Queridos amigos y amigas

Que razón tiene Fernando Hernández. Y que sensato también Julián Casanova en El País de ayer. De todos modos, conviene dejar de poner a parir a la Academia (ya sólo la apoya el insigne Paco Vázquez desde Coruña) para empezar a pensar lo que se nos viene encima. El asunto evidentemente es político no historiográfico, como demuestra La Jura de San Millán (por cierto, con Aznar hablando de Tecnología en Barcelona el mismo día a la misma hora, por si acaso). Esa primera parte la tendrán que resolver otros o los historiadores en su "vida civil". Pero profesionalmente conviene aprovechar la ocasión para reflexionar sobre los problemas de la enseñanza de la historia, de la enseñanza en general y de la relación entre historia y ciencias sociales.

Nos interesa debatir sobre la utilidad de la historia como disciplina y en en ese sentido sobre algunas cuestiones que, no por plantearlas horriblemente mal la Academia, deben de dejar de ser materia de debate. La posición de la Academia demuestra que ni ella asume la Historia en sentido lato, ¿como van a sumirla los alumnos? Ese nicho de franquistas, con excepciones notables, no ha asumido la Constitución, los estatutos de autonomía y algunos ni la democracia. Pero tampoco han comprendido que la preferencia de una España roja frente a la rota de Calvo Sotelo sigue presente y es uno de los problemas centrales para la convivencia. No lo han asumido los académicos ni nuestros estudiantes, y ello por culpa de la historia que hacemos los historiadores. Todavía no hemos superado el pacto de amnesia de la Transición. Como decía Julián, la Historia de la España contemporánea no sabe que decir todavía sobre el período 1936-1975. Yo también leo exámenes de selectividad y ahí le duele. La mayoría de los colegas de medias siguen explicando sobre viejos modelos o sobre
apresuradas improvisaciones. No hay materiales porque tampoco hay investigación que se concrete en síntesis utilizables y manejables. La generación de historiadores que hizo la Transición sigue asumiendo que hay cosas de las que es mejor no hablar. Asumamos que tenemos un problema con nuestro pasado reciente. Y es hora, además, desde mi punto de vista, no tanto para hacer una nueva Historia de España tradicional y positivista que resalte lo que une (que es eso?) sino precisamente para hacer una historia de la España moderna, atenta a los valores democráticos, a Europa y antes de nada a Portugal. Por ejemplo Viriato era lusitano y español? los portugueses formaban parte de los reinos hispánicos o no? El Portugal filipino que significa. El iberismo del XIX (y de la FAI) no adquiere hoy otra significación cunado queremos romper las fronteras pero conservar las identidades?

La Historia se manipula políticamente, para prueba el papelón de Anes. Vistas sus rectificaciones no parece que esperase esa recepción mediática, ni esa utilización política de su pobre informe.

Otro asunto de interés. En el nuevo marco de la historia como ciencia social que asumió desde los ochenta la enseñanza media la historia se difumina en exceso y, sobre todo, se contemporaneiza en exceso. El pasado menos reciente queda demasiado relegado y eso si que se observa bien en los manuales y en los descriptores. No sería descaminado pensar en reequilibrar dentro de la Enseñanza obligatoria y de la pos-obligatoria esos contenidos en sentido cronológico.

Y esto tiene relación también con el exceso de pedagogismo que nos ha invadido. No me gusta llamarle así por el gran respeto que tengo por mis amigos pedagogos. Pero os pondré un ejemplo que me parece alarmante. El nuevo plan de estudios de Magisterio que se acaba de aprobar en la Universidad de Santiago no tiene ninguna signatura de contenidos, salvo las lenguas gallega y española. Los futuros profesores de ESO no habrán estudiado qués sino cómos. Y esto me parece un desatino absoluto. No estudiarán historia, ni de Galicia, nin de España ni del mundo, ni Historia
del Arte, ni Geografía. Sólo didácticas de idem. Y no muchas.

Salud y saludos.

Lourenzo Fernandez Prieto