SR. EDITOR
HISTORIA A DEBATE
DR. CARLOS BARROS

Coincido con Usted en que si historiadores han comenzado a intercambiar opiniones sobre un tema que no había sido propuesto de manera orgánica, significa que no es casual y que esta preocupación sobre la responsabilidad del historiador a horcajada de los siglos ya ha echado raíces y este hecho legitima el debate.

Al respecto, deseo agregar a este intercambio de opiniones, que entiendo que la memoria es colectiva, nos pertenece a todos, profesionales o no de la historia. Es eminentemente democrática desde el momento que los pueblos la van construyendo al andar. No obstante, sabemos que hay temas históricos que resultan molestos para ciertos sectores de poder por lo tanto se intenta echar sombra sobre los mismos o declarar "olvidos por decreto", política que los argentinos conocemos bien. Y el olvido se transforma en un ácido que corroe los valores democráticos porque estamos soslayando colocar ante la discusión pública qué nos ha pasado como colectivo social en una coyuntura determinada de nuestra historia.

Si bien es cierto, que la memoria y la historia marcan compases diferentes y mientras la primera es pública y espontánea, la segunda se encarga de adjudicarle sentido social, pienso que el punto de inflexión,para no caer ni en una asepsia conceptual ni en un subjetivismo panfletario, es el cruce entre la "función teórica" y la "función pública" de la historia, conceptos que hace mucho trabajado Marc Bloch y que,no hace tanto,retrabajó Carlos Pereyra.

Porque como planteo en mi último texto: Historia Aprendizaje plural o gritos de silencio? (1999), "El terrorismo de estado vejó, torturó, secuestró y asesinó. Robó hijos, expulsó una generación de intelectuales. La justicia cobró forma de ejecuciones, aviones de la muerte, etc. No existe imaginación que pueda abrigar tanta miseria humana: crueldad, delación, censura, fragmentación, disolución familiar. Entre 1976 y 1983, la sociedad argentina protangonizó una especie de guerra civil. 30.000 desaparecidos bien puede caracterizarse de genocidio. Como si hubiéramos perdido poco, en 1982, sectores mayoritarios apoyaron con fervor una guerra para recuperar un pedazo de tierra. Más muertos, mutilados, desaparecidos, pérdidas a las que se agrega el suicidio de aproximadamente doscientos veteranos de la guerra de Malvinas. Entonces, a esta altura de tanta insensatez, tal vez resulte saludable preguntarnos qué lugar ocupa en la escuela el saber histórico en su carácter de praxis social..."

Tal vez todavía no estemos en condiciones de responder la inquietud, pero es ya bastante plantear el interrogante porque no vaya ser que a través del olvido traicionemos nuestra propia profesión. Nuestra responsabilidad para el siglo que asoma es ser críticos y además políticos.

He querido agregar un aporte a este debate por demás de interesante y comprometido.

Cristina Godoy.
Facultad de Humanidades y Artes.
Universidad Nacional de Rosario.
Argentina.