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Rafael Valls

La importante presencia de los problemas relacionados con
la enseñanza de la historia en
el II Congreso Internacional "Historia a debate"
(Santiago de Compostela, julio, 1999).

Rafael Valls
Universidad de Valencia

Desde hace unos pocos años, la enseñanza de la historia ha comenzado a estar presente en los foros de debate historiográfico. Ya lo fue así en 1993, en una fecha relativamente pronta para esta nueva orientación, en el primer Congreso de Historia a Debate. En aquel año la presencia de la enseñanza de la historia, como reflejan las actas, fue más bien modesta. En las sesiones de 1999, sin embargo, se convirtió en una de las secciones más concurridas y animadas del Congreso, como también se recogerá en las próximas actas del mismo. Las dos sesiones dedicadas a ")Qué historia vamos a enseñar en el nuevo siglo?", más la mesa redonda sobre "El debate de las humanidades: balance y perspectivas" son buena muestra de la importancia concedida por los organizadores de este II Congreso al conjunto de problemas relacionados con la enseñanza de la historia.

¿Qué ha ocurrido en el entretiempo que nos pueda ayudar a explicar este importante cambio de percepción y de intereses?

Son varias, en mi opinión, las circunstancias que han concurrido, tanto en España como en la mayoría de los países iberoamericanos (cuyos representantes fueron los más numerosos en este segundo Congreso Internacional) que pueden coadyuvar a su comprensión. Me centraré, por motivos del espacio disponible en esta publicación, en sólo dos de ellas, que son las que considero más importantes.

En primer lugar, la reciente generación de una serie bastante numerosa de estudios sobre la enseñanza de la historia y su didáctica, de gran calidad intelectual, que han abierto un nuevo y profundo campo de reflexión que, sobrepasando las orientaciones sobre el uso de los recursos didácticos (lo que los alemanes denominan Methodik), se han adentrado en investigaciones mucho más vinculadas a los usos y funciones sociales de la enseñanza de la historia, tanto en tiempos pasados como en los presentes (lo que los alemanes, por seguir utilizando su propia conceptualización, designan propiamente como Didaktik). Creo que no es nada exagerado afirmar, en este sentido, que la didáctica de la historia es la que, en la actualidad, más y mayores aportaciones está realizando sobre esta cuestión fundamental del saber histórico.

La investigación historiográfica de tipo académico ha estado durante mucho tiempo alejada de esta básica dimensión social del conocimiento histórico, y desgraciadamente aún continua en gran parte así si atendemos a la escasa preocupación social (incluso cívica) de muchos de los estudios que en ella se plantean y al exiguo interés por hacer asequibles sus principales resultados más allá de las restrictivas fronteras de los Departamentos Universitarios de la propia especialidad.

No siempre fue así, como lo demuestran las preocupaciones y aportaciones de algunos de los grandes historiadores españoles (me refiero exclusivamente a ellos por serme los más conocidos), tanto pasados como presentes (valgan como ejemplos los casos de Rafael Altamira, José Deleito Piñuela, Jaime Vicens Vives o Josep Fontana, entre otros), pero en los últimos tiempos los indiscutibles avances de la historiografía española no han solido ir acompañados de una renovada atención a los usos y finalidades sociales y educativas de la historia, esto es, a la mejora de la conciencia histórica, del pensar histórico de la sociedad en que se insertan. Ha habido, obviamente, excepciones, sobre todo por parte de los contemporaneistas, pero no demasiado abundantes ni suficientemente definidas. Tal vez el mayor hilo de esperanza posible actualmente sea el del inmediato futuro, pues en los dos últimos años las cosas parece que están cambiando y son ya varios los congresos realizados o anunciados en los que esa sección dedicada a la enseñanza de la historia, en todos sus niveles, incluso los no reglados educativamente, se ha hecho presente. Ojala este cambio de actitud, o al menos de sensibilidad, sea una muestra de que, también en la Academía, las tradicionales continuidades y rutinas se estén abriendo a esperiencias más renovadoras y fructíferas socialmente.

En segundo lugar, los años noventa se han caracterizado en todo el ámbito iberoamericano por una profunda reforma de sus planes de estudio relacionados con la educación no universitaria. Estas reformas, al menos programáticamente, han reformulado de manera muy intensa las finalidades educativas de la enseñanza de la historia (y de las ciencias sociales en su conjunto). Ha habido una relegitimación de la misma desde presusupuestos muy diferentes a los fundamentalmente patrióticos definidos por los sistemas liberales del siglo XIX, que habían perdurado hasta hace poco sin apenas alteraciones de consideración. Estas reformas han ido acompañadas, de manera más o menos provocada o más o menos espontánea, por la aparición de grupos de docentes que, organizados en seminarios o colectivos permanentes, han repensado profundamente las "nuevas" funciones de la enseñanza de la historia adecuadas a los "nuevos" tiempos y a las "nuevas" características de un alumnado que, en los niveles educativos obligatorios, abarca ya, en muchos casos, al conjunto de la población de tales edades.

La sintonía entre didactas y docentes de historia españoles e iberoamericanos, tanto en los planteamientos respecto de las problemáticas existentes como en las propuestas realizadas y debatidas, fue muy patente en el Congreso Internacional de Santiago de Compostela. A ello ha contribuido, sin duda, el creciente intercambio, durante los dos últimos decenios, entre ambas orillas del Atlántico, con una fase inicial en la que posiblemente predominaron los flujos desde España, pero que en la actualidad están alcanzando un mayor equilibrio. Muestra de ello son las nuevas publicaciones (libros y revistas) que, sobre el tema que nos ocupa, se están generando en Iberoamérica y que corroboran la gran sintonía existente, como también lo hace el conocimiento que en ambas partes se tiene de los debates y orientaciones didácticas más destacadas en cada una de ellas, fruto del importante y creciente intercambio intelectual generado, que se patentiza incluso en las esferas administrativas de ambas partes como, por ejemplo, en los diversos proyectos educativos, y las investigaciones a ellos vinculadas, impulsados por la Organización de Estados Iberoamericanos.

El II Congreso Internacional de Historia a Debate fue, por una parte, un buen escenario de estas preocupaciones compartidas entre los docentes de historia y, por la otra, una plataforma espléndida para ampliar nuestros conocimientos tanto científicos como personales y, desde ellos, redoblar nuestros esfuerzos por lograr una enseñanza de la historia que sirva para pensar de otra manera la sociedad y el conocimiento que la escuela genera, proporciona y distribuye.