Debates


Tiempo histórico


 
Sobre el uso maniqueo del término cambio ¿Ya nadie lo para?
 
MUCHO HEMOS escuchado en los últimos tiempos y bastante se ha escrito y hablado acerca del supuesto cambio acelerado de nuestras sociedades. Bástenos con echar una mirada a los periódicos, a los documentos oficiales de los gobiernos o atender al discurso diario de los gobernantes, a los representantes de los partidos políticos o de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, por mencionar sólo algunos, para dar cuenta de ello. Recordemos, por ejemplo, la tan afamada frase del expresidente mexicano, Vicente Fox, cuando anunciaba (¿o amenazaba?) que "el cambio en México ya nadie lo para". Por añadidura, su gobierno era conocido como del cambio. Palabras como esas, son utilizadas sin aclaración alguna sobre su significado y sentido; se dan por sentadas y tácitamente comprendidas y asimiladas, incluso, asumidas en nuestra vida cotidiana. Otras palabras o términos que engrosan este inventario son: democracia, izquierda, derecha, justicia, libertad, Estado de derecho,!    tolerancia, equidad, valores, combate a la corrupción y a la pobreza,  calidad, pueblo, cambio de régimen, globalización, derechos humanos; y  así podríamos añadir aquí una buena cantidad de estos motes.
 
Nos alertan que nuestra sociedad cambia vertiginosa, aceleradamente, y que todos los ciudadanos del mundo debemos estar preparados para estos trotes. El que no esté aguzado y dispuesto a aceptar, soportar, tolerar o someterse a este cambio, entonces, debe entenderse, quedará al margen del progreso y de los avances o de los beneficios que éste ofrece, o en el extremo, es un agente que lo obstaculiza. Pero, ¿cómo y qué debemos entender de este discurso oficial del cambio, cuando se nos dice, se nos machaca, que estamos cambiando y en los hechos vemos y vivimos lo mismo? Tenemos que hay un uso dual, ambivalente de los términos. Se nos advierte una cosa y en la realidad ocurre lo mismo, las mismas prácticas en nuestro quehacer cotidiano: en lo político, lo económico, lo jurídico, lo educativo; y hasta se antoja decir que cada día estamos cayendo en el desánimo y la apatía, precisamente ante esa falta de cumplimiento de promesas del tan mentado cambio. Vivimos, pareciera, en un estado o procesos de regresión social, muy contrarios a lo esperado, a  partir de ese modo tácito de entender el cambio. Hay sólo una utilización  maniquea de los términos. El maniqueísmo, derivado de la religión  esencialmente dualista, fundada por un persa aristócrata llamado Mani o  Manes, nacido en Babilonia (216-275 d.C.) y que llegó a rivalizar con la  patrística cristiana, se entiende actualmente en contextos polémicos, y  en materias sobre todo humanistas, como la tendencia a dividir, de forma  simplista y sin fundamento, opiniones, actitudes y personas en buenas y  malas, sin atenerse a la prudencia de tener en cuenta los matices que la  realidad exige. De esa forma, el discurso sobre el cambio es utilizado  para justificar las deficiencias y los vacíos que deja el mal  funcionamiento de las instituciones (reales o imaginarias) de la sociedad.
 
Con ese pretexto del cambio, el neoliberalismo actual justifica diferentes barbaridades: desde lo sucedido a raíz de las Torres Gemelas en Nueva York hasta la invasión a Irak y la lucha antiterrorista de Bush con su nuevo macartismo planetario (los que no estén con él, son terroristas); ahora nos arremeten con el alza de precios de los productos básicos, que seguramente es un ardid perverso de los grandes productores mundiales para establecer alguna política arancelaria de importación o exportación. También, del mismo modo se utiliza el tan llamado calentamiento global y la supuesta imposición de la conciencia ecológica, cuando los verdaderos responsables, dueños de las grandes industrias sólo se preocupan por sus ganancias. Millones de dólares se gastan en recursos financieros para el combate a los monstruos del hambre, la corrupción, la delincuencia organizada, el desempleo; mientras que la inversión en los recursos humanos, en su educación, en su instrucción, en su cultivo, con lo que verdaderamente se podría revertir a esos monstruos, es  miserablemente ínfima. Hegel escribía que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Marx agregaba: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caben las interrogantes: ¿No estaremos ante algo parecido, con esto del cambio? ¿O, como en El gatopardo: "Algo debe cambiar, para que todo siga igual"? Esperemos que no, por el bien de toda la humanidad.
 
Norberto Zúñiga Mendoza
SEP-Sub. Académica