Debates


Fines de la historia


«Interpretar la Historia, ya no es Historia lisa y llana, sino Filosofía de la Historia. Decir que Cristóbal Colón llegó a América el 12 de octubre de 1492 ¿Requiere alguna interpretación?

»...Una cosa es el hecho histórico, y otra son sus causas y efectos. »
Lic. Juan Antonio Ordóñez González. Licenciado en Derecho por la Universidad La Salle (y con algunos conocimientos históricos sin diplómas) México, D.F.

«La Historia no solo debe narrar. Por suerte, esa Historia de fechas y lugares sin dar apenas explicaciones o razones sobre los hechos narrados hoy no esta considerada como Historia en el mundo historiográfico.

»El segundo de los errores que comete en mi opinión es el de centrarse en el hecho concreto. Pone usted como ejemplo el 12 de octubre de 1492, por tanto se da el Descubrimiento de América y pregunta si este suceso “¿Requiere alguna interpretación?” (cito literal)...».
Aitor Pérez Blázquez. Licenciado en Historia por la Universidad de Málaga Fuengirola (Málaga), España
 
12 de octubre de 1492
 
El hecho:
 
Al culminar la reconquista con el triunfo de Granada, último bastión moro en España, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, autorizan y patrocinan el arriesgado viaje de Cristóbal Colón que buscaría una nueva ruta comercial a las costas de Asia navegando por occidente, y firman las Capitulaciones de Santa Fe, que otorgan al genovés los títulos vitalicios y hereditarios de Virrey y Almirante de las tierras descubiertas y a descubrir, y los derechos sobre la décima parte de todas las riquezas que se obtuviesen.
 
El 3 de agosto, la Nao "Santa María" , nave mercante de alto bordo tripulada por vascos, cántabros y gallegos, robusta, lenta «poco apta para ceñir el viento», y las carabelas "La Pinta"  y "La Niña", ambas con marinería andaluza, salen del Puerto de Palos (Huelva) iniciando ­se ha pregonado tanto­ una de las más «bellas y grandiosas aventuras del género humano». Por el contrario, una verdadera incursión, que trastocará bestialmente las estructuras culturales, religiosas, económicas y de humanidad de dos mundos apenas presentidos y el uno del otro hasta entonces supuestamente desconocidos.
 
Análisis o interpretación del hecho:

¿Sabía ya, Colón?
 
A lo que yo alcanzo (so enmienda de los que otra cosa hobieren leído), para mí bien creo que el Almirante primero, don Cristóbal Colón, no comenzó este descubrimiento a lumbre de pajas, sino con muy encendidas e claras autoridades e verdadera noticia destas Indias... A mi parescer, Cristóbal Colón se movió, como sabio docto e osado varón, a emprender una cosa como ésta, de que tanta memoria dejó a los presentes e venideros, porque conosció, y es verdad, que estas tierras estaban olvidadas.»

­Oviedo, Historia (L. II, cap. 3)


 
El 17 de octubre de 1492 Cristóbal Colón asentaba en su Diario que desembarcados en una de las recién descubiertas islas americanas, sus marineros fallaron un indígena con un perro mastín «que había al nariz un pedaço de oro que sería como la mitad de un castellano, en el cual vieron letras; reñí yo con ellos ­abrupta Colón, molesto y muy turbado­ porque no se lo resgataron y dieron cuanto pedía, por ver qué era y cuya esta moneda era; y ellos me respondieron que nunca se le osó resgatar.».

 
Un párrafo incómodo y soslayado por casi todos los historiadores, antiguos y modernos, pues da pie firme para reconsiderar seriamente el predescubrimiento de América pocos años antes que Colón, y cuerpo de veracidad al episodio leyenda sobre aquel misterioso piloto marinero de Huelva que alertó a Colón de la existencia de tierras desconocidas, allende el Mar Ignoto, Alonso Sánchez; quien, navegando de España a las Canarias, cerca del año 1484, fue arrojado por una tormenta hasta la isla de Fernandina o Samoet, «que es la isla o ciudad a donde es el oro», y que volviendo a la Tercera comunicó al futuro Almirante su viaje y derrotero; muriendo poco después, muy probablemente asesinado por el mismo Colón. He aquí el testimonio de primera mano de el inca Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales, (1609 a 1612):

 
El piloto marinero de Huelva.

 
«Cerca del año de mil y cuatrocientos y ochenta y cuatro, uno más o menos, un piloto natural de la villa de Huelva, en el Condado de Niebla, llamado Alonso Sánchez de Huelva, tenía un navío pequeño, con el cual contrataba por la mar, y llevaba de España a las Canarias algunas mercaderías que allí se le vendían bien, y de las Canarias cargaba de los frutos de aquellas islas y las llevaba a la isla de la Madera, y de allí se volvía a España cargado de azúcar y conservas. Andando en ésta su triangular contratación, atravesando de las Canarias a la isla de la Madera, le dio un temporal tan recio y tempestuoso que no pudiendo resistirle, se dejó llevar de la tormenta y corrió veinte y ocho o veinte y nueve días sin saber por dónde ni adónde, porque en todo este tiempo no pudo tomar el altura por el Sol ni por el Norte.

 
A la buena de Dios.

 
»Padecieron los del navío grandísimo trabajo en la tormenta, porque ni les dejaba comer ni dormir. Al cabo de este largo tiempo se aplacó el viento y se hallaron cerca de una isla; no se sabe de cierto cuál fue, mas de que se sospecha que fue la que ahora llaman Santo Domingo: y es de mucha consideración que el viento que con tanta violencia y tormenta llevó aquel navío no pudo ser otro sino el solano, que llaman leste, porque la isla de Santo Domingo está al poniente de las Canarias, el cual viento, en aquel viaje, antes aplaca las tormentas que las levanta...

 
Un periplo desastrado.

 
»El piloto saltó a tierra, tomó el altura y escribió por menudo todo lo que vio y lo que le sucedió por la mar a ida y a vuelta, y, habiendo tomado agua y leña, se volvió a tiento, sin saber el viaje tampoco a la venida como a la ida, por lo cual gastó más tiempo del que le convenía. Y por la dilación del camino les faltó el agua y el bastimento, de cuya causa, y por el mucho trabajo que a ida y venida habían padecido, empezaron a enfermar y morir de tal manera que de diez y siete hombres que salieron de España no llegaron a la Tercera más de cinco, y entre ellos el piloto Alonso Sánchez de Huelva. Fueron a parar a casa del famoso Cristóbal Colón, genovés, porque supieron que era gran piloto y cosmógrafo y que hacía cartas de marear, el cual los recibió con mucho amor y les hizo todo regalo por saber cosas acaecidas en tan extraño y largo naufragio como el que decían haber padecido. Y como llegaron tan descaecidos del trabajo pasado, por mucho que Cristóbal Colón les regaló !
no pudieron volver en sí y murieron todos en su casa, dejándole en herencia los trabajos que les causaron la muerte, los cuales aceptó el gran Colón con tanto ánimo y esfuerzo que, habiendo sufrido otros tan grandes y aún mayores (pues duraron más tiempo), salió con la empresa de dar el Nuevo Mundo y sus riquezas a España, como lo puso por blasón en sus armas diciendo: "A Castilla y a León, Nuevo Mundo dio Colón".

 
El verdadero descubridor de América.

 
»Quien quisiere ver las grandes hazañas de este varón, vea la Historia general de las Indias que Francisco López de Gómara escribió, que ahí las hallará, aunque abreviadas, pero lo que más loa y engrandece a este famoso sobre los famosos es la misma obra de esta conquista y descubrimiento. Yo quise añadir esto poco que faltó de la relación de aquel antiguo historiador, que, como escribió lejos de donde acaecieron estas cosas y la relación se la daban yentes y vinientes, le dijeron muchas cosas de las que pasaron, pero imperfectas, y yo las oí en mi tierra a mi padre y a sus contemporáneos, que en aquellos tiempos la mayor y más ordinaria conversación que tenían era repetir las cosas más hazañosas y notables que en sus conquistas habían acaecido, donde contaban la que hemos dicho y otras que adelante diremos, que, como alcanzaron a muchos de los primeros descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo, hubieron de ellos la entera relación de semejantes cosas, y yo, como digo, !
las oí a mis mayores, aunque (como muchacho) con poca atención, que si entonces la tuviera pudiera ahora escribir otras muchas cosas de grande admiración, necesarias a esta historia. Diré las que hubiere guardado la memoria, con dolor de las que ha perdido.

 
»El muy reverendo Padre José de Acosta toca también esta historia del descubrimiento del Nuevo Mundo con pena de no poderla dar entera, que también faltó a Su Paternidad parte de la relación en este paso, como en otros más modernos, porque se habían acabado ya los conquistadores antiguos cuando Su Paternidad pasó a aquellas partes, sobre lo cual dice estas palabras, libro primero, capítulo diez y nueve: "Habiendo mostrado que no lleva camino pensar que los primeros moradores de Indias hayan venido a ellas con navegación hecha para este fin, bien se sigue que si vinieron por mar haya sido acaso y por fuerza de tormentas el haber llegado a Indias, lo cual, por inmenso que sea el Mar Océano, no es cosa increíble. Porque así sucedió en el descubrimiento de nuestros tiempos cuando aquel marinero (cuyo nombre aún no sabemos, para que negocio tan grande no se atribuya a otro autor sino a Dios), habiendo por un terrible e importuno temporal reconocido el Nuevo Mundo, dejó por paga del buen hospedaje a Cristóbal Colón la noticia de cosa tan grande. Así pudo ser.". Hasta aquí es del Padre Maestro Acosta, sacado a la letra, donde muestra haber hallado Su Paternidad en el Perú parte de nuestra relación, y aunque no toda, pero lo más esencial de ella.

 
»Este fue el primer principio y origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, de la cual grandeza podía loarse la pequeña villa de Huelva, que tal hijo crió, de cuya relación, certificado Cristóbal Colón insistió tanto en su demanda, prometiendo cosas nunca vistas ni oídas, guardando como hombre prudente el secreto de ellas, aunque debajo de confianza dio cuenta de ellas a algunas personas de mucha autoridad cerca de los Reyes Católicos, que le ayudaron a salir con su empresa, que si no fuera por esta noticia que Alonso Sánchez de Huelva le dio, no pudiera de sola su imaginación de cosmografía prometer tanto y tan certificado como prometió ni salir tan presto con la empresa del descubrimiento, pues, según aquel autor, no tardó Colón más de sesenta y ocho días en el viaje hasta la isla de Guanatianico, con detenerse algunos días en la Gomera a tomar refresco que, si no supiera por la relación de Alonso Sánchez qué rumbos había de tomar en un mar tan grande, era casi milagroso ha!
ber ido allá en tan breve tiempo.»

 
La historia, fábula, leyenda, cuento o lo que resulte, de un "piloto desconocido" como causa prima que inspirara a Colón su grandioso proyecto, hizo eco en connotados historiadores contemporáneos del suceso y posteriores, quienes, aún sin contar con la «entera relación de semejantes cosas», no obstante la registraron por escrito en sus crónicas, y no pocos teniéndola por cierta.

 
Francisco López de Gómara noticiaba que algunos lo hacían andaluz: «que trataba en Canarias y en la Madera»; otros vizcaíno: «que trataba en Francia e Inglaterra»; y otros más lo aseguraban portugués: «que iba o venía de la India». En versiones posteriores, que tratan incluso de su filiación y circunstancias, se dijo que el tal piloto era ojigarzo, bizco, o tuerto; pero todos concuerdan, sigue Gómara, en que «aquel piloto falleció en casa de Colón, en cuyo poder quedaron las escrituras de la carabela».

 
Fray Bartolomé de las Casas.

 
Tan pronto como 1527, De las Casas glosaría el hecho, indicando que en la colonia de la isla Española era muy común platicarse puntualmente el providencial periplo descubridor de Alonso Sánchez; añadiendo por su cuenta que los marineros de la carabela, tornándose a España: «vinieron a parar destrozados, sacados los que por los grandes trabajos y hambres murieron por el camino; los que restaron, que fueron pocos y enfermos, diz que vinieron a la isla de Madera, donde también fenecieron todos». El piloto, recogido en la casa de Colón, donde murió, «descubrió a éste los rumbos y caminos que había traído y llevado, todo lo cual traía escrito.». Así, Colón, concluye De las Casas, tan cierto en su aventura: «iba a descubrir lo que descubrió y hallar lo que halló, como si dentro de una cámara con su propia llave lo tuviera.»

 
En otra parte, el celebradísimo fraile daría testimonio de que, «En Cuba, los indios tuvieron o tenían de haber llegado a ésta isla Española otros hombres blancos y barbados como nosotros, antes que nosotros no muchos años.»

 
Otros testimonios.

 
A partir de De las Casas, las reseñas sobre el marinero desconocido son numerosas, aunque con algunas veladuras y variantes entre sí. Una pormenorizada de Juan López de Velasco data de 1574; la del P. José de Acosta ­ya referida anteriormente por Garcilaso de la Vega­ de 1590; y otra, publicada en Varones ilustres del Nuevo Mundo de Fernando Pizarro Orellana, de 1639. Otra más tardía se debe a la pluma del Padre Gumilla en su Orinoco Ilustrado.

 
Unas muy burdas Coplas populares del siglo XV, recogidas posteriormente por el fraile Bernardino de Ramos, incluían además los nombres de los compañeros supervivientes de Alonso Sánchez de Huelva. Y estos eran, según las tales: Pedro Fernández, Juan Bermúdez, Pedro Francés, Franco (o Francisco) Niño y Juan de Umbría.

 
Las Capitulaciones de Santa Fe.

 
Existen evidencias claras y sobradamente suficientes del conocimiento previo de Colón sobre la existencia de olvidadas islas y tierra firme en el extremo occidental del Mundo, y la noticia cierta de un predescubrimiento.

 
Fundamental resulta la extraña redacción y el texto mismo de las Capitulaciones de Santa Fe: una especie de contrato acordado entre los Reyes Católicos y Colón, donde se asentaron las condiciones que con tan insolente aplomo exigió el genovés, y los Reyes graciosamente concedieron, a cambio de las tierras que éste ­se establece categóricamente­ «ha descubierto.»

 
«...Las cosas suplicadas y que vuestras altezas dan e otorgan a don Xval Colón en alguna satisfacción de lo que a descubierto en los mares océanos e del viaje que con la ayuda de Dios agora a de haser por ellas en servicio de vuestras altezas». Dice a la letra nuestro documento.

 
Unas condiciones exorbitantes, descabelladas, rayanas en la estulticia, y que resultarían absolutamente inaceptables si, efectivamente, el compromiso real se hubiese fincado tan sólo en la oferta de un pobre miserable y desconocido marinero ­extranjero por demás­, que a penas acertaba a suponer la incierta posiblidad de una nueva vía de acceso comercial a las Indias por el Occidente.

 
«Magnífico señor don Cristóbal Colón, almirante de la mar Océana.»

 
«Primeramente que vuestras altezas, como señores que son de los dichos mares océanos fazen desde agora al dicho don Xval...». Para empezar, Colón es reconocido como don, con el derecho a calzar espuelas de oro, lo cual concedía inusitada categoría y prestigio en la corte. Seguidamente, se le otorgaría el título vitalicio de Gran Almirante del Mar Océano ­transmisible a sus herederos a perpetuidad­, con todo el poder, la posición y derechos que le eran propios al Almirante Mayor de Castilla (el primer puesto en la corte después de los reyes), y que incluía el mando de las armadas y el control del comercio marítimo; además de usufructuar un tercio de los beneficios futuros y el diezmo de todas las mercaderías que se «compraren trocaren hallaren ganaren o ovieren  ...dentro de los límites de dicho almyrantazgo». También obtendría Colón el cargo de Virrey y Gobernador General de todas las tierras descubiertas o por descubrir, lo cual le acreditaba su dominio político y adminisra!
tivo.
 
Aquí, el contrato, aunque muy ambiguo desde el punto de vista legal, sentaría jurisprudencia en materia de Derecho público español, ya que Colón obtuvo para sí dos importantes cargos emanados de dos sistemas políticos diferentes (pues en tanto que los gobernadores eran figuras propias del derecho castellano, los virreyes sólo existían en el aragonés), anticipándose la forma jurídica y administrativa como se regirían las tierras americanas durante los siglos en que pertenecieron al Imperio español: los virreinatos y las gobernaciones.

Las Capitulaciones de Santa Fe consituyen un documento fundamental para la cabal comprensión de la historia política y religiosa de América: Es el Acta de nacimiento del Nuevo Mundo, firmada el 17 de abril de 1492, fecha en que literalmente fue cambiado el rumbo de la Historia de la humanidad.


 
Rumbo y derrotero del primer viaje.

 
¿Qué delirante o simple loco visionario hubiera tenido la energía y la tenacidad con las que Colón defendió en todo tiempo sus postulados ante los reyes de Portugal y de España, y quién su poder de convencimiento? Es evidente que aquel codicioso y astuto comerciante genovés sabía ya de la existencia de unas grandes islas ricas en oro, antesala de una tierra firme «do estaba el Paraíso Terrenal». Es más que evidente que Colón poseía cartas de marear fidedignas, marcadas con las distancias a que se hallaban estas tierras desconocidas allende el mar océano y la ruta exacta para alcanzarlas.

¿Cómo, si no, pudo enfilar, sin titubeos, en la dirección de los vientos alisios hasta llegar al sitio preciso, y regresar tan presto por la de los vientos contrarios y la corriente del Golfo, a la altura de Virginia?


 
El gran navegante turco.

 
Piri ibn Hagi Reis Memmed fue un notable navegante y aventurero del siglo XVI, que perteneció a una gran estirpe de marinos turcos: Un héroe indiscutible para el Imperio otomano y un temible pirata para los reinos de Occidente. Piri Reis fue también un cartógrafo hábil y concienzudo, conocedor de la ciencia cartográfica antigua, contados los tiempos desde Alejandro el Magno, y el único capaz de levantar dos de los mapas más inquietantes y perturbadores que existen en el mundo: Uno en 1513, año 919 de la Héjira, y el otro, en 1528, bajo el reinado de Solimán el magnífico. Mapas que, desde su descubrimiento en 1929 en el museo Topkapi, de Estambul, han traído de cabeza a muchos investigadores serios, y contentos a todos los iniciados en las cosas de extraterrestres. Fue, además, un hombre culto e inteligente. Y mientras corría la legua cosechando victorias navales en los cuatro puntos del Mediterráneo y mares vecinos, escribió un libro de memorias: el Bahriye.

 
El Bahriye.

 
En su prólogo al Bahriye, Piri Reis afirma que para trazar su primer mapa ­escribe Paul-Émile Victor:­ «cotejó todos los mapas que conocía, aproximadamente una veintena, algunos muy secretos y muy antiguos, comprendidos ciertos mapas orientales que, seguramente, nadie más que él poseía en Europa... Además disponía de un mapa confeccionado por el propio Cristóbal Colón y que había llegado a su poder gracias a un miembro de la tripulación del célebre genovés. Este marinero había sido hecho prisionero por Kemal Reis, tío de Piri Reis, y pudo, por ello, completar, de viva voz, los conocimientos del cartógrafo turco...

 
»El testimonio del almirante turco no puede ser más claro e inequívoco. En el capítulo sobre El mar occidental (nombre que se dio durante mucho tiempo al océano Atlántico), habla prolijamente del navegante genovés, cuya aventura refiere en estos términos:

 
»”Un infiel, llamado Colombo y que era genovés, fue quien descubrió estas tierras. Un libro llegó a las manos del susodicho Colombo, el cual vio que se decía en el libro que, al otro lado del mar occidental, precisamente hacia el Oeste, había costas e islas, y toda clase de metales, así como piedras preciosas. El susodicho, después de estudiar largamente el libro, fue a suplicar, uno tras otro, a todos los notables de Génova, diciéndoles: "Dadme dos barcos para ir allá y descubrir esas tierras". Ellos le respondieron: "¡Oh, hombre vano! ¿Cómo puede encontrarse un límite al mar occidental? Éste se pierde en la niebla y en la noche.“

 
»El susodicho Colombo vio que nada sacaría de los genoveses y se apresuró a ir al encuentro del Rey de España, para contarle detalladamente su historia. Le respondieron lo mismo que en Génova. Pero suplicó durante tanto tiempo a los españoles, que su Rey acabó por darle dos barcos, muy bien pertrechados, y le dijo: "¿Oh, Colombo! Si sucede lo que tú dices, te haré Rapudán de aquel país." Dicho lo cual, el Rey envió a Colombo al mar occidental.

 
»Piri Reis pasa seguidamente al relato que le hizo el marinero de Cristóbal Colón, que era ahora su esclavo. Resultaría inútil reproducir por entero este relato, en el que se explica el asombro de los marinos europeos ante los salvajes casi completamente desnudos que encontraron en las islas donde pusieron pie al llegar. Sin embargo, existe un detalle que es esencial para nuestro objeto: "Los habitantes de esta isla vieron que ningún mal les venía de nuestro barco; por consiguiente, cogieron pescados y nos los trajeron, empleando sus canoas. Los españoles se alegraron no poco y les dieron baratijas, pues Colombo había leído en su libro que a aquellas gentes les gustaban mucho las baratijas".»

 
«A aquellas gentes les gustaban mucho las baratijas...»

 
Releamos un párrafo clave que el mismo Colón escribió en su Diario sobre los sucesos del viernes 12 de octubre de 1492, precisamente en el mero día del descubrimiento del Nuevo Mundo y a pocas horas de haberse dado el primer contacto con los indígenas americanos:

 
«Esto que se sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera navegación y descubrimiento d'estas Indias. "Yo", dize él, "porque nos tuviesen mucha amistad, porque cognosçí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra sancta fe con amor que no por fuerça, les di a algunos d'ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescueço, y otras cosas muchas de poco valor, con que ovieron mucho plazer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estávamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocavan por otras cosas que nos les dávamos, como cuentezillas de vidrio y cascaveles".»

Sartas de cuentecillas de vidrio, cascabeles de latón, agujetas, bonetes de marinero y unos pocos paños de algún valor, no son ciertamente artículos que pudiesen trocarse así como así, y según era el uso en las costas africanas, por telas finas, especias y oro en países reconocidos por su riqueza y elevada cultura como la India, China o incluso Japón.

Y las carabelas del descubrimiento iban sobrecargadas de toda esa pacotilla...


 
...Y vaya que bien les alcanzó:

El 16 de octubre de ese mismo año, partiendo de las islas de Santa María de la Concepción para la isla Fernandina, «la cual amuestra ser grandíssima al Güeste», Colón se avino con una población donde, a cambio de agua y de lo que tenían, «Yo a cada uno le mandaba dar algo, es a saber, algunas contezillas, diez o doze d'ellas de vidrio en un filo, y algunas sonajas de latón d'estas que valen en Castilla un maravedí cada una, y algunas agujetas, de que todo tenían en grandíssima exçelencia.»

El viernes 2 de noviembre, Colón envió a tierra a Rodrigo de Xeréz «que bivía en Ayamonte» y a un Luis de Torres «que avía bivido con el Adelantado de Murcia y avía sido judío», y con éstos «enbió  dos indios: uno de los que consigo traía de Guanahaní y el otro de aquellas casas que en el río estavan poblados. Dióles sartas de cuentas para comprar de comer si les faltase, y seis días de término para que bolviesen.» El viernes 21 de diciembre, a unos indios de un poblado cercano la orilla del mar, «El Almirante les dio cuentas de vidrio y sortijas de latón y cascaveles, no porque ellos demandassen algo, sino porque le pareçía que era razón...»


 
Pero, para el miércoles 26 de diciembre, la noticia acerca de los dioses que generosamente cambiaban oro por maravillosas baratijas había ya corrido entre los isleños; y una gran  demanda por aquellas dio comienzo. En tanto que el Almirante estaba hablando con un reyezuelo de aquella tierra, «vino otra canoa de otro lugar que traía ciertos pedaços de oro, los cuales quería dar por un cascavel, porque otra cosa tanto no deseaban como cascaveles, que aún no llega la canoa a bordo cuando llamavan y mostravan los pedaços de oro diziendo "chuq chuq", por cascaveles, que están en puntos de se tornar locos por ellos.»

Trueque bajo el sistema de apartado: “…aparte hoy, pague después”.

»Después de aver visto esto, y partiéndose estas canoas que eran de los otros lugares, llamaron al Almirante y le rogaron que les mandase guardar un cascavel hasta otro día, porqu'él traería cuatro pedaços de oro tan grandes como la mano. Holgó al Almirante al oír esto. Y después un marinero que venía de tierra dixo al Almirante que era cosa de maravilla las pieças de oro que los cristianos qu'estavan en tierra resgatavan por no nada; por una agujeta davan pedaços que serían más de dos castellanos, y que entonces no era nada al respeto de lo que sería dende a un mes.»

 
Testimonios del propio Colón sobre la nueva tierra e islas descubiertas.
 
En la parte del Diario donde relataba a los Reyes Católicos las peripecias ocurridas durante el tercer viaje a las supuestas Indias, Colón anota: «Y creo qu'esta tierra que agora mandaron descubrir Vuestras Altezas sea grandíssima y aya otras muchas en el Austro, de que jamás se ovo noticia.».
 
Y más adelante sigue anotando: «...ansí mesmo sin considerar que ningunos Prínçipes de España jamás ganaron tierra alguna fuera d'ella salvo agora, que Vuestras Altezas tienen acá otro mundo, de donde puede ser tan acreçentada nuestra santa fe y de adonde se podrán sacar tantos provechos...»
 
Y sigue: «...Así que d'esta media parte non ovo notiçia Ptolomeo ni los otros que escrivieron del mundo, por ser muy ignoto. Solamente hizieron raiz sobre el hemisperio adonde ellos estavan, qu' es redondo espérico, como arriba dixe. Y agora que Vuestras Altezas lo an mandado navegar y buscar y descobrir, se amuestra evidentíssimo...»
 
Y seguirá anotando e insistiendo Colón en su cantaleta (con un monótono chuq chuq muy parecido al reclamo indígena por los cascaveles) : «...Y no es maravilla, porque d'este hemisperio non se oviese notiçia cierta, salvo muy libiana y por argumento; porque nadie nunca lo ha andado ni embiado a buscar hasta agora que Vuestras Altezas le mandaron explorar e descubrir la mar y la tierra.»
 
La Bula Inter Cætera, o de la Partición del Mundo.
 
Al fin, como lo hubiera profetizado Séneca, el Océano relajó el vínculo de las cosas y apareció la tierra inmensa, revelando la verdadera dimensión del Orbe. Los exitosos viajes de descubrimiento españoles se conocieron y divulgaron rápidamente en los países del Viejo Continente, provocando en todos ellos un grandísimo interés y la codicia entre los más poderosos; particularmente de Portugal, cuyo objetivo común con España: la ruta de las especias, derivaría ahora hacia perspectivas nuevas más halagüeñas.
 
El enfrentamiento de España con Portugal fue inevitable, y, para paliarlo, el papa Alejandro VI estimó necesario establecer un tratado de dominios en el Atlántico entre ambos países. Estas negociaciones dieron inicio sólo cinco meses después del primer viaje y fueron muy largas... Y ninguna de las dos potencias puso en duda su derecho de dividirse el mundo.
 
En su bula de Partición del 4 de marzo de 1493, el papa Borgia trazó una línea imaginaria que dividía la tierra del uno al otro polo, 100 leguas (correspondientes a 500 km) al Oeste de la más occidental de las Azores y Cabo Verde. Las tierras que se hallasen al Oeste de dicha línea de demarcación (llamada Línea Vaticana o de Alejandro VI) quedaban asignadas a España, y las del Este a Portugal.
 
El Tratado de Tordesillas.
 
Por inconformidad de Portugal, que pretendía una división del mundo en paralelo y no meridional, la línea fue desplazada 270 leguas al Oeste de Cabo Verde mediante el posterior Tratado de Tordesillas (1494), para asegurar el derecho de tránsito de las naves portuguesas en su periplo africano y la libertad de paso marítimo bilateral por ambas demarcaciones.
 
Es prácticamente imposible que Colón quedara ajeno a este conflicto internacional, que tanto ruido hizo y cuyo centro lo constituía precisamente su propio descubrimiento; y que, por lo mismo, se desentendiera por completo de la subsecuente y pontificia partición del mundo entre ambos Estados peninsulares. Una partición que (¡bajo la asesoría del propio Colón!) tuvo lugar abiertamente y ante la desaprobación unánime de los restantes reinos europeos: «Me agradaría ver la cláusula del testamento de Adán en la que se nos excluye del reparto del mundo.», dicen que dijo, airado, el rey de Francia Francisco I.
 
«Por Castilla e por León, nuevo mundo halló Colóm»
 
La historia inconsulta ha pretendido fijar por encima de toda consideración la imagen de un Cristóbal Colón obcecado por fantasías religiosas y graves delirios de grandeza, como un místico predestinado a la vez que un codicioso de lo material; un enfermo de Dios y de la vanidad humana (¿incurso en pena por la muerte del marinero de Huelva, Alonso Sánchez?) ...Un loco, en fin, y, por lo tanto, ignorante supino de su hazaña y muy extrañamente apartado de todos los acontecimientos capitales de su tiempo.
 
Increíble: pues tan sólo en 1500 ­a ocho años después del "descubrimiento" y seis muy largos antes de su muerte­, fue que su piloto y buen cartógrafo Juan de la Cosa trazó su famoso mapa, el primero que representó las islas del Caribe y las costas del Nuevo Mundo con todo el Golfo de México configurado; y cuando el portugués Pedro Alvarez descubrió el Brasil. ¿No tuvo Colón aviso siquiera de que el humanista Pedro Mártyr de Anglería, contemporáneo suyo y de los hechos, ya declaraba en sus cartas que todo aquello era en verdad «Nova terrarum» y «Orbe Novo»? ...(Y nosotros, ¿podríamos olvidar sin más la significativa divisa del escudo de armas de don Cristóbal, “Por Castilla e por León, nuevo mundo halló Colom”, que otorgado tempranamente en 1493 fue aceptado tal cual y desde entonces, y sin ningún reparo, por éste?)
 
Nada obsta para que conste: Finalizando el mismo año de 1500, Dª Juana de la Torre, ama o nodriza del infante Don Juan de Castilla, recibiría una carta escrita por el propio Colón, donde éste asienta textualmente: «...Yo mucho quisiera despedir del negocio si fuera honesto para con mi Reina: el esfuerço de nuestro Señor y de su Alteza fizo que yo continuase y por aliviarle algo de los enojos en que a causa de la muerte estava, cometí viaje nuevo al nuevo cielo e mundo, que fasta entonçes estaba en oculto; y si no es tenido allí en estima así como los otros de las Indias, no es maravilla porque salió al paresçer de mi industria.»
 
El juramento en Cuba.
 
Terminemos esto relatando un hecho curioso que ocurrió recién el segundo viaje de descubrimiento: Colón, recorriendo la costa sur de Cuba en una jornada de exploración, descubre Jamaica y una serie de islas a las que llama Jardines de la Reina. «Se halla apenas a cincuenta millas de la punta oeste de Cuba, cuando toma la más extraña decisión. Decide que Cuba no es más que una península del continente asiático y exige a toda la tripulación, de los oficiales a los grumetes, que así lo confirmen por escrito: "El dicho señor almirante me ha requerido a mí, notario... en nombre de Sus Altezas, de dirigirme... a bordo de cada una de las carabelas y de requerir al contramaestre y a su tripulación... que manifestaran si tenían la más mínima duda de que esta tierra era la tierra firme donde comenzaban las Indias..".» (Michel Lequenne)
 
¿Complicidad y estrategia con los Reyes, para ocultar los descubrimientos y apartarlos de la avaricia europea? ­se pregunta otro historiador­. «La conciencia de una nueva dimensión del planeta se tradujo muy pronto para los europeos en una desenfrenada carrera para la explotación de los recursos del Continente americano. Los viajes se sucedieron rápidamente, a la vez que desde España comenzaban a llegar al Nuevo Mundo funcionarios, colonos y soldados, para poblar los territorios recién descubiertos: los exploradores cedían el paso a los conquistadores.»
 
La Carta de Cantino.
 
El hecho:

En 1502 ­nótese: cuatro años antes de la muerte de Colón­, el duque de Ferrara mandó trazar secretamente el mapa que hoy conocemos como la "Carta de Cantino"; mapa en el cual aparece inconfundible no sólo la India, despejando cualquier duda razonable sobre el descubrimiento cierto de un nuevo Continente atlántico, sino que, sorprendentemente también, se dibuja ya la costa sur de la península de la Florida .

Interpretación:
..¡once años antes de que ésta fuera descubierta oficialmente por Ponce de León!.

 
Afectuosamente

Rafael Fierro García, ilustrador e historiador autodidacta.... Monterrey, N.L., México.