Debates


Historia y objetividad

 
Historia, adúlteras y traidores

De adúlteras

En 1848 madame Delphine decidió suicidarse. Vivía en una aldea próxima al Ruán y estaba casada con un médico llamado Delaunay, a quien Maxime du Camp describe como un mozo pesado y apático, pero concienzudo. Todo lo contrario de su joven esposa, que Georges Dubosc, un biógrafo obstinado, dibuja como una mujer alegre, que gustaba de los bailes, de la literatura, de lujos que la economía acogotada de su marido no podía subsidiar y, lo peor, de pasiones desenfrenadas y desordenadas que le nublaban la mente por completo. Todo esto, en pleno siglo XIX, le ganó una reputación bastante frágil y cuestionada como es lógico suponer, y repudio generalizado del que sólo pudo escapar más tarde. Pero no era para menos. La esposa del respetado y venerado médico de una pequeña aldea, debía ser un modelo de entrega y fidelidad absoluta y obsesiva a su hombre. Sin embargo, madame Delphine fue una adúltera emperdernida y perseverante, madre indiferente y desastrosa administradora de las finanzas de su crédulo marido, a quien estafó y arruinó sin misericordia ni contemplación, hasta dejarlo, literalmente, en la calle. Todo, para satisfacer la concupiscencia que la devoraba a diario, que le carcomía  las entrañas y la esclavizaba sin remedio.

Gustave Flaubert decidió investigar los pormenores del caso y transformó aquel escándalo local en una novela universal: Madame Bovary. El autor se adentró en la compleja personalidad de madame Delphine para conocer las motivaciones de sus actos y, si fuera posible, de sus pensamientos. Y contrario a lo que podría haberse esperado, Flaubert hace un extraordinario esfuerzo por desembarazar la enmarañada historia de las argumentaciones morales que la simplificaban y castraban. Nos muestra cómo madame Delphine, o más bien madame Bovary, se va dejando arrastrar lentamente al rompimiento de las normativas tradicionales hasta encontrarse atrapada en su propia red de mentiras y traiciones. El autor tampoco suaviza las consecuencias. Madame Bovary destruye su familia sin el menor remordimiento, su esposo muere y su hija termina por llevar una vida de penalidades y frustración. Pese a todo esto, el lector no termina odiando a madame Bovary, al contrario, la entiende y siente pena por ella, pero jamás la condena.

Flaubert no pretende enjuiciarla en ningún momento, sólo quiere mostrarla como una mujer de carne y hueso, tan real, tan fuerte y tan débil como el lector que la va conociendo línea tras línea.

De traidores

El 2 de agosto de 1824, según el sugestivo relato de Borges, los conspiradores irlandeses se reunieron invadidos de una grave sospecha: entre ellos existía un traidor.

El país estaba maduro para la rebelión, sin embargo, una serie de extraños fracasos delataban la infiltración de la organización. Por ello, Fergus Kilpatrick, el máximo líder y héroe de la causa, encomendó a James Nolan, el mejor de sus hombres, investigar concienzudamente hasta dar con el delator. Poco tiempo después, Nolan, muy a pesar de sus deseos, demostraba con pruebas irrefutables, que el traidor era el mismísimo Kilpatrick. Y éste, en vez de intentar salvar su pellejo, se entregó avergonzado y se dispuso a ser ejecutado. Pero Nolan entendía que el asunto debía ser tratado con mucho cuidado, o quizás debamos decir con sutileza, pues de cualquier manera, Fergus Kilpatrick era un héroe nacional, el  alma misma del movimiento irlandés, y su ejecución podría ser un duro golpe a la causa y la moral del pueblo si no se tomaban ciertas medidas que amortiguaran su efecto.

Consciente del alcance de la situación, Nolan prepara la farsa de un atentado, creando las pruebas necesarias que, más tarde, serán las fuentes de los historiadores que se aventuren al estudio del hecho. Nolan copia a la propia literatura, roba escenas de Macabeth, de Julio César. “El condenado entró en Dublín” pronunció palabras patéticas, y él mismo añadió según su inspiración, a lo que le había preparado Nolan. “Las cosas que dijeron e hicieron perduran en los libros de historia… hasta que el 6 de agosto de 1824, en un palco de funerarias cortinas… un balazo anhelado entró en el pecho del traidor y del héroe, que apenas pudo articular, entre dos efusiones de brusca sangre, algunas palabras previstas”.

Esta imitación que hizo Nolan de los textos de Shakespeare parecen tener un doble y contradictorio sentido: uno, ocultar la verdad a sus contemporáneos en pleno siglo XIX y, el otro, descubrir la verdad en el futuro. Por ello, Ryan, el historiador que se da a la tarea de investigar el asesinato, ya en 1944, pleno siglo XX, siguiendo el artilugio sembrado en las fuentes del caso, logra descubrir la traición del héroe. Entiende que James Nolan dejó ese misterioso intersticio entre la verdad y la farsa, o entre la verdad y el simulacro, para que él pudiera conocer la verdad verdadera, pero al mismo tiempo justifica la falsificación ejecutada, y deja al libre albedrío del historiador la decisión de develar o no la realidad objetiva. Sin embargo, el historiador, Ryan, es también irlandés y, para colmo, bisnieto del Fergus Kilpatrick. “Comprende que él también forma parte de la trama de Nolan… Al cabo de tenaces cavilaciones, resuelve silenciar el descubrimiento. Publica un libro dedicado a la gloria del héroe; también eso, tal vez, estaba previsto”.

Aspiro a que estas dos historias, que en lo personal me han marcado por siempre, sirvan como parábolas para entender los miles de peligros que atraviesa la verdad en manos del historiador, tal como advirtiera el mismo Andrés Bello en su momento.
 
Norberto José Olivar
Universidad del Zulia
Profesor de LUZ
04146351195