Grupo Manifiesto Historia a Debate


 Opiniomes

 
[Apartado final del libro de Liliana Regalado, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, El rostro actual de Clío. La historiografía contemporánea]
 
Clío mira hacia adelante
 
En septiembre del 2001 un grupo de los historiadores que conforman "la lista de interés" denominada Historia a debate lanzaron por la Internet "El manifiesto historiográfico 2001".  Si bien el documento parece reflejar una posición particular propia de una comunidad de especialistas, la rápida y numerosa acogida que tuvo el manifiesto entre historiadores de diferentes generaciones y de distintas partes del mundo, constituye una señal inequívoca de que expresa un consenso bastante sólido acerca de lo que los propios involucrados piensan acerca del futuro de nuestra disciplina. A continuación señalo la temática del documento y comento algunas de sus propuestas.

Cuatro son las grandes líneas del análisis que se utilizan para hacer  el balance acerca del estado actual de la disciplina histórica. Ellas constituyen a la par un diagnóstico y una propuesta en relación a los cambios que se han venido operando en la historiografía, asumiendo las transformaciones pero también estableciendo distancias y planteando críticas. Los temas se refieren entonces a: metodología, historiografía, teoría y sociedad.

En materia metodológica se concibe una investigación rigurosa pero necesariamente apoyada en ideas, hipótesis e interpretaciones. Se propone la confluencia de las culturas científica y humanística y, distanciándose de la objetividad rankeana y de la subjetividad postmoderna, se postula a la historia como una ciencia con sujeto humano "que descubre el pasado conforme lo constituye" puesto que se reconocen dos subjetividades en nuestro proceso de conocimiento histórico: agentes históricos e historiadores. También se otorga notable valor e importancia a la interdisciplinariedad pero se llama la atención acerca de la necesidad de que la misma sea equilibrada tanto al interior de la disciplina (es decir, considerando diferentes temáticas y tendencias) como fuera de ella y más allá de las ciencias sociales clásicas.

Este último aspecto de la propuesta resulta interesante puesto que se está enfatizando el aporte que a la historiografía ya están ofreciendo las llamadas ciencias básicas. Tómese por ejemplo la influencia de la noción de complejidad y la denominadas "teoría del caos" y de los fractales en la práctica de las ciencias sociales y, en algunos casos en la historia. De otro lado, el Manifiesto también apunta a dejar sentada la necesidad de lo que llama "tender puentes"que faciliten la vinculación del fragmentario panorama historiográfico actual.

Evidentemente, de lo que se trata aquí es de la aceptación de esa amplia diversidad que caracteriza el interior de los distintos saberes, sobre todo a partir del último cuarto del siglo XX pero a la vez aspirando a una disciplina que no renuncie a cierta homogeneidad, necesaria para el mejor discurrir del debate teórico y metodológico entre los historiadores. Se trata, entonces, de hacer converger a la investigación histórica atravesando los diferentes géneros, espacios y niveles de análisis.

Se asume como favorable la ampliación del concepto de fuente histórica y se llega a subrayar la importancia de las que llaman "no fuentes", es decir: silencios, errores y lagunas presentes en todo tipo de testimonios. Asimismo, se llama la atención acerca de la pertinencia de aceptar e incorporar en esta metodología la nueva relación con las fuentes ensayada por las historiografías de género, oral, etc. o la "nueva historiografía" que vaya surgiendo en la Internet pero, naturalmente, en base al desarrollo indispensable de debates orientados al logro de consensos. Este aprovechamiento de la innovación estará directamente relacionado con la revaloración o recuperación de la actitud y práctica innovadora entre los historiadores, tanto en el aspecto metodológico cuanto el temático para el desarrollo de la disciplina pero también para  prestar la debida atención a las necesidades científicas culturales, sociales y políticas en medio de un mundo que vive cambios profundos.

En cuanto a los asuntos historiográficos se enfatiza la necesidad de efectuar, de manera permanente, el análisis historiográfico, vale decir el estudio de los historiadores mismos y sus obras, en aras del rigor histórico. Para llevarlo a cabo se atiende la urgencia de integrarlos en grupos, escuelas y tendencias para descubrir sus valores compartidos, advertir continuidades o rupturas disciplinarias en sus trabajos. En suma se trata de estudiar el curso de nuestra disciplina también a través de la ubicación del historiador y su obra  o a cada comunidad de especialistas en su entorno social, académico, mental y político.

De esta manera se tomará conciencia - dice el Manifiesto- de que en la historiografía existen,  superpuestos e interrelacionados, diferentes ámbitos: local, regional, nacional continental o mundial. Reconocer las tendencias y la comunidad de intereses y propuestas en diferentes ámbitos facilitará, de un lado, la recuperación de la autonomía crítica de los historiadores frente al peso adquirido por el mercado editorial, los grandes medios de comunicación y las instituciones políticas y, de otro, la autorreflexión  que, a su vez, permitirá aclarar posturas y posibilitará el desarrollo de debates y la formación de consensos. Cuando se mencionan la autonomía del historiador frente al peso cobrado por "agentes externos" también se reclama la reconstrucción de tendencias, comunidades y asociaciones alrededor de proyectos historiográficos. Aquí se advierte una nostalgia respecto a lo que fuera por ejemplo la llamada Escuela de los Annales o la École asociada a esta tendencia que, como se ha visto, aunque variada tuvo como eje un proyecto historiográfico de renovación de la que, en su oportunidad, fue denominada la "historiografía tradicional".

Volviendo al asunto de la reflexión sobre el propio quehacer se propone que tendrá que partir del balance imprescindible de la historiografía del siglo XX y, particularmente, de las que se consideraron sus vanguardias. Ellas constituirán la tradición sobre la que se levanten los nuevos paradigmas y se desarrolle la historiografía del siglo XXI. Tanto el sentido de innovación como el ejercicio de la autocrítica deberá ser transmitida a las nuevas generaciones de historiadores y este llamado debe entenderse, de seguro, en función de afirmar el desenvolvimiento de la disciplina histórica para evitar marchas atrás o estancamientos.  Como se puede notar en este sentido permanece y con fuerza la noción de progreso que obviamente tiene carácter paradigmático en el pensamiento occidental. En el manifiesto la noción de progreso se empleará más adelante con otro referente, es decir, ya no para referirse al desenvolvimiento de la disciplina sino al desarrollo de la sociedad. Así pues se mencionan los fines de la historia que se expresarían en pensar teóricamente el sentido de dicho progreso.

Frente al surgimiento de la historiografía a través de recursos digitales los autores y suscriptores del Manifiesto expresan su opinión acerca de que debería seguir siendo complementaria a las formas convencionales de investigación y agreguemos, en este caso, de transmisión o divulgación del conocimiento histórico.

Como dijimos en párrafos anteriores el Manifiesto toca también el primordial asunto del rol y características de la teoría en la historia. Se parte de un rotundo rechazo a la idea de que se confiera a la historia la tarea de ser proveedora de datos para que sean otras las disciplinas que reflexionen sobre la información. Se considera que completar todo el ciclo de la investigación histórica es irrenunciable para cualquier historiador. Antes se había mencionado al hablar de la metodología que arrancar de teorías, formular hipótesis y, por ende, analizar la información y confrontarla con el marco teórico resultaban pasos obligatorios en la historiografía actual. De otro lado, si entre los fines de la historia se cuenta pensar teóricamente acerca del sentido del progreso el mismo se entiende como una demanda de la sociedad pero primando un criterio de equidad.

El Manifiesto finaliza abordando así la cuestión de la relación entre historia y sociedad y se reclama en el citado documento una función ética de la historia frente a la sociedad en su conjunto y el poder en particular. ¿Cómo se ejercerá ese rol?.  En primer lugar, combatiendo las concepciones que pretendan contraponer técnica con cultura, economía con sociedad, presente con pasado o pasado con futuro. Sin duda aquí se ingresa, aparentemente sin temor alguno, en el ámbito de la vida política, en el sentido más estricto del término.  Se habla del compromiso con las causas sociales y políticas vinculadas a la defensa de valores universales como educación, salud, paz, justicia, igualdad y democracia puesto que "Si se acepta que la objetividad de la ciencia de la historia es inseparable de la subjetividad (plural) del historiador, debemos concluir que no existen grandes diferencias cualitativas entre una historia inmediata y una historia mediata, entre una historia más contemporánea y una historia más antigua. Todo es historia, si bien cuando más nos distanciamos de lo actual mayor es la carga que recae sobre nosotros, historiadores, por ausencia de las  disciplinas más presentistas."

Esta posición se ampara en la idea aceptada de que el historiador investiga y escribe la historia ubicado en el presente y, como ser humano, proyectado hacia el futuro puesto que "El historiador no puede escribir con rigor la historia al margen del tiempo vivido, y de su fluir permanente." Como se puede advertir, los autores y suscriptores del Manifiesto parecen haber superado la dicotomía que se planteó en los debates epistemológicos a fines del siglo XX pues se admite la posibilidad de un rigor metodológico, que llevaría a una cierta objetividad histórica, que no excluye para nada la subjetividad a partir del arraigo en el tiempo vivido.

A partir de ello tampoco se pretende obviar el vínculo entre el historiador y su trabajo con la construcción del futuro puesto que

"La caída de la filosofías finalistas de la historia, sean socialistas sean capitalistas, ha puesto de relieve un futuro más abierto que nunca. El historiador ha de asumir un papel en su definición con sus experiencias y argumentos históricos, con hipótesis y apuestas desde la historia. Edificar el futuro sin contar con la historia nos condenaría a repetir sus errores, a resignarnos con el mal menor o a edificar castillos en el aire."

Por último, al intentar delinear el nuevo paradigma historiográfico los autores del Manifiesto procuran poner en práctica esa búsqueda de consenso al que se refirieron en diferentes partes del documento "...queremos cambiar la historia que se escribe y coadyuvar a cambiar la historia humana. Según evolucione el debate historiográfico, y la historia más inmediata, nuestras propuestas recibirán más o menos consenso académico, las variaremos o no según interese, si bien hay planteamientos que, aun siendo por el momento minoritarios, nos parecen ineludibles para condicionar críticamente el nuevo paradigma en formación: el conjunto plural de valores y creencias que va a regular nuestra profesión de historiador en el nuevo siglo. Por todo ello, la historia nos absolverá, esperemos."

Varias preguntas y comprobaciones surgen al revisar esta propuesta. En el primer caso cabe interrogarnos acerca del por qué de esta necesidad de "manifestarse" y buscar consensos en medio de la como nunca, tan variada diversidad de posturas, perspectivas y temas de la historiografía de nuestra época. Se evidencia, a todas luces a nuestro entender, una nostalgia respecto a cierta búsqueda de certidumbres o por lo menos de algunos asideros seguros que permitan si bien no volver a la vigencia de "escuelas historiográficas", por lo menos marcar una tendencia firme que posibilite a la disciplina histórica de nuestros días el orientarse de manera tal para evitar perderse en la absoluta relatividad y la necesidad de los historiadores de saber que su trabajo no queda reducido a un esfuerzo aislado por ser absolutamente individual. De esta forma se explica que se busque en el documento que comentamos la urgencia de construir un nuevo paradigma. Muestra de una disconformidad con la recusación plena de la tradición que es posible rastrear por lo menos desde la Ilustración pero a la vez aceptación precisa del conjunto de cambios que se han venido operando en el pensamiento Occidental y en su historiografía.

En el plano de las comprobaciones se advierte que el Manifiesto guarda relación con la fuerza que tiene en el presente la posibilidad de utilizar los recursos de una sociedad que se reconoce a sí misma como "comunicada" y por ello es que la propuesta se origina y expresa en el medio universal de la internet para desde allí, de manera inversa a como pudo haber ocurrido en el pasado, alcanzar el ámbito académico que, tradicionalmente, materializaba sus postulados en libros y revistas especializadas. Hay en todo esto un sentido de democrático ejercicio vinculado a medios masivos de comunicación. Y es a partir de ello que surge la segunda y no menos importante interrogante: ¿es posible que pese a la asepsia política que parece tener el Manifiesto se pueda evitar desligar sus propuestas de una praxis política señalada por cuestiones ideológicas?. La respuesta no es fácil pero existe la probabilidad de entender que alcanzar cualquier consenso admitiendo a la vez la diversidad deja, sin lugar a dudas el camino libre a que diversas posturas individuales o de grupos utilicen los planteamientos del propio Manifiesto para sostener sus particulares maneras de ver y entender el pasado, actuar en el presente y proyectarse al futuro.

Asimismo, parece claro que la historiografía de nuestros días está marcada insoslayablemente por  la necesidad de vincular, cada vez más consciente y permanentemente, el trabajo de investigación con la reflexión teórica y metodológica, llevados a cabo no sólo exclusivamente por algunos connotados y muy experimentados historiadores y filósofos sino día a día por cada historiador que realice su trabajo, contribuyendo no sólo con la tarea artesanal propia de su oficio sino asumiendo la irrenunciable labor de elevarse al ámbito de lo teórico puesto que en la ciencia moderna en general y en la histórica en particular escribir, pensar y hacer la historia constituyen un solo ejercicio que, por ser intelectual, tiene un carácter personal y una consecuencia social.