Historia Inmediata


Crisis en Argentina

 
Estimado Carlos, y [email protected] de Historia Debate

Coincido en que es necesario analizar algunos procesos históricos recientes, como por ejemplo el contexto internacional luego del 11 de septiembre o la actual crisis argentina. Respecto de esta última es necesario aclarar que puede ser comprendida desde diferentes perspectivas, dejando entre paréntesis el entusiasmo y la emoción que ha provocado en muchos de nosotros el haber participado o el haber sido espectadores entusiastas de los cacerolazos en Buenos Aires y en otras ciudades del país (los que no han tenido tanta repercusión en la prensa).

Llama la atención la presencia de la ciudadanía en la calle. Pero, esta presencia de la ciudadanía en la calle fue masiva en otras décadas, baste recordar las movilizaciones en las décadas de 1950, 1960 y 1970, o aquella última gran presencia de la ciudadanía en la Semana Santa de 1987, cuando pasamos noches en vela para que el gobierno del Doctor Alfonsín no cediera ante las presiones de los militares que se habían puesto muy nerviosos e intolerantes por el resultado de los juicios por violaciones reiteradas a los Derechos Humanos. Pero el Dr. Alfonsí cedió. Desde entonces, con posterioridad a aquella frase célebre y frustrante del entonces presidente de la Nación "La casa está en orden"- la ciudadanía no regresó a los espacios públicos para reclamar por un cambio de sistema político. Si hubo posteriormente saqueos y huelgas.

Hacia el final del gobierno radical hubo que soportar las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final. El período de Alfonsín concluía en un contexto de deslegitimidad debido a la pérdida de poder y a la hiperinflación.

En ese año, desde el interior profundo de la Argentina, Menem se levantaba como el caudillo de la reivindicación de las luchas populares del presente que, enlazadas discursivamente con el pasado de las montoneras decimonónicas, venía a imponer el orden y la voluntad de los pueblos, prometiendo al mismo tiempo la revolución productiva y el "salariazo". Este era el discurso para ganar las elecciones. Un discurso que muchas/os [email protected], también imbuidos de un pensamiento de izquierda, quisieron y necesitaron escuchar. Pero, otro era el discurso que Menem tenía en el exterior. En 1988, durante su campaña electoral, tuve la oportunidad de escuchar su conferencia en la Casa de Las Américas en Paris. En esa ocasión, no sólo que no quiso enfrentar al público presente, prefiriendo hablar por circuito cerrado de televisión, sino que al finalizar una charla poco sustanciosa bajo al salón para conversar con un escaso número que había permanecido a la espera de saludarlo y !

de brindar con vino riojano. Señoras y señores argentinos, muy distinguidos y herederos de los grandes apellidos de la oligarquía vernácula le decían "señor gobernador, nosotros daremos nuestro apoyo2. Claro está que el Dr. Menem no prometía, en esas conversaciones casi personales, el "salariazo" sino la adopción de las medidas liberales que, una vez llegado al gobierno, puso sucesivamente en práctica. ¿Es acaso Menem un mentiroso? Antes de aventurar cualquier hipótesis es necesario remarcar que el Dr. De La Rua tampoco llevó a cabo las medidas que prometió en su campaña y que supuestamente iban a conformar su plan de trabajo una vez que ganara las elecciones. El Dr. De La Rua centró su campaña en una réplica de las "manos limpias" (mani pulite). Prometió también el despegue económico del país.

Más aún, De La Rua corría con una ventaja inicial que no había tenido Menem era bien visto por la prensa internacional y muy bien tratado por la prensa europea. La adscripción del Partido radical a la internacional socialdemócrata contaba mucho a la hora de presentar o describir los rasgos más destacados del futuro presidente de la Argentina. También, en su estrepitosa huída muchos diarios europeos, entre ellos "Il Corriere della Sera";, decían que en Argentina había caído un gobierno de centro-izquierda. Intenté encontrar un correo electrónico para decirle a ese periódico italiano y a otros diarios de Europa, con similares análisis, que había un gran error en esas notas periodísticas. Ni De La Rua es un hombre de centro-izquierda ni su partido es socialista; ni tampoco lo ha sido La Alianza que lo llevó al poder. Al mencionado partido del ex presidente, el nombre de Radical le viene por sus actitudes contra la oligarquía y los conservadores del siglo XIX, y no p!

orque haya adscrito a alguna vertiente del socialismo. Esto no quiere decir que algunos de sus militantes y dirigentes no quieran sentirse en comunión con la socialdemocracia europea o hagan in disimulados esfuerzos para ser reconocidos por ella, como por ejemplo Alfonsín, Terragno, Storani.

Como puede observarse, aquí nadie cumplió con su programa de gobierno. La ciudadanía dice "los políticos nos mintieron". Esta es la frase que recorre las calles, las radios y los canales de televisión. ¿Es verdad acaso? ¿Alfonsín, Menem, De La Rua son todos unos mentirosos? ¿Son unos mentirosos los dirigentes de los partidos políticos mayoritarios?

Me parece que estas afirmaciones de la ciudadanía deben permitirnos aventurar algunas hipótesis para pensar la crisis argentina desde la modificación de las prácticas políticas y las modalidades en las que se lleva a cabo el sistema de representación, en los últimos vente años.

No cabe duda que la crisis argentina se pude analizar desde muchos aspectos económicos y financieros, pasando por la organización del Estado, la característica de la Nación, la organización de las subjetividades, la constitución de los sectores dominantes, etc. Pero, en este especio quiero hacer referencia a un aspecto que muchas veces no se tiene en cuenta y se relaciona con las modalidades de la representación al iniciarse el siglo XXI. Desde 1976 en adelante, y como efecto de la represión de la dictadura militar el sistema de representación comenzó cambiar sin que nos diéramos cuenta.

Con anterioridad a esa fecha, cuando los ciudadanos votaban a un determinado partido ya sabían cuáles iban a ser las medidas que se iban a ejecutar y cuáles los sectores sociales que iban a ser favorecidos o iban a convertirse en los interlocutores válidos del gobierno. Nadie se sorprendía, por ejemplo, que si ganaban los partidos que tenían una fuerte tendencia liberal iban a perjudicarse los sectores trabajadores, y se iban a favorecer los grupos relacionado con la exportación. Pero, desde el llamado "retorno a la democracia"; en 1983, esta realidad enunciada más arriba comenzó a desdibujarse, enmarcada en unos discursos que nos hablaban de la "modernidad". Este concepto de "modernidad" permitió permear en las conciencias de los [email protected] los simples principios sobre los que trabajó el liberalismo, para imponerse como discurso dominante. Uno de ellos hacia referencia al grado de "civilidad" con el que los dirigentes de la nueva democracia podían resolver sus diferencias.

Así todo el mundo quería modernizarse, o "aggiornarse". Ser "moderno" significaba, entre otras cosas, desdibujar los límites, finalizar con las confrontaciones, confundirse... fundirse. Pero, esta modalidad de comportamiento no hacía más que expresar una realidad que se estaba dando en los aspectos económicos la destrucción del mercado interior; la quiebra de las empresas familiares entre 1980 y 1987; la venta de las empresas estatales; la apertura del país a la globalización financiera, etc. Así, la propia organización de los partidos sufrió profundas modificaciones ya no importaban los programas, ni las plataformas.

Pero, en ocasión de las elecciones estos abandonos ideológicos y programáticos no podían ser tan evidentes. Para ello se recurría a la ayuda de asesores de imagen, publicistas y expertos en campañas electorales, de tal manera que lo "viejo" y lo "nuevo" pudiesen amalgamarse. Y cuando la amalgama no resultaba y lo "nuevo" -es decir las medidas liberales- debía profundizarse, los dirigentes pasaban al "arreglo" en el Congreso, a espaldas de sus electores. Una modalidad que casi siempre implicaba la exigencia de sobres cerrados conteniendo algún que otro dinerillo.

Hoy, la ciudadanía finalmente ha percibido, a su manera, esta realidad política. Y esta percepción está llevando a un profundo cuestionamiento del sistema representativo en sí mismo porque la ciudadanía no quieren a los dirigentes... a ningún dirigente. Más aún si esta tendencia se profundiza no se querrá a ningún gobierno, salvo gracias a una renovación desde la base social que conduzca a la modificación del propio sistema republicano. Pero especular sobre esto es todavía un poco incierto.

Muchas gracias.

María E. Argeri
Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Tandil, Argentina.
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