Debates


Grandes hombres 


Los héroes y la historia
 
Todos los venezolanos tenemos una limitante histórica al nacer: no podemos ser iguales o superiores a Bolívar, ni a ninguno de nuestros héroes patrios. Aspirar lo contrario sería tomado como un evidente e incuestionable desequilibrio mental. Sin embargo, se nos presentan como los grandes paradigmas a seguir, ejemplos de juventudes, pero con la clara advertencia de que son inalcanzables, que con intentar imitarlos alegóricamente, y sin mucho esfuerzo, es más que suficiente. Se trata, en resumidas cuentas, de una mera utopía ciudadana y una flagrante perversidad histórica.

Semejante aberración tiene una raíz profunda que es urgente desenterrar. Y que nos remite al uso que hacemos de la historia, de su enseñanza  y, por supuesto, de los historiadores. Es decir, nuestra historiografía ha convertido a nuestros próceres independentistas, y a otros importantes personajes de nuestro pasado reciente, en una especie de santos o superhombres que, si bien han logrado conformar parte de la identidad nacional o regional, terminaron elevándose a un limbo que los convirtió en elementos ajenos a nuestra realidad cotidiana. Esta pérfida historiografía pretende al menos dos objetivos: uno, servir a los fines de un discurso manipulador, donde en nombre de nuestros héroes se imponen proyectos que sólo responden al interés de una élite política y económica y, dos, se expone a la sociedad frente a un espejo que solo refleja, por contraste o comparación con esos extraños seres sin mácula alguna, sus miserias y debilidades más viles, haciéndola sentir incapaz de alcanzar un mayor bienestar, asumiéndose inferior no sólo ante sus propios héroes, sino también con otras sociedades o, incluso, consigo misma en el pasado.

Esta versión del héroe-santo, muy aprovechada, como ya hemos dicho en los discursos políticos, nos viene a su vez del  maniqueísmo. Una doctrina filosófica que desarrolló un sabio persa llamado Maniqueo (o Mani) unos doscientos años después de Cristo. Se basa en una visión dualista del universo que supone la lucha entre el bien y mal. El mal está representado por el placer de la “carne” y el bien por el cultivo de lo espiritual. Así, un ser que se defina como bueno debe optar únicamente por la satisfacción del espíritu.

Esta doctrina hizo “metástasis” en todo el mundo conocido, incluso en el propio cristianismo, muy a pesar de sus diferencias que, aunque se mantienen, se han hecho imperceptibles (San Agustín fue maniqueo durante nueve años antes de convertirse definitivamente al cristianismo).  

La construcción del héroe bajo la influencia de un sistema filosófico como el maniqueo es, sin duda, imposible de sostener y menos de imitar. Y es importante subrayar que está en contradicción con el heroísmo que se desprende de la concepción judeocristiana, la más importante para nuestra cultura, que sí otorga una mayor complejidad al comportamiento de sus paladines bíblicos, por ejemplo, recordemos que el rey David, un hombre amado por Dios, planifica la muerte de Urias para arrebatarle a Betsabé, su mujer, o como Abraham, considerado el Amigo de Dios, fue capaz de entregar a su mujer, Sarai, a faraón, rey de Egipto, para evitar que lo mataran, o como Salomón se construye una casa de verano con recursos que estaban destinados al levantamiento del Templo y pare usted de contar.

Todas estas debilidades, que no son ocultadas, sino más bien remarcadas para demostrar que se puede aspirar a ser como ellos o más, porque en definitiva son iguales o peores que nosotros, hacen posible que los hombres puedan tener relaciones satisfactorias con el Creador. Y un planteamiento de la heroicidad en estos términos, permite concebir un camino hacia delante en el proceso histórico de cualquier civilización, porque una sociedad que sea incapaz de superar a sus héroes está condenada, por siempre, al fracaso. Esto es una responsabilidad que atañe directamente a los encargados de escribir nuestra historia y, claro está, de enseñarla.

Norberto José Olivar
Universidad del Zulia