conceptuales que las tematizan. Existen siempre influencias metafísicas, políticas, económicas, ideológicas…que impulsan la actividad del científico. La tentativa de relacionar la filosofía de la ciencia con el estudio de la historia y también con la sociología de la ciencia, culmina en la propuesta historicista de T.S. Kuhn.

4.. HISTORIA A DEBATE.

Desde esta nueva propuesta historiográfica hay una deuda manifiesta con las tesis de Kuhn. Pero no sólo eso: también un compromiso ético expreso, en consonancia con unas ansias de servir a unos intereses sociales generales, así como un intento de escribir de un nuevo modo la historia.

Examinaré a continuación las líneas de convergencia entre la propuesta de Historia a Debate y lo examinado más arriba.

Desde Historia a Debate se parte de la “pretensión de construir un paradigma común y plural de los historiadores del siglo XXI”. Se parte también de un momento de lo que Kuhn denominaría revolución científica: el cambio de paradigmas del momento actual se inserta en un momento de cambio social e histórico, que va de la caída del Muro de Berlín hasta el atentado terrorista contra las Torres Gemelas. La crisis del paradigma anterior provoca el resurgimiento, a finales del siglo XX, de la historia difundida por el historicismo alemán a finales del siglo XIX; se produce así, como reacción al postmodernismo, con su negación de la objetividad y la cientificidad (paradigma dominante, a su vez, como consecuencia de la crisis en la que habían caído los paradigmas anteriores), un “retorno a Ranke” y al mito positivista. Según éste, la historia debe mostrar el pasado “tal como fue”, marcado, a su vez, por los grandes hombres. Pero este es un paradigma abocado al fracaso, ya que la sociedad de finales del XIX poco tiene que ver con la del siglo XXI. Se impone la necesidad de un nuevo paradigma explicativo aceptable para la sociedad actual: ello implica un profundo conocimiento no sólo del pasado, sino también del presente y de las aspiraciones futuras, así como un compromiso con las tecnologías que, como Internet, han cambiado la configuración del mundo. Historia a Debate propone un nuevo modelo para la historiografía cuyo objetivo no es conocer el pasado “tal como fue”, sino la elaboración de una ciencia con sujeto, que tenga en cuenta el contexto de descubrimiento, así como el hecho de la importancia de la labor cooperativa en ciencia, no sólo entre los miembros de una comunidad científica, sino con los de otras (creando un modelo de ciencia dialogante, libre de dominio por una corriente u otra, acorde con el modelo habermasiano); ello es posible gracias a Internet. La historia deja de tener una mera función informadora del pasado, sino que adquiere un compromiso expreso con la comprensión del presente y con el intento de la configuración de un futuro mejor, labor para la cual se debe producir una confluencia y colaboración entre científicos de diversas áreas (recordemos que el giro historicista protagonizado por Kuhn demostraba ya la necesidad de una colaboración entre los científicos especializados en campos de conocimiento varios), no sólo dentro del campo de las ciencias sociales, sino también con la literatura, la filosofía, con las ciencias de la naturaleza y con otras
disciplinas emergentes. Pero interdisciplinaridad, en este caso, no significa tender hacia una ciencia única, o un método único (lo cual sería bastante empobrecedor, ya que simplificaría lo complejo del ámbito de estudio de la historia). Es más, hay un rechazo por la utilización de un solo método, o un solo instrumento de investigación: en el modelo positivista se da una sacralización de las fuentes documentales, máximo exponente de objetividad. Sin embargo, esta creencia resulta fácilmente rebatible: las fuentes documentales son importantes, pero ni son la única fuente para la investigación (adquieren gran importancia los testimonios orales, las intuiciones del investigador…), ni se puede predicar alegremente su objetividad, puesto que en muchos casos han sido narradas por sujetos.A la vez, hay un reconocimiento explícito de un compromiso axiológico: “es responsabilidad de los historiadores y de las historiadoras ayudar a que los sujetos de la historia construyan mundos futuros que garanticen una vida libre y pacífica, plena y creativa, a los hombres y mujeres de todas las razas y naciones”. Este compromiso, a pesar de hacer sido asumido anteriormente por otras corrientes (resaltaba arriba el de la teoría crítica) no es, sin embargo, lo más habitual en ciencia: veíamos también cómo el modelo positivista, algunas de cuyas variantes siguen dominando la concepción de lo que la ciencia debe ser, tanto para ámbitos especializados como para la opinión pública. Dentro de la concepción sacralizada de la ciencia como conocimiento último y objetivo que nos proporciona un conocimiento último de lo real, se ha visto devaluada la importante función social de la ciencia. Pero no debemos olvidar que bajo esta visión objetivista se suele esconder una connivencia con el poder, que instrumentaliza el conocimiento para alcanzar sus fines; en el caso de la historiografía, vimos también cómo, de facto, sirvió a una configuración y escritura del pasado que, de modo esencialista, se centraba en los “grandes hombres”, que serían los únicos que, en este sentido, cuentan. Por ello, es importante que todo paradigma científico incluya también un programa o una declaración de intenciones. En este sentido, Historia a Debate parte de un triple compromiso:

· Por una parte, con el presente y con el futuro: la historia no debe ser algo cerrado, que analice el pasado, sino que sus enseñanzas, aliadas con las de otras ciencias, deben darnos una explicación e interpretación que nos ayude a comprender el presente y a configurar el futuro.

· Por otro lado, hay también un compromiso con causas sociales y políticas “vinculadas a la defensa de valores universales de educación, salud, justicia e igualdad, paz y democracia, contrarrestando así otros compromisos académicos con los grandes poderes económicos y políticos, mediáticos y editoriales”, como leemos en el punto XVI del “Manifiesto”. Este compromiso acerca la historia a la sociedad, a los testimonios de sus miembros, y no sólo de los “grandes hombres”.

· Pero hay también un compromiso con las generaciones futuras de historiadores, con la necesidad de formarlos para que innoven, investiguen, dialoguen…y para que escriban una historia de todos, esto es, para no escribir una historia “al margen de las vidas”.
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[1] POPPER, K. R: La lógica de la investigación científica, Ed. Tecnos, Madrid, 1973, págs. 30-31.
 



 

 

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