Debates


Historia y ética

 

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Algunas de las últimas intervenciones han señalado nuestra parálisis en torno a la falsa discusión sobre la imparcialidad y la objetividad en la producción del saber historiográfico. Afortunadamente comenzamos a admitir que se trata de una discusión ideológica, pero no teórica, porque se fundamenta en conceptos falaces, irreales.

Esto, quizás, nos ha ayudado a centrar mejor el problema, buscando en la cientificidad de nuestro trabajo una cierta garantía ética. Pero, salvo pocas excepciones, lo más común ha sido reclamar –nuevamente- la objetividad como garantía, esta vez científica. Y volvemos al sinfín, al bucle, o al Laberinto del Minotauro: una objetividad imposible impide la cientificidad del saber histórico y, de paso, nos convierte a [email protected] en [email protected] inmorales. ¿Alternativas? La honestidad; muy poco.

Sin embargo, el asunto es muy sencillo y también muy distinto. Nuestras dificultades para transitar por el terreno teórico (la reflexión sobre nuestras prácticas) lo son también para el metodológico. Porque la objetividad, aún pudiendo existir al menos como intersubjetividad, no hace científico el saber histórico. Lo único que convierte en ciencia (en las condiciones de redefinición que hoy vive el concepto) a una disciplina es, obviamente, la práctica del método científico en la producción de sus saberes.

Y eso es lo que menos hacemos. Por ejemplo, en 1995 Julio Aróstegui insiste acerca de todo ello en algunas páginas de La investigación histórica: teoría y método. En 2001, el Manifiesto de Historia a Debate también lo pone de relieve. Ése es el gran descosido por donde perdemos todas nuestras disquisiciones acerca de la ética, la imparcialidad, la objetividad y la honestidad en el quehacer historiográfico.

El método científico no es la panacea de nuestra moralidad, son necesarios otros elementos en la fórmula. Pero su práctica rigurosa sería más que suficiente para sostener un mínimo ético común a corrientes, géneros, temáticas y escalas geográficas diversas. Nos involucra en un proceso de autocrítica rigurosa, que explicita y articula aquellos otros elementos, permitiendo así al resto de la comunidad historiográfica apreciar mejor la honestidad, la objetividad, la imparcialidad y, en fin, la moralidad de nuestro trabajo.

El origen histórico y la finalidad social de los saberes humanos, especialmente los científicos, ha sido y es la resolución de problemas relevantes para las mismas disciplinas, y fundamentalmente para nuestras sociedades. ¿Cuántas veces exponemos y delimitamos claramente el problema historiográfico que pretendemos resolver y por qué lo hemos escogido? Y, si lo hay, ¿cuándo mostramos el problema histórico de nuestro presente que deseamos iluminar? ¿En qué lugar de la constelación de problemas disciplinares se encuentra el que afrontaremos? ¿Cuál es, por tanto, nuestra contribución al desarrollo de historiográfico y social? Una gran ocasión para la honestidad.

La resolución de problemas exige formular, organizar y argumentar nuestras hipótesis. Así mostramos claramente con qué herramientas teóricas, conceptuales  y procedimentales planeamos conseguir nuestros objetivos. ¿Cuál es nuestra solidez disciplinar? Pero no se trata sólo de continuar siendo transparentes y humildes, considerando también hipotéticas nuestras decisiones sobre las fuentes y su tratamiento. Sino también imparciales y objetivos, integrando en nuestro trabajo las tesis alternativas y antagónicas a las propias.

Cuando se lleva a cabo para verificar hipótesis, el trabajo con las fuentes implica necesariamente su crítica y contraste. Y se hace, sobre todo, para confrontar sistemáticamente el propio saber historiográfico, evaluando nuestro pensamiento y nuestras mismas prácticas de investigación. En este contexto de producción del saber, el análisis, la interpretación y la explicación históricas resultan totalmente imprescindibles, porque son constitutivas del mismo proceso. Pero también ponen de relieve nuestra honestidad e imparcialidad, mostrando –más allá- cómo el relato objetivo es, en realidad, ciego.

Como ciegas son muchas conclusiones, que se limitan a simples resúmenes o recapitulaciones de los hechos relatados. Sin embargo, la investigación científica demanda una síntesis final capaz de dar cuenta del problema íntegramente, señalando las limitaciones y virtudes de nuestras respuestas y abriendo nuevos interrogantes. Esto supone, al mismo tiempo, abrir también un último espacio para la Ética.


Un abrazo a [email protected]

 

Domingo Marrero Urbín

Profesor de Secundaria.

Las Palmas de Gran Canaria