Estimada Ana María:

Todavía no sé como funciona esto, así que lo envío tanto al organizador como a tu dirección particular. Espero que el organizador cuando lo lea me explique lo que es más correcto.

Yo le contesté a Graciela Santamaría de San Luis y a Marcelo Gerhsani Oviedo de Catamarca. Si leíste esos mensajes, en este te voy a parecer repetitivo. Sin embargo, vos agregás otros aspectos al debate. Lo que me interesa es precisamente participar en un debate que juzgo importante para los historiadores; que no es nuevo, pero al que el correo electrónico e Internet le abren grandes posibilidades.

Hace cosa de dos años, en un reportaje, Clarín le preguntó a Hilda Sábato (F y L.,UBA), si consideraba a Félix Luna un historiador. Y esta, pese a estar en las antípodas metodológicas de aquél respondió que si. No recuerdo los términos exactos pero su idea era que Luna aportaba a la profesión la capacidad de llegar a un público no especializado. Que lo consideraba tan historiador como a Halperín Donghi, aunque ella personalmente prefería la visión de la historia de Don Tulio, porque ponía el acento en las contradicciones y no - como Luna - en las "armonías". Me pareció muy honesto. Porque dejó claro que sus diferencias no eran metodológicas sino ideológicas. Tomo el caso de Luna como ejemplar porque en mi opinión es el que más se acerca como posible respuesta a tus interrogantes y a los de otros muchos que tenemos las mismas preocupaciones. El grueso de su producción personal son biografías noveladas de políticos argentinos. El cita fuentes, y a la vez usa sin temores el recurso a la inferencia (todos hemos estudiado alguna vez en la Facultad a Collingwood, y conocemos que este es un recurso técnico imprescindible en la labor historiográfica). Como dice el autor inglés: Si Julio César volvía de las Galias, para entrar a Roma - aunque no tengamos la prueba documental, tenemos que saber que debía cruzar el Rubicón. Y si dijo o no - pienso - "Alea jacta est", es plausible con lo que conocemos de su personalidad que lo haya dicho. Volviendo a Luna y a la historia argentina, yo no sé si Eduardo Wilde, como comenta en "Soy Roca", dijo alguna vez que "Los cuernos son como las muelas, cuando salen duelen, pero después ayudan a comer". Pero es un chiste de la picaresca española de la época barroca, que hace que cuando uno lo repite "todo el mundo" recuerde ese libro de Luna. Y da muy buen resultado como recurso de motivación cuando se lo repite en el aula a nuestros alumnitos postmodernos.

La "moda" de la novela histórica está decayendo. En el negocio editorial pasa lo mismo que en la TV, cuando una fórmula tiene éxito, se multiplica hasta saturar al mercado. Y con respecto a la calidad, por lo que sé - en otros países donde este género siempre está de moda, también hay de todo. La producción española, por caso, es en su mayoría mala. La saga de El Capitán Ala Triste de Pérez Reverte (por ejemplo) es una basura. Reune todas las condiciones de lo que justificadamente despreciás. El tipo ese ni siquiera conoce las reglas de la esgrima. Pensemos en los ingleses. La saga de los reyes normandos y Plantagenet de la marca Jean Plaidy, es también basura. Hay volúmenes enteros donde no hay una sola fecha. Obviamente eso la descarta incluso para el rubro "divulgación". Encima, entre Guillermo el Conquistador y Ricardo III (400 años) no distingue ningún cambio significativo en las costumbres sociales. Por supuesto que en Inglaterra hay muchos historiadores que se dedican a la novela histórica (lo mismo que en Francia), y estas son las "buenas"; pero también las menos difundidas. Para terminar con el "exterior", me gustaría incluír un problema que afecta a la literatura en castellano en general. El monopolio editorial que tiene España nos perjudica seriamente, porque traducen a todos los autores utilizando los modismos del lenguaje coloquial de su país. Y a veces, especialmente cuando se trata de expresiones lunfardas, no se entiende nada.

Estoy de acuerdo que los escribas a sueldo no podrían hacerlo sin los historiadores. Y no hay manera de reclamarles que nos citen o que nos paguen los que nos correspondería. Por eso creo que los historiadores de profesión - si encontráramos el tiempo, entre tantas clases y relevamientos de archivos - deberíamos dedicarnos a este género. Es el mejor para lograr la divulgación histórica y no seguir encerrados en sectas que, encima, se pelean entre sí. Mejor aún sería escribir guiones para miniseries de TV. Si hay muchas mujeres dedicadas a trabajar en este mercado, como decís, es porque las estadísticas de las cámaras de los libreros dicen que el público femenino es - de lejos - el principal comprador de libros. Y que los que temas que prefieren son los libros de autoayuda en primer lugar, y después las novelas históricas o de "época", que pongan el acento en los aspectos de la vida cotidiana, y las biografías de mujeres que alcanzaron el éxito o el poder a pesar de los varones. Sospecho que por eso las editoriales prefieren a autoras mujeres. Las biografías noveladas de Luna, volviendo a mi "modelo", son compradas principalmente por varones interesados en la política. En esos postgrados en unos u otros temas de las ciencias sociales (abiertos a toda clase de profesionales), en los que a veces doy clase de historia, me encuentro con que la mayoría de los alumnos al único historiador que conocen es a Luna.

Lo que decís de los programas de TV es completamente cierto. Pero no olvides quienes son los auspiciantes: las editoriales.

Para terminar de momento (esto ya es demasiado largo), paso a las cuestiones metodológicas que planteás con respecto a la verdad histórica. En mi opinión en nuestro país (como en muchos otros) los historiadores profesionales seguimos anacrónicamente atados a las pautas de la escuela erudito-genética. No podemos afirmar nada que no esté respaldado por un documento. Esto hace que nuestro estilo de trabajo sea un plomazo. De la misma manera, no podemos saltearnos u obviar nada, y caemos en un detallismo aburrido para una sociedad adicta a la televisión. Estamos muy condicionados por el supuesto de la "verdad absoluta", y esto nos traba, porque no nos permitimos dar libertad a la imaginación. Y sin imaginación terminaremos siendo cronistas y no historiadores. Desde hace unos años, porque lo exigen las pautas de evaluación científica dominantes, y por una cuestión de urgencia biológica (estoy envejeciendo), hace 5 años que participo en 4 o 5 congresos por año. Mi saldo es el siguiente: la mayoría de los trabajos que se presentan no sirven para nada (a propósito, el domingo 20 en Clarín Patricio Garraham decía que solamente el 5% de la producción científica anual en todo el mundo es original. Es generoso, hace dos o tres años la UNESCO publicó una evaluación sobre la producción científica en los anteriores 50 años, y decía que solamente 1 de cada diez del total era original); hay muchos que son copiados y que los responsables - a veces sin cambiarles el título - presentan en distintos congresos; otros se reducen a ser estados de la cuestión, y otros (que son los que me preocupan porque a los anteriores los descarto por chantas) pecan de una excesiva papiromanía. Y leen cita documental tras cita documental. Les falta interpretación, y les falta retórica.

A estas personas - que en términos relativos son las más valiosas para el avance del conocimiento - los estudiantes y los graduados noveles que constituyen el grueso del público de los congresos, los desprecian. Aplauden a los chantas simpáticos.

Contestame, un cariño,

Teodoro Blanco
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