Historia Inmediata


Intifada Palestina

 
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La nueva Historiografía Global, de la que HaD es parte activa y destacada, debería empezar a aceptarlo: el Pueblo de Israel es el “Pueblo Elegido”. No es un paradigma nuevo, está presente en las páginas del Antiguo Testamento, de la Torah, y por tanto es ya milenario. Pero, hasta ahora, el resto de la Humanidad, gentil, pagana, no lo había admitido.

Se sabe que vivió el cautiverio, la opresión y la esclavitud en el antiguo Egipto. Es cierto que sufrió decenas de progroms en la Europa medieval y moderna, incluyendo su expulsión de las tierras de Aragón y Castilla. Más cierto es que el nazismo lo persiguió y exterminó con tal saña que hasta el término “holocausto” podría quedarse corto para expresar el horror y el sufrimiento del Pueblo Judío durante esos terribles años. Y también es verdad que los actos terroristas de grupos palestinos y chiíes durante las últimas décadas contra miles de civiles inocentes han vuelto a teñir de dolor la vida de un pueblo que, como todos los pueblos del mundo, sólo desea vivir y prosperar en paz.

Pero también es verdad que el Pueblo Judío nunca ha estado sólo en esta larga historia de persecución, dolor y muerte. Y que ni tan siquiera fue la principal víctima en muchas de esas negras ocasiones. Durante la Edad Media y Moderna europeas los moriscos, los musulmanes, los hugonotes, los puritanos, los católicos, o los gitanos sufrieron tanto como los judíos.

Ah, y los “pueblos vencidos”, categoría con la que el Tesauro de la UNESCO reconoce a los pueblos perdedores del que fue el primer paso en lo que hoy llamamos “Globalización”, la Expansión Atlántica europea. Los mahos, los bimbaches, los gomeros, los canarios, los benahoaritas y los guanches fueron los primeros. Murieron combatiendo o a causa de enfermedades europeas, fueron vendidos como esclavos en los puertos de Sevilla, Valencia o Lisboa. Y vieron desaparecer en gran medida su cultura y su propio ser.

Inmediatamente el horror y el dolor cruzaron el Atlántico. Fue el turno de los taínos, los caribes, los mapuches, los aztecas, los incas y muchos otros pueblos, entre los que cabe incluir a los siouxs, los apaches o los navajos. Todos ellos corrieron una suerte similar a los antiguos isleños de Canarias en lo esencial: un enorme dolor fue probablemente su principal experiencia compartida, además de la derrota.

Y la Trata, la tan ignominiosa como olvidada Trata. Los árabes la venían practicando desde hacía siglos. Sin embargo, cuando los europeos (portugueses, castellanos, ingleses, franceses…) la tomaron entre sus manos a finales del siglo XV, adquirió otra dimensión. No parece haber siquiera estimaciones para lo sucedido hasta finales del siglo XVII. Pero se calcula que entre 11 y 15 millones de africanos cruzaron encadenados el Atlántico entre los siglos XVIII y XIX. Y la estimación más optimista señala que, por cada ser humano embarcado, antes morían otros 3 en tierra firme.

El mayor movimiento de deportación humana jamás conocido en la historia hizo que un dolor inmenso e incalculable se instalara en amplias regiones de África, y también del Caribe y América. Tan inmenso e incalculable como las fortunas que produjo en Europa. Fue el mayor negocio del siglo XVIII, y uno de los pilares sobre los que se levantó la Revolución Industrial.

El reparto y conquista de África por un puñado de potencias europeas que prosiguió a finales del siglo XIX extendió el horror a todo el continente. Sólo el genocidio practicado por los belgas en el Congo bajo la batuta de Leopoldo II merece ocupar un lugar muy destacado en los anales de la barbarie y el sufrimiento humanos. En poco más de una década más de diez millones de congoleños fueron asesinados por medio de la esclavitud, la tortura, las mutilaciones y la destrucción de pueblos enteros para mayor gloria y lucro del rey belga.
Y, por fin, cuando los nazis se ensañaron con el Pueblo Judío, tampoco les hicieron ascos a otros pueblos y grupos humanos. Los eslavos, los gitanos, los negros o los izquierdistas y los homosexuales compartieron con los judíos la persecución, el exterminio y el dolor.

La historia de la Humanidad contiene inacabables capítulos negros de sufrimiento. Pero muy pocos pueblos como el judío lo han empleado tanto para recrear su presente y proyectar su futuro. Desde cuando en la Antigüedad pasó a cuchillo a decenas de miles de hombres, mujeres y niños filisteos y cananeos, hasta cuando –hoy- asesina impunemente a civiles palestinos y libaneses, o a cascos azules de cualquier parte del mundo.

Unos cuantos de sus “héroes nacionales” de la actualidad se forjaron poniendo bombas en paradas de guaguas (autobuses) palestinas antes de la Partición, o supervisando masacres como la de los campos de Shabra y Shatila en 1982. Mientras que sus “villanos” fracturan los brazos de adolescentes palestinos a pedradas o sepultan vivas con un buldózer a activistas por la paz.

Así es. En el largo plazo, Israel es el Pueblo Elegido por la historia para mostrar al mundo que el dolor propio no es la mejor argamasa con que construir el presente y el futuro colectivos. La proyección histórica del Pueblo Judío desde su dolor sólo está produciendo más dolor y lo asimila al peor de sus verdugos.

En el corto y el medio plazo el asunto es mucho más prosaico, aunque también aquí es el Pueblo Elegido, pero por el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. Éste instrumentaliza la conciencia histórica del Pueblo Judío, en colaboración con las clases dominantes de Israel, para quebrar el espinazo del Mundo Árabe, el mayor productor mundial de petróleo. Es así como las grandes petroleras estadounidenses (sempiternas donantes de las campañas electorales de todos los presidentes USA) consiguen bajos costes de extracción (dividiendo a los “países productores”) y altos precios de venta (¡uh, la crisis!), aumentando su lucro espectacularmente.

El Pueblo de Israel derrama cada día la sangre necesaria para que los ciudadanos estadounidenses en particular y los occidentales en general consuman energía de una forma desorbitada e insostenible. Y a él debemos apelar, y no a sus autoridades, para detener la actual masacre libanesa y palestina. Es el único que realmente puede y debe hacerlo. Así comenzaría también a erradicar el dolor de su historia, y a tomarla entre sus propias manos, enajenándosela a Yahvé y a los Estados Unidos, quiénes, contra las apariencias, han sido muy poco misericordes con Israel.

Sin embargo, según la prensa, en los días que escribo estas líneas se muestra masivamente a favor de la desproporcionada agresión al Líbano y Palestina. Está muy lejos, por tanto, de abandonar la ética, la política y la historia del sufrimiento. Y sus autoridades declaran sentirse avaladas por el mundo para continuar la matanza de inocentes: Yahvé y los Estados Unidos siguen siendo los dueños de sus vidas.

Domingo Marrero Urbín,
Profesor de Enseñanza Secundaria,
IES Jinámar III, Gran Canaria

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