Historia Inmediata


Denuncias Académicas


Asunto Denuncias Académicas

Carlos, siguiendo con el escabroso tema de la Cátedra argentina, el profesor directamente implicado en ella y el Dr.Tulio Halperin Dongui, me piden que intente poner estos dos documentos suyos donde se publicaron los anteriores. Te ruego que, si podéis, los pongáis.

Muchas gracias y abrazos

Ana María Carabias Torres
Profesora Titular de Historia Moderna
Universidad de Salamanca

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La Universidad el número y la razón

Luis Alberto Romero

Hace poco el juez Zaffaroni señaló que la democracia no consiste siempre en hacer lo que la mayoría quiere fue la mayoría quien quemó a los herejes en la hoguera, y también la que exterminó a los judíos en Alemania. Zaffaroni formula en términos concretos una cuestión clásica de la tradición política democrática la tensión entre el Número y la Razón. Desde su origen en la Revolución Francesa, y por inspiración de la Ilustración y de Rousseau, voluntad popular y razón debían ser idénticas. El pueblo, es decir el conjunto de las razones individuales, no podía querer otra cosa que el bien común. Per desde entonces, la distancia entre este postulado y cualquier experiencia democrática empírica puso en evidencia que solo excepcionalmente esa voluntad popular resulta para todos idéntica a la razón, y que en no pocos casos parece su antítesis. Esa tensión –lo que Pierre Rosanvallon llamó "la cuadratura del círculo" de la democracia- constituye desde entonces una tensión creadora, que es motor de la tradición democrática, y también un desafío para quienes se inscriben en ella como conservar uno sin perder la otra.

Ambos principios, la razón y el número, son constitutivos de la Universidad pública. La realización de la razón pasa por la excelencia académica y el premio al mérito, y se materializa en una institución clave el concurso docente. Por otra parte, las universidades son gobernadas por representantes de los claustros de profesores, graduados y alumnos, elegidos democráticamente. Es posible establecer una relación virtuosa entre ambos principios, y de hecho así ha ocurrido. El criterio democrático y el académico solieron inscribirse en un ethos común. Los cuerpos colegiados aseguraban la transparencia; la presencia de los otros claustros en debates y decisiones obraba como control de las tendencias corporativas de los profesores. En los consejos universitarios se pudo hacer auténtica política académica discutir racionalmente alternativas, admitir discrepancias y construir consensos en torno a la excelencia.

Conocí mucho de esto en la Universidad de los años sesenta y también en la de los años posteriores a 1984. No faltaban elementos disgregadores, pero de algún modo estaban contenidos. Hoy no creo que sea así. Confieso que escribo esto desde una posición parcial, influido por una situación personal, en una facultad también singular la de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo creo que, cambiando las proporciones y los énfasis, los problemas son generales y comunes.

La Universidad está siendo desgarrada por varias lógicas disgregadoras, que atraviesan sus claustros y se manifiestan, abierta y desembozadamente, en sus órganos de gobierno. La primera proviene de los aparatos políticos partidarios instalados en la Universidad. Es razonable que solidaridades y convicciones compartidas, forjadas en otros ámbitos de la vida pública, se proyecten en la Universidad; no es admisible, en cambio, que la Universidad sea parte del botín a repartir entre las corporaciones políticas. Una variante de esta situación la constituyen los aparatos militantes de los partidos contestatarios, que se llaman de izquierda, fuertes sobre todo en el movimiento estudiantil. Su lógica es declaradamente no académica la Universidad es el lugar del reclutamiento y de la movilización. Pero el reparto de los despojos universitarios no les es ajeno, pues los cuadros profesionales de militantes deben ser mantenidos, y lo son, a costa del magro presupuesto universitario y de la eficiencia de su administración.

Otra lógica disgregadora se relaciona con un punto central y conflictivo a la vez el nivel académico, la aspiración a la excelencia, y las duras demandas de calificación que ella impone a estudiantes y profesores. Presionados por estas exigencias, muchos reclaman reducir las exigencias. Lo que suele llamarse el "facilismo" es una bandera reivindicatoria de rédito fácil, que las organizaciones estudiantiles usan con liviandad. Lo más dramático es que encuentra un sorpresivo eco en capas profesorales reacias al esfuerzo académico y poco atraídas por el desafío intelectual que éste supone. El facilismo atrae y convoca, pero no es una bandera legítima, y debe ser enmascarado. Para justificarlo es común apelar a consignas populistas o seudo izquierdistas. Se reclama una Universidad inclusiva, donde todo sea irrestricto, donde cualquier reclamo de esfuerzo e idoneidad es tachado de elitismo una demagogia de izquierda que encubre el peor de los elitismos, pues condena a muchos a permanecer en la ignorancia.

Finalmente, hay una lógica disgregadora en el desarrollo de los debates públicos. Ellos hacen a la esencia misma de la razón y de la Universidad. Sin debate no hay esclarecimiento, ni constitución de las ideas colectivas vinculadas con la excelencia universitaria. Mucho menos aquellas que vinculen los frutos de esa excelencia con los problemas de la sociedad toda. En los buenos años universitarios, los debates siempre fueron vivos, apasionados y movilizadores; fueron parte esencial del curriculum universitario. Hoy casi no existen. Las agrupaciones estudiantiles operan como disciplinados aparatos de propaganda obturan los espacios, confiscan la voz de los estudiantes y amenazan a los profesores con prácticas intolerantes y totalitarias. Por debajo de ellas –logro supremo- reina la desmovilización y la indiferencia, o quizás el prudente silencio.

Las lógicas disgregadoras no nacieron ayer, pero hoy han perdido límite y control. La política eficaz es la de la facción un agrupamiento que, más allá de discursos legitimadores, mira el poder y el botín. Hacer política universitaria es para muchos controlar el poder y apropiarse de los pequeños y grandes beneficios que éste procura. Llamará la atención la modestia de algunos el monopolio de una fotocopiadora que tiene subsidio institucional y público cautivo, la concesión de un bar que puede ser un fumadero, el control de la distribución de las becas y ayudas a estudiantes. Todo tiene su correlato y su ejemplo en la política grande; pero algunos creímos que la Universidad sería distinta. También se distribuyen otros beneficios, de índole académica, en los que el prestigio es tan importante como lo material designaciones o promociones docentes, distinciones, becas o viajes están disponibles para quienes están dispuestos a obtener por la vía política lo que no lograron conseguir por la competencia académica legítima.

El problema no es de legalidad sino de legitimidad. No es de número sino de razón. De acuerdo con el principio democrático que rige el gobierno universitario, la razón se expresa por boca de la mayoría. ¿Es realmente así? Muchos de los criterios profundos de la Universidad no están en la letra de sus Estatutos, que pueden ser respetados, sino en el espíritu, en la tradición de la institución y de sus miembros, en el ethos compartido. Ese ethos está hoy debilitado, tanto como en cualquiera de las instituciones de nuestra sociedad.

En la Universidad, las facciones actúan legalmente. Cuando alcanzan el control de los cuerpos colegiados, y desde el gobierno mismo, las mayorías facciosas realizan su tarea de corrosión de los valores institucionales. Cotidianamente vemos como, uno a uno, van siendo derribados los pilares de la Universidad pública. La institución es fuerte, pero no indestructible, y a este paso puede terminar arrasada.

La tensión entre el número y la razón se convierte hoy en una amenaza para la Universidad. No se trata de renunciar a su virtuosa coincidencia sino de volver a ella. Solo un profundo examen de las prácticas políticas universitarias, y una crítica radical del espíritu de facción podrá, quizá, ayudar a reconstruir en la Universidad pública una universidad excelente.

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Diario "Clarín" de Buenos Aires, 30/04/04

Malos tiempos para el estudio de la historia

Tulio Halperín Donghi. HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE BERKELEY.

La nota dirigida por el historiador Luis Alberto Romero a colegas, alumnos y amigos, referida a las que caracteriza con admirable mesura expresiva como "circunstancias penosas relativas a la cátedra de Historia Social General de la Facultad de Filosofía y Letras" de la Universidad de Buenos Aires, ha llevado a alguno de los que tanto desde Europa como desde la Argentina creyeron oportuno retrasmitírmela, a preguntarme qué futuro podía esperarse para la historiografía argentina, en vista de la situación allí descripta como vigente en el que es todavía el más importante centro de formación de estudiosos en la disciplina.

¿Se equivocan quienes reaccionan con alarma cuando un colega que les merece entero respeto les informa que se ha visto transformado en "el símbolo de algo que aparentemente debe ser destruido"? Yo creo que no se equivocan. En consecuencia, la pregunta —que requeriría sin duda una respuesta más extensa que la que aquí puedo darles— no podría ser más pertinente.

Hay una razón para ello que puede pasar inadvertida para los lectores de la nota de Romero. Ésta presenta al conflicto como librado entre una mayoría del Consejo de la Facultad, decidida a promover —mediante la multiplicación de cátedras paralelas— a "docentes de mediocres antecedentes y escasa calificación", bajo cuya guía los estudiantes no necesitarán ya temer que se les exijan esfuerzos mayores que los que espontáneamente estén dispuestos a afrontar, y algunos otros docentes que se obstinan en mantenerse fieles a "ciertos criterios académicos básicos". Aunque todo esto es ya suficientemente grave, creo que si fuera todo lo que está en juego, no habría razón para que tantos que no tienen motivo especial para interesarse por los altibajos en la calidad de la enseñanza que se imparte en la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad de Buenos Aires vean lo que allí sucede con la alarma que acabo de descubrir.

Si lo ven así es porque reconocen, tanto en Romero como en los historiadores que se cuentan entre los cinco "profesores calificados y rigurosos", a quienes la mayoría del Consejo Directivo se prepara a someter al mismo trato, a figuras que han tenido y tienen un papel central en los avances que la historiografía ha realizado en la Argentina a partir del retorno de la democracia. Estos avances están reflejados no sólo en la enorme expansión en el número de estudiosos de la disciplina —de la que cualquiera que haya participado en alguna de las reuniones Inter-escuelas y Departamentos de Historia puede dar testimonio—, sino en la imposición de criterios de solvencia profesional que —como Romero subraya con toda justicia— deben ser celosamente mantenidos porque en su ausencia no hay trabajo histórico serio.

Pero todo eso significaría mucho menos si no lo acompañara una apertura a nuevas perspectivas temáticas y problemáticas que no ha cesado de enriquecer la imagen del pasado nacional; en cuanto a esto último la Nueva Historia Argentina editada por Sudamericana con la coordinación de Juan Suriano y el asesoramiento de Enrique Tandeter ofrece a mi juicio una imagen fiel de lo logrado luego de dos décadas de rápidos avances en múltiples frentes, y el balance al que esa imagen invita permite entender mejor el eco alarmado que viene suscitando la nota de Romero.

Desde luego, todo eso no es el resultado exclusivo de la acción del grupo de historiadores que en esta hora triste para la Facultad de Filosofía y Letras se han constituido, como con justicia afirma Romero, en "el símbolo de algo que debe ser destruido". No podría olvidarse en cuanto a esto lo que ha significado el surgimiento desde Jujuy hasta el Comahue de centros cuyos trabajos no sólo ostentan una intachable madurez profesional sino reflejan una aún más imprescindible capacidad de pensar problemáticamente el pasado, y que han dejado también su huella en la ya mencionada Nueva Historia Argentina.

Pero ocurre que los episodios que tienen por teatro a esa Facultad no sólo alarman por la amenaza directa que ellos suponen para el futuro de los estudios históricos en la Argentina, sino en cuanto ofrecen una manifestación particularmente aberrante de problemas que no son exclusivos a ese centro de estudios. Sin duda, sólo en una Universidad más marcada que otras por el legado de la lógica política encarnada en la escena nacional por el presidente Menem y en ella por el rector Shuberoff —y que quizá por esa razón no ha logrado aún superar un nivel de disgregación interna aún más grave que el que el país está comenzando a dejar atrás— puede no encontrar ningún freno institucional ese impulso destructor. Está a la vez alimentado en su Facultad de Filosofía y Letras por la agudización de las codicias que la disminución de recursos inspira en redes clientelares que, bajo nuevas banderas, extreman los objetivos y procedimientos de la que dominó en la etapa dejada atrás. A sus efectos se suman los de los rencores de todos los que debieron contemplar por largos años los demasiado exitosos esfuerzos renovadores de sus colegas, y han encontrado por fin la oportunidad de desahogarlos.

Pero si la situación deplorada por Romero no encuentra por fortuna paralelos cercanos en otros centros universitarios, es tan sólo por lo que tiene de extrema. Si bien el vigoroso renacimiento de la historiografía argentina no ha afrontado en otras partes la hostilidad militante hoy desplegada por las autoridades de la Facultad de Filosofía y Letras, ha debido en cambio contentarse —salvo situaciones ellas sí excepcionales, y por eso mismo amenazadas por las consecuencias de un siempre posible eclipse de la figura de autoridad cuyo generoso capricho las ha hecho posibles— con una solo provisional tolerancia nacida de la indiferencia.

He aquí por qué es de temer que quienes leen con alarma la nota de Romero tengan quizá aún más razón de lo que ellos mismos advierten.

Tulio Halperin Donghi

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