Estimado amigo: estoy verdaderamente sorprendido del debate que nos propones sobre las peculiaridades de lo latino. Tal vez puedas pensar que mi estupor se deba a mi inasistencia al congreso de HaD II y, por tanto, a que ignoro esos comentarios que, según dices, se hicieron en el pasillo y en voz baja. Sin embargo, mi sorpresa no obedece a mera ignorancia; mi sorpresa, por el contrario, se debe a que no creo que sea verdaderamente razonable, rentable y posible debatir acerca de lo latino y en los términos que nos propones. A la primera pregunta ("¿Cuál fue el papel de los historiadores
latinos en HaD II"?) no puedo responder por no haber asistido a las sesiones. En cambio a las restantes, sí que me creo autorizado para intervenir.  En general, todas ellas --salvo alguna que me resulta incomprensible (como, por ejemplo, "¿Qué papel juegan o deben jugar las grandes personalidades en la historiografía?" "¿Pueden o deber ser éstas de raza latina?")-- pueden abordarse conjuntamente. En primer lugar, lejos de acogernos  al cómodo encasillamiento de lo latino o lo anglosajón, creo que deberíamos romper con esos estereotipos. No se trata de ser simplemente iconoclasta; se trata, por el contrario, de hacernos una idea cabal de las historiografías de las que procedemos, de averiguar sus rutinas académicas, de evaluar sus dependencias y atavismos, para desde ese saber emprender una saludable huida, iniciar una investigación efectivamente global. Yo, por ejemplo, me dedico a la historia local. Pues bien, mi objetivo --que obviamente no sé si lo cumplo-- es hacer preguntas generales en contextos locales, preguntas suficientemente generales, preguntas universales para las que los humanos siempre damos respuesta local. El modo de investigar --estemos en América o en Europa y  nos identifiquemos o no con tradiciones latinas o anglosajonas-- es el de convertir en interesante algo que en principio parecía totalmente ajeno a los intereses de aquellos que no forman parte de mis adhesiones inmediatas. Toda investigación debería, en efecto, concebirse como si de un traducción se tratara o, mejor aún y siguiendo a Octavio Paz, si la cultura y la comunicación son sobre todo ejercicios de transposición, de traslado de un objeto a diferentes lenguajes (y, por tanto, a diferentes culturas, a diferentes modos perceptivos), en ese caso, el historiador debería adoptar un lenguaje, una perspectiva y unos métodos que le garantizasen esa transposición, una verdadera traducción, una salida de la cárcel del lenguaje y del modo peculiar de enfrentar el mundo que tiene mi tribu. En ese sentido, la globalización es una bendición porque me obliga a expresarme sin idiolectos, me obligar a romper las pertenencias confortables pero desnaturalizadoras de ese yo incómodo por irrepetible que soy yo mismo, y, por consiguiente, me exige expresarme de tal modo y tratar las cosas de tal suerte que suscite interés por un tema, por un problema, entre quienes no tenían interés en ese asunto por no ser el suyo justamente.
El localismo --y el localismo puede ser de grandes dimensiones-- convierte los objetos en incomparables y los enuncia sólo de manera que satisfaga las expectativas de los nativos. Por tanto, y como decía Josep Pla, deberíamos concebir nuestro trabajo no como resultado de nuestro tiempo, sino como producto contra nuestro tiempo. Deberíamos, pues, tratar de superar esos idolectos --también los de lo latino y lo anglosajón-- para cultivar un universalismo que está hecho también y paradójicamente de esos ingredientes locales que todos hemos incorporado. Hacerlo así es admitir asimismo la parte creadora que hay en nuestro trabajo; es reflexionar acerca de lo que nos constituye, y eso que nos constituye nos hace siempre híbridos, aleaciones gozosamente impuras de díficil congruencia. Yo no me reconozco sólo en lo latino, porque subrayar esa adscripción es amputarme de lo que he recibido de otras culturas y esa contaminación es, en definitiva, un gran
beneficio. Deploraba Claude Lévi-Strauss que la modernidad hubiera vulnerado los rasgos propios de cada cultura hasta el punto de que ya no pudieran encontrarse tribus vírgenes ni nativos puros. Si el aislacionismo cultural conduce al agostamiento, la comunicación --concluía el antropólogo-- llevaría paradójica y lamentablemente a la homogeneización. Yo no estoy tan
seguro de que la contaminación cultural desnaturalizadora sea una pérdida; yo no estoy tan seguro de que la defensa de lo latino sea una tarea urgente a la que debamos contribuir mancomunadamente. De lo que sí estoy seguro es que la tensión entre el aislacionismo y la apertura es y ha sido siempre el modo histórico de constituirnos. Por eso, la comunicación --como nos enseñó paradójicamente un viejo y entrañable cascarrabias, Claude Lévi-Strauss-- es el modo que tenemos de hacernos y las transacciones materiales einmateriales internas y externas son la forma de expresión que nos da vida, que nos permite salir de la cárcel de nuestras pertenencias.

        Sobre esas cosas, nos hemos extendido en una ponencia reciente Anaclet Pons y yo mismo, una ponencia titulada "En su lugar. Una reflexión sobre la historia local y el microanálisis" y que presentamos en julio de este año en un Congreso celebrado en Aragón. En fin, no quiero extenderme y, además, no sé ni siquiera si todo esto tiene algún interés de acuerdo con la preguntas planteadas que, insisto, me causan una evidente sorpresa.

        Recibe un abrazo, Justo Serna.
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   Justo Serna Alonso
   Departament d'Història Contemporània
   Facultat de Geografia i Història
   Universitat de València
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