Grupo Manifiesto Historia a Debate


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[Milenio Diario, 6 de julio de 2002]

La historia, en busca de nuevos paradigmas

Más de 350 historiadores de los cinco continentes han firmado el "Manifiesto Historia a Debate", que pretende recuperar el placer de desarrollar esta disciplina con la certeza de que el objetivo es interpretar y no explicar los acontecimientos del pasadoLos historiadores del mundo se han lanzado a la tarea de recuperar el placer de hacer historia a partir de nuevos paradigmas.

La tarea por venir consiste, a decir del investigador Boris Berenzon, en rescatar las viejas tendencias para revisarlas, criticarlas y, con base en ellas, construir modelos novedosos que contemplen, entre otras cosas, la importancia de la interdisciplinaridad y el compromiso con el análisis de los hechos recientes.

En palabras del coordinador de la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, ya ha quedado atrás la idea de que el historiador es incapaz de estudiar el pasado inmediato.

"Hoy sabemos que no es necesario dejar pasar los siglos para abordar un suceso, pues a pesar del tiempo los hechos nos siguen impactando de alguna manera. Basta recordar el ruido que ha generado el cuestionamiento del mito guadalupano para descubrir que en la historia todos somos subjetivos."

Las declaraciones de Berenzon pretenden explicar los motivos por los que más de 350 especialistas de los cinco continentes han firmado el "Manifiesto Historia a Debate", que esta mañana difundirán, en el Aula Magna de esa facultad, los historiadores Enrique Florescano, Antonio García de León, Norma de los Ríos y Guillermo Turner.

El objetivo de este documento, explica el también catedrático de la UNAM, es conformar una historia crítica que tenga como punto de partida la creatividad y la capacidad de aceptar que la historia es una ciencia con sujeto. "Es decir, que estamos inmersos en una dialéctica y que, por tanto, el papel del historiador es interpretar y no explicar".

En su opinión, México y América Latina atraviesan por una etapa de reflexión en torno a la necesidad de hacer una historia mucho menos erudita, para lo que es necesario que los historiadores salgan de sus torres de marfil y cubículos.

En este sentido, menciona que la revaloración de la historia implica adoptar posturas críticas, porque "después de la construcción de los paradigmas históricos basados en el historicismo y el positivismo, se ha vivido una crisis de renovación donde, a mi juicio, ha triunfado la corriente positivista debido a que ésta es la más fácil y cómoda, la que más vende y también la que legitima. Es la historia que va hacia el progreso y el desarrollo".

Seguro de que la historia no debe tener metas preestablecidas, comenta que a pesar de figuras importantes como Edmundo O’Gorman, José Gaos o Adolfo Sánchez Vázquez, se siguen imponiendo en los países de Latinoamérica los viejos paradigmas que, como en el positivismo, consideran que la verdad existe en la historia.

Además, indica que en México, como en el resto del mundo, hay una gran necesidad de hacer historia política para legitimar los discursos de izquierda o derecha, dependiendo del partido en el poder. "El problema es que la historia que se ideologiza a ese nivel deja de ser historia", aclara.

Si bien, se trata de una actitud frecuente en los historiadores latinoamericanos, Berenzon asegura que la situación está cambiando poco a poco. "Hoy, la mayor parte del gremio considera que la historia es la construcción de algo no ideológico".

De acuerdo con él, esta transformación en el quehacer y la valoración historiográfica se ha ido gestando a partir de lo que considera los tres grandes momentos de la Historia crítica los movimientos sociales de 1968, la caída del Muro de Berlín en 1989 y el ingreso al nuevo milenio.

"En estas épocas los especialistas se dieron a la tarea de repensar la manera de hacer historia. Los avances han sido tan grandes que hoy ya podemos hablar, por ejemplo, de historia ecológica. Como es el caso de la labor de Micheline Cariño, de la Universidad Autónoma de Baja California Sur."

En su opinión, la puesta en práctica de una historia crítica también requiere de cambios en los sistemas de enseñanza formal, donde es importante conseguir que los profesores acaben con el mito de que la divulgación no es una tarea digna para los historiadores.

Sobre este asunto, Berenzon afirma que no obstante las críticas, la llamada historia light —emprendida por historiadores como Enrique Krauze— ha roto con el paradigma de que la historia sólo es apta para académicos. "Creo que este tipo de trabajo siempre será rescatable en el sentido de que ha logrado acceder a las masas".

El académico no duda en comentar que en México los estudiantes aprenden una historia para jugar Maratón, gracias, sobre todo, a los contenidos de los libros de texto.

Así, el investigador afirma que el reto fundamental es conseguir que la historia deje de ser una disciplina ortodoxa y ajena al presente. Esto, concluye, teniendo la certeza de que la principal historia crítica es la que considera que la verdad histórica es algo que se construye generacionalmente y a partir de verdades relativas.

 

La crítica, indispensable en la historia

Publicado originalmente el 11 de septiembre pasado, el Manifiesto que hoy se da a conocer busca contribuir a la configuración de un paradigma común y plural para los historiadores del siglo XXI, con el afán de asegurar a esta disciplina una "nueva primavera".

Responder a una transición histórica de resultados aún inciertos, requiere de analizar y debatir en torno a 18 propuestas metodológicas, historiográficas y epistemológicas, –señala el documento.

Se trata, en principio, de aceptar que la historia es "una ciencia con sujeto humano que descubre el pasado conforme lo construye".

Y es que ha llegado la hora de que la historia ponga al día su concepto de ciencia, abandonando el objetivismo ingenuo heredado del positivismo del siglo XIX, sin caer en el radical subjetivismo resucitado por la corriente posmoderna a finales del siglo XX.

Los firmantes —entre los que destacan nombres como Carlos Barros, Boris Berenzon, Micheline Cariño, Francisca Colomer y Eugenio Piñero— se asumen como partidarios de una nueva erudición que amplíe el concepto de fuente histórica a la documentación no estatal y a los restos no escritos de tipo material.

"La historia se hace con ideas, hipótesis, explicaciones e interpretaciones", señala el Manifiesto. De ahí que se sostenga la necesidad de conformar un nuevo paradigma que recobre el prestigio académico y social de la innovación en los métodos y los temas.

"Brotarán nuevas líneas de investigación si pensamos con nuestra propia cabeza considerando que nada histórico nos es ajeno; avanzando mediante el mestizaje y la convergencia de los métodos y los géneros; llenando los odres viejos con vino nuevo, desde la biografía hasta microhistoria; prestando atención a las necesidades científicas y culturales, sociales y políticas, de una sociedad sujeta a una profunda transformación."

Resultado del segundo Congreso de Historia a Debate —grupo internacional conformado hace una década para evaluar el rumbo de esta disciplina—, el manifiesto se lanza a favor de la interdisciplina y en contra de la fragmentación de métodos y escuelas.

Mediante este documento, los historiadores aceptan un compromiso con las causas sociales y políticas que están vinculadas a la defensa de valores universales de educación y salud, justicia e igualdad, paz y democracia.

"El nuevo compromiso que preconizamos es diverso, crítico y con anhelos de futuro. El historiador y la historiadora han de combatir, desde la verdad que conocemos, aquellos mitos que manipulan la historia y fomentan el racismo, la intolerancia y la exploración de clase, género y etnia."

Además, se pone énfasis en la importancia del relevo generacional y en la necesidad de reivindicar, ante la sociedad y el poder, la función ética de la historia. Lo que se busca es, en síntesis, "cambiar la historia que se escribe y coadyuvar a cambiar la historia humana".