Debates


¿Qué historia vamos a enseñar en el nuevo siglo?

 

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“La historia no enseña las causas de los problemas actuales […] la historia no explica el presente, sino el pasado”. Ésta es una de las principales ideas que sostiene el profesor Joaquim Prats (doctor, catedrático, especialista en didáctica, y firmante del Manifiesto de HaD) en una reciente entrevista publicada por la revista “Escuela” (http://www.histodidactica.es/articulos/Escuela-Prats.pdf).

 

Desde esta idea, no argumentada, desautoriza las “propuestas curriculares que sazonan problemas del presente con contenidos del pasado”. Con ello, me ha resultado difícil no sentirme aludido, aunque hay otras personas mejor cualificadas que yo, investigadores y docentes universitarios, que promueven esa visión curricular. Pero, sobre todo, me he sentido doblemente obligado a realizar una crítica pública, como aprendiz de historiador y como profesor de secundaria que organiza los contenidos históricos alrededor de problemas actuales, a cuyo esclarecimiento pueden contribuir tales contenidos.

 

Efectivamente, hay otras ciencias sociales que explican el presente. Pero su aproximación fragmentaria a la realidad concede a la historia un papel destacado. El mismo profesor Prats subraya la visión global que puede ofrecernos, porque “permite estructurar las demás disciplinas sociales”. Lo que no sabemos es, si esa visión global sólo corresponde al pasado o también a la actualidad, dada la naturaleza básicamente presentista de esas otras ciencias. Sin embargo, esta indefinición es un asunto de segundo o tercer orden.

 

Lo importante es que puedo explicarme el desarrollo de la revolución industrial en muchas regiones europeas gracias, entre otras causas y factores, a la inmensa acumulación de capital que les proporcionó la expansión atlántica. Pero no puedo comprender la actual desigualdad mundial como una consecuencia de dicha expansión, de la revolución industrial, de los imperialismos de los siglos XIX y XX, y de los rasgos más significativos del proceso de descolonización.

 

En el primer caso, puedo utilizar un argumento histórico porque el problema forma parte del pasado, aunque fue “presente”. Pero en el segundo caso no puedo, porque la cuestión es actual (aunque algún día será “pasado”), a falta de otras razones que el profesor Prats no expone en su entrevista.

 

Así es, la historia se ha ocupado tradicionalmente del pasado. Pero ¿dónde acaba el pasado histórico y comienza el presente? ¿Donde le dé la historiográfica gana a cada quién? ¿O donde los gobiernos suelen fijar los plazos para acceder a cierta clase de documentación vinculada al ejercicio del poder, que “hace” mucha historia? Si algo ponen de relieve esas restricciones es, precisamente, la enorme vinculación del ayer y el hoy. El conocimiento público de muchos de esos documentos pondría en peligro, no sólo la posición y el prestigio de determinadas personas y grupos aún existentes, sino la legitimidad del propio presente.

 

Esa ligazón entre el pasado y el presente se produce también en otro plano de la producción historiográfica, diferente de la propia relación causal-consecuencial. ¿Cuántas veces hemos leído que muchos historiadores e historiadoras afrontan sus investigaciones de tiempos pretéritos movidos por la necesidad, unas veces confesa y otras no, de arrojar luz sobre un problema de su actualidad?

 

Añade el profesor Prats que “el conocimiento histórico no da ninguna potestad para averiguar el futuro”. Ciertamente, el futuro no es predecible, pero suele ser tan previsible como el argumento de una mala película. Y, sin embargo, ésa no es la principal característica del futuro. Lo más trascendente es que permanece abierto, es construible, como el presente, con el que mantiene asimismo unas fronteras muy poco precisas: ¿en cuántas ocasiones hemos escuchado que determinados acontecimientos o procesos del presente, caracterizados como históricos, suponen el “principio del futuro”?

 

Pasado, presente y futuro son conceptos relativos, y de límites siempre difusos y arbitrarios. Asumir la imposibilidad de explicar históricamente el presente es asumir una discontinuidad histórica permanente y global. Y ésta también impediría comprender cualquier problema, por muy “enterrado” en el pasado que estuviera. Es, simplemente, negar la historia misma y la viabilidad de cualquier conocimiento historiográfico. Pero esa negación también supone desarmar a los ciudadanos y ciudadanas para participar activamente en la construcción de un futuro que se mantendría, así, totalmente fuera del alcance de los seres humanos: es negar la posibilidad de cualquier cambio histórico.

 

Justamente lo que tanto necesitan el imperio que se está construyendo y los intereses que lo alientan: el presente es inexplicable y el futuro impenetrable. Y para eso es imprescindible que los historiadores y los profesores de historia saquemos nuestras narices del presente. Sólo nos queda el pasado.

 

Y ese pasado tan inteligible, ¿qué interés tiene? Para el profesor Prats la historia “explica las claves del funcionamiento social del pasado”, y eso la convierte “en un importante laboratorio de análisis social”. Supongo que sólo del pasado, porque es imposible que sirva para la actualidad, ya que la extrapolación es una práctica intelectual recurrentemente desaconsejada: ¿qué tienen en común la estructura y la dinámica sociales del Antiguo Régimen con las del siglo XXI? Y si tuviesen elementos en común, ¿de qué forma ayudarían a comprender el presente, si no es por su propia continuidad (o la de sus consecuencias), si no es porque, en definitiva, lo siguen explicando?

 

De la misma manera, el profesor Prats piensa que la enseñanza de esa historia-pasado “debe servir para comprender críticamente la propia identidad y poder contextualizarla en un mundo amplio y con historia”. Pero la propia identidad, individual o colectiva, no es otra cosa que presente histórico (con su “historicidad”, como él mismo señala), al igual que ese “mundo amplio y con historia” al que se refiere.

 

Y esa historia-pasado también debe contribuir “a formar personas con criterio y con una visión lo más fundamentada posible de un mundo desbocado y lleno de incertidumbres”, refiriéndose obviamente al mundo actual. Y propone para ello la simulación del oficio del historiador como estrategia didáctica. Me pregunto qué criterio y qué visión podrán desarrollar nuestros jóvenes estudiando exclusivamente el pasado, si, como subraya el profesor Prats, enjuiciando el presente los mismos historiadores “aciertan o se equivocan en sus análisis en la misma proporción que otros colectivos que nada saben del pasado”, a pesar de su intensa formación en el oficio.

 

El manifiesto del Seminario Internacional Taula d’Història, redactado en julio y difundido pocos días después en este debate, se ha hecho íntegramente heredero de esas contradicciones. Lo único distinto es que evita cuidadosamente pronunciarse sobre la “explicabilidad histórica del presente”. Esto ya es parcialmente alentador, pero hace sinceros votos porque la enseñanza de la historia contribuya a formar personas críticas con el mundo en que viven. ¿Cómo, si no es haciendo lo único que sabe hacer, explicándolo históricamente?

 

Comparto unas cuantas de las otras ideas y opiniones del citado manifiesto y del profesor Prats. Pero no pienso participar en su propuesta de harakiri historiográfico colectivo. “No gracias, fumo krüger”, como se solía decir en mi isla.

 

Un abrazo a [email protected]

 

Domingo Marrero Urbín

Profesor de enseñanza secundaria

IES Santa Teresa de Jesús, Las Palmas de Gran Canaria