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Gloria Espigado Tocino

II Congreso Internacional Historia a Debate
Santiago de Compostela, 14-18 de julio de 1999.
Mesa redonda "Mujeres y Hombres ¿Una Historia Común?"

La Universidad de Santiago de Compostela parece haber adoptado la costumbre, de la que todos nos felicitamos, de convertir cada año jacobeo en un pretexto para celebrar un encuentro de controversia historiográfica de carácter internacional auspiciado por el trabajo del incansable profesor de Historia Medieval de aquella Universidad Carlos Barros. El primero de ellos, celebrado en el verano de 1993 trascendió, dada la relevancia de las aportaciones, en muchos casos contribuciones de historiadores de renombre mundial, por su significación dentro del panorama historiográfico en nuestro país, sumado, definitivamente, al diálogo de vanguardia y a la reflexión teórica que hace avanzar a la ciencia histórica .

Como asistente al II Congreso Internacional de Historia a Debate, celebrado en el mes de julio de 1999, se me ha solicitado contribuya a difundir el alcance de una de sus múltiples mesas redondas, en este caso, aquella que, bajo el título de "Mujeres y Hombres ¿Una historia común?" y la coordinación de la profesora de Historia Medieval de la Universidad Complutense de Madrid, Cristina Segura Graiño, representó en el conjunto del simposio la atención prestada a la Historia de las Mujeres. En el anterior encuentro, los temas de género, estuvieron a cargo de la profesora mencionada y de la profesora Mª Luisa Bueno Domínguez, de la U.A.M. De alguna manera, la orientación de la mesa respondía a cuestiones suscitadas por las ponencias presentadas por ambas profesoras en aquel primer encuentro.

Bajo el título "Reflexiones en torno a la historia de las mujeres, ¿Una historia coyuntural?", la doctora Mª Luisa Bueno Domínguez, en aquella ocasión, cuestionaba la oportunidad de dos constantes que ella observaba eran comunes a los estudios de las mujeres y que generaban posturas de rechazo dentro y fuera de la academia hacia los mismos. Por una lado, mencionaba la parcialidad de estos análisis que, anclados en la experiencia femenina, manifestaban cierta incapacidad para relacionar la historia de las mujeres con el ciclo histórico general: "Me he preguntado en varias ocasiones si no correremos el peligro de llegar a penetrar en el mundo de la mujer, cerrándonos tanto, que esto constituya un elemento más de marginación que de apertura" . Por otro, denunciaba el excesivo compromiso político, la fuerte ideologización de sus hacedoras. Lo primero tenía el efecto de marginar y situar en un coto residual, dentro de la disciplina histórica, a los estudios de género, mientras lo segundo, marcaba la pauta del anacronismo achacable a la mayoría de las trasposiciones fáciles hechas a partir de los actuales deseos de emancipación. Ejemplificadas estas dos posturas en la historiografía medievalista a la que pertenece la autora, terminaba preguntándose sobre la posibilidad de una historia común de hombres y mujeres. Por su parte, la profesora Graiño debatía algunas cuestiones sobre la historia de las mujeres, según rezaba el título de su ponencia y meridianamente se colocaba en el otro extremo de la controversia. Para la, también, profesora de historia medieval, el reconocimiento de las mujeres, en plural, como sujeto histórico, avalado por la trayectoria sólida de los Women's studies fuera de nuestras fronteras, pero también, desde hace algunos años, dentro de nuestro propio panorama académico, debía ser pleno y con todas las consecuencias científicas que ello conllevaba. Tras la evaluación de la pertinencia de la categoría de género como recurso metodológico, tampoco veía ningún problema en el alineamiento dentro del feminismo de la mayoría de esta producción, ya que reconocía en la teoría feminista el principal instrumento de crítica que ha existido ante la generación del conocimiento científico androcéntrico, cargado de pretensiones de objetividad y de universalidad, es decir, supuestamente al margen de todo condicionamiento social marcado por el orden patriarcal en el que ha sido, finalmente, gestado. Así las cosas, la oportunidad de un segundo debate, en este caso más abierto, en forma de mesa redonda, con ocasión del segundo Congreso a celebrar en el verano de 1999, parecía conveniente y el epígrafe que daba nombre a la sección "Mujeres y Hombres, ¿Una historia común?" marcaba la pauta de los que había que discutir. La contribución de las distintas especialistas que intervinieron fue desigual, no en cuanto a la calidad de los trabajos presentados, todos ellos de enorme importancia, sino en cuanto al mayor o menor acercamiento al tema que daba nombre genérico a la mesa en cuestión.

En la periferia del tema que debía centralizar la exposición se encontraron las investigaciones de Alisa M. Ginio, procedente de la Universidad de Tel Aviv que expuso, en cambio, un interesante análisis de la posición de las mujeres judeoconversas en el siglo XV en la Península Ibérica, como guardianas de las tradiciones hebraicas que en el seno del hogar, lugar al abrigo de la mirada pública, se seguían practicando en familia. Por su parte, el trabajo de Alicia Itati Palermo, de la Universidad Nacional de Luján, en Argentina, se adentró en el fenómeno visible de feminización de la matrícula de los estudios universitarios que podía constatarse claramente en su país en los últimos tiempos. Realidad paralela, como también ha ocurrido en España, a la masificación de las aulas en un proceso de democratización del acceso al ciclo superior de enseñanza y, por ende, también relacionada, en pura vinculación mercantilista con la ley de la oferta y la demanda, con la depreciación social del título universitario. Más centradas en la propuesta temática de la mesa, la exposición de Edelmira Mello, Claudia Harrington y la propia Cristina Segura, que coordinaba la misma, intentaron polemizar, desde el punto de vista historiográfico, sobre la oportunidad de una especialidad en torno a la "Historia de las Mujeres". Para la primera de ellas, profesora de la Universidad Nacional de Río Cuarto, en Córdoba, Argentina, la unidad de la Ciencia impediría cualquier versión cuarteada de la Historia. Ciertamente, su propuesta se situaba al margen de la estructura androcéntrica del saber, producto de las relaciones sociales de poder, para encarar una utópica construcción del conocimiento conforme a un ordenamiento moral de los saberes científicos. En este sentido, expresaba su rechazo a la preeminencia que el positivismo occidental otorgaba a las disciplinas cientifistas sobre las humanistas, a la racionalidad instrumental por encima de una racionalidad de los fines. En su, sin duda, revolucionaria alternativa, en la que se lograría una perspectiva científica superadora de todo tipo de particularismos, entre ellos los referidos a la impronta masculina o femenina del saber, echamos en falta, empero, la referencia metodológica a adoptar para conseguir dichos objetivos. Al hilo de su exposición se nos revela de vital importancia aquello de lo que parece se quiere prescindir, a saber, una práctica científica que en su propia dinámica ha significado una constante denuncia de la parcialidad del conocimiento científico socialmente aceptado. En este sentido, la Historia de las Mujeres, deconstruccionista del saber androcéntrico en primera instancia, podría ser, en su constante quehacer, un importante recurso instrumental de suma utilidad para la consecución del proyecto utópico que nos presenta.

La intervención de Claudia Harrington, procedente de la misma Universidad, versó, desde una aceptación de los estudios de mujeres, sobre las fases que dichos estudios habían atravesado. Producto de la nueva ola de feminismo de los últimos tiempos, la Historia de la Mujer habría logrado visibilizar a un sujeto histórico permanentemente marginado. Sin embargo, la exclusiva referencia a la experiencia femenina, propia, según su opinión, de estas investigaciones, habrían caído en una representación esquematizada de la feminidad en la historia, sujeta al victimismo o al protagonismo heroico de sus hacedoras y, en cualquier caso, ajena a las relaciones con la alteridad, con el hombre. Más atenta a las interacciones entre los sexos, para la ponente, la Historia del Género, definida por la especialista Joan Scott, supondría una posibilidad de superación de las limitaciones anteriormente mencionadas. Su lectura sobre lo que representa el recurso culturalista del género, incide en la posibilidad de compatibilizar la historia de las mujeres y de los hombres definitivamente.

Finalmente, la intervención de la profesora Cristina Segura Graiño, medievalista en la Universidad Complutense de Madrid, supuso la posición menos condescendiente ante la invitación altamente sospechosa de la necesidad de una historia común. Abogando por la solidez de veinte años continuados de estudios históricos sobre las mujeres en España, rechazaba de plano la imputación de descontextualización de dichos estudios, hecha, observaba con cierta dosis de ironía, desde los ámbitos tradicionales del saber académico, habitualmente parciales en cuanto que desconocedores del pasado histórico de las mujeres. Se manifestó muy crítica, también, con la utilización del sistema de géneros como propuesta metodológica para salvar los espacios estancos entre los sexos. En concreto, la realización de una historia en negativo para las mujeres que, necesariamente, habría de tener en cuenta la referencia masculina le parecía altamente insatisfactoria. Sin negar las implicaciones ideológicas con que, normalmente, se relacionan los estudios de mujeres, salía al paso ante la supuesta objetividad y apoliticismo del discurso histórico clásico circunscrito al hombre como modelo de análisis. Ya, para terminar, no rechazaba un punto de encuentro en el futuro condicionándolo a una aceptación plena de la normalidad de la referencia a las mujeres como gestoras de parte del devenir histórico, lo cual, conduciría, a su vez, a una normalización académica de dichos estudios. Esta última cuestión había sido desarrollada,  por ella misma, en una ponencia presentada al Congreso con el título esclarecedor "Por qué la Historia de las Mujeres no ha permeado en la docencia universitaria?".

Me gustaría terminar esta breve exposición de lo que fue la sección dedicada a la Historia de las Mujeres, como asistente a la misma, mostrando cierta perplejidad ante las derivaciones que tuvieron lugar en el debate posterior abierto entre el público. Lo que debería haber sido una reflexión en torno a la exposición de las especialistas, que en ningún momento cuestionaron la oportunidad de los estudios de género, se convirtió, para cierto sector que intervino, en una censura total, por parcial e irrelevante, hacia la Historia de las Mujeres. No deja de ser llamativo que el esfuerzo desplegado hasta el presente, materializado en la constitución de seminarios universitarios, grupos de investigación, asociaciones de especialistas, cuya labor se ha vertido en congresos, encuentros, revistas, estudios, etc., no haya generado el estatuto de especialidad reconocida que se merece entre los diferentes ámbitos de estudio que presenta la disciplina histórica. En cualquier caso, no me imagino a ninguna de estas especialidades debatiendo con ocasión de algún encuentro de este tipo su propio derecho a la existencia. Por otro lado, la atención prestada a los avances historiográficos por parte de sus cultivadoras está fuera de toda duda. De hecho, la Historia de las Mujeres se constituye, en primera instancia, como esfuerzo analítico y hermenéutico del saber aceptado, proponiendo nuevos horizontes conceptuales para la ciencia histórica e incorporando novedades temáticas y metodológicas de dentro y de fuera de su común reflexión teórica. Resulta envidiable la situación de otras comunidades científicas (estoy pensando en el alto nivel de permeabilidad y familiaridad que presentan los estudios históricos generalistas franceses con respecto a las categorías provenientes de esta especialidad), y ansío, como modesta cultivadora de este particular ámbito histórico, el desarrollo de la misma sensibilidad dentro de la historiografía de nuestro país. Hasta entonces, hasta que no se haya producido esta normalización de los estudios de género, no me parecerá de recibo la imputación de parcialidad que habitualmente se manifiesta desde aquellos que cultivan, al fin y al cabo, la exclusiva "historia del hombre" con la pretensión, además, de hacerla pasar por la única posible.

Gloria Espigado Tocino
Universidad de Cádiz