Aportamos a la discusión un texto premonitorio, y autocrítico, que forma parte de la conferencia de clausura de las Jornadas "La historia en el horizonte del año 2000: compromisos y realidades", que tuvo lugar en Zaragoza el 11 de noviembre de 1995*. Texto por tanto anterior al acceso al poder del Partido Popular en 1996, al "debate de las humanidades" de 1997 y al informe de la Academia de la Historia de junio de 2000.

* Publicado en Revista de Historia Jerónimo Zurita, nº 71, 1995; Bulletin d'Histoire Contemporaine de l'Espagne, nº 24. Bourdeaux, décembre 1996; Anales de Historia Antigua y Medieval, Buenos Aires, nº 30, 1997; http://personal5.iddeo.es/cbarros

¿Qué hacer con la historia de España?


El lugar en el mundo de la historiografía española guarda una relación más directa de lo que se piensa con el papel de la historia en España, y esto a su vez tiene que ver con la atención que los historiadores prestamos a la investigación y difusión de la historia de España, y ahí damos en hueso.

La historia de España de Viriato, la lista de los reyes godos y el imperio hacia Dios, ha sido sustituida por la historia de Galicia, Euskadi, Cataluña, Murcia, Madrid, Castilla-León, Andalucia, Menorca y demás nacionalidades, regiones y localidades... de España. La transición política no influyó demasiado, según hemos visto, sobre las alineaciones -políticas- de los historiadores, pero sí sobre el distribución del poder político, que, pasando del centralismo franquista al Estado de las autonomías, determinó(1) el tipo de historia predominante en la España democrática: la historia nacional catalana, vasca y gallega, la historia regional y local (2). España (3) como marco de investigación, de reflexión y de síntesis historiográficas, casi ha desaparecido entre los historiadores profesionales. Con lo que se ha roto, al mismo tiempo, con la historiografía franquista y con la historiografía republicana (4), y se prolonga, indebidamente, el envejecido paradigma compartido de las monografías regionales, cuando la tendencia dominante hoy es la pluralización de la escalas de investigación, desde la microhistoria a la historia comparada, así como el retorno del Estado-nación como ámbito historiográfico. A diferencia de otros aspectos mentados de nuestra inacabada transición historiográfica, aquí son las insuficiencias de la transición política las que inciden negativamente sobre el tránsito de la escritura de la historia, en España, de la época de la dictadura a la época de la democracia. Está claro que el problema nacional todavía no ha asumido entre nosotros su conformación definitiva, cuando menos en la plano de las mentalidades colectivas y de la cultura.

Se nos anima a investigar, desde España, la historia de Europa, Asia o África, a practicar un hispanismo al revés, y no vamos a negar su necesidad, pero entre la historia regional-local y la historia de otros países, ¿quién escribe la historia global de España, además de los colegas hispanistas e iberistas? (5)

El abandono por parte de la mejor historiografía española, en los últimos veinte años, de los temas españoles ha traído como consecuencia un envejecimiento de los manuales para la asignatura historia de España de tal o cual época que, en el mejor de los casos, cuando se han renovado, consisten por lo regular en el yuxtaposición de historias o monografias regionales de historia económico-social (si se trata de historia política, cultural, militar, diplomática, biográfica: ni eso(6) ). Y al desfase entre docencia e investigación, en lo tocante a historia de España, hay que añadir el desconcierto actualmente existente sobre la función social del historiador español más allá de su Comunidad Autónoma (que además entrañe un desconcierto político no es, desde luego, un consuelo). Para nosotros, no cabe duda: la marginación de la historia en España -y de las ciencias humanas-, y la marginación de la historia de España entre los historiadores españoles, es un mismo problema, o si se quiere son dos problemas que se alimentan mutuamente. El desinterés de los gobiernos centrales -empezando por los sucesivos ministros de Cultura y de Educación- habidos, desde la transición, por la reconstrucción democrática, multinacional y científica de la historia de España está íntimamente ligado a la imagen de ?inutilidad? de la profesión de historiador y de los estudios de historia en este país.

¿Qué papel puede jugar la historiografía española en España y en el mundo si no conseguimos que los españoles conozcan, y amen, su historia común y diversa, si no les convencemos de que la España actual, democrática y plurinacional, no es la España del general Franco, de la Restauración y del absolutismo monárquico? Donde los dirigentes políticos están fracasando, ¿no tendríamos los historiadores que decir algo? ¿Cabe alguna duda científica sobre la realidad historiográfica de España? No, aunque lo que si caben son dudas ideológicas. Se puede comprender, políticamente, a un historiador que, apoyando una opción independentista, desee la desaparición del Estado español y de España como sociedad civil, tal como se ha constituido -bien contradictoriamente- los últimos cinco siglos, y por lo tanto se desentiende absolutamente de la historia de España. Pero ese no es la caso de la inmensa mayoría de los historiadores gallegos, vascos y catalanes, por hablar solamente de las nacionalidades históricas, incluidos aquellos historiadores que se identifican con las opciones electorales nacionalistas mayoritarias (que para nada levantan la bandera de la independencia cuando piden el voto).
Planteando este dilema a debate en una clase de historiografía, uno de mis alumnos argumentó: "a historia de España que a fagan eles". Ahí se ve la justa indignación por siglos de absolutismo centralista, pero también la continuidad de las mentalidades heredadas. ¿Quiénes son, en este momento, ellos?, " los otros"¿Castilla? ¿Madrid? Unos y otros están haciendo lo mismo que los demás: sus historias regionales y locales. ¿El gobierno? ¿El Estado? Pasan de historia y de Cultura con mayúsculas, esa es la pura la verdad. Ellos ahora somos todos: somos nosotros. Y lo mejor que puede suceder con la historia de España es que se reconstruya desde sus nacionalidades y regiones, y también desde la historiografía frentepopulista ahora ya tradicional. Es la mejor manera de evitar el resurgimiento del vetusto nacionalismo españolista de tan mal recuerdo (temor que está en la base de nuestras inhibiciones políticas e historiográficas al respecto, lo sabemos).
Así como estamos luchando por la normalización de las lenguas gallega, vasca y catalana, por la reconstrucción nacional o regional de nuestros respectivos países, dando clases y publicando en nuestros idiomas nacionales, investigando sobre nuestras historias nacionales o regionales, ¿no es hora ya de plantearse como objetivo -sin abandonar lo anterior, claro está- la reconstrucción historiográfica de concepto de España como nación de naciones? La pertenencia, objetiva y subjetiva, del ciudadano a la nación fue excluyente en el siglo XIX -cada nacionalidad, un Estado- pero se hizo inclusiva a lo largo del siglo XX. Nacionalidades medievales sin Estado, Estado-nación, Europa como nueva comunidad nacional en el horizonte: son los círculos concéntricos de nacionalidad que convierten en arcaico y decimonónico al nacionalismo insolidario, cuando no agresivo, que ha vuelto por sus fueros intentando llenar el vacío dejado por el derrumbe del muro de Berlín.

Para no retroceder al siglo XIX, también en España, urge ayudar al joven régimen democrático a contestar, desde la historia, a la difícil pregunta de qué es España en el horizonte del año 2.000. ¿Cómo se articula la historia de las regiones y nacionalidades con la historia de España? Respuestas que exigen ir más allá del 36 y de la Edad Contemporánea, y que condicionan además el rol futuro de la historia en la enseñanza, la investigación, la edición y los media de lo que antes llamábamos este país.

El gran éxito de librería de la Breve historia de España (1994), de Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga, añade una dimensión desconocida, durante los años 80, a la revitalización de la historiografía española: la historia tiene ya una demanda de masas. Anteriormente, los escasos best-séllers de historia -y escritos por historiadores- solían ser obras de autores extranjeros (Georges Duby, John Elliott), y no siempre sobre temas españoles, y ahora tenemos autores españoles, y como tema la historia de España. Algo está cambiando en la historiografia española. Se retoma un género, las historias no centralistas de España, que tuvo ilustres precedentes, en vida de Franco: la historia de España de Jaime Vicens Vives (1952), la historia de España de Alfaguara (1973), la historia de España de Pierre Vilar (1975), y sus prolongaciones durante la transición: en 1976, sale Historia 16, y, en 1980, la historia de España de Tuñón de Lara. Después, un silencio de quince años (7) , hasta la historia de España de Fernando García de Cortázar, quien en 1990 -a comienzos la década actual, decisiva una vez más para el futuro de la historia en España- aparecía como sostenedor de una publicación, La historia subversiva. Una propuesta para la irrupción de la historia en el presente, y de unas jornadas, Encuentros por una Historia viva?, bien significativos (8).

Esta idea que estamos propugnando de redefinir España, a través de la historia común y diversa de sus pueblos, no va dirigida tanto al poder político como a la sociedad civil, que es donde se puede esperar una reacción contra la esquizofrenia actual (9). Salvo la imagen del Rey -y eso gracias al 23F-, los restantes símbolos constitucionales que identifican legalmente a la España democrática, esto es, el himno, el escudo y la bandera, están casi totalmente marginados de la vida social, política y cultural: se usan exclusivamente en actos, edificios y despachos oficiales. En el campo político, ni siquiera el actual Partido Popular centrado hace ondear la bandera bicolor en sus mítines. Todos los partidos y sindicatos llevan a sus actos públicos la bandera propia con sus siglas (sobre un fondo blanco, normalmente), y la bandera de la nacionalidad o región respectiva. En la calle, la bandera nacional-española no está demasiado prestigiada, sigue teniendo una imagen franquista, como de extrema derecha, y no digamos el himno: cada vez que lo escuchamos ¿no nos retumba en los oídos la letra de Franco, Franco...?, ¿no continuamos viendo a los lados del águila del escudo constitucional el yugo y las flechas? El caso es que hubo tiempo para intentar cambiar estas representaciones sociales negativas: casi veinte años. En el Hotel Convención de Madrid hubo que aceptar la monarquía y los símbolos de la España franquista para dar luz verde a la España democrática, mas ahí se quedó todo, contentado el ejército y demás poderes fácticos, nadie más se volvió a preocupar del asunto. Pudo haberse puesto otra letra al himno constitucional; pudimos incluso añadir una banda morada a la bandera roja-y-gualda (del mismo modo que los algunos nacionalistas gallegos ponen una estrella roja a la bandera gallega); pero nada se hizo, ¿por qué no interesaba?, ¿para no molestar a los aliados nacionalistas catalanes y vascos? En todo caso, lo creemos muy sinceramente, porque no se sabía, por ignorancia o dejadez. No se sabía, y sigue sin saberse, que toda transformación política del presente que no transforme la percepción del pasado, cava su propia tumba en un terreno nada despreciable: el imaginario colectivo de unos pueblos que, con o sin ayuda de la historia, siguen viviendo juntos, y se sienten gallegos y españoles, vascos y españoles, etc.

Las limitaciones de la transición política inciden negativamente en la transición historiográfica. Al margen de las carencias culturales de los políticos gobernantes, la responsabilidad de los historiadores es llevar buen puerto la transición inacabada de la historiografía española, coadyuvando así a poner fin a la transición política (10), superando dialécticamente las dos historias de España, la roja y separatista y la fascista y nacional, asumiendo para ello el espíritu reconciliador de la transición política -hasta donde lo permita el rigor y la cientificidad de nuestro trabajo- y, haciendo caso omiso de la dimisión al respecto de algunos poderes públicos, dotando a los pueblos de España de una conciencia histórica, común y diversa, que vaya más allá de la guerra civil y de sus resultados. También para esta tarea es imprescindible incorporar a los jóvenes historiadores, a las generaciones que nacieron con la democracia y que, por lo tanto, para bien y para mal, no tienen ningún referente frentepopulismo o franquista que dejar atrás.

NOTAS

1 Algunas causas: interés de los gobiernos autónomos -de todos los matices políticos- por la historia propia, facilidades para la financiación de investigaciones y para la publicación de libros de materia regional-local, transferencias de las universidades a las Comunidades Autónomas, afán conmemorativo de las gestas locales, existencia de un público culto...
2 Se denuncia esta marcada tendencia localista, y a la vez el desinterés por la historia de países extranjeros, en Juan PRO RUIZ, ?Sobre el ámbito territorial de los estudios de historia?, Historia a debate. III. Otros enfoques, Santiago, 1995, pp. 59-66.
3 Ni siquiera se ha generalizado en los ambientes historiográficos de izquierda el sustantivo ?España?, todavía decimos ?este país?, el ?Estado español?, como hace veinte años; no ha pasado lo mismo en otros ámbitos culturales, en los medios de comunicación social o en medios políticos de todos los signos, incluídos nacionalistas antaño periféricos.
4 Evoquemos aquí la polémica Sánchez-Albornoz / Américo Castro sobre las tres culturas y la formación histórica de España.
5 Planteamos también este delicado problema al convocar el Congreso de Santiago (El País, 3 de julio de 1993; repoducido en Historia a debate. I. Pasado y futuro, pp. 17-18), si bien reconocemos que no le hemos dedicado la atención que se merece en el programa y, por lo tanto, en las Actas.
6 Todavía resulta imprescindible el Diccionario de Historia de España, publicado en 1952, en pleno franquismo, que detiene la historia de España... el 14 de abril de 1931.
7 Por supuesto que se publicaron infinidad de libros de texto, fascículos para preparar clases u oposiciones, importantes historias de España de gran formato, pero ya no historias de España como las citadas que fuesen igualmente proyectos historiográficos, culturales, incluso políticos.
8 Y no es el único que, desde posiciones progresistas -y hasta federalistas-, plantea el problema de la desnacionalización de España -y la específica responsabilidad de la izquierda antifranquista-, Cesár ALONSO DE LOS RÍOS, Si España cae..., Madrid, 1994; véase asimismo la nota ?.
9 Dos ejemplos concretos: las televisiones gallega, vasca y catalana todavía no se pueden ver por los canales normales en toda España; hasta el día 23 de septiembre de 1995, en que un períodico distribuyó el nuevo mapa de España basado en las Comunidades Autónomas, hemos seguido utilizando el mapa de la España provincial...
10 La estructura tendencialmente federal del Estado democrático español no será irreversible hasta que diversidad y unidad no se consoliden en el plano de la cultura, de las mentalidades, de las emociones y de los símbolos, impediremos de este modo que algún día puedan volver las ?banderas victoriosas?.

 


CARLOS BARROS
UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
COORDINADOR DE HISTORIA A DEBATE