Historia Inmediata


Crisis en Argentina

 
 
Mis queridos nuevos amigos, es la primera vez que puedo detenerme para responder e intervenir en la red. En realidad muchas veces tuve algo para decir, pero me cuesta hacerlo desde mi situación profesiuonal alejada de la docencia de la historia. Les aclaro que soy profesora y licenciada en historia pero me desempeño en un archivo provincial y realizo algunas investigaciones.

Sin embargo ante vuestro saludo sentí la necesidad de responderles que vuestros manifiestos me han resultado muy interesantes y han aportado a mi bagaje epistemológico.

También quiero que sepan que ámbitos como H y D son de gran ayuda para los que debemos seguir en el trabajo diario en un país como Argentina, donde las ilusiones están si no muertas por lo menos congeladas.

Precisamente les adjunto un texto que publiqué hace unos días, anticipándome a los acontecimientos actuales. Estos tienen una faceta positiva, la reacción pacifica de los sectores medios en la ciudad de B.A,. pero que a la vez muestran la dolorosa indignidad en que se ha dejado a los excluídos que han debido robar para comer y por fin el aprovechamiento de la situación de violentos y saqueadores de ambos frentes que se han apoderado del reclamo.

Por fin- y creo que es lo más grave-, una sociedad sin fe, sin ilusiones, agotada, que debe soportar el retorno al poder de quienes han sido constructores de su frustración. 
Espero continuar recibiendo sus valioso aportes y les envío mis mejores deseos para cada uno en estas fechas, con un cálido abrazo
 
Ana María Cecchini
[email protected]
Santa Fe- Argentina

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Argentina sin un destino manifiesto


¿Quiénes somos los argentinos dirigentes del nuevo siglo, los que tenemos la responsabilidad de encarrilar a esta sociedad?

Somos los nietos o bisnietos de aquellos inmigrantes, "gringos" de toda Europa y "gallegos" que, analfabetos, hambreados hasta el raquitismo, vinieron a la Argentina y forjaron su "destino manifiesto" (*), incorporándola a la primera globalización de la división internacional del trabajo.

Sé, sin duda, que en nuestros orígenes estuvieron caracaraes, corondás, calchines y mocovíes, y también que somos hijos de los españoles de la epopeya conquistadora que ocuparon las tierras, las poblaron y preñaron con su bagaje de lengua, valores y costumbres.

Pero fue hechura de la inmigración decimonónica, esa Argentina del destino de gloria, la de riqueza inconmensurable, de los trigales limitados sólo por el horizonte, la pampa de oro, la más europea de América, esa que nos enorgullecía y aprendimos en la escuela.

Somos, además, los hijos o los nietos del Estado de Bienestar, de la Argentina post crisis de 1930. Nacimos y crecimos en un país conflictivo, ciclotímico, pero "sin guerras" o "sin conflictos raciales", una sociedad abierta, donde era posible progresar, estudiar, mejorar la posición económica y social.

En la Argentina en la que nacimos, todos o casi todos teníamos obra social, practicábamos el turismo, llegábamos a la universidad, obteníamos una casa propia. La equidad era posible.

En ese proceso ventajoso, solidario, equitativo se nos enseñó a gastar, a consumir para mover nuestro propio mercado productor.

El niño y la alcancía de la Caja de Ahorro se volvieron una imagen irreal, un símbolo de lo que no se debía hacer. Una antigüedad que fue arrasada en los procesos inflacionarios.

Y nosotros, los hijos y nietos de aquellos gringos rentistas, que vincularon el ahorro con la inversión inmobiliaria, decidimos no equivocarnos como ellos.

Ellos habían visto caer el valor de ese ahorro, depreciarse con leyes de alquileres que les licuaron el beneficio, propiedades decadentes, disvaloradas por un mercado sin demanda.

íNo! Nosotros no debíamos cometer igual error. Teníamos que comprar: auto, confort (el winco, el combinado, el TV...) pero nunca ahorrar.

Y cuando nos dijeron que el peso y el dólar se equiparaban en una tablita, comenzamos a viajar. Soñábamos -¿añorábamos genéticamente?- a la Europa estudiada en una educación que nos había abierto los ojos al mundo. íCuánto sabíamos de historia, geografía, literatura los argentinos! Éramos -¿somos?- capaces de dialogar de igual a igual con todo el mundo occidental.

Después de Europa había que ir a Miami, Disney, New York, playas caribeñas y el verano a Brasil o Punta del Este, íeran más baratos! íconvenían!

Cada sector gastaba según su lugar en la escalera.

Los dirigentes de hoy fuimos también aquellos jóvenes intelectuales que miramos con mayor o menor ilusión a la izquierda católica o marxista, y tuvimos amigos que enfervorizados salieron a luchar. Llegó la guerra y nos dividió entre comprometidos y distraídos. Comprometidos de izquierda y de derecha que usaron todos los medios para aniquilarse. Uno triunfó, y costó, cuesta, remontar la herida que aún duele.

Luego hubo otra guerra que nos mostró ilusos, ingenuos, que nos dolió profundamente en nuestros principios emblemáticos.

Cuando llegó la democracia quisimos que las cosas cambiaran en horas, y comenzamos a ver derrumbarse el paradigma argentino.

Ya no éramos más un paraíso social, estábamos divididos; ya no teníamos un destino manifiesto: no vendíamos, no éramos competitivos, nuestros mercados agropecuarios se cerraban, protegidos, y los recursos tradicionales no servían.

Arribaron entonces los discursos dogmáticos de afuera y de adentro, los modelos posibles y llegó la magia: íy lo votamos! 47,49 % de argentinos en 1989, y en 1995, el 47,94 %.

Se reformó el Estado, se vendió lo que se mal administraba, y las empresas privadas no competitivas se cerraron, "eso estaba bien" porque así comprábamos la producción asiática, chilena o brasileña más barata, aunque de inferior calidad.

¿Y las empresas que eran competitivas? Las vendíamos. Llegaron los capitales del mundo y nuestros brazos, que sabían de estar abiertos a nuevas etnias, nuevas culturas, nuevos credos, también recibieron nuevos dueños, sólo que éstos no vivían aquí, no les vimos la cara, no comen nuestra comida ni pagan nuestros impuestos.

¿Y los que vendieron? Esos sí, viven entre nosotros, y comparten el banco del templo, pero llevaron sus capitales afuera, a buen resguardo, y viven de sus rentas.

Creímos en la convertibilidad, compramos y gastamos.

Hoy somos los argentinos padres de hijos desesperanzados, sin futuro, que nos piden que gestionemos la nacionalidad europea, hijos a los que de nada les sirve un título, que no consiguen trabajo, que reciben $150 por una pasantía.

También somos los que en un 48,6% votamos al actual gobierno y ya no lo soportamos y esperamos que Paul O'Neil o Horst Kšhler del FMI nos digan lo que va a ocurrirnos.

Lo que no escuchamos decir, ni decimos, es que debemos trabajar más -¿tal vez no sirve?-, que gastemos bien, que vivamos más austeramente, que tengamos paciencia, que esperemos, que no sigamos en el ir y venir de la fe a la repulsa, que da lo mismo De la Rúa o Ruckauf, que les exijamos ser modelos válidos, no hacer maravillas.

Debemos pensar que, si bien somos la generación que frustrará su ancianidad, como perdió sus ilusiones juveniles, aún tenemos la oportunidad de ser también la dirigencia que encamine este país. Nuestra Argentina. Que sólo es un país más, uno cualquiera, en el cual el trabajo es imprescindible, un país de hombres y mujeres que deben unirse detrás de un objetivo, lejano, difícil, sólo imaginable, pero que debe existir allá lejos, muy distante, pero posible.

Hoy, con un Estado destruido, reconstruyamos la sociedad, fortalezcamos las instituciones, generemos redes para sostener a los más débiles, trabajemos fuerte cada uno en su espacio, sin perder de vista el proyecto común.

Seamos los argentinos del esfuerzo, los que remontaron la fragmentación, que supieron imaginar y confiaron, no en un presidente, ni en un ministro de Economía, ni en uno o varios comunicadores sociales, seamos los argentinos que confiamos en nosotros mismos.

(*) Expresión que sintetiza la idea de un destino de grandeza.

Ana María Cecchini de Dallo