Historia Inmediata


Denuncias Académicas



Estimados compañeros:

La situación de la Cátedra de Historia Social General de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires atraviesa una situación injusta que me parece necesario denunciar. Elevo ante este foro un escrito firmado por el Dr.Luis Alberto Romero para su difusión y, si se considera oportuno, apoyo.

Cordialmente.

Ana María Carabias Torres

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Ana María Carabias Torres
Profesora Titular de Historia Moderna
Universidad de Salamanca
[email protected]
[email protected]
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Abril de 2004
Colegas, alumnos y amigos:

Quiero ponerlos al tanto de circunstancias penosas relativas a la cátedra de Historia Social General de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Muchos de ustedes saben que quienes creamos esta cátedra en 1984, tomamos como modelo la que en 1958 fundó José Luis Romero, donde nosotros mismos nos formamos. Luego de veinte años, nuestro balance de lo hecho es bueno. Aunque desarrollamos la enseñanza en un contexto de masividad creciente, conservamos el rigor, la exigencia y la calidad que aprendimos de nuestros maestros. Varios docentes que se formaron en la cátedra alcanzan hoy grados y posiciones significativas en nuestra profesión, y los más jóvenes siguen sus huellas. Muchos otros colegas historiadores han trabajado en el mismo sentido, y el Departamento de Historia fue, en estos veinte años, un centro de formación de excelente calidad.
Por algún motivo, la cátedra de Historia Social General se convirtió en el objetivo, el blanco de varias agrupaciones estudiantiles. Yo mismo, particularmente, he resultado el símbolo de algo que aparentemente debe ser destruido. Después de varios años de agresiones menores, el año pasado esas agrupaciones propusieron la constitución de una cátedra paralela a la nuestra. Descartaron lo que habría sido el procedimiento normal y aceptable, un concurso docente, y eligieron la vía rápida de la votación, aprovechando su actual control de los órganos de decisión. Convocaron a docentes de mediocres antecedentes y escasa calificación, quienes propusieron un programa malo: incoherente, desactualizado, con gruesos errores conceptuales. Propusieron también que fuera un curso de “promoción directa”, es decir sin examen final oral.

El proyecto se aprobó en las sucesivas instancias de gobierno de la Facultad, casi sin discusión, forzando las votaciones, ignorando las objeciones fundadas de los profesores del Departamento, haciendo prevalecer el número, la mayoría, en detrimento de las normas y principios académicos. Finalmente, en otra votación forzada, se eliminó la restricción reglamentaria que establece un número tope para las materias de promoción directa, de modo que los 1370 alumnos inscriptos podrán cursar según un régimen de hecho reduce al mínimo y hasta elimina las instancias de la evaluación. Todo lo que se hizo fue legal pero, en mi opinión, careció de legitimidad.

Muchísimos alumnos se inscribieron en la cátedra paralela. Con una técnica digna del doctor Goebbels, las agrupaciones estudiantiles combinan hoy infundios sobre nuestra cátedra especialmente sobre mi- con un argumento contundente: la nueva cátedra es más fácil, se aprueba leyendo mucho menos y sin tener que pasar por el examen final. Puedo entender que esos argumentos tengan éxito entre los estudiantes de la Argentina de hoy: es parte de un problema general de la Universidad pública. Puedo entender inclusive la lógica de las agrupaciones estudiantiles, interesadas en producir un hecho político, e iniciar  una ofensiva que ya tiene otros blancos declarados: cinco nuevas cátedras paralelas se preparan, dirigidas contra profesores calificados y rigurosos.

No puedo entender en cambio la posición de mis colegas que los apoyaron: el Decano, el Secretario Académico, la mayoría de los profesores del Consejo Directivo, las autoridades del Departamento de Historia. Todos, de un modo u otro, aceptaron, convalidaron e incluso promovieron esta acción y son sus responsables. Creía compartir con ellos, aún con quienes disentí en otras cuestiones, algunos criterios académicos básicos, referidos a la calidad de la enseñanza, que en mi opinión son los que vertebran la Universidad. Hoy los creo responsables de un proceso de destrucción académica que, estoy seguro, no se limitará a la cátedra de Historia Social General.

Quienes así pensamos somos hoy minoría en los cuerpos directivos de la Facultad y el Departamento. Carecemos de voz pública, un espacio dominado por las agrupaciones estudiantiles y quienes las secundan. Solo nos queda apelar a colegas, alumnos y amigos de dentro y de fuera de nuestra Facultad, y pedirles solidaridad y apoyo. Por ahora quiero solicitarles que difundan y hagan circular esta carta entre quienes, en su opinión, puedan interesarse por este problema.

Muy cordialmente,

Luis Alberto Romero