Estimado Ricardo: Cuando yo era un niño, hace muchos años, en casa de mi abuelo paterno que era escribano, había una enorme biblioteca. Todos los ejemplares estaban encuadernados en cuero y lucían su monograma. Las páginas intactas, nadie los había leído. Entre ellos recuerdo la Historia de España de Modesto Lafuente. Ahí me enteré que las azafatas y ayudas de cámara de los reyes revisaban regularmente las sábanas y la ropa interior de sus señores. En esos, y otros libros por el estilo, me enteré que Felipe Vo., cogía (o follaba) hasta seis veces por día con su esposa legal, Isabel de Farnesio. Era muy católico y nunca tuvo una amante. De a ratos, cuando estaba deprimido, se le daba por dormir en un ataud. Creo que eso es lo que buscan los adictos a las novelas históricas. Entre los que me incluyo. Pero hay que distinguir. Los historiadores profesionales no podemos retroceder. Tenemos que encontrar un punto de equilibrio entre las modas "científicas" de turno (las que nos obligan a escribir para nadie), y los reclamos socialmente válidos (tampoco satisfacer el voyeurismo). En definitiva, cada uno tiene que buscar su propia solución. Los historiadores somos muy acomplejados. Por un lado nos sentimos menos que los "cientistas sociales", y ahora resulta que también nos sentimos menos que los periodistas y demás aficionados que escriben novelas históricas. Yo empecé mi carrera como investigador en un instituto de Sociología que dirigía un filósofo doctorado en Friburgo. El tipo, como había hecho su tesis sobre Dilthey, estaba convencido de que sabía "Historia", y me torturó durante tres años, hasta que se le cayó el instituto. Empecinado, luego, estudié durante cuatro años epistemología. A la conclusión que arribé es que la verdad es relativa.

Chau,

Teodoro Blanco