Debates


Historiografía y Globalización

Darwin se retuerce en su tumba: neoliberalismo versus cooperativismo

En la economía, o en el mercado, sobreviven los más aptos, reza el catecismo neoliberal y las letanías de los fieles de esta doctrina como si se tratara de un dogma, de un acto de fe absoluta. Esto puede explicarse por aquella idea predarwiniana expresada por Tennyson de que “la naturaleza tiene rojos los dientes y las garras” y que posteriormente con los postulados de Darwin parecen redondear con “claridad” la justificación de la competencia entre los hombres como algo natural e inevitable tal como lo expone Peter Singer.

No cabe duda del dominio de esta orientación en la economía mundial, sobre todo desde la aparatosa caída del Muro de Berlín. Lo que ha reforzado una racionalidad “incuestionable” convertida en políticas económicas que sólo favorecen los intereses de las naciones industrializadas con pública y notoria vocación imperialista. Creando normativas comerciales leoninas para los países pobres y con estructuras económicas débiles que, en medio de una insoslayable exigencia de inserción competitiva a la realidad global, parecen caminar derecho al despeñadero. Jacques Chirac ha criticado con dureza los supuestos beneficios de la globalización y Joseph Stiglitz, quien fuera asesor económico de Clinton y vicepresidente del Banco Mundial, acusa a los países ricos de forzar a los pobres a eliminar las barreras comerciales, mientras que ellos mantuvieron las suyas e impidieron a los países “subdesarrollados” exportar sus productos agrícolas. No conforme con esto, Stiglitz afirma lapidariamente que la globalización sólo ha generado la destrucción del medio ambiente y la corrupción de los procesos políticos. En otras palabras, la globalización ha empobrecido a las mayorías: “la última década del siglo XX, el número de pobres ha aumentado en casi cien millones (2.801 millones). Esto sucedió —según las estadísticas presentadas por el autor—, al mismo tiempo que la renta mundial total aumentaba en promedio un 2,5 por ciento anual”.

La contradicción que se plantea entre los países ricos y pobres no tiene nada que ver con su capacidad para generar riqueza, con el libre mercado o la sobrevivencia de los más aptos, al menos no en términos reales, sino en una desigual relación que no es producto del azar, sino de la imposición premeditada de las naciones poderosas, ya que es la única vía expedita para garantizarse el bienestar y confort que tanto anhelan.

El “dogma” darwiniano no es más que una mascarada para ocultar refinados mecanismos  de explotación, y consolidar la errada interpretación de las ideas del autor de El origen de las especies, porque si bien es cierto que en la evolución sobreviven las especies más aptas, también es cierto que esta sobrevivencia es producto de una forma de vida cooperativista. Los elefantes jóvenes protegen a los pequeños y a los más viejos, por dar un ejemplo, en cambio la única especie que no coopera consigo misma es la humana. En palabras de Schopenhauer, “la vida del hombre es un perpetuo combate, no sólo contra males abstractos, la miseria o el hastío, sino contra los demás hombres. En todas partes se encuentra un adversario. La vida es una guerra sin tregua, y se muere con las armas en las manos”. Somos educados para la competencia desenfrenada, para llegar a las “puertas del cielo” primero que nuestros padres. Para pisotearnos. Es el triunfo del individualismo salvaje. Y es ésto, precisamente, lo que genera pobreza, delincuencia, corrupción y muerte. Los grandes dolores de este siglo, ¡y no es metáfora!
 
Norberto José Olivar
Profesor de la Universidad del Zulia