Hola a [email protected]

No he asistido al Congreso, ni tampoco he leido con suficiente detenimiento los mensajes sobre "qué hacer" y sobre "qué es HaD" (donde soy un recién llegado).

No obstante, me ha parecido entrever dos factores comunes implícitos en muchas de las aportaciones. Por un lado, determinar lo que debemos hacer los historiadores e historiadoras en este encrucijada histórica global (¿la primera?) resulta una tarea compleja por diversas razones: crisis de distintos modelos explicativos, multiplicación de enfoques metodológicos y de posibles elecciones...

La complejidad de la tarea (qué hacer) crece teniendo en cuenta la diversidad de campos de actuación: la producción de conocimiento, su enseñanza y, más allá, su uso social (instrumento de opresión/emancipación).

Por otro lado, el segundo elemento común parece ser la necesidad de cambio. Casi intuimos que debemos "cambiar" (compromiso ético, agotamiento teórico...) Pero ¿qué cambiar? Desde mi nicho académico (canario en primera instancia y español y europeo en esencia) encontrar una respuesta no se me antoja tan complicado. Si superamos la habitual escisión entre nuestras teorías y nuestras prácticas, entre ideas y realidades (inconsciencia), podremos analizar nuestro "entorno": haríamos muchísimo con cambiar de verdad las prácticas de producción de conocimiento histórico y las prácticas de enseñanza.

Los catálogos más comunes, impresos y virtuales, de producción "científica" historiográfica (bases de datos de tesis doctorales, catálogos bibliográficos..) y las estanterías de las librerías no dejan lugar a dudas sobre la naturaleza acientífica de la mayoría del conocimiento histórico que se produce en España y, me temo, en el resto de Occidente.

Hoy se hace muchas historias, según los ámbitos temáticos y geográficos, según las fuentes, según las herramientas conceptuales y metodológicas. Pero muy pocas emplean el método científico (de una "ciencia" estamos hablando) en su proceso de producción.

La "comunidad científica" nunca ha aceptado de buen grado que la historia se convirtiera en "ciencia" sin la obligación formal de construir finalmente leyes y teorías (universalidad y predicción). De hecho, la historia continúa siendo un saber no científico para muchos "científicos experimentales".

Sin embargo, el debate epistemológico de las últimas décadas sobre la "obligación científica" de predecir se ha visto ahondado por propuestas como la física del caos: realmente resulta imposible predecir, en todo caso establecer regularidades. ¿Perderemos esta segunda oportunidad?

En cuanto a la enseñanza real de la historia en las facultades (y, en consecuencia, en las demás etapas del Sistema Educativo) los modelos teóricos y metodológicos existentes -hayan atravesado o no crisis alguna- apenas han tenido la oportunidad de pasar por sus aulas, no han sido llevados realmente a las prácticas de enseñanza. Todo lo más, han ocupado un mayor o menor número de páginas de un temario dado magistralmente (y muchas veces recitado) y reproducido memorísticamente por los estudiantes. Tampoco somos científicos enseñando historia, aunque la enseñanza no sea una ciencia. Porque no enseñamos a hacer la ciencia histórica, sino un cúmulo más que discutible de productos históricos. Y porque no la enseñamos como aconsejan los científicos del conocimiento y su reproducción: empleando el método científico.

¿Qué hacer? Cambiar el saber histórico, trasladándolo desde el siglo XIX al siglo XXI, produciéndolo y reproduciéndolo científicamente. Y esto implica, en esencia, establecer, delimitar y resolver problemas relevantes, social e históricamente.

De paso, daríamos respuesta a los problemas específicos de cada sociedad y/o región del mundo, respetando la unidad interna (universalidad, que no uniformidad) y especialización (diferencialidad) de todo saber científico, y desarrollando racionalmente la cada vez más necesaria interdisciplinariedad.

Haríamos un conocimiento vedaderamente útil para nuestras sociedades y el planeta en su conjunto. Desde mi punto de vista, lo supuestamente ininteligible del discurso histórico no reside tanto en la terminología más o menos técnica (pantalla de falsa cientificidad, en muchas ocasiones) como en lo irrelevante que resulta para casi todos. Transformaríamos las sociedades, educando sujetos históricamente activos, capaces de resolver sus más acuciantes problemas desde (y reconstruyendo) sus propias claves culturales. En el mundo que nos ha tocado vivir la sobreabundancia de problemas históricos por resolver es suficiente para mantener ocupada a toda la comunidad historiográfica durante décadas. El descarado escapismo temático, explícito e implícito en una buena parte de la literatura historiográfica actual (especialmente en la que más se vende), pone de relieve lo difícil que está resultando dar la espalda con "dignidad" a una realidad cada vez más problemática.

Por mi parte, no puedo evitar la tentación de preguntarme por qué somos tan poco científicos los historiadores e historiadoras. Aunque en absoluto pretenda necesariamente proponer la apertura de un nuevo debate.

Cordiales saludos,

Domingo Marrero Urbín
Profesor de Secundaria.
Las Palmas de Gran Canaria.