El debate historiográfico 
Claudio Canaparo - University of Exeter 

Si las historiografías constituyen territorios, ellos sin duda ni son étnicos ni se ajustan a divisiones jurídicas entre Estados. El establecimiento de una disciplina o ámbito historiográfico durante el siglo XIX en Europa se debió básicamente a un proceso de normalización y taxonomía, tal como Hayden White por ejemplo ha ya descripto. Las comunidades universitarias eran, por ese entonces, un elemento más entre las academias, cortes y sociedades ad hoc que producían una perspectiva historiográfica. En la actualidad, por el contrario, la producción y perspectivas historiográficas se vinculan exclusivamente con el ámbito universitario, es decir que existe una clara sinonimia entre universidad y comunidad científica. 

Un debate acerca de la noción de historiografía en la actualidad ciertamente sobre-pasa las fronteras de lo que hoy se entiende a nivel universitario por "historia": la perspectiva decimonónica que situaba la historiografía como un área dentro de una disciplina mayor denominada "historia" es hoy en día insostenible. El fin de fronteras claras y precisas entre las ciencias en general es aquello que caracteriza en forma indeleble toda problematización historiográfica. 

Habría entonces dos aspectos a considerar. Por una parte, la distinción entre ciencias hoy en día no se asienta ni en métodos ni en saberes particulares sino en prácticas corporativas y profesionales. Son instituciones como las revistas universitarias, las asociaciones profesionales y el establecimiento de un "star system" entre los académicos aquello que recorta y define los elementos que constituyen una historiografía y sus problemas principales. Por otra parte, sería deseable que esta situación fuese modificada a partir de un mayor cuestionamiento de los preceptos decimonónicos y retrógrados en que se sustentan -no obstante la parafernalia técnica que les recubre- dichas prácticas e instituciones. 

En éste sentido, podría incluso sostenerse que la situación en los ámbitos universitarios latinoamericanos, por ejemplo, es mucho más conservadora y radicalmente orientada hacia el "star system" que la que podemos observar en instituciones Europeas. 

No hay algo así como una "historiografía latina" por la sencilla razón que la actividad académica y universitaria se desarrolla en un mercado mundial que está regido por reglas similares. La diversidad y la diferencia de enfoque no se halla en este sentido de proveniencia (o gentilicio) sino en la forma que los problemas y cuestiones de ese mercado son descriptos y afrontados. 

Mientras que en el mundo anglosajón en general todavía se rechaza cualquier consideración acerca del observador, de su incorporación como una variable más de estudio, y del rol que ocupan los aspectos institucionales en la definición de una idea de ciencia, por el contrario, en ámbitos más continentales o también periféricos, los aspectos institucionales y la situación del observador tienden más a ser considerados como variables ineludibles en la elaboración de una noción de historiografía. 

Evidentemente, la eficacia y la profundidad de dichas consideraciones varía de área en área y no existe algo así como un común denominador. Sin embargo, no obstante la mencionada distinción, dada que la estandarización del mercado editorial y de las comunidades científicas se realiza no sólo a través de inglés como lingua franca sino también, como era previsible, por medio de una ineludible jerarquía científica, los debates entonces que esta perspectiva continental o periférica podría generar se están viendo reducidos en dimensiones y en creatividad por inmediatas razones de supervivencia profesional. 

Planteada la situación de esta forma, el resultado empírico de la gran mayoría de las definiciones de historiografía actuales se reducen, de forma más o menos explícita, al diseño de una biblioteca (library design). Es decir, a la elección de una serie de brand names y de teorías que funcionarían, más que de una manera argumentativa, de forma expositiva y exhibicionista. 

Por último, ninguna de las denominadas teorías sociales totalizadoras producidas en los últimos 50 años -desde la escuela de Frankfurt hasta la denominada  teoría de la dependencia- han logrado formular una alternativa válida a esta mencionada disolución de las ciencias en términos de fronteras y objetos de análisis. Y, de esta forma, en relación con un mercado editorial y una comunidad universitaria, las denominadas "ciencias naturales" continúan ofreciendo las prácticas de uso científico y académicas -aún cuando, como decimos, su eficacia e interés gnoseológico hayan desaparecido hace tiempo. 

Toda disciplina universitaria implica en la actualidad una reflexión o elección historiográfica. Que dicha elección sea en favor de una idea decimonónica de cientificidad o en aras de un cuestionamiento sobre las condiciones epistemológicas que establecen a la disciplina como tal, depende de nosotros  -y, obviamente, de cuánto estemos dispuestos a perder y sacrificar en términos visibility y de reputación profesional. En éste último sentido soy moderamente escéptico, por obvias razones de supervivencia profesional a la que se hallan sujetos la mayoría de los académicos, respecto de grandes innovaciones provenientes de las universidades sudamericanas.