Debates


¿Qué historia vamos a enseñar en el nuevo siglo?

 
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Mi anterior intervención en este debate abordó un análisis crítico de una reciente entrevista al profesor Joaquim Prats, a propósito de sus declaraciones sobre la “explicabilidad historiográfica del presente”, por denominar el tema de alguna forma. Centrado en ese asunto, no afronté otros, como el problema que suscita la nueva incorporación de las “competencias básicas” a los currículos escolares en España, la Unión Europea y, supongo, muchos estados miembros de la OCDE.

Sin embargo, la lectura de la ponencia del profesor Carlos Barros al Seminario Internacional Taula d’Història (distribuida hace muy pocos días en esta lista), particularmente lo relativo a las competencias, me ha motivado a escribir estas líneas. Sobre todo, porque comparto con él que su discusión (si alguna vez la hubo) no debe concluir.

Todos estamos de acuerdo en el origen neoliberal y las pretensiones eficientistas que sustentan la reforma educativa de la UE en cuanto a las competencias básicas. Y también en la importancia de los impactos que, sin duda, tendrá en las aulas. Pero creo que las reflexiones del profesor Prats y, en bastante menor medida, del profesor Barros no han considerado algunos aspectos que, a mi juicio, son bastante relevantes.

Por un lado, no han “mirado históricamente” el problema, o no lo han hecho suficientemente. La enseñanza primaria obligatoria y gratuita del siglo XIX (y la escuela pública que exigió), o la más actual extensión de la obligatoriedad hasta los dieciséis años, tuvieron exactamente el mismo origen (y finalidad) burgués y capitalista. Pero creo que muy pocos dudarían hoy que han supuesto un “avance” real y material para las sociedades del centro capitalista, especialmente para sus principales beneficiarios: las clases populares, y también, desde luego, sus respectivas burguesías.

Pienso que tampoco lo han abordado teóricamente con suficiente amplitud. Las competencias comunicativa y social, aunque no tengan el mismo significado exacto pero sí muy parecido, constituyen elementos clave de la teoría de la acción comunicativa de Habermas. Y su desarrollo escolar ocupa una parte central de las preocupaciones y las prácticas de la teoría crítica del currículo. Ambas teorías, sus creadores, y sus “practicantes” se encuentran en un universo ético, teórico y político, el marxismo, totalmente antagónico al origen de la actual imposición.

Y también tengo la sensación de que la oposición, sobre todo del profesor Prats, a la inclusión de las competencias en los currículos, no se apoya en un análisis de la realidad, aunque sea consciente de ella cuando critica el aprendizaje libresco y memorístico de la historia. “Las competencias” no vienen a destruir un modelo dominante de enseñanza y aprendizaje “acorde” precisamente con las exigencias demandables a una didáctica de la historia del siglo XXI, al menos para muchos de nosotros y de nuestros jóvenes. Si consiguen fisurar algo, será la práctica aún mayoritaria de “la memorieta” y el libro de texto. Sólo por eso, ¡bienvenidas sean!

Pero probablemente casi todo quede en agua de borrajas. También damos la espalda a la realidad si no contamos con la extraordinaria impermeabilidad que ha manifestado una buena parte del profesorado español (de todas las etapas) a las “reformas” del sistema educativo que se han llevado a cabo en los últimos treinta y cinco años. Ni tan siquiera el activismo de los años 70 ha llegado plenamente a las aulas: como mucho encontramos algunas “trazas” microscópicas suyas en las prácticas de bastantes (aún) profesores y profesoras de historia. Y tampoco han cambiado las estrategias de formación del profesorado: se pretende transformar el modelo de enseñanza dominante con los mismos “cursitos” que han fracasado para llevar “el espíritu de la LOGSE”, o la informática a las aulas.

Por eso comparto con Carlos Barros la expectativa de que no todo se rinda a las exigencias de la economía postindustrial. Como él señala, algunas pretensiones (como la de convertir a todos nuestros jóvenes en magníficos empresarios) se han quedado finalmente en los cajones de quienes las promovían.

Finalmente, todo queda en nuestras manos, las de los docentes. Y ésta puede ser una buena oportunidad para desarrollar la competencia histórica más importante: el pensar históricamente.

Saludos cordiales.

Domingo Marrero Urbín,
Profesor de secundaria,
IES Santa Teresa de Jesús,
Las Palmas de Gran Canaria