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Mesa L

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Ju�n Manuel Santana

Univ.Las Palmas

La modernidad ha constituido nuestra forma de ser y de pensar. Se ha convertido en una ideolog�a que hoy forma parte de todas las sociedades occidentales (y de algunas no occidentales) y este debate, por tanto, puede ayudarnos personalmente a una reflexi�n y postura cr�tica con respecto a la l�nea que ha llevado nuestra sociedad hasta el momento presente.

Como hemos dicho, esta confrontaci�n te�rica se encuadra en el m�s amplio debate modernidad versus posmodernidad. Augusto Klappenbach distingue en este panorama tres l�neas de desarrollo te�rico: los neoconservadores; los reconstructores-reformistas; y deconstructores o posmodernos . En los dos primeros grupos encontramos un diagn�stico similar de la situaci�n de cambio cultural, pero las salidas que se ofrecen divergen.

Para los conservadores, el individuo en la sociedad actual se encuentra inmerso en las contradicciones culturales del capitalismo, en el que se han conformado tres l�gicas antin�micas: hedonismo, eficacia e igualdad; para ellos la �nica salida posible es el recurso a la tradici�n desechada, la �nica que puede dar al individuo la seguridad existencial de la que ahora carece.

El segundo grupo citado, el de los reconstructores-reformadores, coincide con el primero en considerar que estamos ante una sociedad defectuosa que debemos reformar. La raz�n moderna, cuando seguimos el an�lisis weberiano, se ha escindido en tres esferas aut�nomas, la ciencia, la moral y el arte, que funcionan seg�n tres l�gicas distintas, la cognitivo-instrumental, la moral-pr�ctica y la est�tico-expresiva. Pero para Habermas, el criterio unificador que nos haga superar esta situaci�n no puede hallarse en elementos exteriores a la vida humana, sino que proceder� de nuestro an�lisis de la esencia de la racionalidad dada en la praxis humana.

En el tercero de los grupos, los deconstructores o posmodernos, a pesar de sus diferencias, estos autores mantienen unas tesis comunes frente al mundo posmoderno: la escici�n del discurso en la sociedad actual en una serie de diferentes juegos del lenguaje es irrevocable, no hay que proponer estrategias para su superaci�n, sino que s�lo cabe acostumbrarse a un mundo sin fundamentaciones, la muerte de Dios -garante de racionalidad en el perplejo mundo moderno- se ha producido finalmente, pero ahora, en estos pensadores no encontraremos las resonancias tr�gicas que para Nietzsche tuvo esta seguridad.

Lo que nos interesa es tratar de se�alar las consecuencias que planteamientos tan diferentes tienen para el status que pretendemos para la Historia. �sta no tiene el mismo significado en un mundo en que las estrategias discursivas son m�ltiples y heter�nomas, que si, por el contrario, confiamos en un horizonte com�n para una sociedad humana integral. La historia de la ciencia llevada a cabo por la posmodernidad se radicaliza en una cr�tica de la racionalidad, que desde�a todo desarrollo en ciencia social por tratarse al mismo tiempo de una ampliaci�n del �mbito del dominio. Para ellos la ciencia moderna se ha convertido en el sustrato ideol�gico que legitima el statu quo en el capitalismo avanzado. Mientras que para la nueva Ilustraci�n cabe la posibilidad de una ciencia "reconstructiva" y emancipadora, para los otros, s�lo es posible la acci�n deslegitimadora del historiador del pensamiento.

En las �ltimas d�cadas asistimos a un cambio cultural, que se produce adem�s en un momento de redefinici�n de Europa. Hay un desencanto generalizado. La posmodernidad rompe con todo proyecto y normativa hist�rica totalizante. Ahora no existen valores universales y la posmodernidad va desvaneciendo las concepciones de la Historia como un desarrollo �nico.

La crisis que est� atravesando la profesi�n historiogr�fica, esta �ntimamente relacionada con las diversas corrientes intelectuales y culturales actuales en la conciencia occidental. Una serie de aspectos que nuestra disciplina no hab�a sabido resolver satisfactoriamente como las incertidumbres en cuanto a la duraci�n, objetos de observaci�n y comunicaci�n ha hecho mella. La crisis de eurocentrismo, de fe en el progreso, de compromiso a las gratificaciones retrasadas ha forzado un reexamen, y en muchos casos, ha conducido a repudiar la propia noci�n de Historia.

Desde el posmodernismo no se est� planteando que la Historia haya acabado, ni tan siquiera que se pueda terminar en alg�n momento, lo que se defiende es el relativismo de la historiograf�a hasta el extremo tal de que no proporcione conocimientos v�lidos.

Sobre el particular, Lyotard, interpretando a al propio Kant, utiliza como met�fora el archipi�lago para decir que los discursos son inconmensurables. Esto porque no hay forma de compararlos, porque supuestamente la facultad del juicio es la que los integra, pero esos juicios ya est�n mediatizados porque cada uno tiene sus propias reglas.

Pero a pesar del impacto historiogr�fico del posmodernismo, aun para aquellos que no tienen una creencia cierta en el sentido de la Historia, tampoco cuentan con otra creencia que la sustituya. Como ha se�alado Vattimo, un digno representante del posmodernismo, la Filosof�a de la Historia no ha pasado y desaparecido, como querr�a Lyotard; se han vuelto problem�ticas, pero as� y todo, constituye todav�a el �nico contenido de nuestro pensamiento y de nuestra cultura. No podemos prescindir de una concepci�n unitaria y globalizadora de la Historia, de un "hilo rojo" sobre el que poder proyectar el futuro, darle un sentido, tomar decisiones.

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